Manquedades y credos

Por: Antonio López Sánchez

Manquedades y credos
Manquedades y credos

El advenimiento y constante avance de Internet, las tecnologías digitales en todos sus usos, han significado un impulso sin precedentes en la comunicación y la industria del entretenimiento. Desde la invención de los tipos móviles, gracias a Johannes Gutenberg, la era digital ha sido la otra gran revolución en la historia del saber y el intercambio entre los seres humanos.
Nuestro país intenta no quedar a la zaga de estos procesos. A pesar de los grandes esfuerzos que el Estado realiza en estos rubros, algunas investigaciones foráneas clasifican a Cuba como uno de los países peor conectados del continente, en comparación con el resto de las naciones. Aun así, el mundo digital, las redes sociales, las páginas webs, los muy diversos productos comunicativos que hoy se generan en información o simple entretenimiento y todo el maremágnum de posibilidades que esto trae consigo, cada vez son menos ajenos a los criollos. Todo ello, sin dejar de mencionar que los precios del acceso a Internet (en especial por vía móvil, la más cercana y posible luego del acceso en centros de trabajo), así como de los decodificadores para la televisión digital (las llamadas cajitas) no están todavía al alcance del ingreso mensual de muchas personas, en especial de las que trabajan para ese mismo Estado y viven de un sueldo, sin “búsqueda”, o de una pensión tras una vida de labor. Estas son rebajas que siguen pendientes, para que el acceso sea en verdad democrático, sin barreras, para todos.
Aunque resulta incuestionable el progreso y mejora de la calidad de vida (espiritual, intelectual, física) que esto significa en todos los órdenes, hay también algunas particularidades que podemos señalar. Veamos algunos nuevos argumentos que surgen de estos procesos.
Una vecina de mi madre, que conoce mi profesión de periodista, me aborda bajo el sol calcinante del mediodía, en pleno pasillo. ¿Por qué no hablas de lo mala que está la televisión?, me espeta, casi sin lugar a réplica. A los viejos, agrega, que no tenemos dinero para el paquete, eso es lo único que nos queda. Escribe de eso, a ver si lo arreglan, concluye.
Resulta un poco conmovedora esa ingenuidad de algunas personas mayores, o de los funcionarios que rehúyen de dar información a los periodistas (aunque en estos casos no es por ingenuidad), que todavía creen en los poderes omnímodos de un trabajo periodístico. Ojalá unas pocas líneas pudieran solucionar algo o ejercer algún efecto sobre las conciencias de los responsables de alguna situación.
Reconozco que no soy un televidente asiduo. La lectura, la escritura, por motivos personales y profesionales, me apartan un tanto de la pantalla televisiva a la que solo acudo por determinados espacios, casi siempre fílmicos o informativos. Sin embargo, el pedido de la señora, bajo visos de labor, podría conducirme a un problema que quizás atañera a muchos otros. Más, porque a partir del envejecimiento que ya es una realidad en nuestra población, la televisión, a pesar del asedio de paquetes y seriales en memorias flash, todavía es el monstruo todopoderoso de los mass media en Cuba. Así pues, escogí la fecha al azar de un fin de semana (los días primero y dos de junio), para un monitoreo relámpago.
La famosa cajita cuenta entre sus servicios con una guía que informa la programación. Esto ayuda a no depender de carteleras y saber de antemano qué programa deseamos ver o hasta grabar. Sin embargo, la observación de apenas un fin de semana, reveló enormes deficiencias en este y otros acápites. Ese sábado primero, la cartelera televisiva (De noche en TV) anunció que el espacio Espectador crítico, del Canal Educativo, exhibiría el filme El joven Karl Marx. Como se trata de un programa serio, con buenas propuestas, decidimos verlo. Cuál no sería el estupor cuando, al sintonizar el canal, descubrimos que se trasmitía una biografía del gran Edson Arantes do Nascimento, el inconmensurable Pelé. Era una buena película, pero no la prevista. El redondeo de la sorpresa llegó cuando, al comprobar la guía de la cajita, el mismo espacio anunciaba el filme bélico ruso T-34, una historia de tanquistas.
El sábado anterior, 25 de mayo, uno de los espacios fílmicos de Multivisión programaba la estupenda película de acción Convictos en el aire (Con air, su título en inglés). A la hora señalada, sin explicaciones, el canal trasmitió la argentina El secreto de sus ojos, un filme excelente, por cierto, pero que debe tener el record de exhibición en la televisión cubana por las muchas veces en que lo trasmiten últimamente. El sábado siguiente, primero de junio, la guía digital del decodificador anunciaba en el mismo espacio: ¡El secreto de sus ojos! Al final, trasmitieron Black rain (Lluvia negra). Será una iniciativa de la televisión cubana, un juego (adivine la película de hoy, o algo así), para añadir entretenimiento, y desasosiego, a los espectadores.
Como colofón del breve estudio, para no agobiar con más ejemplos, durante buena parte del sábado y del domingo de nuestro chequeo, tanto Cubavisión, como Tele Rebelde, mantuvieron la guía con un lacónico texto: Sin información. Eso para no detenernos en la calidad de algunas de las supuestas películas estelares que se trasmiten en horarios significativos para la audiencia, como los del sábado de noche, en Cubavisión o en Multivisión, durante los domingos. Verdaderos bodrios se han visto. Así, no podrán competir, no ya con el paquete, ni siquiera contra una pared en blanco. Sería más entretenida.
¿Qué provoca todo esto? Pues, molestias, en primer término. Impotencia, y hasta ira, si usted hizo tiempo para ver un programa y se le aparecen con otro, porque su tiempo, como televidente, o como usuario o como lo que sea, es muy valioso. Así, la televisión se suma a las ventanillas, transportes y a los trámites diversos frente a cualquier buró, que desperdician horas de su lapso vital, por incapacidad y desidia. Asimismo, se deja ver un nivel de ineficiencia casi burdo, si algo más o menos sencillo como llevar en orden una programación y mantener actualizado un sitio informativo resulta tan chapuceramente incumplido. Sin contar que, en un país como el nuestro, molestias e incomodidades diarias ya se sobran como para añadir nuevas.
No obstante, hay daños mayores, tal vez menos visibles pero que se van sedimentando. En los años en que este escriba estudiaba los secretos de la comunicación social había una regla de oro sobre la calidad de los productos de esta disciplina. Si no funcionan, si aburren, si no resulta creíble una emisora radial, un periódico, una estación televisiva, pues se mueve el dial, se cierran las páginas o se cambia de canal. Si, además de estos detalles de ineficiencia y mala calidad de los programas (ni hablar de algunos espacios musicales, ¡vade retro!), añadimos la sempiterna y ya incurable posición de lejanía y lo ajeno de muchos espacios noticiosos para con la realidad, el mal se agrava.
Porque si el noticiero televisivo refleja un optimismo, una feraz abundancia, en especial alimenticia, que la realidad (y el bolsillo y el estómago que la sufren) desmiente a diario, pierde credibilidad. Si algunos espacios informativos sobre temas muy puntuales dan solo una versión, casi siempre maniquea y pobre, o atrozmente rígida, acerca de determinado asunto, se pierde credibilidad. Más, cuando a través de las redes sociales o por la no censurable Radio Bemba de tú a tú, todo el mundo tiene ya una versión y el desmentido oficial no logra rebasar o mejorar ese primer impacto. Quien da primero, da dos veces, reza una máxima que en predios periodísticos es casi infalible. Lograr desmentir, cuando se hace, cuesta mucho trabajo. Las más de las veces, ha ocurrido y mucho, se deja enfriar el asunto hasta que se olvide o lo sustituya otro suceso. La rigidez, la falta de matices, es un método ya arcaico para informar o convencer. Todas las posibles opciones del día a día lo inutilizan, lo desarman. Además, lo irresuelto se acumula en el imaginario.
Incidentes como la “pachanga del avestruz”, como la llamó una colega, dejan lecciones muy serias que hay que atender. Tuviera acceso a Internet o no, estuviera en las redes sociales o no, todo el mundo tenía, sabía, creaba o repetía un chiste al respecto. Ya se sabe, el humor desacraliza, irrespeta, no deja a nadie ileso, pero también demuestra la sabiduría y los criterios reales de quienes se defienden del absurdo a través del choteo, arma histórica de este pueblo. Porque todo chiste exagera, pero también desnuda tangibles verdades. Si al día siguiente, al mes siguiente, al trimestre siguiente, no se llenó con carne de avestruz las calles, el chiste no será desmentido. Y si fue un error, tampoco hubo autocrítica alguna, lo cual, si no pone remedio, al menos es sincero y da muestra de buena fe. Nunca, por terrible que sea la equivocación, el pueblo ignorará a quien reconozca públicamente sus yerros. Si no se hace, la credibilidad, repetimos, se pierde.
Ya las informaciones, las más triviales o las más secretas, no tienen cauces únicos para llegar a la gente. Cierto es que las llamadas fake news (noticias falsas) son un mal de nuestros días y es preciso educar, alertar, para no caer en tales trampas y no creer tonterías o ideas mal intencionadas. Pero, ¿cómo criticar a las terribles transnacionales del capitalismo enemigo, a sus falsas informaciones y mentiras, si los cumplimientos, eficiencias y producciones de nuestro noticiero no tienen una demostración verídica en la vida diaria? ¿No será peor, más dañino, hasta contrarrevolucionario, ese optimismo mediático? Nuestro gigante José Martí dijo que “si es noble decir la verdad, lo noble es decirla toda. Ocultar la verdad es delito; ocultar parte de ella, la que impele y anima, es delito”.1
Las torpes ineficiencias en programaciones y anuncios no son el fin del mundo. Pero sumadas a otras listas de manquedades y chapucerías, mediáticas e incluso algunas fuera de los medios, se tornan en peligroso caldo de cultivo, porque hoy existen muchas más opciones, a veces no las mejores incluso, adonde dirigir la atención y para alimentar los credos del saber, el pensar y el actuar. Cuando la confianza se pierde, hoy es muy fácil, simplemente, cambiar de canal. O dejar de creer. Ω

Nota
1 José Martí: “Carta a Enrique Collazo, New York, 12 de enero de 1892”, en Obras completas (edición digital), La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, vol. I, p. 289.

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