Una persona decente

Por: Sławomir Mrożek

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Proponemos ahora un acercamiento a la obra del escritor polaco Sławomir Mrożek (1930-2013). De su libro El elefante (1957), colección de sátiras-relatos, donde el autor apunta a los diversos aspectos del régimen socialista que conoció, y a veces de la oposición, la actitud a menudo fanática y torpe, aunque llena de buena voluntad del pueblo, y la mediocridad de los funcionarios, recuperamos el texto “Una persona decente”. Con el mordaz y finísimo humor que caracteriza su obra se impone siempre la reflexión.

En aquel recóndito, aunque intenso rincón del mundo, las estaciones del año cambiaban, caían lluvias, soplaban vientos o brillaba el sol, de tal manera que, desde este punto de vista, aquella región dejada de la mano de Dios en nada se diferenciaba de la capital y uno no comprendía por qué se había organizado tanto jaleo a propósito de ella. En fin, en vista de este estado de cosas, se instaló allí una estación meteorológica, una especie de jardinillo rectangular rodeado de una verja blanca en cuyo centro, sobre altas y delgadas patas, había una caja de instrumentos. Al lado vivía el director de la estación. No solo tenía que ocuparse del higrómetro y del anemómetro, sino también de enviar informes a las oficinas superiores, dando exactamente cuenta del estado del tiempo a fin de que las autoridades, en el caso de que alguien les preguntara sobre el particular, no se encontraran en un apuro, sino que les bastara echar una ojeada a la mesa de su despacho para saber inmediatamente lo que debían contestar.
El director de la estación meteorológica era un hombre concienzudo. Escribía sus informes con buena caligrafía y ciñéndose exactamente a la realidad. Cuando llovía, no paraba hasta haber descrito la lluvia en todos sus aspectos: cuándo, cuánto tiempo y en qué medida llovía…
Cuando hacía sol, informaba sobre la insolación. Para él no había diferencias. Sabía que el Estado tenía que trabajar arduamente para poder conseguir los cuatro chavos que le daba; por lo tanto, no regateaba esfuerzos. No le faltaba trabajo, porque en su región siempre hacía un tiempo u otro.
A fines de verano eran frecuentes las tormentas y menudeaban los aguaceros. Él lo describía todo tal como era y enviaba su informe a la central. Las tormentas no cesaban.
Un día lo visitó un viejo meteorólogo que estaba de paso. Después de haber observado la labor de su anfitrión, murmuró al marcharse:
–¿No cree, amigo, que sus informes son demasiado tristes?
–¿Cómo? –replicó asombrado el director de la estación–. Usted mismo ve cómo llueve.
–Sí, claro. Todo el mundo lo sabe. Pero ¿no comprende que hay que hacer las cosas con conciencia y científicamente? A mí no me importa, solo se lo quería advertir por su bien.
El viejo meteorólogo se calzó los chanclos de goma y al marcharse volvió a menear la cabeza. El joven se quedó y escribió su informe. Miró preocupado al cielo, pero siguió escribiendo.
Poco tiempo después recibió una citación para que se presentara a la autoridad. No era la autoridad suprema, pero era una autoridad. Tomó el paraguas y emprendió el viaje. La autoridad lo recibió en un hermoso edificio. Sobre el tejado se oía caer la lluvia.
–Le hemos mandado venir porque estamos asombrados de la unilateralidad de sus informes –le dijo el representante de la autoridad–. Desde hace algún tiempo van siendo más pesimistas. Se acerca la cosecha, y usted no para de hablar de lluvia. ¿No comprende la responsabilidad de su labor?
–Pero si llueve, efectivamente… –dijo el interpelado tratando de justificarse.
–¡Nada de excusas! –dijo el representante de la autoridad frunciendo el entrecejo y dando un puñetazo sobre la mesa abarrotada de papeles.
Aquí tenemos todos sus últimos informes. Eso son realidades. Es usted un trabajador incansable, pero le falta nervio. No toleramos el derrotismo.
Cuando el meteorólogo salió de la oficina, se puso el paraguas debajo del brazo y volvió a su casa como si el tiempo fuera magnifico. Pero a pesar de su buena voluntad, se caló hasta los huesos, cogió un catarro y tuvo que guardar cama. Desechó la idea de que eso pudiera haberle ocurrido por culpa de la lluvia. Y se alegró al ver que al día siguiente el tiempo mejoraba un poco. Inmediatamente se puso a escribir su informe:
“Ha dejado totalmente de llover, aunque las precipitaciones anteriores tampoco fueron importantes. Lloviznó ligeramente en algunas zonas aisladas… Pero ahora, ¡cómo luce el sol!”.
En efecto, lucía el sol; empezó a hacer calor y de la tierra se elevó un vaho. Mientras realizaba su trabajo, el meteorólogo tarareaba una canción. Hacia mediodía se levantaron unas nubes; el director de la estación se refugió en la casa. Quizá hubiera permanecido al aire libre de no haber temido pillar una gripe. Se acercaba la hora del informe. Mientras se removía en la silla, escribió: “¡Ah, este sol! Ya Copérnico demostró que solo se pone en apariencia, pero que, en el fondo, nunca deja de brillar; lo que ocurre es que…”.
Al llegar a este punto sintió un gran pesar. Cuando cayó el primer rayo, se dejó de oportunismos y escribió sencillamente: “17 horas – tempestad y tormenta”.
Al día siguiente volvió a tronar. Él lo dijo en su informe. Al otro día no tronó, sino que granizó. También lo dijo. Se sentía extrañamente tranquilo, incluso satisfecho. Este estado de ánimo no se alteró hasta que el cartero le entregó una citación. Esta vez tenía que presentarse a las autoridades supremas.
Al regresar a su estación, ya no volvió a dudar. Los informes que siguieron hablaban exclusivamente de buen tiempo en su región. A veces escribía informes dialécticos: “Parcialmente lluvias pasajeras ocasionaron ciertas inundaciones; pero la actitud valerosa de nuestros pioneros y equipos de salvamento es inquebrantable”.
Luego siguieron otras descripciones de días de sol, algunas incluso en verso. Hasta al cabo de dos meses no escribió un informe que forzosamente tenía que llamar la atención de las autoridades. El informe decía así: “Una nube endiablada se ha reventado”. Más abajo y escrito con lápiz a toda prisa, decía: “Pero el chico que parió la viuda del pueblo está perfectamente, a pesar de que todo el mundo se figuraba que la diñaría en seguida”.
Las investigaciones demostraron que aquel informe había sido escrito un día que el meteorólogo se había emborrachado, con lo que sacó de vender secretamente el aerómetro y el higrómetro. La segunda parte la había añadido en el último instante, en la oficina de correos.
Más tarde, nada pudo enturbiar ya el magnífico tiempo de su región. A él lo mató un rayo, un día en que, durante una tormenta, salió al campo para ahuyentar las nubes por medio de una campanilla de Lourdes, porque en el fondo, era una persona decente. Ω

Tomado del libro El elefante, de Sławomir Mrożek, edición Seix Barral S. A., diciembre de 1963.
Agradecemos la colaboración de Amado Alberto Aguilera Vargas, quien nos facilitó el texto.

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