Profesionales en Cuba: una baraja que espera

Por Antonio López Sánchez

Profesionales en cuba

profesionales en cubaEn la fiesta de una boda, donde coincidimos varios profesionales de ramas diversas, escucho a una persona contar sobre una complicada vicisitud laboral. La dama en cuestión dirige una empresa estatal socialista, y tiene un serio problema de funcionamiento. Su aparato económico, además de las usuales gestiones de balances, compras y ventas, pago de nóminas y demás acciones, está obligado a cumplir un riguroso sistema de entregas periódicas de información a sus instancias superiores. Esta empresa, para que funcione dicha rutina, precisa de contratar a un especialista, de una firma por cuenta propia, y debe pagar por este servicio. La cifra erogada, cada mes, supera prácticamente en más de tres veces el sueldo estatal de la propia directora.

La justificación del suceso es sencilla. La plantilla de este sitio dispone que quien se ocupe de la parte económica devengue un emolumento que siquiera roza las cuatro centenas. En el lugar no hay transporte, no hay almuerzo (aunque sí el pago por este), y más allá del sueldo es poco en nivel de gratificaciones o comodidades lo que ofrece el puesto, sea en áreas legales o incluso “por la izquierda”. Ante tal panorama, más las responsabilidades que asume un cargo económico y los duros precios de la vida diaria, son muy pocos los interesados. Las disposiciones legales que rigen el funcionamiento de esta empresa, impiden pagar mayor sueldo a una plaza propia. En la práctica, ante la escasez de personal dispuesto al cargo y lo ineludible de las entregas informativas y del resto de las operaciones, una buena parte de los ingresos obtenidos se destina entonces a contratar un experto externo. Alguien concluía la anécdota con una lapidaria afirmación: “Siempre es igual. Los profesionales somos la última carta de la baraja”.

Tal ejemplo es uno de los muchos que pueden hoy alegarse respecto al retorcido funcionamiento que todavía exhiben no pocas estructuras e instancias nacionales. Si bien el proceso de reordenamiento económico ha abierto sendas y posibilidades a algunos sectores, otros no ofrecen las mismas perspectivas. En especial, los ámbitos estatales y, dentro de ellos, los estratos profesionales, son, sin lugar a dudas, los más afectados. En el caso descrito, a pesar de que sí hay un especialista que obtiene un salario decente (el que proviene de predios privados), habría dos, quien dirige y quien deberá alguna vez ocupar oficialmente la plaza, que resultan desfavorecidos. A tales desigualdades, no pocas veces fruto de disposiciones erróneas o ya caducas, deben dirigirse los cambios en el modelo económico cubano.

Por supuesto, es muy importante el tema de la disparidad de las monedas, los bajos sueldos y la hoy casi ausente condición de estos como fuente principal de los ingresos de cualquier persona, entre otros argumentos. Pero, más allá de este criterio, existen otras condiciones incompletas, que también influyen. En diversos ámbitos hay todavía leyes, calificadores de cargos, plantillas y demás disposiciones, que fueron dictados en años lejanos, donde la situación social y económica ni se acercaba a las complejidades y dificultades actuales. Tales normas lucen antediluvianas y no pocas veces crean más problemas o hasta impiden resolver los existentes.

Otro aspecto está en las propias condiciones de trabajo de las plazas estatales. La falta de insumos o materias primas, la poca posibilidad de otros estímulos que complementen las bajas cifras de los sueldos, los espacios físicos maltratados, calurosos y desagradables, incluso a veces, hasta la inexistencia de un baño, de agua potable y de almuerzo, son realidades comprobables.

He estado en bufetes y notarías, por no hacer muy larga la enumeración de lugares, donde, en pleno siglo xxi, los abogados redactan documentos legales en “edadepiédricas” máquinas de escribir. Los he visto archivar toneladas de papeles que ocupan muebles gigantes, cuyos textos pudieran caber cómodamente en un simple disco duro. He visitado oficinas públicas donde clientes y trabajadores se asfixian solidariamente bajo el soplo mustio de algún ventilador sobreviviente al refrigerador ruso con el que vino al mundo. Si de tal modo se trabaja en instancias estatales, muchas veces de servicios públicos importantes, cómo pedir que haya interesados por engrosar estas filas; cómo exigir rigor y disciplina; cómo esperar que no sucumban a la “ayuda” de los usuarios y a la “lucha”, y trafiquen con lo que les quede a mano. La mala vista hace muy mala fe.

Otro aspecto, ya mencionado, radica en que no es posible llenar de espacios cuentapropistas el ámbito profesional cubano. El trabajo por cuenta propia es una de las soluciones que implementa un Estado “mastodóntico”, que no puede ya atender a la vez y con eficiencia, por ejemplo, toda la infraestructura industrial de la nación y cada puesto de croquetas en cada esquina. La solución privada, además de que propicia que se generen empleos, alivia algo las infladas plantillas y trata de poner coto a los puestos improductivos y “girovagantes”, entre otros males derivados de una enorme burocracia y unos ineficaces mecanismos de funcionamiento (sea en la gran infraestructura o en las croquetas). Mecanismos estos que, dicho sea de paso, no creó nadie más que el propio Estado en su accionar.

Pero hay muchas profesiones que, por razones de muy diversa índole (que podemos compartir, entender y hasta aceptar o no), no van a ser privatizadas, ni admitidas en el marco de las nuevas formas cooperativas o en otras instancias independientes. Por ende, el propio Estado que los emplea, los necesita, pero no ha encontrado, además de un sueldo sustancioso, otras vías de posibles desahogos y estímulos, es quien debe propiciar las mejoras a estos grupos laborales. Huelga decir que son los profesionales, en innumerables ramas vitales de la sociedad, los que llevan sobre sus hombros, o más bien sobre sus desempeños intelectuales y de experticia, el funcionamiento, desarrollo y avance de esas mismas ramas.

En la boda de marras, a la empresaria del problema le hicieron incluso una posible propuesta. Ante el comentario de que, además de lo ya dicho, un economista, amén de capacitado debe ser confiable, otra persona le comentó de un probable candidato y le hizo una pequeña historia. Se trataba de un muchacho graduado hace unos años, joven pero ya con cierta experiencia. En la actualidad, trabajaba en una importante corporación, con un sueldo válido y estimulación en moneda dura. Sin embargo, estaba descontento porque había sido trasladado recientemente al almacén. Para otro tipo de persona, esto hubiera sido una “promoción”, al ubicarse cerca de “la búsqueda” y con la batuta en la mano. Para este joven, enfrentado de pronto al hecho de los miles de dólares en mercancías movidas a diario en dicho almacén, significaba una gran preocupación. En fin, aspiraba a otra plaza, quizás no tan bien remunerada, pero sin tan complejo nivel de sobresalto. En tres palabras, quería comprar tranquilidad.

Como se sabe, las degradadas condiciones económicas de la Isla desde 1990 han traído aparejadas muchas otras degradaciones en el orden social. En uno de los textos de su libro En busca del unicornio, la doctora Graziella Pogolotti expresa:

“Las duras circunstancias del Período Especial acrecentaron la permisividad. Había que resolver y los niños observaban en la casa a sus padres, buenos trabajadores, por lo demás, en violaciones de lo establecido para conseguir la malanguita o el complemento proteínico. Lo mejor era cerrar los ojos ante el origen dudoso de esos bienes. Poco a poco, en un deslizamiento imperceptible, las fisuras se fueron transformando en grietas tentadoras. El éxito aparente agigantó la imagen del ‘bicho’ en detrimento del valor del trabajo”.

Las rigurosas condiciones económicas, los niveles colectivos sociales de permisividad, la ascensión en el imaginario nacional del éxito de ese “luchador” de nuestros días, y las ya mentadas circunstancias, trajeron, en primer término, muy inusuales conformaciones sociales. Están esas, ya sabidas, donde un ingeniero era taxista, o portero de un hotel, en busca de las remuneraciones que no obtenía en su puesto en moneda nacional o el renacer de las mil y una caras de lo ilegal en todos los espacios y rangos. En segundo término, y no menos importante, tales circunstancias nos arrastraron también a la conformación de un muy dañino pensamiento. Aquel cierre de ojos, aquella permisividad, han degenerado hacia las grietas de una situación donde lo normal, o peor, donde hacer lo correcto se torna en algo impropio y hasta criticado.

Un economista desea comprar tranquilidad, aún a costa de ciertas pérdidas, porque practicar la honradez casi se ha vuelto un lastre. Los ojos (cerrados o vigilantes, pero igual atentos) de la sociedad, las presiones de los posibles beneficiados de futuros faltantes y de los que resultarían afectados, las carencias diarias, en choque directo con la rectitud personal y las concepciones propias y ajenas, hacen un complicado caldo de cultivo. Lo terrible del asunto no es que alguien quiera ser honesto, sino los sacrificios que debe hacer para lograrlo. El sambenito, justificado o no, eso no viene a cuento, de que los economistas cargan con el pecado original de la corrupción, o el eterno sobresalto porque pagan por la corrupción y la mala acción de otros, conduce aquí a una disyuntiva radical. Es preferible abandonar todo que arriesgarse a meterse en problemas, sea por falta propia o ajena. El mismo narrador de la historia remataba: “Hasta en eso los profesionales estamos mal. Ser honrado, ahora mismo, es casi peor que cometer un delito. Es preferible trabajar donde no haya nada que robar, aunque ganes una miseria”.

Con tales truenos cayendo alrededor, se presume todavía larga la tormenta para que escampe y llegue el sol de la mejoría sobre el ámbito profesional cubano. De cualquier modo, es un sector de cuya obra dependen no pocos rubros del funcionamiento y desarrollo de un país. Esa imprescindible, y sufrida, baraja de la sociedad cubana, todavía espera el ascenso de sus cartas. Ω

 

2 Comments

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