La separación de los cristianos del judaísmo II

Por: diácono Orlando Fernández Guerra

En el año 70 d. C., los romanos destruyeron totalmente el Templo de Jerusalén. El judaísmo ortodoxo encabezado por los fariseos y reunidos en la ciudad de Yamnia, comenzó entonces el proceso de unificación de una nueva identidad nacional alrededor de la Torá. Su influencia se extendió rápidamente por todas las sinagogas del Imperio, a las que asistían muchos judíos que habían aceptado a Jesús y que hacían de este espacio cultual su ámbito para la predicación de la buena noticia. Estos creyentes eran conocidos como “judíos mesiánicos” y no como “judeocristianos”, pues el cristianismo como una religión organizada e independiente todavía no existía. Así que la categoría de judeocristianos es más historiográfica que histórica. Se usa hoy para diferenciarlos de los judíos ortodoxos que rechazaron a Jesús de Nazaret.
Durante el liderazgo del Rabino Gamaliel II, sucesor de ben Zakkai en Yamnia, se escribió y agregó a las dieciocho bendiciones que los judíos solían rezar cada día, la desafortunada jaculatoria conocida como: Birkat ha-Minim (Maldición de los herejes), que reza así: “Que no haya esperanza para los apóstatas, y que el reino de la impertinencia sea arrancado de nuestros días, y que los nosrim y los minim desaparezcan en un instante. Que sean borrados del libro de la vida y no sean inscritos con los justos. Bendito seas, Señor, que sometes a los desvergonzados”.
Con esta oración se rechazaba a los heterodoxos que ponían en peligro la unidad del nuevo judaísmo, pero también a los judeocristianos que acabaron abandonando las sinagogas, porque no habrían aceptado maldecirse a sí mismos recitándola. No fue necesario que se pronunciara un decreto formal de expulsión de la comunidad judía, la mera existencia de tal oración les autoexcluía automáticamente. El historiador israelí Gedaliah Alon sostiene que dicha oración pudo haber estado dirigida solo contra los “judíos mesiánicos” –entiéndase los judeocristianos–, y no contra los cristianos procedentes de la gentilidad. Ciertamente, entre los manuscritos encontrados en la Genizá del Cairo se puede constatar que dicha maldición iba dirigida a dos categorías de judíos, los minim, considerados herejes y los nosrim (los judeocristianos). Con el tiempo se interpretó contra todos los cristianos y esto alejó más a ambas comunidades. Poco a poco fue borrándose la referencia judía dentro de la Iglesia cristiana. La distinta percepción y valoración de los pilares del judaísmo (monoteísmo, Israel como pueblo elegido, la Alianza, la Torá, la tierra de Israel) entre judíos y cristianos fue la semilla de la futura separación. Por otra parte, la misión paulina entre los gentiles y la divinidad de Jesús hicieron que el cristianismo fuera inaceptable para el judaísmo. No obstante, la separación no fue inmediata, duró algún tiempo y no estuvo consumada hasta mediados del siglo ii.
Algunos se integraron en la gran Iglesia que crecía muy rápido con la conversión de los gentiles, otros permanecieron separados y dieron origen a diversos grupos sectarios: los ebionitas, los elcasaítas y los nazoreos que, aunque admitían el mesianismo de Jesús, rechazaban su divinidad. De la naciente literatura cristiana utilizaban solo el evangelio de Mateo y repudiaban las cartas paulinas. Con el tiempo fueron creando su propia literatura de la cual nos han llegado los evangelios de los hebreos y de Santiago, el Pastor de Hermas, etc. Pasados los años estos grupos desaparecieron totalmente.
Tampoco la misión entre los gentiles estuvo exenta de dificultades. Los misioneros necesitaban encontrar un punto de equilibrio entre la evangelización de la cultura romana y la inculturación de los valores tradicionales de los gentiles. En esta situación se hizo urgente recordar lo vivido y celebrado. Si al principio bastaba la mera oralidad para la evangelización ahora había que poner por escrito las tradiciones más importantes.
Comenzaron a aparecer y circular distintas colecciones de textos que interpretaban las Escrituras judías conectándolas con los dichos y hechos de Jesús. Esta fue la materia prima que tomaron los evangelistas a la hora de componer sus obras. De la literatura greco-romana tomaron la forma literaria de la biografía y de la cultura judeo-bíblica la lectura teológica de la historia. La fe en Jesús fue la bisagra que unió ambas miradas sobre un mismo acontecimiento histórico. A mediados del siglo ii, san Ireneo dio testimonio de que por entonces había unas Escrituras consideradas sagradas por los discípulos de Jesús, a las que se añadían las Escrituras judías, reconocidas también como propias. Ω

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