Monseñor Francisco Ricardo Oves Fernández

Por: Mons. Antonio Rodríguez (padre Tony)

Mons. Oves Fernandez
Mons. Oves Fernandez

El arzobispo del cambio

Nació en Camagüey el 4 de octubre de 1928. Su padre era un ferviente sindicalista católico, muy cercano a Mons. Enrique Pérez Serantes, obispo de la diócesis en ese entonces. Tenía cuatro hermanos. A los diez años ingresó en el Seminario Menor de Santa María, que por aquel tiempo funcionaba en la capital camagüeyana, posteriormente se trasladó al Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana para realizar sus estudios de Humanidades. Terminada la Segunda Guerra Mundial, Mons. Pérez Serantes lo envió a la Pontifica Universidad de Comillas en Santander, España. En ese lugar se licenció primeramente en Filosofía, y después en Teología.
A su regreso, el nuevo obispo de la diócesis, el español Mons. Carlos Ríu Anglés, lo ordenó sacerdote en la catedral camagüeyana el 13 de abril de 1952 y lo destinó a la parroquia de Santa Cruz del Sur, donde tuvo la oportunidad de desplegar todas las posibilidades apostólicas y pastorales que su vocación genuinamente sacerdotal le otorgaban. Fue un excelente y admirado cura párroco en un pueblo pesquero y de centrales azucareros. Era, además, un dinámico animador de la Acción Católica en su comunidad. Muchas ilusiones y proyectos acompañaban su misión. Fue él quien invitó a las Hermanas del Amor de Dios para crear un colegio que tuviera en cuenta a los niños y niñas pobres. En la capital de la floreciente provincia de Camagüey, asumió, sin dejar su querida parroquia, otras responsabilidades pastorales, entre ellas la creación de un ambicioso programa de televisión católica.
Aunque las relaciones del padre Oves con su obispo no fueron las mejores, ello no aminoró su interés y espíritu por el trabajo pastoral. Era un hombre muy popular en el pueblo y la gente lo admiraba y seguía. Algunos de los que lo conocieron, y aún están vivos, lo recuerdan con mucho cariño.
Después de los sucesos en la parroquia de La Caridad, en La Habana, el 10 de septiembre de 1961,1 las autoridades del Gobierno lo apresaron, al igual que hicieron con más de doscientos sacerdotes de toda Cuba. El 17 de septiembre fue expulsado a España en el trasatlántico Covadonga.2 Durante la travesía se escuchó por los altavoces que el Instituto de Sociología Pastoral de Roma ofrecía una beca para que uno de los sacerdotes expulsados, estudiase. Ahí emergió el hombre inteligente que era el padre Oves y enseguida mostró interés por la propuesta. Fue el único que respondió afirmativamente.
En la Ciudad Eterna estudió durante tres años, al tiempo que tomó otros cursos complementarios en Lovaina, Bélgica. En 1964 se doctoró en Ciencias Sociales. Uno de los asistentes a la exposición de la tesis del padre Oves, el también sacerdote Mérito González Artiga, evocaba años después que lo hizo con tal brillantez y maestría, que el auditorio en pleno respondió con una larga y fuerte ovación

La vuelta a Cuba
El 30 de junio de 1963, en ocasión de la coronación papal del hoy santo de la Iglesia, Pablo VI, la Nunciatura Apostólica en La Habana ofreció una recepción a la cual asistió el primer ministro del Gobierno Revolucionario, Cte. Fidel Castro. El encargado de negocios ad interim, Mons. Cesare Zacchi, aprovechó la oportunidad y le pidió permiso para la entrada de sacerdotes al país. Fidel accedió a la solicitud, y los sacerdotes fueron entrando, poco a poco, durante dos años. La cifra total alcanzó los ochenta y cuatro; entre ellos regresaron algunos de los expulsados en el buque Covadonga, como el padre español paulino Maximino Bea3 y el padre Francisco Oves. Otros eran sacerdotes cubanos ordenados en el extranjero, pues se encontraban estudiando fuera de Cuba en el momento del triunfo revolucionario. En el grupo también había padres extranjeros que llegaban por primera vez al país.
Oves llegó a la Isla con su título de Doctor en Sociología y aunque estaba incardinado en la diócesis de Camagüey, lo dejaron en La Habana como profesor de esa materia en el Seminario El Buen Pastor y lo destinaron a la iglesia de San Francisco de Paula, en La Víbora, donde era párroco Mons. Alfredo Llaguno Canals, también obispo auxiliar de la arquidiócesis. Contrario a lo que muchos puedan pensar, el padre Oves no fue a vivir a la casa del párroco, sino a un pabellón del Hogar para damas, aledaño a la iglesia, que estaba destinado a sacerdotes enfermos y jubilados. Mientras tanto, se desempeñaba como sacerdote coadjutor de esta parroquia de San Francisco de Paula. Siempre vestía de sotana, aunque ya estaba permitido vestir de civil. Iba en guagua a las clases del Seminario, primero a la sede en Arroyo Arenas y más tarde, luego de la nacionalización del edificio de El Buen Pastor, al viejo caserón de La Habana Vieja. Los alumnos disfrutaban de sus clases de Sociología y todo lo referente a la parte social de la Filosofía. Muchos aún lo recuerdan como el gran profesor que fue. En el verano solía ir a su diócesis a ejercer funciones pastorales.
En agosto de 1968 se celebró en Medellín, Colombia, la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el padre Oves fue designado por el Vaticano como perito en Sociología para asesorar a las distintas comisiones. De esta manera, acompañó a los cinco obispos cubanos que asistieron: Alfredo Llaguno y Fernando Azcárate SJ, auxiliares de La Habana; José Domínguez, obispo de Matanzas; Adolfo Rodríguez, de Camagüey y Pedro Meurice, administrador apostólico sede vacante de Santiago de Cuba.

Los Comunicados de 1969
Concluido el evento de Medellín, cuyo desarrollo resultó trascendental para toda América Latina, los obispos cubanos asistentes comenzaron a dar muestras de su rápida ejecución en sus respectivas diócesis. La Conferencia Episcopal de la Isla determinó entonces que era necesario emitir una palabra respecto a lo que la Iglesia podía hacer en medio de una situación tan difícil como la de diez años de revolución socialista marxista-leninista y única del continente. Desde hacía nueve años el episcopado cubano no se pronunciaba respecto a la situación social.
Mons. Fernando Azcárate Freyre de Andrade SJ, obispo auxiliar de La Habana fue el promotor de la idea, que enseguida secundaron los demás obispos. La Conferencia encargó al padre Oves la redacción de un comunicado extenso con las directrices que le dieron y con la finalidad de exponer las ideas de Medellín que eran posibles aplicar en Cuba. Si bien el documento final del encuentro latinoamericano se refería a la situación social de América Latina, las características de Cuba eran totalmente diferentes. Así se halló una palabra clave: “desarrollo”. Ciertamente, la Revolución Cubana, según el discurso de sus dirigentes, perseguía el desarrollo del país, y la Iglesia, por su parte, nunca se puede oponer al buen desarrollo de una nación.
En otra línea, el marxismo valora mucho el trabajo humano; la Iglesia también, al punto que lo pone como medio para la santificación de la persona. Ya el Concilio Vaticano II había estimado el trabajo de los católicos con hombres y mujeres de otras ideologías políticas, filosóficas y religiosas de cara a la consecución del progreso. Además, en 1967, el entonces Papa Pablo VI había publicado una encíclica social, con el título Populorum progressio dedicada al desarrollo de los pueblos más pobres. Todo esto fue el aval con el que trabajó el padre Oves en la redacción del documento cubano.
En ningún lugar del comunicado se mencionan las expresiones “Revolución Cubana” y “socialismo”. Tampoco aparece en el documento exhortación a los católicos para que apoyen a la Revolución Cubana y al socialismo. Simplemente se exhorta a los fieles a trabajar junto a los ateos en el desarrollo del país. Lógicamente, para hablar de desarrollo en Cuba, era necesario mencionar el bloqueo como uno de los factores que lo impedían. Esto fue la “manzana de la discordia”, pues en ese instante determinó la no aceptación del documento por católicos, incluyendo a sacerdotes. Durante la lectura del documento, publicado el 10 de abril de 1969, hubo feligreses que se levantaron de sus asientos y abandonaron el templo, tal vez para no volver más. Para otro grupo de católicos y sacerdotes, el documento les fue indiferente. Finalmente, hubo un sector del catolicismo cubano, incluyendo a sacerdotes, que aceptó gustosamente el documento y lo consideró oportuno y necesario.
Sin embargo, ¿el trabajo de los católicos en los centros pertenecientes al Estado que, desde el 13 de marzo de 1968, en virtud de la ofensiva revolucionaria, había nacionalizado los pocos sectores de la propiedad privada, no patentizaba lo que los obispos reflejaban en su documento? En este sentido, lo escrito por los pastores dio más motivaciones para el trabajo de los católicos que permanecieron en el país, a pesar de ser considerados como “ciudadanos de segunda categoría” y “no confiables”. Ellos sabían que nunca se les daría un puesto de dirección o de primera línea en la construcción de la nueva sociedad. No obstante, participaban y trabajaban duro en el puesto que alcanzaban ocupar y también en las jornadas productivas programadas en centros laborales o de estudio. En cualquier sitio, los cristianos en general tenían fama de ser muy buenos trabajadores. Nunca su fe resultó obstáculo para trabajar por el desarrollo del país, tal como en aquel tiempo lo aconsejaban los obispos.
Durante los años sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo, la Iglesia vio una notabilísima merma dentro de la feligresía. Unos porque emigraban del país, otros porque ocultaban su fe, que no volvió a aflorar hasta después del IV Congreso del Partido Comunista de Cuba en octubre de 1991. Entonces retornaron a los templos. Entre los que abandonaron la práctica religiosa hubo algunos que renegaban públicamente de su fe anterior, y aún más, llegaron a ensañarse contra todo tipo de creyentes. Finalmente, entre los que abandonaron la práctica religiosa, hubo a quienes la vida no les dio la oportunidad de volver, pues la muerte no los dejó. Quedó en las comunidades católicas un grupo muy reducido de católicos que fueron fieles a la Iglesia, aun en condiciones muy difíciles. La mayoría de ellos eran adultos, pero también hubo algunos jóvenes, matrimonios jóvenes y niños. Significativamente, siempre “por la gracia de Dios”, hubo personas nuevas que decidían integrarse a la vida de la comunidad eclesial para vivir su fe.
El 3 de septiembre del mismo año 1969, los obispos cubanos publicaron un segundo comunicado. En este aparecía una fundamentación doctrinal y moral, basada en los escritos del Magisterio de la Iglesia sobre el quehacer social de los católicos. Este documento no tuvo objeciones. En su redacción no solo intervino el padre Oves, pues una parte fue escrita por el padre Evelio Ramos, futuro obispo auxiliar de La Habana. Hubiera sido más pedagógico que el segundo documento antecediera al primero; así, este hubiera tenido mayor aceptación por los fieles.

La sucesión de Mons. Evelio Díaz en la sede habanera
Mons. Evelio se vio imposibilitado físicamente para cumplir su mandato episcopal que expiraba a los setenta y cinco años de edad, y solicitó su renuncia al Papa san Pablo VI, quien se la concedió por motivos de salud. Mons. Oves, quien había sido nombrado obispo auxiliar de Cienfuegos en abril de 1969, fue la persona designada para suceder a Mons. Evelio y tomó posesión del cargo el 10 de febrero de 1970. Para esa fecha, la Iglesia atravesaba uno de los momentos más difíciles de su tensa relación con el Gobierno Revolucionario. Muchos sacerdotes y fieles identificaban a Oves como el autor intelectual del comunicado de 1969.
En medio de una realidad poco alentadora, llegó Mons. Oves, con solo cuarenta y un años de edad, a dirigir la Arquidiócesis de La Habana, hasta llegar a la base de ella que es la parroquia. Desde el principio mostró un intenso y acertado celo apostólico. Lo primero que hizo fue no aceptar a los dos obispos auxiliares: los monseñores Azcárate y Llaguno; y nombró como vicarios episcopales a los padres Evelio Ramos y Fernando Prego. Posteriormente, ambos serían nombrados obispos; Prego, obispo sede plena de Cienfuegos y Evelio, obispo auxiliar de La Habana.
Seguidamente, dividió la arquidiócesis habanera en vicarías pastorales, reanimó las ya existentes comisiones pastorales y comenzó a hacer visitas pastorales a todas las parroquias y capillas. Visitaba los enfermos de las parroquias y pasaba varios días viviendo con el párroco de estas. Muchas veces el chofer de su automóvil era él mismo. Con disposición y placer, acudía a las fiestas patronales donde se le solicitara. En reiteradas ocasiones sustituyó a los párrocos cuando estaban enfermos.
Durante su mandato, asistió a los sínodos de obispos que se celebraron en Roma en los años 1971, 1972 y 1977.

El obispo del cambio
A La Habana llegó decidido a entablar un diálogo con el Gobierno y con el entonces primer ministro Fidel Castro. Sin embargo, siempre recibió “la callada” como respuesta (si bien en este propósito siempre tuvo el claro apoyo del Vaticano). En ese período, el Gobierno cubano no tenía ningún interés por dialogar con la Iglesia, a pesar de que muchos dirigentes socialistas revolucionarios, entre los que se encontraba el presidente de la Democracia Cristiana en Chile, Radomiro Tomic, opinaran de manera distinta. Justo este dirigente chileno, un hombre de tendencias avanzadas, le dijo en una oportunidad a Fidel: “Si usted no mejora las relaciones con la Iglesia y demás religiones en Cuba, los cristianos de América Latina, mayoritariamente religiosa, no le van a creer”. No fue hasta 1991 que el líder cubano aceptó a los siempre discriminados religiosos de Cuba.
Entre finales de 1970 hasta 1974 existió en Cuba el grupo de católicos y protestantes llamado Cristianos por el Socialismo. Varios factores contribuyeron a su surgimiento, entre los que vale mencionar:
la Segunda Conferencia de obispos latinoamericanos celebrada en Medellín, Colombia, en 1968, la cual trató y llevó posteriormente a uno de los documentos finales de este evento la realidad de la pobreza existente en los países latinoamericanos y la participación de los católicos en el desarrollo social, político y económico, a fin de contribuir al desarrollo del continente;
la aparición de los frentes guerrilleros en varios países de América Latina semejantes al movimiento revolucionario cubano que derribó el gobierno del presidente Fulgencio Batista; estos movimientos eran de tendencia izquierdista y francamente marxistas y aparecieron a partir de 1964;
la incorporación, como soldados, de algunos sacerdotes a estos movimientos guerrilleros, entre los cuales se destaca el colombiano Camilo Torres; el comunicado de los obispos católicos de Cuba de abril de 1969;
el Sínodo de los Obispos de Roma celebrado en octubre de 1971, que tuvo como temas principales “el celibato sacerdotal y el desarrollo social y económico de los pueblos”; el triunfo de la izquierda unida en las elecciones chilenas de 1970, que llevó a Salvador Allende a la presidencia del país, y la aparición en esa nación del grupo llamado Cristianos por el Socialismo.
En el grupo de Cristianos por el Socialismo en Cuba descuellan el sacerdote escolapio José Antonio Vizcaíno y el también sacerdote escolapio cuyo apellido era Estorino, quien no ejercía el ministerio sacerdotal en esos momentos y trabajaba como empleado en la Biblioteca Nacional de Cuba. Además, había una monja cubana, residente en Estados Unidos, perteneciente a la congregación religiosa de Oblatas de la Providencia, y que había venido a vivir en el convento del Servicio Doméstico en el Cerro, su nombre era Hna. Mary Concepta, así como el prominente abogado católico Raúl Gómez Treto. Para febrero de 1972, varios seminaristas estaban incorporados a este movimiento. Junto a otros laicos católicos universitarios, solían reunirse en la iglesia de Cristo Rey en La Habana.
Los seminaristas pertenecientes a Cristianos por el Socialismo tuvieron dentro del viejo caserón de estudios expresiones secularistas poco sacerdotales y belicosas, lo cual llevó al Seminario a una situación interna muy convulsa. La convivencia se hacía prácticamente imposible entre los alumnos, al punto que hizo fracasar la vida del propio Seminario. Aquí es cuando Mons. Oves tuvo que asumir una postura radical con relación a estos seminaristas y al grupo de Cristianos por el Socialismo en general que funcionaba en la diócesis. Resolvió expulsar a algunos de ellos, actitud que fue secundada por el rector de entonces, el padre Froilán Domínguez Becerra. El resto de los obispos de Cuba apoyó también esta decisión.
Como nos podemos imaginar, las medidas de Mons. Oves lo situaban en una postura muy engorrosa respecto al Gobierno, máxime cuando él quería llevar una actitud de apertura y diálogo. Sin embargo, la sorteó con gran habilidad y navegó magistralmente entre Escila y Caribdis.

La enfermedad
A finales de 1976 la salud de Mons. Oves comenzó a declinar hasta llegar a situaciones extremas y delicadas. Su deterioro era visible para todos. Presiones externas, incomprensiones internas, tensiones mantenidas y el exceso de trabajo lo desequilibraron psíquicamente. Una vez más, la situación habanera enfermaba a un obispo.
Debido a ello, fue llamado a Roma junto con el entonces obispo de Pinar del Río, Mons. Jaime Ortega y el obispo de Matanzas, Mons. Domínguez. Así partió de Cuba, junto a los prelados ya mencionados, el 5 de junio de 1979. Allá, en Roma, quedó hospitalizado para un chequeo médico y fue sometido a tratamiento. Sin embargo, a la salida del hospital, su situación médica aún no era buena. Fue recibido por el Papa san Juan Pablo II, del cual era amigo desde los sínodos de los obispos. Cuando en febrero de 1980 se disponía a regresar a Cuba, se le evitó drásticamente su partida y se le nombró un administrador apostólico con sede plena para gobernar la arquidiócesis habanera. La responsabilidad recayó en Mons. Pedro Meurice Estiú, arzobispo de Santiago de Cuba. Con esta decisión se le impedía a Mons. Oves el ejercicio del gobierno pastoral de su territorio eclesial. Nunca más regresó a Cuba.
Allá, en Roma, su enfermedad, lejos de aminorar, empeoró abismalmente. Tiempo después, el Vaticano lo destinó como vicario episcopal de El Paso, en Texas, Estados Unidos. En este lugar ejerció su ministerio con un entregadísimo trabajo pastoral con los inmigrantes mexicanos, quienes eran muy numerosos. Su enfermedad no mejoró y sufrió dos infartos del corazón. El último de ellos fue masivo. Falleció súbitamente encima de su buró, delante de un sacerdote mexicano que trabajaba con él. Fue en la mañana del 4 de diciembre de 1990. Tenía al morir sesenta y dos años. Su cadáver fue llevado a Miami y en la catedral de esa ciudad, el arzobispo y un gran grupo de sacerdotes cubanos residentes en ese lugar, celebraron los funerales, a los que asistieron desde Cuba Mons. Jaime Ortega y el padre René Ruiz. Seguidamente, fue inhumado en el cementerio católico de esa arquidiócesis. Sus cenizas fueron trasladadas a Cuba y se encuentran en la Catedral de La Habana desde el 3 de diciembre de 2012. Ω

Notas

1 De acuerdo con el testimonio de Mons. Boza Masvidal, párroco por esa fecha de la iglesia de La Caridad, después de anunciarse a los fieles que la Iglesia había obtenido el permiso para realizar la procesión el domingo 10 de septiembre a las 5:00 de la tarde, el gobierno informó en la noche del 8 de septiembre que la misma solo podía hacerse a las 7:00 de la mañana. Como no había ya tiempo para anunciar el cambio (la Iglesia no tenía acceso a la prensa ni a la radio ni a la televisión), el propio párroco, de pleno acuerdo con otros sacerdotes, anunció en las misas de ese domingo que la procesión no se celebraría. En la tarde, mucho antes de la hora de la procesión, las calles comenzaron a llenarse de miles de personas. A las 5:00 de la tarde el padre Arnaldo Bazán celebró la misa y pidió calma a todos, “que la Virgen se contentaba con su buena voluntad y con esa manifestación de fe”. Pero la multitud estaba exaltada y empezó a gritar: “¡Libertad, queremos libertad!”. Querían de todos modos salir en procesión. Entonces consiguieron en alguna casa cercana un cuadro de la Virgen de la Caridad, y un muchacho sobre los hombros de otro lo llevaba en alto. Los milicianos y soldados empezaron a disparar contra la gente y ese muchacho, que se llamaba Arnaldo Socorro, cayó muerto.

2 Después de los sucesos en la parroquia de la Catedral, el Gobierno Revolucionario, el 17 de septiembre de 1961 decretó la expulsión de más de 130 sacerdotes de toda la Isla, encabezados por Mons. Eduardo Boza Masvidal. Junto con miembros de congregaciones religiosas, fueron desterrados para España. El padre Oves fue uno de aquellos sacerdotes y religiosos traídos desde varias parroquias y conventos de todos los puntos de la Isla. En una rápida operación, fueron llevados al puerto de La Habana donde se encontraba atracado el trasatlántico español Covadonga. Pasados los años, Mons. Oves contó que partió de Cuba con la sotana que tenía puesta y su breviario (libro de oraciones) y, como él, casi todos.

3 Fue enviado por Mons. Enrique Pérez Serantes como asistente religioso a la zona del Segundo Frente Oriental, y allí el entonces Cte. Raúl Castro lo nombró teniente del Ejército Rebelde.


6 Comments

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