¿Son Magos los Reyes?

Por: Francisco Almagro

reyes magos

–¿De dónde vine?
¿Dónde me encontraste?–
pregunta el niño a su madre.
Ella llora y ríe al mismo tiempo,
y estrechándolo contra su pecho
le responde:
–Tú estabas escondido
en mi corazón, amor mío;
tú eras su deseo.
Rabindranath Tagore

I
Este cinco de enero un vecino me sorprendió con una pregunta: ¿ya compraste para tus hijos el regalo de los Reyes? Ante mi silencio de segundos, pasó a explicar: chico, el regalo para los niños, el seis de enero, el Día de los Reyes Magos, ¿no te acuerdas? Sí, claro que me acuerdo, contesté al fin; me despedí, y seguí el camino maravillado, porque alguien que jamás había pisado una Iglesia Católica estaba alentándome a regalar juguetes a mis hijos dentro de la más universal de las fantasías para niños de Occidente.
En casa de otro vecino, destino final de mi recorrido de la tarde, un abuelo me contó la odisea para conseguir el regalo de su nieta. Las colas son enormes, la gente está comprando juguetes de todo tipo, muchos están rebajados de precio, me comentaba exaltado el señor con suficiente edad para haber conocido a reyes y magos de otras épocas. Añadió que habían habilitado tiendas y departamentos sólo para vender juguetes, y que, como nunca antes, los padres llevaban carros de bomberos, camiones, muñecas, pelotas, bicicletas y disfraces, todo para esconderlo de la vista de los niños, y sorprenderlos al día siguiente.
Aunque el rescate de esa tradición, como de la Nochebuena, es un fenómeno que viene creciendo desde hace algún tiempo, este inicio del 2005, según muchos habaneros, ha sido notable. Difícil es comprender lo que está sucediendo en un país dónde no existe la más mínima referencia a la Epifanía en los medios de comunicación desde hace cuarenta años; en la escuela, ni siquiera por interés cultural, se enseña que el Día de Reyes, por poco, era el único momento de libertad y fiesta para los esclavos durante la colonia; que uno de los símbolos de la Capital se llama, en realidad, Castillo de Los Tres Reyes Magos del Morro; y, de menor importancia pero válido, el hecho de que casi todos los juguetes deben ser comprados con divisas, moneda en la que no cobra salario casi ningún compatriota.
Así, el material periodístico estaría en la contradicción aparente de la noticia —quiere decir lo notorio, y debe ser actual, interesante e importante—: el incremento sustancial en la compra de juguetes y la resurrección de la costumbre de los Reyes Magos en Cuba. Muchas, sin duda, serían las causas de este fenómeno. Intentemos explicarnos sólo algunas.

II
Primero, una necesaria digresión histórica. Pertenezco a la generación nacida a inicios de la Revolución, los cuarentones, como alguien con muy buen tino califica el baby boom cubano –la explosión demográfica de los sesenta. De ese modo, lo que hoy pudiera parecerle a mis hijos normal, –círculos infantiles, becas, escuelas al campo y otras tantas entidades– empezaron con los niños que hoy pasamos o estamos cerca de los cuarenta años. También vimos desaparecer otras cosas como los Reyes Magos.
¿Cuántos Reyes pude disfrutar? No lo sé con exactitud. Creo que poco antes de que los declararan personas non gratas ya sabía yo que eran mis propios padres, lo cual me hacía sentir parte de una ilusión compartida con el resto de la familia. La noche anterior trataba de quedar despierto. Como todos los niños, no lo lograba. Hasta un día en que pude ver a mis padres, entonces casados, hablando en voz baja; creyéndome profundamente dormido, cargaron los juguetes para esconderlos por toda la casa. He olvidado muchos detalles de mi infancia. Ese día, no. En la tarde, mi abuela había contado a mi hermano y a mí, una vez más, la historia de los camellos y los Magos: cómo pasaban por debajo de la puerta convertidos en hormiguitas y había que dejarle hierba y agua; y no levantarse hasta que los Magos se hubieran retirado pues podía romperse el encanto.
También recuerdo con dolor cómo fenecieron los escurridizos soberanos del Oriente, o mejor dicho, la ilusión de ellos; los argumentos de mis padres me parecieron, a tan corta edad, absurdos: a los niños no era correcto engañarlos, esa era una costumbre del pasado, la fecha del seis de enero podía ser cualquier día del año. El motivo más ilógico de todos, por su dramatismo fuera de lugar, fue que no todos los niños del mundo tenían juguetes. A partir de ahora, me dijeron, se repartirían juguetes a los niños por igual. Era improbable, con tan pocos años, que se me ocurriera sugerir que lo mejor no era matar a los Reyes Magos sino ayudarlos a repartir más juguetes y de manera más justa.
Puede que otros, adultos, sí pensaran en eso. Quizás por ello inventaron un sistema de turnos por teléfono –mi madre y mi abuela estuvieron a punto de perder sus respectivas primeras falanges– y después, turnos a través de la libreta de abastecimiento. Podía tocarte el 10 para el primer día por la mañana –un buen lugar, sin duda–; o el 5 para el cuarto día por la tarde –no tan bueno. El turno sólo significaba un orden en la cola, que era, por sí, una locura con turno y todo.
Una vez adentro de la tienda, a cada niño le tocaban tres juguetes. Uno básico, que era el mejor. El 10 del primer día por la mañana, como una vez le tocó a mi hermano –¡siempre con esa suerte para las rifas!– podía llevarse hasta una bicicleta. Pero el pobre 5 del cuarto día por la tarde estaba embarcado; diríamos en buen cubano que lo único a que podía aspirar era a rastrojos. Quizás, y esa era la esperanza, el próximo año con buenos dedos o un bodeguero amigo, atraparía un mejor lugar.
Después del juguete básico tocaba el no básico, no tan bueno, pero todavía con alguna dignidad. Y el apestado era el juguete dirigido. Con esa facilidad que tenemos los cubanos para inventar nombres y cambiarle el significado a las cosas, el dirigido era un juguete que te tocaba por plantilla, casi siempre horroroso y sencillo –una pelota, un juego de yakis, un yoyo–; y que casi ningún niño quería pero todos los llevaban, unos por disciplina y otros porque todavía estaban lejos con su juguete básico.
Eso duró algunos años. No sé cuantos. Es cierto que cada niño cubano tuvo juguetes entonces. Desconozco si otra sociedad ha logrado proeza semejante a favor de los pequeños. Tal vez el precio fue despertar de una inocente y sana ilusión a la materialidad más cruda; tampoco sería de soslayar que el seis de enero, como vaticinaran mis padres, desapareció como Día de los Niños. Este es un detalle importante en la historia.
Cuento todo esto porque los cubanos tenemos, como buenos productos del Trópico, cambiante y sensual, gran tendencia al olvido. Y sin memoria no hay razonamiento, ni presente, y el futuro podría resultar más imprevisible de lo que ya es por naturaleza. Sin memoria, como los enfermos de Alzheimer, corremos el riesgo de perdernos hasta en nuestra propia casa.
III
Veamos, treinta y tantos años después, los argumentos de mis padres para desterrar los Reyes Magos de mis ilusiones de niño, como creo lo hicieron la mayoría de los padres de entonces, guiados todos –aunque equivocados, según mi opinión– por las mejores intenciones y atenciones.
Si resultara incorrecto engañar a los niños con historias de magos y de reyes, todos los cuentos infantiles de los Hermanos Grimm, Perrault, Hoffmann, Andersen y Collodi deberían ser desaparecidos de las casas. Bajo tal análisis, el primer libro que habría que prohibir en los hogares sería La Edad de Oro, de José Martí, pues para contar sus historias, el autor utiliza fantasías de vuelo poético mayor; pienso, por ejemplo, que un poema tan duro para un niño por su carga de dolor ajeno como es Los Zapaticos de Rosa, no se suavizaría sin la mariposa que ve desde su rosal los zapaticos guardados en un cristal.
Sucede que en la psicología de los pequeños hay como un estado ordinario dónde sobrenadan la ficción y la realidad, ambas imprescindibles para la conformación de sus personalidades. Una cosa es mentir, engañar, y otra es crear un ambiente de saludable optimismo, de ilusiones y sueños posibles. Además, en el caso de los Reyes Magos, como en el de casi todas las narraciones para niños, siempre queda un aliento de paz, esperanza, de bien hacer, sentir y pensar, logrado a través de metáforas y moralejas donde, necesariamente, los pájaros deben hablar, y los hombres volar sobre las nubes.
La tradición de los Reyes Magos sí es una costumbre del pasado. Pero es de nuestro pasado: el de nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Ni más ni menos, costumbre sin la cuál el simbólico cultural de la nación cubana perdería parte de su base de sustentación. Es una tradición que viene de España, tronco en el cual se injertaron otras culturas, y a modo de árbol mestizo, creció en el Trópico. La raíz, sin embargo, es española. Quiere decir que aunque no profesemos la fe cristiana católica, una parte mayoritaria del arte, la ciencia, la política y la vida cotidiana de los cubanos, sin que lo notemos, está influida por sus valores y tradiciones –con todas sus luces y sus sombras, como gusta decir monseñor Carlos Manuel de Céspedes.
En cambio, Papá Noel o Santa Claus no es cubano. Nunca lo fue. El trópico insular no era lo suyo. El gordo de barba blanca, vestido con traje rojo y ribetes blancos, que viaja sobre la nieve montado en un trineo tirado por renos, es una imagen venida de Estados Unidos y a ellos llegó, en el siglo xvii, de Europa. Hay sutiles diferencias entre Santa y los Magos del Oriente, las cuales darían bien para un ensayo sobre la globalización de un modelo cultural y religioso hegemónico en tierras de herencia católica como la América Latina. Pero el espacio no permite extenderse en algo tan sugestivo.
Aunque el argumento de la fecha parece el menos significativo, es, acaso, el más importante: la festividad de la Epifanía –quiere decir manifestación o apariencia– no puede desligarse de la Gran Novedad ocurrida doce días antes: la Navidad, el nacimiento de Jesucristo en Belén. Los Reyes Magos –mago, en la Cultura Oriental quería decir sabio; nada tenía que ver con la prestidigitación– están en el relato evangélico solo porque Jesús existe. Ellos vinieron a adorarle como, y ese parece ser el sentido que le da el evangelista Mateo, lo haría cualquiera de nosotros hoy día. De modo que si la fecha ya no es poco después del nacimiento del Salvador, ¿qué sentido tiene? Si se quisiera descristianizar una sociedad a propósito, una de las formas más eficaces sería, además de suspender la Navidad en orden de importancia, celebrar los Reyes Magos –ya no serían ni tan reyes ni tan magos– cualquier día del año.
En cuanto a que en la festividad puede haber mucha injusticia material, hay bastante razón en ello. De toda la vida, unos padres pueden conseguir juguetes costosos, bonitos e interesantes a sus hijos y otros padres no. Aquí si cabe la frase de que ciertos progenitores tienen que volverse magos para comprarle un pequeño obsequio a sus hijos. Otros, los reyes, no tienen ese problema. Así fue hace mucho tiempo. Y así ha vuelto a ser este año.
IV
Decía Montesquieu que no es preciso hacer por medio de las leyes lo que se puede hacer por medio de las costumbres. La sociedad cubana está rescatando el bautismo de los niños, la Primera Comunión, los Bailes de Quince, el matrimonio por la Iglesia, la Nochebuena y el Día de Reyes. Nadie lo ha normado; ninguna institución sufraga, alienta o propaga esos, anteriormente llamados, rezagos del pasado. Entonces, ¿qué está pasando?
En primer lugar hay factores de orden cultural: las tradiciones de un pueblo pueden omitirse un tiempo, pero como un muelle, tan pronto cesa sobre ellas la presión, rebotan con fuerza inusitada. Tal vez la mayoría de las quinceañeras, los invitados a la Cena del 24 o los padres que compran juguetes para sus hijos el Día de Reyes, no se sepan recuperando costumbres muy cubanas que datan de siglos. Sin embargo, algo les dice –curioso atavismo– que eso está bien, que son costumbres bonitas, y traen felicidad a sus hijos y amigos. Esto tiene un lado peligroso: podrían quedarse en el figurao, como, lamentablemente, sucede con frecuencia por ser nosotros tan proclives a lo que Mañach llamó falta de tercera dimensión o profundidad de espíritu.
Hay, además, factores de tipo social y económico. La tenencia de moneda convertible por una parte de la población, y que casi la totalidad de los mejores productos –incluidos los juguetes– se vendan en esa moneda, crea una nueva clase socioeconómica. Clase Nueva o Nuevos Ricos –ya sé que es un término incómodo, más no habría otro mejor– han de autenticarse a través de nuevos imaginarios simbólicos, espirituales y materiales. El proceso de hacerse con una nueva identidad sobre la base de un recientemente adquirido alto nivel económico y social hace ineludible desde la posesión de un teléfono celular y una antena parabólica hasta la celebración de unos Quince que envidiarían las damiselas del Vedado Tenis o el Miramar Yacht Club o la compra de un juguete de más de cien pesos convertibles. En las escuelas, me cuentan padres amigos, algunos niños cubanos ya compiten con otros respecto al mejor y más caro juguete que le trajeron los Reyes.
Sin embargo, a pesar de lo defectuoso que este rescate de tradiciones pueda tener, lo válido, lo positivo, es el proceso en sí. Justo es decirlo, las autoridades facilitaron las ventas de juguetes este año con rebajas y apertura de nuevas tiendas. Unos dirán que por urgencia económica, y ese es también un motivo legítimo si con el dinero recaudado se traen más juguetes y sueños para los niños cubanos.
Mi generación, la de los cuarentones, está como a la expectativa, todavía sin saber muy bien cómo hacer; a muchos se nos murieron los Reyes antes de tiempo, y ahora resulta, como dirían los masones y nos hubiera pedido Jorge Negrete que creyéramos de su muerte, que sólo estaban dormidos. Esto lleva a preguntarme si los Reyes que conocí de niño no son magos y sabios de verdad. Solo así sería explicable el insomnio con el cual los he esperado, otra vez, este año.

14 Comments

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