Cuando un amigo se va

Por Yarelis Rico

El religioso Antonio Dávila Carreón, de la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios murió el pasado 24 de mayo a causa de un cáncer de hígado. En el momento de su fallecimiento estaba en México, la patria grande a la que siempre quiso regresar, pero solo por un tiempo: “de vacaciones”, como solía decir. Su otra familia, la de los buenos y numerosos amigos, aguardó en Cuba cada noticia o parte médico sobre su estado de salud. En medio de largas cadenas de oraciones, rezos callados y evocación de recuerdos, supimos que había partido de este mundo. Durante días abrazó la Cruz de Cristo y aferrado a ella entregó el alma. Su comunidad de la capilla de San Rafael, en Marianao, sitio que tuvo como su pedazo de tierra cubana, lo despidió el lunes 27 de mayo con una misa de acción de gracias presidida por el padre Simón Azpiroz (OH). La intención fue unánime: “agradecer a Dios por este hombre, cuya sencillez, humildad y consagración a las labores menos encumbradas mereció el cariño de muchos, el respeto de otros, la admiración de todos”.

Había nacido en Ocampo, Guanajuato, México, el 11 de junio de 1943. Con veintidós años ingresó en el postulantado de la Orden Hospitalaria en Zapopan y realizó su profesión simple el 1ero. de mayo de 1968. Años después, el 13 de junio de 1974, profesó solemnemente. Cursó estudios de enfermería y desarrolló su labor apostólica en las casas de Zapopan y Cholula, hasta que en el mes de agosto de 1983 se trasladó a La Habana. Luego de veinticuatro años sin entrar hermanos hospitalarios a la Isla, fray Antonio formó parte del primer grupo de religiosos de la Orden a los que se les permitió incorporarse a la misión en Cuba, en las dos casas que la comunidad religiosa logró mantener luego del triunfo revolucionario de enero de 1959: el Sanatorio San Juan de Dios para pacientes psiquiátricos y la Clínica San Rafael, convertida desde tiempo atrás en hogar para ancianos. Entre ambas instituciones, y entre nosotros, permaneció durante treinta y cinco años.

El hermano Antonio, como le llamábamos, no quiso dar ejemplo. No buscó gloria alguna, tampoco admiración y mucho menos reconocimiento. Prefirió vivir la fe grande, pero humilde, de quien ve en el trabajo diario y en las obras más sencillas un camino de santificación. Su paradigma era Jesús. Ajeno a los ceremoniales, a los públicos encumbrados, a la vanidad, vivió para darse en medio de gestos silenciosos. Así como se supo amigo y confidente, se sabía imperfecto y buscaba en la oración y misa diaria la acogida y el perdón del Padre. Al protagonismo insulso, antepuso la obra constante. Durante treinta y cinco años, el hermano desplegó su cometido apostólico en áreas de servicios generales y dirección en las casas Sanatorio San Juan de Dios y Hogar San Rafael.

Al mismo tiempo, cultivó una singular vocación por la promoción de la medicina alternativa, bien con el uso de plantas medicinales, de las que se fue haciendo un conocedor, bien con la práctica de la reflexología. Sobre esta técnica desarrolló talleres de difusión y promoción, y habilitó un espacio para la atención a residentes del Hogar, así como a vecinos y personas vinculadas a la capilla de San Rafael. Solo las complicaciones de una enfermedad que lo aquejaba desde hacía algunos años y por la cual fue sometido a una operación en el otoño del año 2016, le hicieron regresar a México en marzo de 2018 para recibir atención médica y estar junto a su familia. Nunca volvió. Murió lejos y cerca de Cuba; lejos y cerca de los cubanos; lejos y cerca de quienes pudimos tenerle como amigo y descubrir tras su silencio y timidez, al hombre bueno y discreto que sabía escuchar, aconsejar y sostenernos en momentos de debilidad.

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