Reportaje

Por: Jorge Fernández Era

Los trabajadores de la fábrica de lijas ponen proa al futuro con su esfuerzo diario. Impresionado por el salto en el cumplimiento del plan respecto al año anterior –65 % en el 2003; 54 % en el 2004– me dirigí hacia San José de las Lijas para dejar constancia de tal proeza.
La puerta principal del centro está bloqueada por una cerca de tres metros de altura. Explica el sereno que debió hacerse para impedir la sustracción de mercancías por parte de algunos inescrupulosos. Ahora los trabajadores –inescrupulosos incluidos– entran y salen por una puerta más estrecha, situada a un costado. El resultado es palpable: la cifra de sesenta mil pesos en faltantes no se incrementa desde hace tres años. Tampoco disminuye, pero algo es algo.
El taller es un hervidero. Allá hierve una inmensa cuba con la mezcla lista para verterse en los moldes; acá el agua de la caldera que da impulso a la línea central de producción. Hacia un lado, un grupo de obreros apaga un alto horno tras hacer un humeante café que acepto gustoso.
La línea de acabado fue comprada a una firma germano-occidental, mas solo pudo ser montada catorce años después a causa de unos documentos a los que les faltaba una imprescindible firma cubano-oriental.
Indescriptible la hazaña de los innovadores de arrancar la inmensa máquina por primera vez… y la voluntad de echarla a andar de nuevo. Mientras llega ese día, los trabajadores asumen por sí solos, de manera manual, la producción y el envase de las lijas.
La atención al hombre es prioridad uno para la dirección del centro. El ingeniero principal en persona se encarga de trasladar al hospital diariamente, en su automóvil, a cuanto obrero sufre quemaduras por la ausencia de medios de protección.
–En noviembre cumpliremos… –dice un trabajador mientras blasfema contra una partícula que se le ha introducido en un ojo.
–¿El plan?
–…tres años de solicitar espejuelos y guantes.
–¿Y qué les responde la dirección de la fábrica?
–Que pronto arribarán al país las máquinas y componentes de una fábrica de medios de protección comprada a una firma germano-occidental, a la que solo le falta…
Prosigo mi recorrido. Miro al techo y percibo que el ahorro no es mera consigna para estos cimentadores del mañana. Con la eliminación de tres cuartas partes de las luminarias de la extensa nave, ha disminuido de manera radical el consumo de electricidad, y ya hay fondo de salario para un oftalmólogo que consulta durante las ocho horas de trabajo a todos los obreros.
Por estas hazañas y muchas otras que el bolígrafo de un inexperto periodista es incapaz de reseñar, vale la pena venir a la fábrica de lijas de San José, vale la pena… ¿Cuánto vale la pena? ¿Es rentable la pena? Eso será tema de un próximo reportaje. Ω

4 Comments

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