La hora de la gran sinceridad

Por: Teresa Díaz Canals

la hora de la gran sinceridad

“…si bien no faltaban penurias que aguantar, en parte estaban compensadas por el hecho de que la vida tenía mayor dignidad que antes. Había más canciones que antes, más discursos, más desfiles”.
George Orwell
Rebelión en la granja

Cuando las cimas de nuestro cielose reúnanmi casa tendrá un techo
Paul Eluard
Digno de vivir

Y es que el hombre, aunque  no lo sepa, unido está a su casa poco menos que el molusco a su concha. No se quiebra esta unión sin que algo muera en la casa, en el hombre… O en los dos.
Dulce María Loynaz

Últimos días de una casa

La cosa como es
La palabra casa posee, sin duda, un significado muy exclusivo para cualquier ser humano, siempre y cuando se le considere en toda su unidad y complejidad, cuando integramos todos sus valores específicos en un valor fundamental. Incluso para el que posea una habitación muy humilde, si es capaz de soñar, ese espacio adquiere una connotación especial, una distinción de calidad, pues ella se convierte en nuestro rincón en el mundo, en nuestro primer universo. Ese terreno donde el azar sembró la planta humana parece no significar apenas nada, pero sobre ese fondo de la nada crecen precisamente los valores humanos. Por lo general, a los recuerdos de infancia les otorgamos una aureola de felicidad, y es que el hogar natal renace en nosotros, por ello adquiere a veces visos de irrealidad. Ese ser fuertemente terrestre, la casa, es lo que nos permite decir: “seré un(a) habitante del mundo, a pesar del mundo”. Gracias a un lugar de residencia, nuestros recuerdos tienen albergue, porque este constituye un espacio de estabilidad del ser humano.
Más que cualquier paisaje, la casa constituye un estado del alma. Cuando se pide a un niño que dibuje el lugar donde vive, el mismo refleja huellas de felicidad o de desdicha. A partir de ahí los psicólogos pueden reflexionar y obtener pistas sobre el misterio de la vida en formación lenta y continua.
Si tuviera que comparar el lugar de nuestro domicilio con algún otro objeto, nombraría a una concha. Ella proporciona una imagen de largo destino, a la belleza de su forma geométrica hay que añadir su belleza de sustancia. Para los seres blandos, la naturaleza deparó la posibilidad de que pudieran construir su fortaleza. La tortuga también puede meter su cabeza, sus patas y la cola en su carapacho ante el peligro del ataque de cualquier otro animal. Estos seres aprendieron desde siempre a defenderse de un problema grande a través de una solución supuestamente pequeña. Como escribiera el poeta Juan Ramón Jiménez, “no se pasa mejor la vida con más cosas, más cositas; sino con las cosas que nos hacen verdadera falta, las cosas a las que les hacemos verdadera falta nosotros”.1

Las palabras y las cosas
Tengo delante de mí una imagen sobrecogedora que quise conservar. La Unión de Informáticos de Cuba envió un mensaje, después que el huracán denominado Matthew destruyera miles de viviendas en algunas regiones de la parte oriental del país. No había más que observar esa foto para sentir el dolor de esas personas por la pérdida de su rincón en el mundo.
Estamos fundamentados en la palabra, no obstante, a veces las palabras son infieles a las cosas. Cada año se me hace difícil asimilar por televisión, las declaraciones inmediatas de algunos damnificados como consecuen-cia de la acción destructiva de los ciclones. Claro que las “preguntas” de los periodistas son las que apuntan a esas sorprendentes respuestas optimistas y casi felices por haber perdido todo. Es obvio que se pone de manifiesto una violencia simbólica hacia los entrevistados, ese fenómeno explicado a través de la sociología de manera muy precisa cuando influyes en las respuestas de los mismos. Asimismo, estas insólitas reacciones de optimismo e incluso hasta de “alegría” están presentes en los testimonios que emiten las víctimas de cualquier accidente. Los que quedan con vida deben obligatoriamente dar las gracias por las visitas de tal y tal funcionario, por las atenciones recibidas, cuando es muy natural y lógico que así se haga. ¿Por qué cada evento trágico que nos sucede debe convertirse en un momento de politiquería barata? A tal punto llegamos que se ha promocionado y colocado en murales los gastos médicos que el Estado invierte en cada paciente, ¿y nuestro trabajo de décadas recibiendo ínfimos salarios no aportó nada a nuestra propia atención? Somos nosotros mismos los que sufragamos a la seguridad social, no es un cuerpo extraño y maravilloso, ha sido la obra de los cubanos de “a pie”, llámense médico, ingeniero, profesor, cocinero, campesino… Es una obra colectiva, no un aparato mágico quien resuelve determinados problemas esenciales.
Comparé esas palabras arrancadas en momentos límites con las que escribió Ena Lucía Portela en un cuento titulado “Huracán”2 y eran exactamente las mismas: ¡Se sentían muy bien! ¡Habían soportado el huracán y resistirían todo lo que tuvieran que soportar! Confiaban en que no los dejarían abandonados, aunque se habían quedado solo con la ropa que traían puesta, todo, absolutamente todo, lo perdieron, pero respiraban seguridad y confianza en la solución de sus problemas.
Solo lo que no deja de doler permanece en la memoria. Reconstruir es mucho más complicado que destruir. Es lamentable que se dejaran y se dejen echar abajo tantas viviendas y edificios, mientras se reparan y vuelven a remodelar otras instalaciones estatales, fundamentalmente gastronómicas, que apenas se visitan por el robo y el mal servicio. Otros inmuebles –incluidos hospitales– permanecen por numerosos años, más de veinte, reparándose en esta ciudad maravilla. Conozco a una persona que perteneció a una brigada constructiva de un organismo estatal. Una vez llevaron al grupo a pintar una casa que tenía tal institución en Guanabo. Cuando llegaron, los pintores le preguntaron a la jefa de dónde sacaban el agua para preparar la pintura. ¿Ustedes no ven el mar? ¿De dónde van a sacarla, con tanta agua que hay ahí? Pintaron con agua de mar.
Cuando visité Alemania hace ya algunos años, nos llevaron a lo que quedaba del famoso Muro de Berlín. Al atravesar esa parte de lo que fuera la triste región fronteriza de un mismo pueblo, pude observar que toda esa zona despoblada durante mucho tiempo, ahora está compuesta de una franja repleta de modernas edificaciones. En solo quince años fueron establecidas, no una ni dos viviendas, sino muchas.
El edificio de 12 y 23, en la conocida esquina del Vedado, fue seleccionado para una reparación capital. Tras por lo menos cinco años de supuesto “arduo” trabajo, su remodelación fue celebrada con bombos y platillos. En los días finales, se dispuso desplegar una intensa labor de última hora (apenas quince días) para reinaugurarlo. Lo inconcebible es que continúa reconstruyéndose, es decir, no se ha terminado; un constructor me comentó que estaban a la mitad y dudo mucho que algún día se haga con la calidad requerida. Estremece la realidad, estremece.
Edificar significa –escribe Sören Kierkegaard– que se construye algo partiendo de la base, siendo esto último lo característico.3 Todo el que edifica construye, pero no todo el que construye edifica. Este filósofo y teólogo danés del siglo xix relaciona la tarea de edificar con el ejercicio de amar a partir de lo que hay, pues el amor es el que edifica, constituye un deber personal e íntimo que dimana del interior, esa es la esencia de cualquier nación.
Algunas destrucciones totales son sustituidas por parques de mal gusto y sin sombra, anunciados con luces y ruidos. Es patético cuando anuncian la existencia de esos inútiles espacios por el Noticiero Nacional de Televisión, como un acontecimiento que no es noticia en ningún lugar del mundo. Mientras tanto, otras familias esperan recursos adecuados y suficientes para sus urgentes necesidades.

La corrupción larvaria
Observar diariamente reuniones y más reuniones con una síntesis de sus diálogos, donde una gran parte de los que están relacionados con la atención a determinados problemas expresan un discurso insípido, trillado y, sobre todo, demagógico, evidencia la existencia de un mal de fondo que solo merece un nombre: incapacidad. Hablar por hablar es no decir nada.
Hace meses que se reitera el tema del “respeto al consumidor”, comentan que existe la posibilidad de “quejarse”, de reclamar los derechos que no hemos tenido durante mucho tiempo; no lo veo todavía factible. Un familiar que ya no vive de manera permanente en Cuba, me trajo de un “Rápido” un paquete de café grande; cuando me di cuenta, resulta que era Café Cubita en granos, de acuerdo al estuche. Lo abrí y con asombro descubrí que era molido, además, de la “bodega”, es decir, de pésima calidad. Asombra tal arbitrariedad, tanto desparpajo para la estafa. Pude obtener el dinero de vuelta porque declaré ser periodista, llevé uno de mis artículos y logré cierta intimidación, pero cada día no se puede destinar tiempo, esfuerzo y dejar entrever un carácter fuerte que incluso no poseo, a cuestiones tan comineras. La vida disfuncional en una gran parte de la geografía cubana actual se ha transformado en un sinsentido.
Se apela a la conciencia ciudadana, otra simpleza más, pues los empleados estatales con sus sueldos no alcanzan a reproducirse ni tan solo como fuerza de trabajo. Mientras tanto, se critica a los “pichones de oligarcas”, porque usan uniformes y van a Varadero. Ataque cínico e insustancial al trabajo por cuenta propia, el cual por una parte se permite y al mismo tiempo se insulta.
Se enseña una práctica patriotera a ritmo de reggaetón, se saluda a un Martí plástico, se impone a los niños que “bajen la cabeza” en las escuelas como castigo al alboroto propio de la edad, animales abandonados a su suerte y maltratados, productos agrícolas inyectados sin control con químicos para su maduración y rápida comercialización, los “almen-drones”4 en huelga silenciosa, porque no los llevan a una mesa de concertación, sino a un ejercicio de ordeno y mando.
Olvidamos que el ser humano jamás pierde su condición de educando y la pedagogía que debe imperar es, en definitiva, la del amor. Actualizar la posibilidad de ser libre y de amar es, precisamente, el reto de toda existencia. Ω

Notas
1 Juan Ramón Jiménez: “Cosas y palabras”, en Juan Ramón Jiménez en Cuba, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1981, p. 95.
2 Véase “Huracán”, en Ena Lucía Portela: Alguna enfermedad muy grave, Madrid, Onlybook S.L., 2006, p. 57.
3 Véase Frances Torralba: Poética de la libertad: lectura de Kierkegaard, Madrid, Caparrós Editores, S.L, 1998, p. 169.
4 Autos viejos, de más de sesenta años de uso, que transportan a la población habanera. El Estado pretende imponerles el precio que deben cobrar por sus servicios. Sí, sería muy bueno que bajaran los precios de diez a cinco pesos cubanos, pero esto no se pretende hacer sobre la base de la ley de oferta y demanda, es decir, sacando más autos y ómnibus estatales mediante la competencia, sino sobre la base de lo tienes que hacer así, porque sí. Lejos de aliviar el transporte urbano, con tales medidas coercitivas lo agudizan. Los que no poseemos transporte propio, somos las principales víctimas de tales medidas ideológicas, no económicas.

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