Quevedo y la conciencia en España (Fragmentos)

Por: María Zambrano

Francisco de Quevedo
Francisco de Quevedo

La Universidad del Aire, la audaz propuesta cultural encabezada por Jorge Mañach (1898-1961), alternaría con su publicación Cuadernos de la Universidad del Aire, más tarde llamada Cuadernos de la Universidad del Aire del Circuito CMQ. La transmisión comenzó a partir de 1932 desde la emisora CMBZ –más conocida por Mil Diez– y luego por la CMQ. Tuvo una interrupción en 1933 y se retomaría en 1949 hasta 1952. Recuerda Cira Romero que en Cuadernos de la Universidad del Aire tanto Mañach “como sus seguidores en esta empresa cultural no aspiraron a dictar conocimientos detallados o profundos, sino a dar a los oyentes nociones introductorias y generales que les permitieran acercarse a los más variados saberes” (en La Jiribilla, año XII, La Habana, Cuba, núm. 780, 18 de junio al 24 de junio del 2016).
Ponemos a la consideración del lector un fragmento de “Quevedo y la conciencia en España” (núm. 30, junio de 1951), tercera de las cinco conferencias pronunciadas por la filósofa María Zambrano (1904-1991) en la Universidad del Aire. Las otras cuatro tuvieron por nombre “La crisis de la cultura de Occidente” (núm. 1, diciembre de 1949), “De Unamuno a Ortega y Gasset” (núm. 7, agosto de 1949), “El sembrador Rousseau” (núm. 32, agosto de 1951) y “El nacimiento de la conciencia histórica” (núm. 36, enero de 1952). Las conferencias posteriormente salieron publicadas en los Cuadernos de la Universidad del Aire del Circuito CMQ.

 

[…]
Tenemos pues, en el albor mismo del XVII y ya desde los finales del XVI estos dos aspectos de la conciencia que muestra visiblemente que la cultura española en su originalidad más profunda descubrió esa actitud, mas no exactamente la misma. Y pienso que lo que la diferenciaba de la actitud racionalista cartesiana era algo muy decisivo: el método. La duda poética no engendra ni admite método. Y en cuanto a la conciencia expresada día tras día –hora tras hora– en Quevedo, esa cuita, ese continuo penar, incluye el amor y la angustia; mucho más próxima a la actitud de donde ha nacido la filosofía existencialista de hoy que de Descartes. Quevedo poéticamente ha anticipado la raíz, la fuente misma en el alma humana, del existencialismo actual.
Mas, ¿quién fue Quevedo? Ante todo fue “un hijo del pueblo de Madrid”. Madrid creció con él y él con Madrid; fue un madrileño castizo. Y esto es algo muy serio. Sus decires, su estilo –cortado, rápido– es propio del madrileño más “indígena”; su figura misma está presente en la memoria del pueblo madrileño que se refiere a él como si no hubiera cesado de andar por sus calles y de lanzar sus flechas en los mentideros; no ha desaparecido, vive aún y vivirá mientras Madrid aliente. Y en esto anda Quevedo más aparejado con Séneca –tan alejado en el tiempo y que ni siquiera escribió, naturalmente, en español– que con Cervantes. Pues, Cervantes es “el autor”, lo cual quiere decir que guardando toda la abismal distancia que separa a lo humano de lo divino, tiene semejanza con ese aspecto de la divinidad que mira impasiblemente a sus criaturas; tiene algo de esa divina indiferencia reconocible, por lo demás, en todos los clásicos. Se le siente situado en alguna región celeste, por encima del vivir cotidiano y su presencia es un tanto lejana. Mientras, Quevedo está ahí, cerca, se le oye aún más que se le lee; es la conciencia viviente de un “hombre de carne y hueso”, cuya figura, sin dejar de pertenecer a la vida se ha hecho invulnerable. Junto con Séneca encarna la persistencia de la tradición en la vida de la gente más humilde, los dos han realizado la hazaña de llegar hasta la “cultura analfabeta”.
[…]
Y como fue un escritor, así, sin más, escribió de todo; comenzó por la burla, comenzó, sí, burlándose de todo para ponerlo “en evidencia” una forma de evidencia distinta de la cartesiana. Y se reía con una risa amarga, nacida de una desesperación que no niega la esperanza de un ansia exasperada de verdad que sabe –a fuerza de conciencia– que la verdad para ciertas cosas –el mundo y sus trampas– aparece solo envuelta en la risa. Risa apasionada que después se ha llamado “humor negro”, ¡tan español!
Dejó una sola novela, joya de ese género llamado la “picaresca” en la que la literatura española ha alcanzado momentos de verdadera genialidad. Escribió también tratados morales y esa su célebre Política de Dios y gobierno de Cristo, apasionado intento de conducir al “válido” y a su Señor a la conciencia “cristiana” de sus deberes con el pueblo, audacia pocas veces igualada en la historia. Tratados filosóficos como De la cuna a la sepultura, donde podría encontrarse mucho de original y actual al lado de tópicos de su tiempo. Escribió diatribas, “panfletos” visiones del mundo diplomático y político de su tiempo como el Lince de Italia. Tradujo a Anacreonte, a Séneca y a san Pablo y comentó el Libro de Job, lo cual nos da tanto o más que su obra original el itinerario de su alma. Pero su obra, la unidad íntima de su obra se percibe desde lo que algunos han considerado lo menos importante: la poesía, especialmente la poesía del amor y de la muerte, donde nadie le ha igualado en lengua castellana; y como otro polo en Los sueños su obra para algunos más representativa. De ella, podemos destacar una frase que puede definirle, envolverle al menos, señalamos el sentido último de su incesante afán de escritor y aun de su vida de hombre. Él dice de “Los sueños” que son “desvelos soñolientos y verdades soñadas”. Y así es.
“Los desvelos soñolientos” significan todo el aspecto crítico de su obra: la burla, la crítica política, hasta los tratados moralistas. Es ese aspecto justamente de escritor de conciencia que le define. Mas una conciencia mezclada con el sueño, con la esperanza y con la desesperación… Lo otro, su obra poética, son “las verdades soñadas” que trascienden todo eso. Y en raíz de todo, algo muy original, muy actual también: el sentir del tiempo. El sentir del tiempo que no su concepto, que no el intento de apresarle en una idea filosófica. No; Quevedo era hombre de sensibilidad agudísima, siempre en vela. Conciencia vigilante en la que se habían mezclado hasta fundirse, la vigilia y el sueño y así despierto soñaba y dormido… pero no podía dormir. No hace falta su bellísima “Oda al sueño” para que supiésemos de su largo, perpetuo insomnio, nacido de ese su sentir del tiempo; ansia de vigilarlo, de apurarlo instante a instante. Ese valor que adquiere el instante en ciertos seres acuciados, por su propia pasión, almas nacidas o como hechas de fuego. Pura llama; puro desvelo.
Y este sentir del tiempo y el “desengaño” del mundo, de sí y de todo, condujo a la filosofía más “castiza”, diríamos, de todas cuantas han logrado penetrar en la vida española: el estoicismo. Como español castizo había de serlo, difícilmente se escapa de ello y más aún si se es hombre de acción, en trances difíciles; hombre de acción en función de hombre de conciencia. Filosofía, cuyo centro es la moral y de la cual el español ha acuñado sentencias como esta: “Una de cal y otra de arena” expresión del perpetuo relativismo de la vida humana y sus negocios; mas sobre todo ese “Saber conservar el tipo” “la línea”, diríamos en lenguaje culto que fascina al español y le conduce al heroísmo, pues, esta moral tiene mucho de estética. Entre los “valores” supremos de esta moral habría que situar también la elegancia, una elegancia sobria, ceñida… a los cuernos del toro; al tiempo y la muerte.
Mas, el estoicismo es filosofía pagana –lo cual comporta una grave cuestión dentro del alma española–. Nació en un momento de crisis histórica, en que el pensamiento filosófico se hizo cuestión del hombre mismo; del ser del hombre o dicho con sus propios términos: “de la naturaleza humana”. Se inspiró en Heráclito, filósofo griego anterior a Sócrates, que creyó que la realidad última es el fuego; un fuego viviente “que se apaga con medida y se alumbra con medida”. Según los estoicos esto era así, y además, el hombre, “la naturaleza humana” era análoga al fuego, lo más inasible, sí, lo más peligroso, lo más viviente, pero que “se alumbra y se extingue con medida”. Y esta “medida” era el logos, la razón armonía, el orden, el ritmo. De ahí quizás, venga el que el estoicismo exija siempre inexorablemente una elegancia en los momentos difíciles, que para él no son además, tan importantes: puesto que el hombre es simple cita de elementos y su “naturaleza” un préstamo que hay que devolver con buena cara.
¿Y cómo se puede ser estoico siendo como Quevedo era cristiano? Él tuvo conciencia de ello, puesto que llamó a una de sus obras poéticas “Heráclito cristiano”. Quizá él no tuvo conciencia de la gravedad del problema de ser las dos cosas al mismo tiempo por la autenticidad de su fe cristiana y porque como tantos otros, han incorporado de modo natural al cristianismo algunas ideas y aun creencias nacidas de fuentes bien diversas y que si van a analizar son contradictorias con lo esencial del cristianismo.
[…]. Ω

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