Gracias, Santa Bárbara, muchas gracias

Por: Teresa Díaz Canals

Robert_Campin_Santa-Barbara
Robert_Campin_Santa-Barbara

“‘Hay cosas que no pueden decirse’,
y es cierto. Pero esto que no puede decirse,
es lo que se tiene que escribir”.
María Zambrano
Por qué se escribe

Robert Campin (Tournai, Bélgica, 1375-1444) fue un pintor conocido como el maestro de Flémalle, intelectual de gran conocimiento teológico y celebrado como la figura principal de la escuela flamenca en el siglo xv. Uno de sus cuadros famosos se denomina Santa Bárbara (1438) y se encuentra en el Museo del Prado de Madrid. Esta pintura tiene como protagonista a la señora de los elementos de la naturaleza, encerrada por su padre Dióscoro en una torre para alejarla de posibles pretendientes. Cuenta la Leyenda Dorada de Jacobo de Vorágine, que el padre tuvo que viajar antes de que se terminara de construir la torre y la muchacha encargó a los albañiles que le construyeran tres ventanas para rezar así a la Santísima Trinidad. Cuando regresa el progenitor de Bárbara, descubre que la joven era cristiana. Ordenó azotarla, pero los látigos se convirtieron en pluma. Tal era el odio profesado por el padre al cristianismo, que él mismo, lleno de ira, decide asesinar a su hija cortándole la cabeza; en ese instante fue fulminado por un rayo y convertido en una bola de fuego. De ahí la creencia en que esta santa protege de los rayos.
En la imagen se puede observar una muchacha sentada en un banco de madera con un libro en sus manos –las Sagradas Escrituras– que sostiene con un paño para no tocarlo directamente, en señal de respeto. Está situada de espaldas a la lumbre de un fuego que arde dentro de una chimenea, la cual simboliza la función purificadora de los males y, en el fondo, una ventana en forma de cruz por donde entra la luz y se observa el paso de un caballero. También se aprecia la construcción de una torre, en la que sería encerrada Bárbara. En ella se cruzan espacios iluminados y de penumbra.
María Zambrano se quedó muy impresionada con esta entrega del pintor belga. La escritora española declaró en una de las ocasiones que asistió a disfrutar de esa obra de arte, que la misma había formado parte de su vida de una manera esencial, aunque jamás expresó nada parecido a que era la mejor pintura que hubiera visto. No se trataba de eso, pues consideraba que toda pintura constituía un espacio privilegiado no solo de contemplación, sino también de participación. De tanto mirarla y atenderla cuando visitaba el museo donde se encontraba, terminó fijándola hasta el final de su existencia en la memoria. Tal fue la conmoción generada en su interior, que pensar en la figura incorporada a su ser le provocaba calma, ante tanta injusticia y tanta violencia existentes. La gran amiga de José Lezama Lima narró sobre ese estado de ánimo, sobre esa apacibilidad, que una vez, en medio de un bombardeo durante el sitio de Madrid, cantó con otro gran poeta español una sevillana. Un enviado de un periódico francés se asombró al escucharlos y les reprendió: “Ustedes cantando y allí muriendo”. Ante tal reproche María, a su vez, le preguntó: “¿y cómo sabe usted que vamos a terminar la canción?”.1
En la persona que escribe nace un afán de desvelar, un afán irreprimible de comunicar lo desvelado…2 de publicar el secreto encontrado que, además, produce cierto efecto, una especie de sensación especial, que no es más que una necesidad imperiosa de hacer que alguien se entere de algo. Comunidad entre escritor y lectores, que no nace en el tiempo en que se lee lo entregado, sino en el acto mismo de escribir.
La admiración y el sentimiento que suscitaba en la Zambrano la mencionada pintura de Santa Bárbara no eliminaron, sin embargo, la conciencia que poseía acerca del cuidado que se debe tener ante los iconos. “Todo icono debe ser liberado”, aseveraba. Mirar con el alma, con la inteligencia, hasta con el cuerpo. El saber se inicia mal a partir de experiencias esquematizadas. Sin desprenderse totalmente del estar-allí de la imagen, la misma es liberada. La vista dice muchas cosas a la vez en innumerables matices. Solo supo que santa Bárbara era una visión compartida, estaba ahí para Dios, para todos. Recuerda que una criada llamada Gregoria la llevó cuando era una niña al convento de San Juan de la Cruz. En ese lugar la entonces adolescente le preguntó a la sirvienta: “¿Qué es un santo?”. Y la primera respondió: “Alguien que está muy cerca de Dios y, al mismo tiempo, junto a nosotros”. Ω

Notas
1 Véase Rosa Rius Gatell: “De María Zambrano y Bárbara: el icono liberado”, en Papeles del Seminario de María Zambrano.
2 María Zambrano: “Por qué se escribe”, en Hacia un saber sobre el alma, Madrid, Alianza Editorial, S.A., 2012, p. 39.

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