Premio Crónica 2018-Mi abuelo, sus naufragios

por Xavier Carbonell

Concurso Palabra Nueva 2018

1

Es de noche y yo no tengo veintitrés años, sino ocho. Tengo miedo. La casa parece un barco viejo, a punto de hundirse dentro de este aguacero frío y sólido.

Salgo de mi cama. El piso me congela y voy descalzo. El polvo se va quedando bajo mis pies, como si fuera la mano de un fantasma. Es el mismo polvo que se me pega en la piel, la lengua y los pulmones. Un polvo denso que, sin embargo, es fino y rápido, y trepa con frialdad por los tablones hasta meterme en la cama de mi abuelo, que se ha dormido después de comer.

Mi abuelo yace como un hombre muerto, como un soldado al que han vencido y que vuelve de la batalla.

De su vida pasada quedan fotos: tiene mi cara; ama la cerveza y los amigos; le gusta el orden sereno de los recipientes de cristal, en su farmacia; le gusta el café.

Seguro ha hecho la comida en sus calderos veteranos de muchas guerras, con la torpeza de un hombre sin mujer. Unos frijoles que ha desempolvado, escogido y cocinado él mismo con paciencia, solo.

Su soledad es un presagio de mi soledad.

Porque los hombres de esta familia han sido marcados con el signo del náufrago, del exiliado, es decir, del hombre alejado de las cosas.

Esa misma ausencia de todo se acuesta con él y le calienta las sábanas, porque ha aprendido a amarla. Yo voy y lo despierto, porque todavía no ha muerto y yo tengo, aún, ocho años. A él le quedan tres años para dormir, cocinar sus frijoles y narrar sus cuentos de hombre solo.

Le digo: abuelo, tengo miedo; y él aprovecha el frío, la siesta y el aguacero para contar historias. Las palabras salen de la garganta sin fuerza, porque no ha podido abandonar el sueño. Y, sin embargo, esas historias me quitan el miedo y espantan el polvo fuera del mosquitero, más allá de la cama. Juego con el mundo de palabras que mi abuelo va edificando para mí. Lo construye como quien va juntando barajas unas sobre otras, sin orden, como si no importara.

Luego se van las palabras, y todo se deshace dentro del agua y el polvo.

 

2

Ahora es abril, mi abuelo ya está muerto y yo, como ven, tengo once años.

Mi madre dobla sus sábanas, su ropa, sus objetos, y los va metiendo en un escaparate que pondremos lejos. Porque el muerto renuncia a muchas cosas y ninguna nos sirve. El muerto ha construido un mundo de memorias inútiles y esas fotografías que nos deja las debemos quemar.

De pronto, la mandíbula de mi abuelo se abre como si quisiera gritar una última historia que lo salve de la muerte. Pero no puede: le amarran un pañuelo desde la quijada hasta la cima del cráneo.

Ese pañuelo blanco es su silencio.

Recuerdo que mi hermano pequeño nos advierte que dejemos dormir al viejo, que a él no le gusta que lo molesten después de la comida. Y todos le explican que es por su bien, porque le duele una muela y estamos esperando al dentista. Luego mi madre lo saca del cuarto, cubriéndole los ojos con una mano.

Pero mi abuelo no espera a ningún médico. Espera, quizás, que la eternidad esté compuesta de sus mismas palabras, y que lo dejen ordenar una estantería infinita de pomos de cristal, que no se rompan nunca. Un paraíso de vidrios transparentes y azules.

Vuelven los veintitrés años de golpe y yo sigo en la misma casa vieja. Es de noche, tengo frío y también puedo decir que tengo miedo.

Ninguna de estas cosas ha cambiado, ni siquiera el polvo de mis fantasmas.

Ahora que me acuesto en el mismo lugar donde él durmió durante ochenta años, siento más que nunca el peso de su herencia: él me ha dejado sus cuentos, sus fotos y la respiración de una casa vieja, hecha de tablas con olor a naufragio.

 

3

Quiero regresar al tiempo en que mis abuelos eran jóvenes, para ver cómo vivieron la isla de los boleros, del afilador de tijeras, del barbero y el boticario. Quiero volver al tiempo en que el matrimonio de mis abuelos se anunció en uno de los trece periódicos del pueblo, justo antes de que el lechero pasara repartiendo sus litros blancos, en una bicicleta lenta y roja.

Seguramente esa isla, como ese pueblo y esos periódicos, solo pueden existir en la memoria y en las cosas que guardan las madres en los escaparates.

Parece que, en el principio de los tiempos, Cuba se fue amontonando sobre el mar y las cajas de objetos perdidos, olvidados por las familias. Ventiladores, cubiertos, proyectores soviéticos, radios americanos, fusiles, máquinas de escribir, papeles sueltos.

Cuba es una isla que flota sobre sus cosas viejas.

Mi abuelo llegó a esta isla con pasaporte de náufrago. Traía la semilla de sus parientes y empezó a construir una casa, mi casa, con las raíces y lo que iba encontrando. Quizás esta casa sea la metáfora perfecta para describir a mi familia: un siglo después la madera se comprime y ahueca sobre nosotros; tiembla con los aguaceros del trópico; comparte sus tejas con otras casas de este pueblo y se ha quebrado bajo los huracanes.

Cada abuelo cubano lleva un libro con el inventario de sus dolores, semejante a los antiguos cronistas de Indias. Tal parece que solo las palabras pueden salvarlos. Porque las palabras, como los recuerdos o la miseria, no se pueden engavetar.

Todos los días, Cuba se va convirtiendo en la isla de los abuelos. La isla de la juventud está ahora en el otro horizonte, el continente, donde debemos ir nosotros mientras hay tiempo y nos alcanzan las fuerzas. Porque la verdad es que tenemos mucho miedo.

Un miedo que crece a medida que vemos a nuestros abuelos desfilar en una larga cola de caminantes cada vez más grises, que se acuestan en sus cajas de cosas viejas, en sus escaparates, en sus gavetas de recuerdo y polilla.

Eso nos espanta. Porque sabemos que mañana nos tocará a nosotros darle la mano al tiempo y a la muerte. Y jode que la muerte nos agarre sin haber hecho nada aquí, donde había mucho, mucho grande que hacer.

 

4

Pero aquí estamos, mientras tanto: los herederos de la canoa, del machete, de la caña y el tabaco, de las alfabetizaciones, del quinquenio gris, del período especial, del sudor, del cuentapropismo; con todas las resacas del vino tinto, el daiquirí y el vodka; con todos los experimentos agotados, las banderas gastadas, la salación de ser demasiado históricos y demasiado inteligentes. Abiertos al mundo, jóvenes, vigorosos y vacíos.

Esperando que nos llegue el día de irnos para ver si al regreso aparece la otra Ítaca. Una isla que ya no sea una terminal de náufragos, sino la patria de los hombres que vuelven de Troya, con fatiga en las manos y ganas de acariciar a una mujer. En esa isla quiero esperar la vejez y dormir a mis nietos, como lo hizo mi abuelo, y también su abuelo antes que él.

Ojalá cada palabra sea un conjuro que fije a Cuba en la cartografía de las islas benditas y la proteja de cataclismos y huracanes; donde no haya que inventar más máquinas del tiempo ni más trucos para anestesiar el subdesarrollo. Al fin y al cabo, en esta isla de sal y barcos es donde tenemos que vivir, morir y narrar la historia que nos salve.

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