Escritos sobre María en los padres de la Iglesia

Por: Hno. Jesús Bayo M. FMS

MaríaI. Fin de la patrística griega: siglo VIII
Se puede considerar el fin de la patrística en Oriente al concluir el siglo VIII. En este siglo tenemos cuatro grandes padres orientales que nos han dejado homilías y otros escritos marianos: Juan de Eubea, Germán de Constantinopla, Andrés de Creta y Juan Damasceno.
Juan de Eubea fue monje y obispo. Hacia el año 730 escribió una homilía sobre la Concepción de la Virgen, en relación con una fiesta litúrgica celebrada el 8 de septiembre. La Natividad de María se celebraba en Jerusalén desde el siglo v. En el siglo vi, la fiesta es introducida por Justiniano en Bizancio, se llamaba indistintamente “Concepción” o “Nacimiento” de María y se celebraba al inicio del calendario bizantino que concluía el 29 de agosto con la degollación de san Juan Bautista. (Esta fiesta del 8 de septiembre será la base para fijar la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre). Este autor se preocupaba por el origen biológico de María y afirmaba que hubo una intervención especial de Dios en su alma y en su cuerpo. Elogia su santidad y pureza original, pero no habla de ausencia ni exención de pecado original.
Germán de Constantinopla nació hacia el año 635 y murió en el 733. De origen noble, por motivos familiares se vio forzado a tomar el estado clerical; era una gran figura de Santa Sofía. En el 715 fue nombrado patriarca de Constantinopla. Fue un gran defensor de los iconos contra los iconoclastas, en especial, en tiempo de León III, el Isaurio (730), quien prohibió el culto a las imágenes, destituyó a Germán y lo exilió. Escribió muchas obras con gran erudición: tratados, cartas, homilías e himnos litúrgicos. Desde el punto de vista mariano, sus homilías son muy importantes. Es citado en las Bulas de Pío IX y Pío XII y en la constitución Lumen gentium del concilio Vaticano II (nn. 53, 59, 60). Podemos considerarlo el vértice de la mariología oriental y compararlo por su devoción a María, con san Bernardo. Habla con frecuencia de la “esclavitud mariana” y se consideraba un siervo suyo.
Fundamenta su doctrina mariana en la Sagrada Escritura y en los apócrifos que no contradigan la Escritura. Los temas más recurrentes son la maternidad divina, la perpetua virginidad y la asunción al cielo. Aplica a María los títulos de Madre de Dios, Siempre Virgen y Toda Santa (en griego, Theotokos, Aeiparthenos y Panaghía). Muestra hacia ella gran admiración por su fe, amor, humildad, obediencia, virtud y santidad.
La fiesta de la Asunción es aceptada por todo el pueblo y él dice que María subió al cielo en cuerpo y alma, porque su cuerpo es vaso que contiene a Dios (Theophoron sarx). No solo era conveniente, sino un deber filial que Cristo llevase consigo a su Madre. Otras razones provienen de su santidad, por lo que no podía sufrir la corrupción. Finalmente, dice que es intercesora, puerto seguro, escala del cielo y auxilio de los pecadores. Germán piensa que María murió porque es algo inevitable para la naturaleza humana y un hecho constitutivo de nuestro ser. Cristo también murió y María participa en todo del misterio de Cristo, excepto que ella es criatura. Ella es mediadora y por eso los fieles recurren a ella para obtener la salvación. En este sentido, podemos considerarlo precursor de la “maternidad espiritual” de María, aunque no desarrolla el tema ni le da el título.
Andrés de Creta nació hacia el 660 y murió en el 740. Hacia el 710 fue diácono de Jerusalén y obispo metropolita de Creta. Sufrió las vicisitudes de los iconoclastas. Compuso himnos y homilías marianas sobre la Concepción, la Natividad, la Asunción, la Presentación, la Anunciación, etc. Como pastor, fundó obras de caridad, se preocupó de la educación de la juventud y promovió la vida monástica. Es reconocido como un gran predicador, semejante a Germán de Constantinopla y a Juan Crisóstomo.
En su doctrina mariana considera a María prefi-gurada en el Antiguo Testamento, junto a su Hijo en la salvación. Resalta su santidad y su perfecta y perpetua virginidad con una perspectiva cristológica y soteriológica bien clara. Su mariología se basa en la santidad, asunción y realeza de María.
Andrés afirma que María nació sin mancha, no fue contaminada por pecado alguno. No habla de pecado original sino de mancha moral en sentido personal. Habla de liberación, no de preservación del pecado.1 Dice que María fue liberada, como primicia de la redención, sin decir la forma en que aconteció esta liberación. Como teólogo espiritual venera el misterio desde el silencio, lo cual es propio de la teología apofática, contemplativa y mística.
En María toda sombra de pecado personal está excluida desde su nacimiento. En su natividad ya se celebra su santidad. Andrés parangona a María con la “tierra virgen del Edén” que produce sin ser sembrada ni cultivada. Ella da vida al nuevo Adán sin semilla de varón. La salvación (la encarnación) sería un retorno a los orígenes, por eso María es perfectamente santa, llena de gracia.
También afirma que María murió porque debía asemejarse a su Hijo, pero no como castigo a causa del pecado. Con su muerte ilumina nuestra muerte. Ella padeció la muerte, pero no fue subyugada por la misma, sino que la sufrió como paso (tránsito); como un “éxtasis” más que como una “agonía” para llegar junto a su Hijo y alcanzar la eternidad. Obedeció a las leyes naturales sin estar sujeta al pecado. Después de su muerte, su cuerpo no permaneció en el sepulcro ni sufrió la corrupción, sino que fue llevado al cielo. Lo importante es que Cristo murió y resucitó. María participa de este misterio. Así explica Andrés la Fiesta de la Dormición o Asunción (Koimesis).
Finalmente, en sus homilías encontramos con frecuencia el título de “Reina” atribuido a María (Sal 44, 9). Esta realeza es acompañada de la mediación materna, siempre subordinada a la mediación del Hijo, puesto que ella es de nuestra raza, pero llega a ser la Madre de Dios.
Juan Damasceno nació en Damasco hacia el 675, de familia cristiana, pero de origen árabe. Fue monje en el monasterio de San Sabas de Jerusalén. Es el último gran padre oriental que influyó en la teología tanto de Oriente como de Occidente. Fue un puente entre la cultura oriental y occidental. Se distinguió por su ardua defensa de las imágenes sagradas (726). Enseñó, predicó y escribió sobre todos los temas de teología. Entre sus obras están La fuente del conocimiento, Tres discursos sobre los iconos, Libelo de la recta doctrina, Sobre la Santísima Trinidad.
Desde el punto de vista mariano, conservamos una homilía para la fiesta de la Natividad y tres para la Dormición. También compuso numerosos himnos marianos. En su Tratado de la fe ortodoxa se refiere a las cuestiones marianas de su tiempo. Dio a María el título de “Señora” y fue el primero en hablar de la “consagración a María”. Es citado por Pío XII en la bula Munificentissimus Deus, en el Capítulo VIII de la constitución Lumen gentium, del concilio Vaticano II y en la exhortación apostólica Redemptoris Mater de Juan Pablo II. Hace resaltar en María su plenitud de gracia, su santidad, su asunción corpórea a los cielos.
Presenta a María como una criatura sublime y llena de gracia desde su nacimiento. Usa con libertad los apócrifos que ven en la concepción de María un milagro ante la esterilidad de Ana. Llama a María “escala de Jacob” por la que descendió el redentor. Toma textos de las profecías y del Antiguo Testamento para verificar los anuncios que ocurren y se realizan en el Nuevo Testamento. En María ve “el tabernáculo”, “la tienda”, “el arca”, “el templo”. Está junto a Dios, es reflejo de su Dulzura y su Belleza. Es mediadora de salvación.
En las homilías sobre la Dormición explica la verdad de la asunción corpórea de María, admitiendo pacíficamente el hecho de su muerte. María murió lo mismo que Cristo y también participó de su glorificación: al morir encontró la fuente de vida eterna. “El cuerpo de quien fue virgen inmaculada fue sepultado, pero no se corrompió porque fue asunto al cielo. Allí María intercede por todos nosotros”.

II. La crisis iconoclasta
El siglo viii es de gran apogeo para la patrística orien-tal, pero también surgió la controversia iconoclasta (725-843). Es un tema de actualidad por el auge que tienen hoy día los “iconos”.
Para los orientales, los iconos son signos sacra-mentales, símbolos que actúan. Se pintan siguiendo reglas estrictas de la tradición: sin perspectiva, ni movimiento, ni sombras. Hay iconos de Cristo, de María y de los santos. Son tan venerados como la Palabra de Dios, porque se consideran expresión de los misterios de la fe cristiana. Los iconos de María son muy importantes para la iconografía bizantina y griega. En orden de importancia, después de los iconos de Jesús están los de María.
La iconografía cristiana surge ya en el siglo iii, pero siempre tuvo algunos detractores. Es un problema en el que confluyen varios factores: cuestiones cristológicas sin resolver (s. iv y v), motivos teológicos, culturales y políticos.
A nivel cultural, los cristianos de lengua griega tenían gusto por la escultura, pero en los primeros siglos cristianos eso era símbolo de paganismo, por lo que fueron condenadas las estatuas y el arte tridimensional, en favor de la pintura bidimensional.
Los cristianos de Siria y Armenia (zona más oriental del imperio), eran contrarios a todo tipo de imágenes por su cultura y por influencia monofisita que eliminaba la naturaleza humana de Cristo.
A nivel religioso e ideológico, hay confrontación entre el cristianismo bizantino y el islam. El emperador y el califa eran jefes político-religiosos. El emperador opta por ser más espiritual y monoteísta que el mismo califa y trata de eliminar todo tipo de imágenes que evoquen la presencia de Dios. A su vez los gnósticos acusan de idolatría y materialismo a quienes veneran los iconos porque consideraban la encarnación de Cristo como una aberración de necios.
El influjo helénico neoplatónico y origenista mantenía la filosofía “monista” y “espiritualista” que descalificaba todo lo material. En este sentido, no admitían imágenes de Cristo porque él estaba glorificado y solo se podía contemplar con la mente y en el espíritu.
En el año 717 subió al trono el emperador León III, el Isaurio, un general que venció a los sirios y a los árabes. Puso las bases contra las imágenes y en el 730 publica un edicto que prohibía el culto de las mismas, pero algunos obispos se opusieron. Buscó el apoyo de los papas romanos (Gregorio II y III), pero no se lo dieron, sino que lo condenaron. Surge así la división y la lucha interna. Los iconoclastas eran monofisitas y los iconófilos eran calcedonenses.
A León III, el Isaurio le sucedió su hijo Constantino V, Coprónico, quien continuó con la política iconoclasta. Reunió un concilio en el 754, donde los padres aprobaban las disposiciones prácticas, pero no las motivaciones teológicas. Había disenso y se reunieron otros concilios en Jerusalén y en Roma (Esteban III). Entonces, el emperador opta por la represión y la persecución a los monjes.
León IV, hijo del Coprónico, y su madre Irene fueron más benévolos con los iconófilos. Se reunió el concilio de Nicea II (758) con el favor de Irene. A este concilio ecuménico asisten también padres de Roma y se proclama el valor de las imágenes. Se hace la distinción entre culto de latría (solo a Dios) y el culto a las imágenes y reliquias (al que también se llama proskynesis: adorar u orar de rodillas).
León V fue iconoclasta, pero encontró firme oposición en el patriarca Nicéforo I, quien fue exiliado, como lo fuera su antecesor Germán, por León III.
Finalmente, el imperio de Oriente fue disminuyendo y la emperadora Teodora, de tendencia antioquena (dos naturalezas en Cristo) restableció el culto a las imágenes y proclamó el “triunfo de la ortodoxia” en el año 843.
Después de la victoria de la ortodoxia, los docu-mentos y escritos de los herejes fueron quemados. Solo tenemos testimonios indirectos procedentes de los iconófilos o amigos de las imágenes. Al parecer, las fuentes patrísticas de los iconoclastas fueron Eusebio de Cesarea y Epifanio de Salamina. También recurrían a textos bíblicos del Antiguo Testamento.
Sus argumentos eran los siguientes: si las imágenes e iconos representan solo la humanidad de Cristo, eso es nestorianismo (que negaba la unión de naturalezas en Cristo); si quieren representar tanto la humanidad como la divinidad, opacan y materializan la divinidad; si los iconos representan divinidad y humanidad unidas, eso sería monofisismo (que negaba la naturaleza humana).
Ahora bien, estos argumentos no tienen sentido después del concilio de Calcedonia (451), donde se aclaró la doble naturaleza de Cristo sin división y sin confusión. Los iconoclastas consideraban las imágenes idénticas al prototipo; por tanto, inadecuadas, ya que no pueden representar verdaderamente la realidad.
Egeria tiene un testimonio de la veneración de las imágenes, cuando habla de una carta en siríaco y un icono que le fue regalado en su viaje a Tierra Santa.
El concilio de Trullo dio legitimidad a las imágenes de Cristo. En el 730, Germán de Constantinopla, frente al edicto de León III, había tomado partido a favor de las imágenes. Ellos afirman que en los iconos se venera la persona representada y no la naturaleza, la materia ni la figura pintada. El concilio de Nicea II (758) distingue entre el culto de latría y de dulía e hiperdulía.
Germán escribió tres cartas a los obispos de Oriente para explicar y defender el culto a las imágenes. Andrés de Creta dejó un breve tratado sobre la veneración de los iconos y da ejemplos de imágenes akirógrafas (no pintadas por mano humana).2
A partir del siglo viii, la veneración de las imágenes es una práctica y una tradición en la Iglesia. Juan Damasceno defendió las imágenes basado en la encarnación de Cristo. Él dice que la veneración de los iconos supone humildad y sumisión.
El abajamiento no solo por inclinarse o arrodillarse exteriormente (proskynesis), sino como actitud de sumisión interior. El culto absoluto solo se dirige a Dios: alabanza, petición, acción de gracias, arrepentimiento.3 El culto relativo también se rinde a Dios, pero a través de las personas que están cerca de él (María, los santos) o de las cosas y lugares que están en relación con él (reliquias, la cruz, Nazaret, Belén, el Gólgota, la Sagrada Escritura, el cáliz, el altar, la patena, los iconos).
La veneración y la devoción se dan incluso hacia las personas que amamos y respetamos: padres, amigos, familiares, autoridades, maestros, benefactores. Por eso, tiene sentido la veneración de las imágenes (pinturas o esculturas), siempre en relación con Cristo (Verbo encarnado) que es la imagen visible de Dios invisible, la Palabra hecha carne.

III. Otros autores marianos
de la tradición oriental en el siglo ix
Al finalizar las controversias iconoclastas (843), surge un gran afán por la cultura, especialmente entre los monjes. Este período de renacimiento cultural en Oriente coincide con la reforma carolingia en Occidente. Algunos autores importantes de la Iglesia oriental en el siglo ix son Teodoro Estudita, Teófanes, Epifanio, Nicetas, Focio, León VI, Eutimio, Juan el Geómetra, Focio y Simeón Metafraste.
Teodoro Estudita nació en Constantinopla de familia cortesana. Su padre era funcionario del emperador. Estuvo a favor de la iconodulia, fue defensor de las imágenes. A los veintidós años fue al monasterio de Sacudi y a los treinta y cinco años fue nombrado igúmeno o prior. Fue un gran innovador de la vida monástica. Escribió una Regla, himnos, antífonas marianas y obras ascéticas. Exiliado, murió fuera de su tierra. Fue influido por Basilio y Pacomio en la vida cenobítica.
Defendió las imágenes de Cristo y María para ser coherente con la encarnación del Verbo, pues la humanidad de Cristo no es apariencia (docetismo gnóstico). La persona de Cristo no se puede separar de su imagen ni de su nombre. (Quien profana el nombre o la imagen de alguien atenta contra la persona). Veneramos la realidad que se nos representa, no la naturaleza ni el color de la pintura.
María fue testigo privilegiado de la Encarnación y por eso también puede ser representada. Ella es santa porque es Madre de Cristo. Hace el paralelo Eva-María. La devoción mariana supone sumisión, amor y temor reverencial.4
Focio nació hacia el 810 y fue una gran personalidad de la vida política, social, cultural y religiosa de Bizancio. Es el padre del humanismo bizantino. Fue un gran estudioso y erudito. En el 858 se convirtió en patriarca de Constantinopla. Escribió cartas, homilías, cánones y muchos otros escritos.5
Focio relata la belleza espiritual de María a quien considera un templo viviente. Ella no tuvo culpa ni defecto en su fe. Como buen erudito, recoge muchos testimonios sobre su santidad y virginidad. Ve en la Anunciación6 los desposorios de Dios con la humanidad a través de María. Ella es tálamo divino de las nupcias de Dios con los hombres. También la considera Esposa y Consorte del Verbo, Madre de la Iglesia (de los fieles), porque del costado de Cristo nace la Iglesia. También predica Focio la mediación y la intercesión mariana: es refugio y protección.
Simeón Metafraste nació en Constantinopla a principios del siglo x. Murió hacia el año 1 000. Estuvo al servicio del imperio, pero se hizo monje al final de su vida. Ha dejado varias obras, entre las que destaca el Menologio (biografías de los santos). Sobre María escribió una Vida y algunos discursos.
La Vida fue compuesta para la Fiesta de la Dormición como alabanza, sin afán histórico, y se basa en textos de los padres: Gregorio Niseno, Atanasio, Dionisio. Su narración es confirmada con textos evangélicos y trata de no contradecir en nada a la Escritura. Expone episodios de la infancia de María, del nacimiento de Jesús y de su vida.
María junto al Hijo, incluso en la última Cena, en la Pasión, junto a la Cruz y a la salida del sepulcro, también la presenta como primer testigo de la resurrección. En la Dormición se remite a los apócrifos. Su cuerpo fue llevado a un sepulcro de Getsemaní, pero tres días después, el sepulcro estaba vacío y solo quedaban sus vestidos, llevados a Constantinopla, al santuario de las Blaquerne. Ω

 

Notas
1 En la teología occidental, el pecado original es considerado como pecado personal de Adán en quien todos pecamos. En Oriente, el pecado original es una desgracia heredada junto con la corrupción, las pasiones y la muerte.
2 Entre los iconos akirógrafos figuran el Rostro de Cristo entregado por Judas Tadeo al rey Abgar de Edesa; el “Mandilion” de la Verónica; la Madonna de Dióspolis (Palestina) que fue pintada, de forma milagrosa, después de su muerte en el Monte Sión; las imágenes de María pintadas por san Lucas, una de las cuales se venera, según la tradición en Santa María la Mayor.
3 Se arrepiente el hijo que ama al Padre y Señor: teme ofenderlo cuando piensa en el Padre; tiene miedo cuando piensa en sí mismo, en lo que se pierde de bueno o en el castigo.
4 Entre el temor y la esperanza, la vida cristiana avanza. El temor es altruista porque mira al otro y se fija en Dios. El miedo es egocéntrico porque se fija en uno mismo y en el castigo (es propio del niño y del esclavo). Confianza, abandono y amor surgen de nuestra filiación divina.
5 Cf. Migne: Patrologia Graeca, volúmenes 101-104.
6 El calendario bizantino comienza el 8 de septiembre y termina el 29 de agosto.

1 Comment

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