Nadia Comaneci: historia para ser contada

Por: Nelson de la Rosa Rodríguez

Nadia en la salida
Campeona Olímpica en 1976
Campeona Olímpica en 1976

En julio de 1976 era un chiquillo de seis años y ya me gustaba el deporte. Las transmisiones entonces de los Juegos Olímpicos de Montreal tuvieron un gran impacto en mi vida y creo, incluso, fue la chispa que más tarde me encendió el fuego por esta profesión.
Para Cuba, más allá de los triunfos en el boxeo y el judo, fueron los Juegos de Alberto Juantorena. Aquellas dos medallas de oro en 400 y 800 metros se convirtieron en una de las hazañas más grandes no solo del deporte cubano en toda su historia, sino también del atletismo mundial.

Sin embargo, otra deportista también llamó mi atención, y no era de Cuba. Se trataba de la gimnasta rumana Nadia Comaneci. A esas alturas yo no tenía ni idea de lo que era ese deporte, pero sí estaba consciente de que había realizado una proeza. Su nombre era repetido por los comentaristas, su foto salió en los periódicos y especialmente hablaban de perfectas ejecuciones, y de su edad: prácticamente solo doblaba la mía.
Después vinieron los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y pude disfrutar, ya más conscientemente, de sus selecciones en los distintos aparatos. Luego a Nadia Comaneci le perdimos el rastro y hoy, a la vuelta de los años, intento contar al menos en las líneas que restan, parte de lo que ha sido su historia.
Nadia llegó a Montreal con catorce años y no era desconocida. Un año antes se había titulado Campeona de Europa, superando incluso a la soviética Lyudmila Turishcheva, considerada entonces como la gran estrella mundial. Incluso, antes de los Juegos participó en la Copa América con sede en Nueva York y allí se convirtió en la primera mujer que realizaba el dificilísimo doble mortal de espaldas en la salida de su ejercicio en las barras asimétricas.
La rumana participó en dos Juegos Olímpicos: Montreal 76 y Moscú 80. En ese período alcanzó cinco medallas de oro, tres de plata y una de bronce, además de conquistar el título en los Campeonatos Mundiales.
Sin embargo, el “punto de giro” en su historia tuvo lugar el 18 de julio de 1976. Era el comienzo del torneo olímpico de lo que entonces se llamaba gimnástica, hoy gimnasia artística. Se competía en la clasificación por equipos y durante su ejecución en las barras asimétricas los jueces le dieron la calificación perfecta: ¡10.00! Eso nunca había ocurrido en la historia del olimpismo.

 El primer 10 en la historia de la Gimnasia
El primer 10 en la historia de la Gimnasia

Era tan inaudito que los aparatos OMEGA encargados de la medición no lo tenían registrado. La Federación Internacional les había dicho a los fabricantes que no se preocuparan por cuatro dígitos en la calificación gimnástica porque lo máximo era 9.95. De tal manera lo que apareció en la pizarra fue 1.00. La propia gimnasta años después rememoró el momento:
“Pensé que había hecho un muy buen ejercicio, pero no perfecto. Ni siquiera miré el marcador porque ya estaba pensando en la barra de equilibrio. Entonces oí un gran estruendo en el estadio, me giré hacia el marcador y lo primero que vi fue el 73, que era mi dorsal, y luego el 1.00 debajo. Entonces me dije ¡qué horror! Miré a mis compañeras de equipo y me hicieron un gesto con los hombros de no entender. Acto seguido, por el audio local anunciaron que la nota realmente era un 10.00. Todo fue muy rápido. El hecho de que el marcador no pudiera mostrar el 10 añadió más drama a la situación, la hizo más grande”.

1976. La campeona de mirada triste.
1976. La campeona de mirada triste.

Pero en la cita ese no fue el único “10.00”, después vinieron otros seis más. La adolescente de solo catorce años era, por mucho, la mejor gimnasta del mundo.
En aquel tiempo su país estaba bajo el poder del tristemente célebre Nicolae Ceausescu y fue recibida con altísimos honores. El propio gobernante la nombró Héroe del Trabajo Socialista y le dio la Medalla de Oro de la Hoz y el Martillo, también una casa de ocho habitaciones, un carro, algunas joyas y hasta sirvientes, pero sin que nadie le explicara que convertirse en la máxima estrella de Rumania, significaría también ser perseguida, presionada y vigilada todo el tiempo.
Era imposible para una niña de catorce años vivir con todo eso y hasta el matrimonio de sus padres sufrió la ruptura al no poder, psicológicamente, soportar tanta tensión.
En los Juegos de Moscú 80 Nadia Comaneci ganó dos medallas de oro y dos de plata, pero ninguna calificación de 10.00 y eso fue considerado por las autoridades rumanas como un fracaso, lo que aumentó el nivel de críticas sobre la atleta y sus entrenadores Bela y Marta Karoloyi, quienes en 1981, aprovechando una gira, “se quedaron” en Canadá. Nadia formó parte de aquel equipo y regresó a Bucarest, sin embargo, la vigilancia sobre ella aumentó sobremanera, al punto de que se revisaba toda su correspondencia, las llamadas telefónicas y hasta se le prohibió salir del país.

Nadia en su época de deportista junto a su futuro esposo Bart Conner.
Nadia en su época de deportista junto a su futuro esposo Bart Conner.

De tal manera, y ya con veintiocho años, el 29 de noviembre de 1989, Nadia Comaneci caminó toda la noche por un campo salvaje y helado y, al parecer con cierta ayuda de las tropas de la frontera, cruzó hacia territorio de Hungría donde ya la esperaban para trasladarla a Austria y de allí a los Estados Unidos. Años después preguntada por las razones que le hicieron tomar la decisión, la deportista dijo: “Quería formar parte de este deporte, estar involucrada en el movimiento olímpico. Quería ayudar y tomar mis propias decisiones, por eso me fui. Quería ser libre”.
Lo escrito en pocas palabras fue un verdadero tormento para la excepcional gimnasta. Detrás de su “escapada” estaba el señor Constantin Panait, un rumano residente en Florida, quien controlaba todos sus pasos y le exprimía la economía, haciéndose pasar como su manager. El estado físico de Nadia llamó la atención de algunos amigos y finalmente quedó libre de Panait, quien definitivamente escapó, aunque con el dinero de la atleta.
Y la vida da vueltas y los puntos se vuelven a tocar. En 1976 previo a los Juegos de Montreal en la antes mencionada Copa AMÉRICA en Nueva York, ella ganó en la rama femenina y en la masculina el estadounidense Bart Conner, en ese entonces con dieciocho años. Según algunos biógrafos, uno de los fotorreporteros que cubría el certamen creyó que el rubio y apuesto gimnasta y la pequeña niña rumana, harían una buena foto y la logró. Ninguno de los dos atletas pensó entonces que veinte años después, el 27 de abril de 1996 contrajeran matrimonio, luego de salir como novios durante cuatro años, después que él la invitara a Norman, Oklahoma para ayudarlo a dirigir una Escuela de Gimnasia.
La boda se celebró en el antiguo Palacio Presidencial de Bucarest y fue transmitida en vivo por la Televisión Nacional y testigos aseguran que afuera, en la calle, había más de 10 000 personas disfrutando el acontecimiento.
Hoy el matrimonio Conner-Comaneci vive también orgulloso de su hijo Dylan Paul Conner, nacido en junio de 2006, cuando la madre ya había cumplido los cuarenta y cuatro años de edad y el padre cuarenta y ocho.
Actualmente, Nadia Comaneci y su esposo son propietarios de la Academia Conner, “La Compañía para producir el 10.00 perfecto”, así como de tiendas de artículos deportivos y muchos de sus escritos son publicados en la International Gymnast Magazine.
Nadia, que además ha trabajado como comentarista en importantes televisoras, es también vicepresidenta del Consejo de Dirección de Olimpiadas Especiales y de la Asociación para el Tratamiento a la Distrofia Muscular. Es miembro de la Fundación de la Federación Internacional de Gimnasia, dos veces ha recibido la Orden Olímpica y hace muy poco fundó en Bucarest una Clínica de Misericordia para ayudar a los niños huérfanos.
Autora de dos libros, protagonista de un filme y con un documental sobre su vida, Nadia Comaneci asegura que le han pasado tantas cosas y en tan poco tiempo que una película de noventa minutos no es suficiente, “harían falta dos por lo menos”, dijo en su momento.
Constante luchadora y ejemplo para las nuevas generaciones de hombres y mujeres, gimnastas o no, Comaneci es muy leída en la arena internacional y muchos coleccionan frases suyas por lo que han significado también para ellos. Aquí les dejo solo una muestra:

“No huyo de un reto porque tenga miedo. Al contrario, corro hacia el reto porque la única forma de escapar al miedo es arrollarlo con tus pies”.
“Si yo trabajo en un determinado movimiento constantemente, al final no parecerá arriesgado para mí. La idea es que el movimiento parezca peligroso a mis oponentes, pero no para mí. El trabajo arduo lo ha hecho fácil”.
“Mi matrimonio con mi esposo, Bart Conner, en 1996 es el momento personal de mayor orgullo”.
“Las medallas son muy importantes en la carrera de un deportista; lo máximo a que aspira. Como mujer el ser madre es algo mucho más importante e incomparable”.
“El deporte te abre muchas puertas y te da grandes oportunidades”.

Así es Nadia Comaneci, la adolescente que asombró al mundo en 1976, cuya historia es digna de ser contada. Ω

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