¿Peligro de enfermedad?

Por: Antonio López Sánchez

Las dos anécdotas se suceden en apenas una misma semana. Los protagonistas, todos cercanos y de total confianza, rezuman asombro ante sus vivencias. Escuchemos esta pequeña obra teatral del absurdo.

Primer acto
Las dos parejas de viejos amigos llegan a un sitio recreativo, cercano al mar, con el fin de compartir un par de cervezas y un rato de conversación. Por fortuna, la música ambiente, una selección de videos clips de los años setenta y ochenta, además de agradable opción, se emite a un volumen potable para que amenice y no interfiera el diálogo. Es temprano en la noche, cercano el fin de semana, pero el lugar está ocupado a medias. Una sala central, techada y entre paredes, tiene muchas mesas disponibles. Las dos alas exteriores, con vistas al mar, no tantas. De hecho, hay solo una. Hay que anotar que tanto el centro como los dos lugares externos son muy amplios.
Mientras buscan acomodo, una de las muchachas propone sentarse afuera. Los argumentos de mejor vista y más fresco, son aceptados. El ala izquierda está llena. En el ala derecha, hay una sola mesa vacía cuya visión al exterior queda trunca bajo un toldo enorme, que durante el día protege del sol pero ahora solo es una pared inútil que interfiere con el paisaje marino y el flujo de aire. Requerida la presencia de un camarero, se le sugiere mover una mesa más allá del alcance del toldo (casualmente es la última mesa), lo que se resume apenas en un par de metros. El camarero, asombradísimo ante la petición, arguye que está establecido que no se puede cambiar la ubicación de las mesas, como si en lugar de un expendio público de bebidas y comidas ligeras, se tratara de un salón esterilizado para una cirugía neurológica de alta gama. Por supuesto que las siguientes opciones, sacar una mesa del interior hacia la otra ala sin toldo o subir el dichoso toldo a su posición de recogido, suenan tan absurdas que ni vale la pena proponerlas. Las dos parejas, resignadas, se sientan bajo techo.

Intermedio.

Segundo acto
El cliente llega a uno de esos mercados en moneda nacional, en plena urbe, donde lo mismo se vende un alicate que un calzoncillo. Este cliente, además, es un tipo con cierta cultura. Descubre que hay detergente líquido y se acerca a comprar un par de pomos. A saber: uno para sí y uno para su suegra. Además, no hay cola y un estante ofrece un magnífico pelotón de abundantes frascos, coloridos en verde y espumosa esperanza. A la empleada la acompaña una muchacha sentada en una banqueta, cuyo fin debe ser entretener a dicha empleada durante la larga jornada, pues nada más hace en un buen rato. Al pedido de dos pomos, la vendedora argumenta que solo puede despachar uno por persona. “Y aquí tengo la circular firmada por la directora”, se defiende mientras esgrime un papel, como un escudo de gladiador en plena arena del Coliseo. En el último vagón de la lógica, sobre esa delgada línea a medias sobre los abismos del estupor o el desespero, el cliente explica que cada pomo tiene una familia diferente como destino, que con tan exigua cantidad, es absurdo creer que el producto será revendido. Supone el cliente que ese debe ser el fin de la medida, que el detergente alcance para todos y nadie lo acapare. Dos pomos es una cantidad racional, explica, y hasta invoca a su suegra. La negativa, circular protectora mediante, persiste.
El cliente, en la disyuntiva de apelar al estrangulamiento homicida o a la derrota de irse sin detergente propio (pues la suegra va primero), recibe una revelación. Desde alguna de las instancias celestiales que protegen al usuario (pues le tratan como tal, aunque le digan cliente), el pícaro san Zumbado le ofrece la solución con el recuerdo de una de sus páginas. ¿Oiga, si yo salgo y vuelvo a entrar, usted me vende el detergente? Técnicamente, compraría un solo pomo cada vez. Ante la duda existencial de la empleada (de seguro no programada para esta opción), el recién iluminado sale del mercado, da una vuelta ante el umbral y regresa al mostrador. Un pomo de detergente, por favor. La vendedora, quizá apelando al último pataleo de los ahorcados o con el humo de lo no previsto haciendo arder el circuito de sus neuronas, todavía esgrime una última defensa. “Bueno, si yo no veo lo que usted trae en su mochila y tiene las manos vacías, no puedo decir nada”. La circular protectora palidece, se marchita, y la acompañante en la banqueta rompe a reír nerviosamente a carcajadas. El cliente se va con sus dos pomos, vencedor, aunque se siente un poco ridículo, hasta pírrico, descolorido el verde esperanza.

Telón, sin ovación final.

El mensaje de salvación recibido por el cliente no es casual. Ya ese profeta y protector de los usuarios en los interminables cambios de turno y en mostradores y solicitudes y trámites burocráticos, el escritor y periodista Héctor Zumbado, había predicho situaciones como estas. Al parecer, se acerca un nuevo y peligroso brote de mecanicitis. Es decir, la enfermedad de los mecanosos. Quizás estemos asistiendo a la recidiva de esta dolencia o, quizás, nunca se erradicó del todo.
Para quien no domine la terminología médica de este atroz padecimiento, apelamos a la explicación del propio descubridor:

“Recientemente se ha descubierto en el sistema endocrino la existencia de una glándula-clave llamada progresona, que segrega dos hormonas fundamentales para el progreso […] la iniciativina y la imaginalina, que actúan directamente sobre el cerebro. Y, claro, cuando esta glándula funciona mal, cuando hay insuficiencia […] ahí mismo se produce la mecanicitis […]. Simplemente, el mecanoso deja de pensar y reacciona ante un solo estímulo: LA ORIENTACIÓN. No hay nada que alegre más a un mecanoso que recibir una orientación […]. Empatarse con la orientación es lo vital. De ahí en lo adelante todo se hace sencillo […]. La orientación es como el lubricante, el mágico ingrediente que pone en marcha todo el mecanismo […] ¡y allá va el mecanoso impulsado por la orientación! ¡Allá va! En un sola línea, como el ferrocarril, rígido, inflexible, impetuoso. Y por eso, ante una nueva situación, ante el menor cambio, algo que surja de improviso en la vía, ¡el mecanoso no puede parar! Sigue arrollando incontenible todo lo que encuentre a su paso”.1

Porque, para no apelar a la mala fe (la empleada y la directora se roban el detergente y por eso restringen su venta, al camarero no le da la gana de caminar dos metros más a cambio de lo que gana o porque asegura su sustento con lo que escamotea y no con su sueldo), solo la falta del más elemental sentido común, o la enfermedad de la ineficiencia y la desidia, provocaría tales situaciones. Aquí el cliente nunca tiene la razón. La orientación, como un bufón absurdo o, peor, como justificación para los desmanes, se enseñorea y se burla de los infelices que caen bajo su locomotora arrolladora.
Es cierto que, ante determinados escenarios de escasez, resulta necesario regular ventas, evitar acaparamientos. Pero eso no significa hacer tabla rasa con todo, sin un mínimo de reflexión. Si al momento de comprar un producto no hay multitudes enardecidas clamando por llevarlo y este abunda a la vista, ¿a qué viene la rigidez? Por otro lado, ¿cuesta tanto mover una mesa en sitio recreativo? Si estas parejas hubieran sido de otra nacionalidad, es triste pero cierto, la idea de una propina jugosa hubiera pisoteado la orientación y la mesa iba a parar al techo si así era solicitado. Al final, tanto las disposiciones absurdas, como la falta de imaginación y la indolencia, traducida esta en ineficaces funcionamientos de cualquier índole, por lo general ocultan males mayores. Son la corrupción, las ilegalidades, los desvíos y delitos los que medran detrás de “lo establecido”, sea una cadena de trámites insufribles y desatinados, alguna ley irracional o una disposición en apariencia inflexible. Además, desde cualquier punto de vista, solo acarrean molestias al pueblo. Más molestias, como si no abundaran a diario en nuestra soleada ínsula.
La más alta dirección del país ha llamado ya a cambiar mentalidades, a desperezar cerebros y actos, a desechar posturas y haceres caducos. Las mentes no se cambian por decreto, pero, al menos, hay que comenzar por el decreto (que no la orientación), si conlleva intenciones de mejoría. La orientación, ahora sí, sería desempolvarse, agilizar, despertar, desbrozar de torpezas e ineficacias los caminos del pueblo. Como bien dice Zumbado, la mecanicitis se combate con un fuerte antibiótico llamado conciencialina. Algo más de conciencia, de pensar un poco más en el prójimo para el que trabajamos como en uno mismo, de seguro curaría tales dolencias. Así, tales brotes apenas tendrían sobrevivencia. Quedarían en la literatura “médica” del costumbrismo y el humor, tan solo en la sonrisa y no ya en el amargor de lo evidente o en el sufrimiento diario de sus víctimas. Ω

Nota
1 Héctor Zumbado: “Mecanosos”, en ¡Aquí está Zumbado!, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012, pp. 98 y 99.

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