Al otro lado del insulto, la esperanza

Por Berta Carricarte Melgarez

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, no es solo la fiesta del audiovisual que se ha gestado en América Latina durante el año, sino un verdadero encuentro con la cinematografía universal. Entre las ofertas más esperadas está, sin dudas, el Panorama Contemporáneo Internacional, que constituye una vitrina de lo mejor que ha producido el cine de todas partes del mundo, en fecha reciente. Quizás con la intención de destacar ciertas obras dentro de ese conglomerado, bajo el rubro Galas fue acogido un grupo de filmes en presentaciones especiales. Entre los títulos más significativos estuvo: Indestructible. El alma de la salsa, documental dirigido por el cineasta español David Pareja, que tiene como figura central al famoso cantante flamenco Diego el Cigala, y sus vínculos rítmico-melódicos con América Latina y el Caribe. También pudimos disfrutar de Residente, obra inspirada en los avatares musicales de su productor, director y protagonista, el excelente rapero boricua René Pérez (líder de la agrupación Calle 13), que cuenta aquí su periplo en confrontación con los ancestros que arrojó su prueba de ADN, desde África hasta China, y cuyo resultado fue su último disco Residente.

Pero también fueron convocados a estas Galas la más reciente película del cineasta finlandés Aki Kaurismaki, El otro lado de la esperanza, director conocido entre nosotros también por Drifting Clouds, Le Havre, El hombre sin pasado, obras marcadas por su ética humanista y por la transparencia narrativa propia de su sello creador; y un filme coproducido entre Líbano y Francia y dirigido por Ziad Doueiri, El insulto, cuyo actor principal Kamel El Basha, obtuvo la Copa Volpi al mejor actor.

Con el título El otro lado de la esperanza, Kaurismäki nos trae una historia que se desarrolla en una ciudad ascética y gélida como Helsinski. Un joven refugiado sirio, Khaled, opta por permanecer en Finlandia de manera ilegal, cueste lo que cueste. Por su parte, Wikhström, hombre maduro de clase media, ha decidido dar un vuelco a su vida con la apertura de un restaurante en el que ensayará diversas fórmulas para alcanzar el éxito comercial. Ambos individuos están predestinados a encontrarse en el ruedo de la vida.

En esta cinta Kaurismäki insiste en el tema de los conflictos que surgen a partir de la presencia de un emigrante en la gran urbe occidental. Aquel busca refugio, seguridad y una vida decente. La ciudad, y más que ella misma, los ciudadanos, le responden de muy diverso modo y según sus propias jerarquías; lo mismo aflora el chovinismo que la solidaridad. De un lado, vemos el riguroso orden de una sociedad satisfecha que se ofrece estrictamente hospitalaria con sujetos marginados y desarraigados de su contexto patrio. Pero también somos testigos de la hostilidad policial, así como del acoso contra las minorías étnicas e inmigrantes. Ya en Le Havre (Francia, 2011), el realizador finlandés reservó un tratamiento realista, casi de tipo periodístico, a la confrontación entre policías e inmigrantes, mientras el resto del filme se acomodaba en un discurso escorado hacia la comedia sentimental. El protagonista era un atípico limpiabotas, cuya dignidad charlotesca revelaba su pulimento moral e intelectual. Sin alardes, se hacía cargo del pequeño Idrissa, un niño africano, escapado de una redada contra inmigrantes.
Tanto en aquella cinta como en la presentada ahora, Kaurismäki ofrece no solo una mirada objetiva, sino una interpretación más bien optimista de los acontecimientos, en el sentido de que sus héroes no suelen morir en el intento, sino que siempre encuentran una mano amiga. Un toque de humorada junto a un peculiar sentido de la fe en el progreso y la bondad humanos, serían, desde mi punto de vista los rasgos distintivos de El otro lado de la esperanza. Tales cualidades acompañan también la película del director libanés Ziad Doueiri, con pinceladas de hilaridad desgranadas sobre un relato lleno de subjetividades y dolor. Artistas talentosos como Charles Chaplin y Roberto Benigni, demostraron con filmes como El gran dictador y La vida es bella, que los más escabrosos y lacerantes temas humanos, son susceptibles de ser tratados a la luz de la comedia, aun cuando reflejen lágrimas sombrías.

Con guion del propio Ziad y Joëlle Touma, El insulto relata el desafortunado encontronazo entre Toni, un cristiano libanés, y Yasser, un refugiado palestino. Semejante enfrentamiento tiene como aparente origen un insulto. Desde el mismo inicio, el filme nos atrapa en una serie de acciones y reacciones de los personajes protagónicos, destinadas a sumirnos en una confusión respecto a quién es realmente el ofensor y quién el ofendido. De uno y otro lado prevalecen la intolerancia, el desamor y el miedo. No parece nada gratuito el grado de empatía que se genera en el espectador: ¿quién no reconocería algún episodio personal, un sentimiento de frustración, de venganza, de tozudez y mucho más, en los enfrentamientos de Toni y Yasser?

Es mérito de nuestra cita fílmica anual, permitir que el público entre en contacto con cinematografías de escasa presencia en nuestros predios y de poco respaldo mediático. Del Medio Oriente suelen venir, sobre todo, noticias poco halagüeñas, por ello vale la pena exaltar las virtudes de esta coproducción, pues además de ser una obra técnica y artísticamente muy lograda, parte de preocupaciones universales cuyas raíces se hunden en la más antigua historia del mundo; y no me refiero a la sempiterna discordia entre el mundo árabe y el cristiano, sino a la más antigua discrepancia del hombre consigo mismo y con el prójimo.

Más allá de que la película ventile un hecho más verosímil que real, más allá incluso de los conflictos religiosos que puedan latir bajo la piel de la nación libanesa, como secuela de eventos históricos de plena actualidad, estimo que el impacto del filme sobre el público proviene del tema mismo concentrado en el par dicotómico ofensa-perdón. Durante toda la película se juega con esa polaridad, que no es sino expresión de dos sentimientos opuestos excluyentes: amor-miedo. El amor es uno solo y frente a él todas las armas se derrumban. Sin embargo, el miedo se disfraza de odio, dolor, resentimiento, intolerancia, ira, egolatría, etc. Todos los prejuicios y viejas laceraciones que el sujeto asume como pretextos para el desamor, conducen en el filme a un proceso judicial que amenaza con exacerbar el panorama sociopolítico de Beirut. La ciudad enardecida apuesta por la división, todos creen tener motivos para aferrarse a sus bandos. Incluso la abogada defensora encuentra una motivación personal para enfrentarse a la parte acusatoria.

Justo después de haber decidido que continuarían las hostilidades hasta la pronunciación final del juicio, acontece la que habría podido construirse como la escena de cierre y la más hermosa del filme: uno de los contendientes le brinda ayuda al otro en algo tan sencillo como la reparación del desperfecto mecánico del auto. En ese momento de conciliación espontánea, la mano que ayuda y el rostro que agradece son dos caras de la misma moneda, de la providencia misma. No obstante, el filme se estira innecesariamente, pretendiendo justificar lo irascible e intolerante del comportamiento humano. Pero no es menos cierto que el momento final expresa el crecimiento espiritual de Toni y la humildad natural de Yasser; sus reacciones han sido más salomónicas que el propio veredicto. Y se restaura la paz, aunque sabemos que, lamentablemente, solo se trata de un filme de ficción, y que, del otro lado de cualquier insulto, de cualquier miedo, de cualquier odio, seguimos añorando la esperanza. Ω

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