Cercar los límites, más acá del final

Por: Armando Núñez Chiong

Un ejercicio de crítica a la recién finalizada novela Más allá del límite, transmitida por Cubavisión
Un ejercicio de crítica a la recién finalizada novela Más allá del límite, transmitida por Cubavisión

Sesenta capítulos vistos de Más allá del límite (de ochenta y cinco en total), multiplican las posibilidades de que algunos juicios escritos ahora sobre la telenovela de Cubavisión queden anulados, negados, hacia el final. Pero también ofrecen elementos suficientes para aventurar generalizaciones que, a fin de cuentas, siempre son un riesgo, un ejercicio más o menos razonado de subjetividad.
Es evidente, por ejemplo, que la dirección de Miguel Brito y Rafael Ruiz concibió una obra de factura técnica discreta, convencional, aunque a veces la fotografía entregue algún que otro plano interesante, o destaque la funcionalidad de la música incidental en algunas escenas.
Es en el guion de Yoel Monzón –que tuvo a la emigración en varias de sus formas como centro del asunto– donde habría que buscar lo más logrado de la obra, aun cuando no todo haya sido bien resuelto. Hay, en primer lugar, actualidad, y bastante verosimilitud, y eso siempre atrae. La escala de problemas abordados es amplia, y aunque no todos han emergido con la fuerza óptima ni en momento adecuado, logran que la entrega resulte interesante. Por acá anda el pecado original: un diseño más cuidadoso en la organización y jerarquización de las subtramas hubiera evitado ese efecto de confusión que parecen haber dejado los primeros capítulos.
Pongamos por caso los hechos relacionados con la trata de personas (asunto tan sensible como oportuno, por cierto). Generan suspense, sorprenden por los personajes que involucra, pero se han revelado sobre todo hacia la segunda mitad de la telenovela. Igual, bien avanzada la historia fue que se supo sobre el vínculo de Beatriz con la familia protagónica, y su romance con Ulises.
Ambas subtramas han sido o siguen siendo prometedoras cartas, pero contrastan con cierto regodeo inicial en torno a Mauricio, el supuesto hijo pródigo con su manipuladora escalada de mentiras, o la crisis de la propia Beatriz con su pareja inicial.
No es que estos últimos ejemplos, entre los muchos que prevalecieron al principio, hayan resentido demasiado el ritmo. Puede afirmarse que se ha logrado mantener el interés, si se descuentan las infaltables reiteraciones y escenas prescindibles. Pero algunos sucesos pudieron haberse dosificado, insinuado o desencadenado desde antes.
Entre las actuaciones destaca la Beatriz de Laura Moras, muy acertada en el manejo de la vulgaridad. Parte de un estereotipo que matiza con inteligencia, para concebir a una mujer dura y sensible, insolente y frágil. Ofelia Núñez da una anciana compleja, mesurada pero convincente con sus errores y vaivenes sentimentales. Todo el tiempo deja la certeza de que comprende a su personaje, bastante desconcertante en ocasiones. Y el trabajo de la actriz se podría calificar de cualquier cosa menos de predecible o ingenuo.

Más-allá-del-limite-colectivo
Elenco de la novela «Más allá del límite»

Alejandro Cuervo consigue con Vladimir uno de los mejores momentos de su carrera. Ulyk Anello (Ulises) y Carlos Alberto Méndez (Yoenis) salieron airosos en lo suyo. Perverso el primero, nobles los segundos, clasifican en esa zona de caracteres estandarizados (positivos o negativos) que siempre son un reto para quienes los encarnan, en primer lugar porque suelen ser demasiado planos. Ellos aprovechan los resquicios que les dejó el guion, como hace Amada Morado con su abuela prejuiciosa e intolerante… pero abuela al fin y al cabo.
Xavier Chao (Sandor) y Frank Mora (Karel), también se apartaron de esquemas simplistas, y, en el caso del segundo, apela a acertadas contenciones, sin evadir una proyección más o menos realista, verosímil, de la personalidad que decidió asumir. Sabe ser más o menos “obvio”, según la coyuntura.
Por cierto que es probablemente en esa subtrama donde más se evidencian algunos “cortes” que, por abruptos, parecen haber sido decisiones tomadas cuando no había tiempo para corregir guiones, e incluso grabaciones. Sin embargo, lo que debió ser evitado, que son esas “cápsulas” donde casi se implora clemencia, se repite una y otra vez. No parece ser ese el camino, si lo que se pretende es ir modificando ciertas conductas. Mucho más eficaces fueron el tratamiento de la raza o los prejuicios en torno a la tercera edad.
Se pregunta uno si esos supuestos “cortes” no están relacionados, también, con los vacíos que se presienten en torno al punto más polémico: Aldo (Enrique Bueno), un profesor cuyas acciones denotan absoluta falta de ética. Hay tela aquí por donde cortar. En algún momento circuló en las redes que por este conflicto hubo dificultades para que Más allá… saliera antes al aire. Una valoración sociológica del fenómeno debería intentarse, previa investigación, desde otro género periodístico, pero no en un comentario como este. Lo cierto es que, se parezca o no a la realidad (conste que el río suena…) debe recordarse que asuntos escabrosos del ámbito juvenil, como los de Doble juego (Rudy Mora, 2002) o la primera historia de La cara oculta de la luna (Rafael González…, 2005), terminaron resultando una oportuna alarma, háyanse podido resolver o no los problemas presentados.
Aquí, baste saludar el hecho de que la estemos viendo, por el valor y la honestidad que ello implica, deplorar que ocurran fraudes como los que se presentan, y recordar que, refleje o no la realidad, se trata de una obra de ficción.
Y esto último se menciona porque, si se tiene en cuenta también a Julia (Mirtha Lidia Pedro) y Alicia (Gretel Cazón), las dos docentes que no logran colocar su vida sentimental al margen del trabajo, la educación –sin ser el mayor foco de interés, ni tener aquí los necesarios “contrapesos”– recibe varias ráfagas. Y dígase otra vez: se está hablando de ficción y del equilibrio anecdótico que debe conferirle imparcialidad a la historia.
La presencia de juristas corruptos viene a ser como la guinda del pastel que muestra costados indeseables de la cotidianidad. Resulta gracioso imaginarse cómo reaccionará al menos parte del gremio, si cuando Mikel Junior, aquel abogado interpretado por Leonardo Benítez en Latidos compartidos (Consuelo Ramírez y Rafael Ruiz, 2016) se mostró autosuficiente hasta la fanfarronería, generó reiteradas manifestaciones de inconformidad…
Hay diálogos que por momentos necesitaron su buena poda, entre otras cosas de lugares comunes. Tal vez en este aspecto lo más notorio fueron algunos comentarios (especie de contraproducentes eslóganes turísticos) de Adrián, incoloro personaje que, como Walter, desperdiciaron las conocidas posibilidades de Carlos Solar y Delvis Fernández. Todo parece indicar que este último ganará importancia hasta el final; habrá que ver cómo lo resuelve el actor.
Es extenso el reparto de Más allá del límite, tanto como variados los problemas que plantea. Seguramente hay ausencias imperdonables en esta apurada lectura (es inevitable, siempre por razones de espacio y composición, aunque al propio redactor le resulte incómodo), pero hay que referirse, así sea de manera colectiva, al buen desenvolvimiento de los jóvenes (Claudia Tomás, Carolina Cué, Yasmani Beltrán…), porque todos dan pelea al lado de los más experimentados. Eso y los aspectos más positivos del guion animan, como también estimula la continuidad de los dramatizados seriados en cuanto a credibilidad y verismo. Veremos qué ocurre con los finales que, tal y como están planteadas a estas alturas las premisas, prometen ser animados, aunque no debe olvidarse que, para bien o para mal, como dicen los comentaristas de béisbol: “el juego no se acaba hasta que se acaba”. Ω

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