Una Semana Santa en Barajas

Una Semana Santa en Barajas
Una Semana Santa en Barajas

A las Hermanas del Amor de Dios
y a quienes me apoyaron
de cualquier modo
durante mi estancia en Madrid.

 

Una Semana Santa en Barajas
Una Semana Santa en Barajas

Es un instante cualquiera de cualquier año, poco importa. Ayer es hoy. Total ¿qué más te da? Vuelas a seiscientos pies a las doce del mediodía de este lunes 16 de marzo de 2015. Nada borras. Estás a punto de aterrizar y te preguntas cómo has llegado hasta aquí. Anhelas que el avión regrese para apretujarte en las guaguas, caminar por las calles rotas, achicharrarte al calor de los apagones; procesionar con tus reglanos en la Semana Santa.
Ha sido una travesía agotadora que comenzaste hace muchos años. Deseas echar el tiempo atrás y piensas, como consuelo tal vez, que por algún motivo Dios te ha sentado en este avión desde el cual contemplas la gran cruz blanca construida, en el repecho del Paracuellos de Jarama, tan solo para avisarte de que estás muy próximo a aterrizar en una tierra muy lejana de la que llevas dentro, aunque no quieras expresarlo, y que esa maniobra es la más peligrosa del viaje.
Aún estás a tiempo de pedirle a Dios un aterrizaje exitoso, pero no lo haces porque hay aspectos de tu llegada que te preocupan mucho más que el “simple” descenso de la nave sobre la pista.
Llevas recuerdos enraizados, inocuos, que no te molestan, como los de cuando eras estudiante, los cuales perviven en ti, aunque jamás vuelvas a serlo, y cuando te asaltan te dejan ser y actuar como si nada. Pero arrastras otros, poco te importa si buenos o malos, que quieres olvidar para seguir tu camino con menos lastre en las maletas, los cuales al llegar se adueñan de tu mente y lo hacen con tal violencia que hasta te obligan a detener cualquier actividad que estés realizando, por muy importante que sea, y repensar en lo que no quieres porque te hacen añorar un lapso que entrevés irrepetible.
Cuando te asen con pujanza tales reminiscencias, te vas dócil al ayer que rehúsas, y te transforman en el protagonista de un filme asombroso en donde percibes incluso la temperatura, los sonidos y los olores de la escena.
Así te ves nuevamente descendiendo del avión –aterido e hipnotizado por la brillantez del entorno–, dando los primeros pasos en el distrito de Barajas, que ahora también llevas dentro, aunque no quieras expresarlo, y evocas sus colores y sus ruidos con tanta fidelidad como si aún te encontraras allí.
Percibes los efluvios de la buena cena, como los de aquella que te preparaba tu abuela cuando eras niño y el cocido tenía los ingredientes exigidos por la gastronomía criolla. Sus vapores te envuelven, te abren el apetito… pero descubres que ni tan buenos olores eliminan de tu ser la profunda nostalgia que sientes por el chícharo que tanto comiste.
También inhalas el aroma de los pinos, con ramas verticales y cubiertas de pequeñas hojas, carnosas y coloreadas de verde oscuro; la fragancia de las rosas que nadie corta –a pesar del gran tamaño y la belleza– y escuchas el rumor de las fuentes que refrescan a toda la ciudad.
Sin embargo, pese a que en cada instante algo nuevo se te muestra, al levantar la vista descubres, no sin pizca de alegría, que su cielo es tan azul como el que dejaste, ni más ni menos; también evalúas a través de tu piel que la temperatura de su invierno es cercana a la del hielo y la del verano se empina hasta los cuarenta y cinco grados a la sombra, acompañada por una humedad casi tan baja como la del desierto del Sahara.
Te asombra descubrir que los barajeños son muy industriosos. No ves locales abandonados ni acumulación de basuras en las esquinas. Es un distrito lleno de tiendas de ropas y de alimentos, de bares, quincallas chinas, cafeterías… Te cruzas con pocos transeúntes en el horario de trabajo y desaparecen por completo durante la siesta, en la cual campea un profundo silencio por toda la villa solo roto por el ir y venir de los aviones; cierran las puertas de todos sus comercios y se van a descansar de dos a cuatro.
Cuando te aproximas al aeropuerto, te sientes rodeado por el intenso ajetreo de los viajeros que se dirigen a ciento cincuenta y seis destinos. Aquí se aglomeran todas las nacionalidades habidas y por haber, las que te hacen pensar, por ser un caminante primerizo, que en este lugar se condensa la humanidad en pleno y que, contrario a la ciudad de Babel, se habla un mismo idioma, pero con innumerables dejes.
Notas con perspicuidad cinco barrios. Cuatro nuevos que por estar bien trazados te hacen sospechar que se construyeron sobre zonas totalmente despobladas… o sobre los cimientos de antiguos edificios destruidos por el ejército napoleónico en el siglo xix… o por el ensañamiento de los contendientes, republicanos y falangistas –todos fieros, según las campanadas de Hemingway–, durante la guerra intestina del siglo posterior.1
El quinto es el que más te gusta, el centro histórico –la Barajas Vieja–, casi como el de La Habana, pero sin bahía. Es un pueblo vetusto, que te es imposible comparar con el más antiguo de los tuyos porque su origen se fija más allá de Cristo, de cuando los romanos creyentes de que todo lo seco era Terra Nostra invadieron la región, por lo cual su fecha de fundación se pierde en algún recodo del tiempo, y por culpa de la senectud muchas de las casas se asientan como sembradas a boleo, las cuales forzaron la construcción de un laberinto de callejuelas tan enrevesado que si te guiaras por la lógica de una urbanización bien dibujada, te perderías en el embrollo de sus calles y de ningún modo llegarías adonde quieres ir.
Te impresiona que, pese a la maraña de callejas, todas se encuentren en tan buen estado como las dos avenidas principales que atraviesan la parte vieja en toda su longitud. Todas peripuestas, sin baches, bien iluminadas porque sus habitantes cuidan con esmero a su localidad y siempre reluce como acabada de baldear.
A los pocos días descubres que su gente se autodefine como payos –subdivididos en pijos y no pijos–, gitanos (quienes no saben cómo llegaron), morenos (africanos subsaharianos inmigrados por Gibraltar), chinos (que ocultan cómo llegaron), latinos (la mayoría de Cuba, Dominicana, Ecuador, Guatemala, Honduras…), marroquíes (nacidos en los países al norte del Sahara), rumanos y húngaros y que todos conviven en armonía; que no son aficionados al béisbol; que solo gustan de los toros y del fútbol o del fútbol y de los toros con independencia de la edad, y que en las tardes de domingo se arraciman para ver los juegos y corridas que trasmiten los televisores situados en los restaurantes y cafeterías que ciñen a su Plaza Mayor.
También observas con extrañeza que ninguno de tus conocidos ibéricos de la tercera edad, reconoce haber simpatizado con Franco, y hasta pudieras suponer, si te guiaras por lo que te dicen, que aquel déspota fuera el único y más ferviente seguidor de sí mismo durante los treinta y seis años que duró su tiranía; no obstante, lo que adviertes te hace presumir lo que te ocultan y llegar a la conclusión de que tanto autoritarismo del pasado ha dado lugar a la libertad política del presente.
Te entusiasma ver la abundancia de partidos –con miembros tan patriotas como los que más–, presenciar unas elecciones de otro tipo, descubrir unas mesas electorales compuestas por partidarios de numerosas tendencias y contemplar con arrobo las urnas de paredes transparentes que anulan los recelos del más escéptico de los votantes. Escenario y actores se confabulan para dejarte estupefacto porque nunca has visto nada ni remotamente similar.
Y todos –partidos, urnas y patriotas– te hacen dirigir una plegaria al Cielo en cada procesión de la más sacra de las semanas para que estas circunstancias se reproduzcan en otras tierras.
Sin embargo, a pesar de lo visto, nada te sorprende tanto como sus procesiones de Semana Santa. Unos te aseguran que son mejores las de Sevilla; otros, que las de Granada… En verdad poco te importan tales desfiles para aquilatar con justeza la profunda fe de los residentes de Barajas.
En este distrito la Semana Santa se extiende más allá de una semana. Comienza con una misa a las seis y media de la tarde del viernes anterior al Domingo de Ramos en la pequeña ermita de Nuestra Señora de la Soledad, situada a la entrada de Barajas Vieja, donde se le rinde culto a la Virgen de la Glorieta, que es la misma que la Virgen de la Rotonda, que es la misma que la Virgen Dolorosa, que es la misma que la Virgen de la Paloma, porque estas advocaciones coinciden en una sola imagen transida de María, las cuales son el resultado de la larga historia del cristianismo español que comienza, según te asegura el señor cura, con el arribo de Santiago el Apóstol a la fermosa terra galega.
Es una temporada llena de procesiones, las cuales recorren la mayoría de las calles y callejuelas con más de una carroza –todas superan la tonelada–, y son llevadas en andas por costaleros y estibadores. El esfuerzo es enorme, pero los segundos sufren más porque son veinticuatro personas de ambos sexos que caminan debajo de la carroza y se encuentran rodeadas por una gruesa cortina que las oculta de la vista pública. Al pasear a san Juan Bautista, los estibadores marchan descalzos y esta tradición aumenta la dificultad del periplo.
A cada tramo se detiene la caravana y los cargadores descansan unos minutos, beben el líquido que les brindan los niños aguadores, y el sacerdote hace una plegaria por la paz, por la salud y por los países de los presentes. Resulta emocionante verte aludido.
Cada carroza viaja acompañada por una comitiva de honor compuesta por féminas de cualquier edad que visten de negro, llevando peinetas y mantillas negras o blancas en dependencia de la procesión. También forman parte del séquito hombres ataviados con sotanas blancas y capirotes de color negro o azul prusiano según se exija.
Por si todo esto fuera poco, a las carrozas les antecede o sucede una banda musical distribuida de un modo tan equilibrado que la melodía de una no interfiere con la de otra y cuyos integrantes desfilan cuidadosamente uniformados.
Nadie se acerca a las imágenes para tocarlas, no hay barrera humana ni sogas para evitar el apretujamiento de los participantes contra los cargadores, quienes se notan ya agotados por el esfuerzo tras cubrir unos pocos metros. Tampoco se hace necesaria una gran cantidad de policías para garantizar la tranquilidad de la conmemoración, solo distingues a unos pocos que aseguran el desvío del tránsito.
Hasta en las callejuelas más apartadas hay una circunspección sobrecogedora que ni los menos pijos quiebran. No hay corridas ni fútbol, tampoco abren los comercios ni se encienden los televisores; la ciudad en pleno lamenta la muerte de Cristo con absoluta sinceridad.
A la misa en la ermita le sigue el traslado de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad, ya casi de noche, hasta la parroquia de San Pedro Apóstol (situada a más de un kilómetro de distancia) con una organización desconocida para ti. Descubres que en la marcha se unen payos, chinos, morenos, gitanos, latinos y marroquíes bajo una misma fe. En los desfiles todos se vuelven pijos y guardan un silencio de siesta.
Comienza el Domingo de Ramos con la procesión de una pequeña imagen del Niño Jesús cargada por los de menor edad; le sigue la bendición de las palmas y luego la procesión de san Juan Bautista. En el martes santo hay una procesión penitencial y el jueves, después de la eucaristía de la Última Cena, se pasea al Santísimo Cristo de Getsemaní y también a Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Las más conmovedoras son las procesiones del viernes y del sábado santos. En el primero se organiza el vía crucis procesional y más tarde la procesión de Nuestra Señora de la Soledad y la del Santísimo Cristo de la Expiración; mientras que en el segundo, sale la procesión del Santo Entierro. Al siguiente día, Domingo de Resurrección, tiene lugar la procesión en la cual se reproduce el encuentro del Santísimo Cristo Resucitado con Nuestra Señora de la Soledad en la Plaza Mayor.
El sábado siguiente a la Resurrección comienza con una misa y el Besamanos de Nuestra Señora de la Soledad, también con procesión, y al siguiente día, al caer la tarde, se lleva a cabo el traslado de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad desde la parroquia San Pedro Apóstol a la ermita de la rotonda. Así termina la Semana Santa.
Adviertes cómo la ciudad se recupera de la tristeza de una temporada luctuosa. Barajas vuelve a la normalidad y poco después las circunstancias te fuerzan a retornar a la tuya, a la de tu tierra, a esa normalidad sembrada de calles rotas, de gente que deambula en horario laboral, de basuras en las esquinas, de guaguas repletas, de mercadeo por la izquierda, de apagones, de agua por pipas… pero a pesar de todo no has logrado quitártela de encima, aunque no quieras expresarlo.
Ya te marchas. –Adiós, Barajas, que Nuestra Señora de la Soledad me permita volver a verte… —susurras mientras caminas hacia el Adolfo Suárez arrastrando tus maletas llenas de recuerdos.
Es un instante cualquiera de cualquier año, poco importa. Ayer es hoy. Total ¿qué más te da? Taxeas a las 12 del mediodía de este domingo 30 de agosto de 2015. Nada borras. Estás a punto de despegar y te preguntas cómo has llegado hasta aquí. Anhelas salir del avión para perderte en el entresijo de sus calles, embriagarte con el murmullo de las fuentes y la fragancia de las rosas; procesionar con tus barajeños en la Semana Santa y volver a pedir lo que pediste.
Ha sido una travesía agotadora que comenzaste hace muchos años. Deseas echar el tiempo atrás y piensas, como consuelo tal vez, que por algún motivo Dios te ha sentado en este avión desde el cual contemplas el campanario de San Pedro Apóstol construido, en el centro de la Vieja Barajas, tan solo para avisarte de que estás muy próximo a despegar, a abandonar esta tierra que ahora también llevas dentro, aunque no quieras expresarlo, y que esa maniobra es la más peligrosa del viaje.
Aún estás a tiempo de pedirle a Dios un despegue exitoso, pero no lo haces porque hay aspectos de tu regreso que te preocupan mucho más que la “simple” ascensión de la nave sobre la pista. Ω

Nota
1 Por quién doblan las campanas, novela testimonio de la Guerra Civil Española escrita por Ernest Hemingway. La contienda tuvo lugar entre el 17 de julio de 1936 y el 1ero. de abril de 1939.

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