Catálogo de misterios

Por Carmen Suárez León

“Confieso que nunca me dará más gusto escribir un libro, y que mi única contrición –ya que la historia de la literatura me importa un bledo– es el trabajo que deben pasar los compañeros de la imprenta con los excesos de Don Severino y míos”.1

Esto lo escribió Eliseo Diego en la nota de la solapa de su libro Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña, cuando salió a la luz en los ya lejanos años sesenta del pasado siglo. Hoy los jóvenes no saben de qué hablamos cuando nos referimos a un “catálogo de tipos de imprenta”, pero nosotros, los que éramos profesionales del libro antes de que se instalara la era digital o editábamos revistas, en equipo con los impresores, bien que manejábamos nuestros catálogos de los distintos talleres o imprentas donde se imprimían nuestras obras para seleccionar familias de letras, capitulares, viñetas y muchos otros elementos gráficos utilizados como marcas, señales o adornos. Cuba aún no disfrutaba de la impresión electrónica para sus grandes tiradas de libros y revistas, así que editores, correctores y diseñadores frecuentaban a linotipistas, cajistas y correctores de imprenta con nombres, apellidos y rostros conocidos, a quienes no pocas veces teníamos que agradecerles que salvaran nuestros errores.

Cuando Eliseo Diego se encontró en la Biblioteca Nacional con el catálogo de muestras de imprenta de un impresor del siglo xix, joya bibliográfica que contenía las ilustraciones de todos los tipos que le aseguraban al cliente la variedad y el lujo icónico de que disponía su establecimiento, sufrió una conmoción poética, sobre todo porque “La virtud no estaba en las figuras, cuyo valor no iba a veces muy lejos, sino en el diseño que dibujaban juntas hasta cerrar un solo enigma”.2  Se había encontrado el poeta con un encadenamiento de alusiones y acertijos que solo él veía en aquel ayuntamiento de extrañas aglomeraciones. Tales contenidos cobraron un orden para Eliseo, el orden del misterio que yace en cada cosa, y comenzó a traducir en un juego oscuro que no explica sino más bien enumera, sorprende, describe y revela sombras, bellezas, huellas de sentido, presentimientos de significación y trascendencia. Y así queda planteada la partida:

Envío
Incierto dios de las ensoñaciones
dime si al Artesano le complace
que a tientas doble sus ilustraciones
de no sabemos qué –ni quién las hace.3

De modo que lo que sigue es la reproducción de muchas imágenes del muestrario, y al pie un doble verbal que el poeta le dedica. Pero ese otro poético es descripción, recreación e interpretación del muestrario como un todo, un diálogo profundísimo entre el lenguaje visual y el lenguaje escrito, lo que se llama en términos retóricos un poema ecfrástico,4 de profundidad insondable. Se trata de una representación artística de otra representación artística, pero no individualmente porque el autor las ordena, como organizando un juego, una extraña partida cuyas cartas son los íconos descritos en sí mismos, pero interpretados en conjuntos cuya lectura poética traduce toda la cosmovisión y el drama existencial del poeta.

Todo el poemario esta profusamente ilustrado con viñetas, bigotes, imágenes, lujosas capitulares, títulos en portadillas, subtítulos y títulos que organizan las imágenes descritas en grupos significativos, como, por ejemplo: “Comienza el muestrario, como es propio, con las cuatro estaciones” (portadilla),5 “Las cuatro estaciones del año”, título de un conjunto de cuatro sonetos.6

No es una delicada primavera
quien bulle en el jardín haciendo flores,
negra de arcilla y manchas de colores
y de toda sustancia verdadera.
No es una frágil niña pinturera
quien le prende a la tierra mil amores
y con la nada borda los primores
en que se mira la creación austera.

Es la joven perfecta, fuerte y pura
que eternamente vamos persiguiendo
por las inmemoriales lejanías.
Madre de toda luz, dulce ventura
de los que eternamente amaneciendo
vienen por los abismos de los días.7

Mientras describe, interpreta, elevando con su soneto la ingenua imagen de la primavera a la propuesta universal de una ensoñación donde figura la perfección de la luz, de la belleza y de la juventud de los amaneceres que nacen para todos o individualmente para cada uno y llegan sobre esos “abismos de los días”, donde irrumpe el tiempo, amenazante. Se despliega entonces todo el libro en secciones trabajadas con primor editorial, como por ejemplo, “Siguen las muestras, una de cada clase”,8 “Aquí comienzan los doce signos del Zodiaco”9 o “Único y curioso libro de ajedrez”10 y “Túmulo a la señora muerte”,11 y así sucesivamente, los agrupamientos desarrollan la meditación, enlazando enigmas, misterios, arcanos… El tiempo y la muerte, como en toda la poesía de Eliseo Diego rigen el discurso.

Esa tremolación existencial de raíz bíblica asoma en cada pregunta, en cada incertidumbre y en cada humilde atisbo de esperanza, todo en su juego con el libro hechizado de Don Severino, se trata del “estar y el no estar”, de la memoria de la pérdida y su lamento, del frágil equilibrio de la vida. Y en su juego puede el poeta saltar sobre los siglos y organizar una rara partida de ajedrez con las ilustraciones como piezas que se mueven entre la luz y la sombra para conmemorar el sentimiento de la pérdida del ser querido, o tal vez de la infancia o de los años que se van dejandoatrás y para ello se ampara, por ejemplo, nada menos que en una cita del poema épico más antiguo del mundo, Gilgamesh, un lamento por la muerte de Enkidu, el amigo entrañable del héroe guerrero. Son los saltos mortales de esta poderosa poesía, cuyas densas cadenas asociativas ascienden de la ilustración de un taco de grabado a la humana universalidad del sentimiento de duelo:

Enkidu, hermano mío, tú que fuiste
veloz como la vida, que tenías
la risa pronta entre las tardes frías
y un hacha que jamás estaba triste;
tú que viste, mi hermano, lo que viste
allá en las increíbles lejanías
que fueron el pan nuestro de tus días
al mismo sol que ahora nos asiste;
por qué estás mudo, inmóvil, tan huraño
como si fueses tú el atroz guerrero
que de un golpe nos priva de ti mismo.
No ves que al fin de tanto tiempo y daño
sigo en tinieblas del ardid primero,
soy tu contemporáneo en el abismo.12

Como toda poesía, se van abriendo los pétalos de sentido infinitamente, para nosotros y para todos los que vendrán, a partir de ese diálogo entre imágenes visuales e imágenes verbales, pero hay un raro nivel de significación dado por los elementos editoriales mismos que colaboran en la densidad poética de esta joya bibliográfica cubana que es el poemario del siglo xx, al igual que el catálogo decimonónico en que se inspira.

Al investigar el libro como objeto artístico en sí mismo, vemos que en la página de créditos solo aparece el del diseñador de la portada: Raúl Martínez, el pintor y diseñador que tanto trabajó en las editoriales cubanas, pero viene en nuestro auxilio el machón de imprenta en la página final, igualmente adornado con una ilustración, que nos informa sorpresivamente que se trata del segundo libro editado por la Colección Letras Cubanas –años después se crearía la editorial homónima, aquí se trata de los albores del ICL–, y que las páginas interiores fueron diseñadas por el propio autor y por el poeta y pintor Fayad Jamís. Allí consta, haciendo gala de aquella fineza criolla de la que hablaba Lezama, que los linotipistas que “trabajaron con esmero” fueron Francisco González y Eduardo González, así como los cajistas José Ramón Marsella y Carlos Rosas, de la Unidad productora 08 Mario Reguera Gómez del Instituto Cubano del Libro y que se imprimieron 5 000 ejemplares.

Todo lo anterior sigue entrelazando el libro con la poesía y la pintura, en una maravillosa conjunción interartística, en este homenaje que incluye al Instituto Cubano del Libro y a su ya larga historia. Y me viene a la memoria, una tarde de 1988, en el entonces acogedor departamento circulante del sótano de la Biblioteca Nacional, donde organizamos un homenaje a los veinte años de la publicación de esta obra con la presencia de Eliseo, seguido por otro que se realizó en el mismo taller 08, donde estuvieron presentes dos de los operarios acreditados en el libro, felices de encontrarse con el poeta con el que habían trabajado. Ese día brindamos por la memoria de Don Severino. El juego continúa a través del tiempo para los que amamos la imprenta y sus misteriosos avatares.

Hay también una conjunción de tiempos. La fecha legítima para el bibliógrafo es la de la portada, que es el rostro del libro, donde se lee: Instituto Cubano del Libro, 1968, la del momento en que se termina la impresión del libro, que consta en el machón: “…se terminó de imprimir el 22 de diciembre de 1967” y la que el poeta nos ofrece en su “Introducción” con estas palabras con las que quiero cerrar este diminuto y conmovido homenaje a los cincuenta años de la publicación del Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña:

“Todo lo cual escribe y firma, como homenaje en este impresor Príncipe a todos los heroicos y magníficos Maestros impresores de esta Isla, y como testimonio de haber aceptado y cumplido honestamente todos los Principios y reglas, en la ciudad de La Habana, a los seis días del mes de marzo de mil novecientos y sesenta y seis años, el infraescrito, confiado y agradecido, Eliseo Diego”.13 Ω

Notas

1 Eliseo Diego: [Nota de la solapa de libro], Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña, La Habana, Instituto del Libro, 1968.
2 Ibídem.
3 Ibídem, p. [24].
4 Écfrasis: Figura retórica que consiste en la representación verbal de una representación visual. Existe una enorme bibliografía teórica que trata sobre la definición, la historia y los cambios experimentados por este antiguo recurso literario.
5 Ob. cit., p. 25.
6 Ob. cit., p. 27.
7 Ídem.
8 Ob. cit., p. 31.
9 Ob. cit., p. 49.
10 Ob. cit., p. 111.
11 Ob. cit., p. 133.
12 Eliseo Diego: “VIII. La primera, más simple maniobra”, ob. cit., 127.
13 Ob. cit., p. 15.

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