Se TV mal

Por: Antonio López Sánchez

“La desidia fomenta la discordia. El trabajo

la abrasa. Pueblo ocupado es pueblo salvado”.

José Martí1

Unos meses atrás, esta sección puso sus catalejos en función de mostrar algunos mal funcionamientos de la televisión cubana. Más allá de la crítica a programas en específico, nuestras ideas se referían a diversos detalles de las carteleras y anuncios, además de alertar sobre ciertas incongruencias del contenido, respecto a la realidad, y sus posibles consecuencias en el público y en la credibilidad de los medios.

Ahora, gracias al aviso de algunos lectores, o más que lectores, televidentes, otra vez surge la tela por donde cortar la ineficiencia y la dejadez. De nuevo, y esta vez sin nada que ver con los contenidos de la parrilla, hay flagrantes muestras de incapacidad y, cuando menos, abandono, en algunos de los servicios y opciones de la televisión.

El aparato decodificador de la señal digital, la famosa cajita, tiene varias prestaciones. Ya mencionábamos tiempo atrás la guía que permite conocer de antemano la programación de todos los canales. En el trabajo donde tocamos el tema, hablamos de los troques y pifias en espacios que se anunciaban y luego al aire había otros. Como si se tratara de un torneo para inventar desaciertos, ahora aparecen nuevas torpezas. Las confusiones han continuado. Sobre todo, las sinopsis y descripciones de los programas son caldo de cultivo para los errores. A veces son insignificantes y a veces son tan graves como erratas duraderas, faltas de ortografía y redacciones infames o incompletas.

Por ejemplo, durante los ocho o nueve fines de semana del verano, la serie Alto impacto (la redacción) lució el errático anuncio de “Epidosio”, en vez de “Episodio”, durante cada fin de semana en cartelera. Al texto, eso sí lo cambiaban, le seguía el número de orden del capítulo que se exhibiría. Como en cada trasmisión se difunden dos capítulos, le visible errata aparecía dos veces en cada ocasión. Solo al iniciarse la tercera temporada se arregló el desatino. ¿En ocho domingos nadie fue capaz de notar el error? ¿No se revisa un texto antes de publicarlo? ¿Tan mecánicamente se cambiaba el número que nadie vio el desliz en tanto tiempo? En cuerda semejante, podemos recordar a un amigo que atesora en su móvil la foto del anuncio de un capítulo llamado Huella invorrable, de un serial policíaco nacional.

Puede que usted descubra sinopsis tales como: “Chato es un apache que vive entre dos culturas: por un lado siente un cierto sentimiento de fidelidad a su tribu”. Y ya. Entonces, nos quedamos sin saber cuál es el otro lado de la fidelidad de Chato y la otra cultura en la cual se debate… y, de paso, sin deseos de ver la película. Igual, aparece esta joyita de la redacción, en un programa de entrevistas con una muy destacada deportista cubana. Dice la sinopsis: “Pasa un rato con reconocidas personalidades de la cultura latinoamericana y europea. Políticos, deportistas, artistas, gente de las más variadas”. Y ahí termina. Con punto final y todo. Como se ve, es una oración que haría enloquecer al más cuerdo de los editores, además, por supuesto, de destrozar los buenos deseos de los infelices lectores-televidentes de ver el espacio. Eso, para no agobiar con errores de puntuación y acentuación, redacciones anfibológicas y hasta más tontas y malas a veces que los mismos programas que describen. En verdad, abundan los ejemplos, en varios canales. No obstante, la intención no es poner en picota ni degollar a nadie, sino señalar un error, para corregirlo.

Cabe también, en esta enumeración de yerros, la mención de no pocos subtítulos de seriales y películas que se exhiben en la televisión. Es desolador leer traducciones al peor modo “yo, Tarzán; tú, Jane” o de los indios hollywoodenses hablando en infinitivos. No hay verbos conjugados, las construcciones gramaticales son de palo y en traducciones hechas con programas de computación, que pocas veces son exactas y saben diferenciar contextos y matices. Al final, cada subtítulo es un exasperante sinsentido. Usted puede aprovechar para practicar su inglés, si la serie no es en croata o swahili, o para pasar de canal y proferir dos o tres jugosas malas palabras dedicadas al responsable.

Otro detalle está en algunos de los servicios extratelevisivos que ofrece la famosa cajita. Para los que no tienen todavía el aparatito, hacemos una somera descripción. Se trata de una pantalla donde usted puede acceder a un menú que le permite entrar a una página de noticias; una segunda ofrece servicios, como el anuncio del tiempo o una cartelera cultural; otra tiene una guía con teléfonos importantes y una más muestra titulares de noticias publicadas en varios sitios webs nacionales. En la pantalla de presentación aparece en un costado el logo del Sistema de Información, del ICRT. Otro logotipo reza: “Mucho más que televisión”.

Mientras se redactan estas líneas (30 de septiembre del 2019) la página informativa nos ayuda a saber que los cubanos en los Panamericanos de Lima jugaron con el corazón y que Donald Trump ha hecho otra de las suyas. El único problema es que las noticias más recientes están fechadas solo hasta el 14 de agosto. La pantalla que anuncia los titulares de varios sitios webs nacionales, luce por igual un desolador atraso de más de un mes en sus publicaciones. Quizás para un historiador sea útil saber que ese día pronosticaron lluvia en la región occidental o que comenzaba un Festival de hip hop. Para el que hoy sale, y se moja, no tanto.

Las circunstancias económicas de la Isla, más el avance tecnológico del planeta, hacen que los periódicos y revistas reduzcan sus tiradas y se trasladen cada vez más al ámbito digital. Se sabe que no todo el pueblo puede todavía acceder con facilidad a la Internet en Cuba. Incluso, ni siquiera todos tienen ya la famosa cajita. De cualquier modo, es obvio que, incluso aquí, se pretenda reducir y quizás algún día eliminar el gasto de todo tipo que conlleva imprimir miles de periódicos. Entonces, si esta opción de la televisión digital, sin dudas con un costo de producción muchísimo más bajo que el de imprimir un diario, puede ser de ayuda, ¿qué explicación hay para que este servicio informativo esté por completo desactualizado? Y si hay explicación, y no justificaciones, ¿por qué un mes y tanto después nadie la sabe? Como en otros tantos casos, la ya proverbial falta de fijador se hace tangible y muestra sus pezuñas de abandono. Para no abundar en el detalle mercadotécnico de que, a estas alturas, todos los lectores fidelizados a este servicio lo deben haber abandonado por completo luego de más de un mes de decepciones. Se enterarán por otro lado si llueve o no.

Porque, amén de todo lo demás, lo primero que uno piensa ante tal asunto es el olímpico desprecio, y la impotencia para remediarlo, que sufre el televidente desde los medios de difusión, que no son privados. Por ende, el desprecio es oficial, institucional, del Estado. Claro, el Estado no es una entelequia. En este caso, el Estado es el redactor descuidado o incapaz que escribe mal una sinopsis, o el responsable de que una parrilla de informaciones no esté al día, o quien trasmite una película con subtítulos idiotas (más todos sus superiores que –mal– revisan sus trabajos). Los medios, la persona que aprieta el botón o la tecla, tienen que velar por la calidad de lo que difunden. Por bueno, o cierto, o justo que sea el contenido ideológico que trasmiten, si el vehículo es tonto, mal escrito o descuidado, el mensaje se pierde, más todo el gasto en generarlo.

Los medios son líderes de opinión, trasmiten conceptos y validan ideas. Por eso no pueden permitirse errar, tener faltas de ortografía o malas redacciones. Mucho menos se justifica que haya más de un mes de atraso en las noticias que ofrecen. Nada de credibilidad y confianza queda tras tales fallos reiterados. Por supuesto, el cometido de escribir bien no es exclusivo de la profesión periodística. De hecho, sin ser un Premio Nobel, dominar el idioma, saber escribir correctamente, debe ser un conocimiento incorporado de toda persona. En los profesionales, de cualquier rama, es una obligación. En quienes tienen la labor de redactar contenidos públicos, es un requisito imprescindible.

Los periodistas saben la desazón, la ira, que se sufre ante un buen trabajo que una errata, flagrante o tragicómica, echa a perder para siempre, pues la hoja impresa no tiene ya remedio. Al mejor escribano se le va un borrón. Pero, cien borrones después, hay que revisar los lentes, o el cerebro, del escribano y de quien lo supervisa. Un país donde no hay analfabetos desde hace décadas, donde la cultura es batalla diaria, no puede tener una televisión con malas sinopsis y escrituras fallidas. Cualquiera que sea la circunstancia o la crisis energética donde se viva, y aunque el escribano llegue tarde y redacte apurado para cumplir la entrega, eso no depende del petróleo.

Un viejo proverbio profesional dice que los abogados encierran sus errores, los médicos los entierran y los periodistas los publican. Sean o no periodistas los que escriben tales dislates, habrá que pensar en encerrar, o mejor, en enterrar, el descuido, la desidia, la falta de interés y de responsabilidad en lo que se acomete a diario. Hagamos mejor el pequeño pedazo de país que nos toca en nuestra labor. Todos los demás grandes pedazos, además de mejorar, también lo van a agradecer. Ω

 

Nota

[1] Tomado de “Patria de hoy”, del periódico Patria, 7 de noviembre de 1892 en Obras completas, volumen II, p. 183, Centro de Estudios Martianos (Edición Digital).

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