Historia y ficción desde América Latina

Por Daniel Céspedes Góngora

Pedro Agudelo Rendón

“Un imaginario social es un edificio habitado por esperanzas y deseos;
un edificio hecho de ruinas,
de pensamientos
que insisten en aparecer, de creencias
que van más allá de la plegaria;
un edificio cuyas paredes están hechas de imágenes y palabras,
y cuyo cimiento no es otra cosa
que tiempo contenido,
es decir, historia, memoria,
fragmentos de identidad dispersa
en el ritus simbólico
de lo comunitario”.
Pedro Agudelo Rendón

Historia y ficción desde América LatinaCon frecuencia se nos pide llamar las cosas por su nombre. No solo al conversar con un amigo o disertar para un auditorio, sino también cuando uno escribe, está el intento de encontrar la palabra precisa y justa, esa que concrete y, a un tiempo, favorezca la imagen detrás y antes de cuanto se dice. Pero la imagen, conocida o no, puede adquirir otras fuerzas por nuevas connotaciones según el discurso que la respalde. Este es el primer saldo que arrojan las iniciales páginas de América pintoresca y otros relatos ecfrásticos de América Latina, Premio Casa de las Américas (2017) en el apartado de Ensayo Histórico-Social, escrito por el joven colombiano Pedro Agudelo Rendón.
Comunicar lo que se conoce de algo es partir de una interpretación personal. Nada tan difícil como hacer(se) entender una vez que somos mediadores entre un referente y un destinatario, pues todo saber compartido, por sujetarse ya de antemano a interpretaciones y valoraciones determinadas, anda con cuotas desiguales de razonamiento e imaginación. Sin embargo, mientras aclare y revele procesos de intercambios socioculturales, donde lo histórico y lo ficcional se entrecruzan constantemente, el agradecimiento no demora en aparecer.
Amén de cuestionar lo conocido por peyorativo del concepto de lo pintoresco y, por consiguiente, reconsiderarlo; amén de insertarse en el imaginario y la memoria colectiva del contexto latinoamericano, Agudelo Rendón aprovecha lo ecfrástico, que es referencia, noción y método histórico por utilizable, mas no familiar por nombre. No pocas veces se procede de una manera e incluso se llega a un resultado que ya otros han conocido y por tanto han nombrado. Pero ningún calificativo, por anónimo, consumido o tardío que se nos plantee, sobrepasa las instrucciones que conducen a esclarecerlo. Es también el caso de la écfrasis, que aúna literatura y plástica, visualidad y crítica de arte.
Más allá de ser un primario discurso verbal sobre una representación visual, sin menospreciar en modo alguno a toda clase de informadores de noticias hasta considerar también a quien le cuenta un libro o le relata una película a otro, por poner algunos ejemplos frecuentes, la écfrasis es más respetada en la medida que sepa aprovechar las relaciones interartísticas, pues de esto se vale para organizar un relato que, en principio, es descripción de la propia interpretación luego de que el ojo se detiene a mirar e, inconforme, inquiete a la razón. La écfrasis secunda una imagen para explayarla u ocultarla. Para bien o para mal del referente, a estas alturas casi todo es posible en materia de asociación. Lo ecfrástico es dependiente momentáneo de la representación ajena porque, de pronto, muestra su decisión de libertad expresiva. De ahí que, si bien el fenómeno interpretativo empieza en el mirar algo, se puede concretar con plenitud durante el proceso discursivo mismo, sea oral o escrito.
Lo anterior remite a la llamada écfrasis literaria en tanto “puede desplegar el sentido de una obra, o puede ensombrecerlo, ocultarlo o sublimarlo; mientras que la écfrasis crítica siempre tendrá por objeto desenrollar el significado de las obras artísticas”.1 Literatura y crítica por cuenta de representaciones visuales definiría asimismo la écfrasis, que es concreción de una imagen –o intento de ella– gracias a otra; representación de otra representación; la eficacia de lo imaginario dentro de un relato ficcional (o no) en y de la historia. A propósito, los ensayos cuando no las críticas de arte de José Martí revelan a un relator ecfrástico desmedido. Compruébelo cuando quiera el lector.
En no pocas ocasiones, solemos escuchar: “¡Qué relato o retrato más pintoresco!”. La expresión alude a una constante representacional que, para algunos, recae en la estampa de la obviedad o del estereotipo, siempre específico, reincidente, limitado. Se le acepta lo dicho al visitante foráneo, pero no al propio habitante de una región latinoamericana que repulsa lo suyo. Que critique formas ramplonas que extractan y venden lo más epidérmico de su país es de celebrar. Ahora, que desmerezca su realidad porque, en rigor, la postura de rechazo ha superado el pensamiento y el sentimiento equitativos, eso es lamentable.
Lo pintoresco es también la grafía visual que los habitantes de una región o país conforman desde adentro para luego compartir con el resto del mundo. El imaginario colectivo que se tiene de un paisaje cultural, donde se inscriben toda suerte de paisajes más generales y específicos, ha tomado mucho de lo pintoresco en los iconos que quedan y viajan mediante la fotografía, el cine, la música, la pintura… Al calificar de pintoresco a algo o a alguien se apela a lo etimológico, “a la manera del pintor”, como lo hace Agudelo. En su intento de representar comportamientos para el visitante extranjero, el latinoamericano remite “espontánea” y exageradamente a cuanto sabe puede gustar y vender más. El turismo oficial y el de “por cuenta propia” aspiran a obtener mayores ganancias en detrimento, con frecuencia, de lo pintoresco. Para muchos hacedores y receptores de imágenes, lo más representativo tiene que provenir no tanto de lo más visible, sino de donde emane la mayor atracción de un contexto leal a lo ya imaginado por el saber de oídas o por las atmósferas de determinadas referencias fotográficas y pictóricas. Por desgracia, pintoresca es también la realidad cuando imita sospechosamente al arte y queda sobrevalorada por su teatral reproducción. En el preciso y reconfortante capítulo IV de la primera parte de este libro (“América pintoresca: imaginario europeo del Nuevo Mundo”), el autor recuerda:

“La estética de lo pintoresco surge en discusión sobre la belleza en el siglo xviii, que tendría un importante efecto en el arte del siglo posterior. Lo pintoresco se asocia con escenas de paisajes, tipos, costumbres; pero también hace referencia al lenguaje o estilo plástico por medio del cual se pintan vivamente las cosas. De ahí, precisamente, su carácter chocante en algunos casos, pues pintoresco es además aquello que pasa por estrafalario y demasiado animado para la vista”.2

Por los capítulos que conforman “Imágenes de resistencia”, la segunda parte de América pintoresca…, advertimos un diálogo ya tradicional, pero aún vigente por la asociación cultural en favor de planteamientos entre pasado y presente, tradición y contemporaneidad, allí donde la historia permite evidenciar otras lecturas a propósito de recientes poéticas artísticas. Ahora, no necesita el autor sumar a sus preocupaciones ecologistas esos tonos utópicos de inclusiones sociopolíticas un tanto homogéneos y, a estas alturas, alejados de cuanto en realidad este mundo puede y le conviene lograr. Sostiene Rendón:

“Las ciencias deben permitir, también, una mejor comprensión de la humanidad y crear las condiciones de posibilidad para una mejor convivencia planetaria. Pero la realidad de los países latinoamericanos insiste en negar esa posibilidad. Ella nos muestra cada día que esto es enormemente difícil, y lo seguirá siendo si el mundo no pone una balanza para que exista, más allá de un discurso de los mandatarios de las ‘grandes’ y ‘pequeñas’ naciones, una verdadera igualdad social”.3

No me tilde el lector de pesimista y me confine a un determinado calificativo ideológico. Pero, ¿en serio eso de una “verdadera igualdad social” en un discurso como el de Agudelo Rendón abierto a toda suerte de relatos ecfrásticos? La balanza es para equilibrar, no para igualar y menos para emparejar a algo o a alguien. Luego, ¿para qué poner en riesgo la amenidad conceptual y sintáctica de un ensayismo aprovechado de cuantas referencias culturales le viene como anillo al dedo? No en vano, de principio a fin, el propio título y tema de América pintoresca y otros relatos ecfrásticos de América Latina justifican su inserción en ese devenir histórico cultural tan auténtico como imaginario y poético. Ω

Notas
1 Pedro Agudelo Rendón: América pintoresca y otros relatos ecfrásticos de América Latina, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, Premio Casa de las Américas 2017 en Ensayo Histórico-Social, p. 20.
2 Ibídem, p. 120.
3 Ibídem, p. 155.

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