Profesión? Soldado. Cura

por Virgen Gutiérrez

padre charles

Viajar es uno de los verbos que con más placer conjugamos y más disfrutamos en nuestra vida, amén de las sorpresas que esos viajes nos deparen, lo mismo si visitas países extranjeros y en el más recóndito de ellos encuentras una mujer que conociste en una convención universitaria efectuada en Camagüey, hace treinta años, o si descubres en un aeropuerto de España a una uruguaya, amiga de otra compatriota suya que conociste en Cuba en los años setenta, cuando las dictaduras en Suramérica obligaron a muchos de sus ciudadanos a exiliarse en donde se les acogiera. No solo viajar al extranjero puede producir hechos o encuentros inusitados. Viajar a través de nuestra geografía te puede dar sorpresas, a veces desagradables, pero la mayoría de ellas cordiales, reconfortantes y hasta instructivas.
Recientemente, viajé a mi tierra natal, Holguín, conocida como la Ciudad de los Parques, a donde marché emocionada para presentar un libro. En la ida desde La Habana, donde vivo hace ya varias décadas, me tocó como compañero de asiento un joven mulato, oriundo del poblado holguinero de San Andrés, al cual, luego de pasar su servicio militar, lo ubicaron como soldado, nada más y nada menos que en la Isla de la Juventud, antiguamente Isla de Pinos. El joven, muy educado, al principio callado y luego más comunicativo, me contó que cada seis meses le dan pase para visitar a su familia durante doce días, pero, esta vez, debido a una depresión subtropical, no había podido viajar cuando le correspondía y estaba ansioso por llegar a su casa. La travesía para disfrutar de breves días dentro del calor hogareño es casi una proeza: salir de la pequeña isla en un barco que demora alrededor de cinco a seis horas desde Gerona hasta el Puerto de Batabanó; desde ahí tomar una guagua o un taxi hasta la estación central de La Habana para subirse entonces a un ómnibus interprovincial hasta Holguín, desde cuya terminal, bien en las afueras de la ciudad, salir en un bicitaxi o ir caminando hasta una subterminal, nombrada Baleares, donde debe subir a otra guagua para San Andrés. De los doce días, dos se van en ir y otros dos en volver, con lo cual solamente disfruta ocho días de estancia con sus familiares. Pero él estaba contento, según pude deducir por sus palabras, pues su profesión de soldado le gusta y ha aprendido a ser disciplinado. Le gusta servir a la patria, como le enseñaron en el Servicio Militar, ser fiel al ideal revolucionario. No me dijo su nombre, pero estoy segura de que hablaba francamente. Sus ojos denunciaban la sinceridad de sus palabras. Ya lo dice el refrán: ellos son el espejo del alma.
Al regresar a La Habana, ocho días después del arribo a mi querido Holguín, compartí asiento con un hombre blanco que llamó mucho mi atención, justamente por su juventud. Iba vestido no con la tradicional sotana, sino con esas camisas que tienen bajo el cuello una pequeña tira que le da una cierta distinción, cuyo nombre alguien me dijo, pero olvidé, y que vi por primera vez, si no recuerdo mal, en la guayabera que vestía el padre Carlos Manuel de Céspedes. Por eso, enseguida supe que mi acompañante era un cura. Al principio, solo hubo una discreta cortesía, pues él iba en el asiento del pasillo y tuvo que levantarse para que yo pasara al de la ventanilla. Al poco rato, ya estábamos conversando. Bastaron unas pocas preguntas de mi parte para que Charles, así se llama el joven cura, me contara sobre su infancia y sobre su inclinación hacia el sacerdocio. Aprendí unas cuantas cosas, pues mi ignorancia sobre todo lo relacionado con las religiones, el catolicismo y las obligaciones curiales son abismales.
Charles lleva el nombre de su abuelo, cuya historia me contó sucintamente. Ese abuelo debió llamarse Charles, pero la madre le puso un nombre compuesto, el del santo nacido un 13 de junio, porque ese día, mientras viajaba en un barco, llegó el hijo al mundo en medio de una tormenta. El nieto Charles, el que ahora viajaba a mi lado en una guagua china, me contó de su infancia. Nació en el poblado habanero de Santiago de las Vegas y desde niño le gustó ir a la iglesia, adonde lo llevara una vecina. Le gustaba la paz que se respiraba en aquel pequeño recinto, donde la gente acudía a oír la misa que decía un párroco al que todos querían. Se unió al coro de niños que acompañaba las liturgias y en ese sitio hizo la Primera Comunión, aunque todavía no pensaba ser cura. En su primera juventud se enamoró y tuvo unas magníficas relaciones con una novia a la que le hablaba reiteradamente de Dios y la misión de los curas en la tierra como sus representantes, ella le decía que eso era lo que él iba a ser. Aún seguía estudiando medicina, la carrera que más le atraía. Durante esos primeros tiempos, el cúmulo de materias, la cantidad de lecturas obligatorias le agobiaban. Alguien le habló de una convocatoria para pasar unos cursos preparatorios para seminaristas en el histórico edificio donde radicara desde el siglo xix el famoso Seminario de San Carlos, donde estudiara y ejerciera la docencia el que nos enseñó primero a pensar: el padre Félix Varela. Mi nuevo amigo llegó al hermoso edificio y desde el primer paso en el patio colonial quedó atrapado en aquella sensación de paz indescriptible. Ocho años estuvo en estos estudios que aún no eran los de teología sino de cultura y literatura universal, que incluían tanto la literatura como la filosofía y hasta el comportamiento personal de un individuo ante hechos cotidianos, como el sentarse adecuadamente ante la mesa, manipular correctamente los cubiertos, o el trato interpersonal, la justicia y la ética que desde el padre Varela caracterizan al cubano.
Actualmente, Charles tiene a su cargo cinco iglesias. No retuve los nombres de las cinco localidades donde oficia, pero recuerdo tres de ellas: El Guatao, Santa Fe y Jaimanitas. Me comentó con modestia cómo tenía repartidos los días para poder ejercer su magisterio en cada lugar de una forma diferente. Y por el brillo de sus ojos y por sus palabras me di cuenta de que hablaba la verdad. Recuerdo literalmente una de las frases que se me quedó grabada: “No fui médico del cuerpo, soy médico del alma”.
Fue un viaje, el mío, que, además de tener la satisfacción de presentar mi libro, me permitió conocer a dos jóvenes con profesiones muy diferentes que tienen en común el agrado por lo que hacen, la cualidad de ser modestos y el don de la comunicación, gracias a lo cual podré recordar con beneplácito este viaje a mi querida tierra natal. Ω

Centro Habana, 17 de junio de 2018.

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