Santos de hoy y de siempre: Santa Efigenia, patrona de los negros

Por Juan Manuel Galaviz, SSP

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El relato de san Lucas, un punto de partida

santa-efigeniaDe los primeros siete diáconos mencionados en el capítulo 6 del libro de Los hechos de los Apóstoles, el más conocido es el protomártir san Esteban. Le sigue en fama el diácono Felipe, notable por su predicación ardiente y eficaz, como aquella con que entusiasmó a la ciudad de Samaria, y que se vio ratificada por los milagros que hacía y por el poder que mostraba tener sobre los demonios. Felipe era un creyente firme, tan dócil a la acción del Espíritu Santo que algunos hechos suyos parecen de fábula, como aquel narrado en el capítulo 8 del libro citado. Allí se nos habla de un ángel del Señor que le da a Felipe la orden: “Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto”. Felipe obedece prontamente, sin saber a lo que va.
Por aquel camino a Gaza, ve acercarse un carruaje en el que va sentado un hombre grande de estatura y negro de piel. Era “un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía; había ido en peregrinación a Jerusalén y se volvía sentado en su carruaje, leyendo al profeta Isaías”. Entonces el Espíritu Santo le pide a Felipe que se acerque al carruaje. El diácono se percata de que el viajero va leyendo un pasaje del profeta Isaías alusivo a la Pasión de Cristo. Le pregunta al etíope si comprende lo que va leyendo, pero este responde: “¿Y cómo puedo entenderlo, si nadie me lo explica?”. Dicho esto, invita a Felipe a que suba al carruaje y, sentado junto a él, le esclarezca el texto del profeta. Partiendo de ese pasaje, el diácono le trasmite al eunuco las verdades esenciales de la fe cristiana.
Al pasar por un sitio donde hay agua en abundancia, el etíope pide a Felipe que lo bautice. Cumplido esto, el relato vuelve a adquirir visos de fantástico: “Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero siguió gozoso su camino. Felipe se encontró de pronto en Azoto, y en todas las ciudades por donde pasaba iba anunciando la Buena Noticia, hasta que llegó a Cesarea”.

En el país de los nubios
Era oportuno este punto de partida, pues, de otra manera, la historia de santa Efigenia carecería de un contexto más o menos creíble. Ese contexto se lo ofrece una tradición según la cual el apóstol y evangelista san Mateo, al tener conocimiento del episodio del etíope que se hizo cristiano, decidió dirigirse a Etiopía, para encontrar a ese personaje singular y dedicarse de lleno a evangelizar el país de los nubios. Efigenia sería, según narraciones salpicadas de imaginación, la más célebre convertida y colaboradora de san Mateo y la primera santa del continente africano.
Aunque el nombre de Efigenia o Ifigenia no aparece ya en los santorales, su fama de mártir originaria de Etiopía logró difundirse en todos los continentes, principalmente en las zonas geográficas con población negra. Sus devotos la veneran el 21 de septiembre, el mismo día en que la Iglesia católica celebra al apóstol y evangelista san Mateo.
De la existencia efectiva de santa Efigenia no pueden darse pruebas documentales, pero puede apelarse a una tradición muy arraigada. Probablemente aconteció, en el caso de la mártir etíope, lo que ha sucedido con muchas otras figuras de mártires de los primeros siglos del cristianismo: que la memoria de un hecho notable como es el martirio, indujo a la tradición a completar con fantasía los perfiles desconocidos del personaje. Nos encontramos, pues, en el terreno de la literatura apócrifa que se distingue porque los vacíos de datos los va llenando con episodios imaginarios. Aun despojando al personaje de episodios inventados, queda en pie un hecho real que está en la base de ese despliegue de fantasía: el personaje existió realmente.
Si le damos crédito a la tradición que señala a san Mateo como el evangelizador de Etiopía, la santa en cuestión debió vivir en el primer siglo de la era cristiana. Se afirma que Efigenia fue hija de reyes etíopes: Egipo e Ifianassa. Supuestamente también su padre se adhirió al cristianismo, pero sin superar su idolatría ni sus arraigadas supersticiones. Tanto es así que unos magos paganos, promotores de la religión idolátrica que Egipo practicaba, lograron convencerlo de que los dioses le otorgarían la inmortalidad si él, a cambio, les ofrecía en sacrificio a uno de sus hijos.
La condición era muy dura, pero el ambicioso rey anhelaba conservar su vigor y lozanía, así que, después de mucha insistencia por parte de aquellos magos, Egipo aceptó que uno de sus hijos fuera quemado vivo. Sin embargo, cuando ya había comenzado la cruel inmolación del muchacho, el rey se arrepintió e invocó el nombre de Jesucristo. Al instante, apareció un ángel y salvó a su hijo de las llamas.
Esa intervención prodigiosa le renovó la confianza en el cristianismo y permitió que Mateo continuara su predicación; incluso, aprobó el acceso a su palacio, consintió que el evangelista siguiera adoctrinando a la princesa y dejó que ella colaborara en la predicación. Efigenia lo hacía con gracia y convicción, al punto de obtener en el pueblo numerosas conversiones. Ella, en lo personal, afianzaba siempre más su amor a Jesucristo.
Las cosas marchaban viento en popa, pero la soberbia y el carácter veleidoso de Egipo hicieron que todo terminara en penoso dramatismo. Una primera víctima fue el propio san Mateo: según los relatos apócrifos que estamos siguiendo, habría sido martirizado en el palacio del falso convertido. Su trágica muerte fue provocada por el furor del rey, que se sintió humillado y ofendido cuando la princesa Efigenia se negó a contraer matrimonio con otro personaje de la nobleza etíope. El rechazo de Efigenia no se debió a falta de simpatía o de méritos del pretendiente, sino a la existencia de un vínculo mucho más fuerte y definitivo que ella había establecido con Cristo cuando decidió consagrarle su virginidad y toda su vida.
Las narraciones que circulan a propósito de la princesa etíope la presentan como una gran propa-gadora del cristianismo y afirman que logró reunir, en una especie de convento, a un buen número de vírgenes consagradas con las que ella compartía sus propósitos personales; de esto, su padre no estaba enterado. Cuando rechazó al caballero noble que Egipo le proponía como esposo, lo hizo de manera tan resuelta que el rey se sintió despechado y culpó de todo a san Mateo: “ese galileo no solo estaba trastornando todos los usos y costumbres de su reino, sino que había trastornado también la cabeza de su hija…”. Ordenó, pues, que dieran muerte al evangelista y que incendiaran el recinto que Efigenia había hecho construir para las vírgenes consagradas.
En cuanto a su hija, ahora se revolvían en su interior odio y cariño. Deseaba castigarla severamente y al mismo tiempo sentía amarla con predilección entrañable. Fue entonces cuando intervinieron los pérfidos magos Arfaxad y Zoroes, los cuales em-prendieron una campaña destinada a envenenar la mente de Egipo y a conducirlo a la venganza. Aprovechándose de su orgullo y de su tendencia a la superstición, le hicieron creer que la desobediencia de Efigenia y la condescendencia que él había tenido con los propagadores del cristianismo, tenía irritados a los dioses, por consiguiente, habría catástrofes si no les sacrificaba a su hija. Incapaz ya de razonar, tomó la terrible determinación de aplicar a su hija el castigo sugerido por los magos.
La joven princesa, aunque en su corazón era ya una cristiana ferviente, tenía aún la condición de catecúmena que se preparaba para el bautismo. Cuando se le anunció la terrible resolución de su padre, pidió unos días; deseaba en realidad tener tiempo para completar su instrucción cristiana, recibir el bautismo y luego entregar su vida, no a los falsos dioses sino al único y verdadero Dios.
Sentenciada a morir en una hoguera, repetidas veces fue salvada prodigiosamente, pero aquellos magos perversos invocaron los poderes del demonio a fin de salir triunfantes. Creyeron que así había sido. La verdadera victoria fue del Evangelio, escrito y predicado por san Mateo, y de Efigenia, la princesa etíope que halló en Cristo y en su mensaje alimento, fortaleza y gozo. Ω

2 Comments

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