Sembradores de tierra buena

Por: seminarista Rafael Cruz Dévora

Conocer a cristo
External view of the new Catholic Seminar of Saint Charles and Saint Ambrose in Havana, inaugurated on November 3, 2010. Cuban cardinal Jaime Ortega thanked Cuban former President Fidel Castro and Cuban President Raul Castro, for the state support for the construction of the first Catholic Seminar in Cuba. AFP PHOTO/ADALBERTO ROQUE (Photo credit should read ADALBERTO ROQUE/AFP/Getty Images)

El verano es siempre un tiempo de alegría para todos. En verdad, ¿a quién no le gusta tomarse un buen descanso después de arduas jornadas de trabajo o de estudio? Así pues, los seminaristas, luego del largo curso lectivo, también nos tomamos unas vacaciones académicas. Terminado el curso cada uno sale con la maleta en la mano, dispuesto a vivir diversas y enriquecedoras acciones pastorales.
En esta oportunidad quiero hablarles sobre uno de los compromisos a los que el Señor nos envía en el verano. Se trata de una experiencia profundamente misionera, que rompe nuestra zona de confort y nos mueve a encarnar íntimamente la exhortación de anunciar a Jesucristo a los más necesitados. Les hablo de la evangelización que, junto a un grupo de jóvenes y adultos, los seminaristas matanceros realizamos en el mayor de los humedales de Cuba, la Ciénaga de Zapata.
Quizás, usted al escuchar el nombre Ciénaga de Zapata piense en la zona turística de Playa Girón, o en el conocido criadero de cocodrilos de Guamá. Tal vez viene a su mente el campismo Caleta Buena o el pequeño Cayo Ramona, donde también frecuentamos como misioneros, y tendrá usted razón. Pero yo quiero comentarles sobre unos lugares más distantes y poco mencionados, donde la urbanización ha tardado en llegar y donde sus habitantes viven como una sola familia compartiendo sus penas y alegrías.
Me refiero, en primer lugar, al diminuto batey Cocodrilo que limita con la provincia de Cienfuegos. Es un asentamiento de escasa población, con una geografía exquisita y digna de contemplar hasta la saciedad. En Cocodrilo es donde en verdad se puede conocer lo que es una ciénaga pantanosa, pues se encuentra a unos pocos metros de los patios de las casas. Los pobladores nos reciben siempre con alegría, su humildad nos asombra y aunque sus bienes materiales son limitados, no escatiman en compartirlos con nosotros.
Otro pequeño lugar al que nos envían se llama Guasasa y está más cerca de Cayo Ramona. En Guasasa sí encontramos un estilo de vida algo más semejante al nuestro. Una comunidad de leñadores y carboneros en su mayoría adulta y con mejores condiciones de vida. Un reducido grupo de jóvenes convive en este lugar con un número superior de niños. Los más pequeños se encantan con la visita de los misioneros a quienes llaman cariñosamente “los curitas”. Es, en su compañía, que realizamos la mayor parte de nuestra misión.
En Cocodrilo y en Guasasa no existen muchas posibi-lidades de transporte, solo una pequeña guagua que entra en la zona a partir de las siete de la tarde y no vuelve a salir de ahí, hasta las cinco de la madrugada del siguiente día. No son lugares donde hay luz eléctrica todo el día, porque la reciben de una planta que solo trabaja unas horas en la mañana y otras en la tarde y la noche. Luego se quedan a oscuras a partir de las doce de la madrugada. Estos y otros motivos nos ponen en contacto directo con padres que han visto a sus hijos marchar en busca de mejores condiciones; es una juventud ansiosa de progreso y nuevos horizontes. También hallamos un sinnúmero de abuelos que aman ese terruño como a sus propias vidas y piden que sea ahí donde la muerte los encuentre.
Tal vez, un joven piense que no vale la pena acercarse a lugares así. Nosotros creemos que Cristo está muy presente en estos lugares alejados y desprovistos de escuelas y centros de atención médica, y que cada vez que nos acercamos a esos jóvenes desesperanzados, a esos padres añorantes de sus hijos, a esos abuelos orgullosos de su tierra; es a Cristo mismo a quien nos acercamos (Cf. Mt 25.45). Al visitar entre ellos a los enfermos, al preparar a los familiares para la celebración del bautismo de los niños, sembramos la esperanza de Cristo.
Puede que nosotros no recojamos muchos frutos, pero seguramente las próximas generaciones lo harán, porque la Ciénaga, a pesar de ser tierra pantanosa para el cultivo de las plantas, se ha convertido en tierra fértil para acoger la semilla del evangelio, dispuesta a dar el ciento por uno (Cf. Mt 13.8). Los que hemos conocido a Cristo en esa realidad nos hemos enamorado de ella y por tal motivo no nos importan la falta de luz, los mosquitos ni las otras carencias. Vamos felices porque cada vez que compartimos con ellos descubrimos que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 21.35). Ω

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