Premio Artículo 2018-El Generalísimo y su familia

Por Roger Florentino Obregón Tejeda

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“Los hombres bien nacidos podemos disfrutar

de dulce y consolador: la familia y el hogar”.

Máximo Gómez

Máximo Gómez y familiaCuando Gómez conoce a Manana,1 tenía treinta y dos años y ella diecisiete. Su biógrafo Ramón Infiesta, lo describe: “…él es seco y áspero, ella tiene el carácter tierno y afable”.2 Detrás de la piel del recio combatiente se esconde un tierno y amante esposo. Ella siempre lo acompaña y en ocasiones aguarda, le da hijos que nacen, crecen y sufren el destino del padre. Aquel hombre curtido en los campos de batalla que solía combatir osadamente, muchas veces sintió temor, no por la suerte personal, sino por los retoños concebidos con su Manana en la manigua, sometidos al acoso del enemigo.

En los potreros de La Reforma vio nacer a su Panchito. En otros montes a su Clemencia adorada, la mayor de las niñas, así como los otros, en medio de los ardores de la guerra o en tierras de Centroamérica y las Antillas, siempre asediados por la miseria. Cuenta otro de sus biógrafos, Benigno Souza, que los días que el General pasó en Jamaica fueron los más crueles y humillantes de su vida. Se ve obligado a trabajar como jornalero. Algunos compañeros de armas lo ayudan económicamente. El general Julio Sanguily le remite una modesta suma y le ruega le devuelva su machete, con empuñadura de plata, que le había confiado y desea conservar como reliquia. Gómez respondió: “en cuanto al machete que me pide, solo me queda la hoja. Un día, en que mis hijos no tenían pan, para darles de comer vendí la plata del puño”.3

Toda la familia se ve envuelta en la vorágine de la guerra. La mayoría de los familiares de su esposa cayó en la contienda. Solo sobrevivió Sixto. De las hermanas fallecieron Elena, Eduviges, Teodora y Tomasa. Sobrevivieron Juana, y la propia Manana. Si alguna alegría le deparó la vida al Generalísimo fue esa, la de haber encontrado, en medio de la que todos llamaron la Guerra Grande, a la compañera de su vida, fiel y estoica ante las adversidades. Martí recrea la familia, como solo él sabía hacerlo en su artículo “El general Gómez”, publicado en el periódico Patria, el 26 de agosto de 1893:

 

“A la puerta de su casa […] salen a recibirlo […] los hijos que le nacieron cuando peleaba por hacer a un pueblo libre; la mujer que se los dio, y los crió al paso de los combates en la cuna de sus brazos, lo aguarda un poco atrás, en un silencio que es delicia, y bañado el rostro de aquella hermosura que da a las almas la grandeza verdadera; la hija en quien su patria centellea, reclinada en el hombro de la madre lo mira como a novio: ése es Máximo Gómez”.4

 

La Manana que habitó la pobreza sin una queja, y cuidó de la prole, mientras veía cómo enfermaban y morían sus hijos, la que alimentó el hogar durante los largos períodos de ausencia del padre. Cuentan que, en una ocasión, ante su precaria situación, se le asigna una pensión. No se hace esperar su respuesta: “Es una inmensa dicha para mí que mi hijo Maximito, todo un hombre ya pese a sus 17 años, represente dignamente a su padre en la casa, y que con su trabajo diario cubra las necesidades de la familia. No estamos dispuestos a convertir en pan el dinero que debe emplearse en pólvora”.5

Es la misma heroica combatiente que entregó a Cuba, como un tributo, al esposo y a los hijos que tanto amaba. Y vio, cuando parecía alcanzada la estabilidad familiar, al esposo volver a partir hacia la guerra, ya hombre que comenzaba a envejecer, para materializar los sueños de tres décadas, y le dejó partir junto a Martí, como después vio que seguía las huellas del Generalísimo, esa flor de amor y de valor que fue Francisco Gómez Toro, Panchito. El lunes, 7 de diciembre de 1896, el joven ayudante Panchito cae, vilmente macheteado sobre el cadáver del lugarteniente Maceo. Al conocer la noticia, Gómez queda anonadado, escribe: “[…] siento en mi pecho palpitar un sentimiento de venganza, no por la muerte de mi hijo, pues a la guerra se viene a morir, sino por la mutilación, por la profanación de su cadáver”.6

Días después, envía estremecedora carta a María Cabrales, viuda del Titán: “Con la desaparición de ese hombre extraordinario pierde usted al dulce compañero de su vida, pierdo yo al más ilustre y al más bravo de mis amigos y pierde, en fin, el Ejercito Libertador a la figura más excelsa de la revolución”. Cuenta a María que, junto al heroico guerrero, cayó también “mi Pancho”, y que fueron sepultados en la misma fosa, “como si la Providencia hubiera querido con este hecho conceder a mi desgracia el triste consuelo de ver unidos en la tumba a dos seres cuyos nombres vivieron eternamente unidos en el fondo de mi corazón”. Añade a renglón seguido: “Usted que es mujer, usted que puede sin sonrojarse ni sonrojar a nadie entregarse a los inefables desbordes del dolor, llore, llore, María, por ambos, por Usted y por mí, ya que a este viejo infeliz no le es dable el privilegio de desahogar sus tristezas íntimas desatándose en un reguero de llanto”.7

El 17 junio de 1905, en horas de la mañana, el general en jefe del Ejército Libertador, moribundo, se despide de su esposa y de sus hijos. Entra en agonía y fallece a las seis de la tarde. Consternado, el pueblo se aglomera frente a la casa de calle 5ta. esquina a D. Manana llora desconsolada en una de las habitaciones. Cuenta el periodista Ciro Bianchi: “Acude el Gobierno en pleno, se hacen presentes los parlamentarios… Su hija Clemencia se percata de que el cadáver permanece aislado de los sectores humildes. Pregunta airada: ‘¿Dónde está ese pueblo que liberó mi padre?’. Es entonces que comienza el desfile de los desposeídos, interminable”.8 Es el sepelio más grandioso que se haya visto en Cuba hasta ese momento.

 

Notas

[1] Así le llamaban cariñosamente a Bernarda Toro Pelegrín (1852-1911), era la undécima de catorce hijos que tuvieron Francisco Toro y Molina y Margarita Pelegrín y Acosta. Véase Gerardo Castellanos: Francisco Gómez Toro, La Habana, 1932, pp. 105-107.

2 Ramón Infiesta: Máximo Gómez, La Habana, 1937, p. 50.

3 Benigno Sousa: Máximo Gómez, el Generalísimo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1996. También puede consultarse en Ciro Bianchi Ross: “Así era el Generalísimo”, Juventud Rebelde, 6 de septiembre de 2009.

4 José Martí: “El general Gómez”, Patria, Nueva York, 26 de agosto 1893, en Obras completas, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963, t. 4, pp. 445-446.

5 Ciro Bianchi Ross: “Así era el Generalísimo”, Juventud Rebelde, 6 de septiembre de 2009.

6 Diario de Campaña del Mayor General Máximo Gómez, La Habana, 1940, p. 373.

7 Máximo Gómez: Mi escolta y otros escritos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1986, pp. 11-12.

8 Ciro Bianchi: “Cómo murió Máximo Gómez”, Juventud Rebelde, 25 de julio de 2010.

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