A cinco años de su muerte-Un sacerdote que propició futuros

Carlos M. de Céspedes

Revisar la obra escrita de monseñor Carlos Manuel de Céspedes recuerda la advertencia que dejó José Martí a Gonzalo de Quesada, al referirse a lo que podría ser publicado en caso de morir el Apóstol en los campos de Cuba: “Entré en la selva y no cargue con rama que no tenga fruto”. Se refería, sobre todo, a la labor dispersa en publicaciones periódicas.
La imagen martiana acude una y otra vez a la mente de quien trata de organizar el maremágnum de textos que conforman el quehacer intelectual del padre Carlos Manuel. Impresiona la vastedad de su legado, todavía pendiente de un ordenamiento que, más allá del muy útil que ofrecen los libros editados, permita el estudio tranquilo, demorado, de lo que en herencia dejó. Y es difícil, además, hallarle rama sin fruto.
Tener delante su bibliografía permite entender mejor por qué se le concedió un puesto en la Academia Cubana de la Lengua. No se trató de incluir, con gesto de anchura intelectual e ideológica –que no era poco decir– a un sacerdote culto y de raigambre patriótica, sino también de reconocer una obra sabia, escrita con un estilo denso, esmerado, de reminiscencias clásicas que de alguna manera se las arregló para insertar con éxito en los medios masivos que contaron con su participación. ¿Bagaje, carisma, valor para asumir temas que otros en su lugar hubieran cautelosamente evitado?
Esa obra constituye su fe de vida, porque está concebida, en su mayor parte, para el desempeño de sus deberes; es decir, la obra cespediana es la expresión escrita de su servicio como pastor. “Ancilar”, tal vez la hubiera llamado él.
Bien vista su historia personal, en todo se evidencia la Providencia, desde el principio. Al decidirse por la vida religiosa, valoró la posibilidad de ser monje trapense, como el poeta norteamericano Thomas Merton, pero un viejo sacerdote, el padre Ortiz de Zárate, le hizo ver el contrasentido que eso significaría, pues en Cuba no había hermanos trapenses, lo cual significaba que debería abandonar la Isla. Sopesó entonces la posibilidad de ingresar a la Compañía de Jesús, pero finalmente decidió ser diocesano.
También fue propicio que el obispo Evelio Díaz decidiera el regreso del joven sacerdote en 1963 desde Roma, donde estudiaba Teología Bíblica en la Pontificia Universidad Gregoriana. Había sido ordenado dos años antes. Retornó con la licenciatura, y apenas trabajó un tiempo en el Arzobispado, porque enseguida debió incorporarse al Seminario El Buen Pastor. Eran tiempos muy inciertos.
Entre 1963 y 1966 fue vicerrector. Después, hasta 1970, asumió el rectorado, lo cual significa que lidió con la atmósfera cargada que habían dejado los desencuentros entre las autoridades civiles y monseñor Eduardo Boza Masvidal. Enfrentó el proceso de clausura de El Buen Pastor y la reapertura de San Carlos y San Ambrosio con una idea muy clara: había que continuar.
Como si fuera poco, en 1964, tras la muerte del padre Ignacio Biaín, director de la revista La Quincena, el obispo lo designó para que sustituyera al sacerdote franciscano en la columna religiosa del diario El Mundo.
Es decir, debió cubrir, simultáneamente, “frentes” que habían sido liderados por sacerdotes prestigiosos, pero con formas muy distintas de insertarse en el incipiente contexto ideológico del país. Al fin y al cabo, fue como unir “puntas de un mismo lazo”, aunque seguramente resultó labor harto difícil.
Desde las páginas de El Mundo tuvo una polémica con el profesor de filosofía Aurelio Alonso, que escribía en El Caimán Barbudo, sobre el documental húngaro ¿En seis días?, que cuestionaba la cosmogonía judeocristiana. Ambos “contrincantes” reconocieron siempre que aquel enfrentamiento cimentó una buena amistad, aunque De Céspedes, por su parte, alguna vez afirmó que Luis Gómez Wangüemert, director del periódico, le dejó entrever que en la confrontación estuvo la causa de que la columna “Mundo católico” desapareciera.
Pero lo importante ahora, en un artículo que solo pretende ser reflexión breve sobre lo que parece haber constituido un afán persistente en su vida, es entender que este hombre estuvo siempre en el ruedo, y nunca en la zona menos beligerante, aunque siempre con el pensamiento como adarga.
Él debe haberlo percibido, aunque al fundamentar el título del volumen Con sangre y desde el ruedo, que abre las Obras publicadas por la Editorial Boloña a instancias del padre Manuel Uña, solo explicara: “Si he titulado el conjunto con un término tan taurino […] es porque todos estos textos son el resultado de un combate singular, en el que entran el entendimiento y la sensibilidad estética […] Lo de la sangre, porque todos mis textos, sea cual fuera su índole, me han nacido de la entraña viva, sangrienta. Amén de que algunos de ellos me han costado ‘sangre’”.
Sígasele el rumbo, así sea a grandes pasos, y se comprobará que monseñor De Céspedes estuvo siempre en trincheras cuyo objetivo nunca fue combatir para “vencer”, sino abrir cauces para avanzar. Siempre.
Y no solo en Cuba. Ahí están, y conste que solo se hará referencia a algunos ejemplos, su participación fundadora en los que ahora son el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos y el Pontificio Consejo para las Relaciones con el Mundo de la Cultura.
Por eso se incluye como parte de este artículo diversas opiniones sobre su legado. Puede que alguna idea se reitere en parte, pero la intención es que aparezcan puntos de vista diferentes, apreciaciones de varias facetas, diferencias y matices leves pero definidores; y también aprecio y criterios constantes, sean de sacerdotes o laicos, jóvenes o personas maduras, creyentes o ateos, tirios o troyanos…
Ahí están, también, su entrega al Encuentro Nacional Eclesial Cristiano, que lo tuvo como un muy entusiasta promotor. Y en los difíciles noventa, fue uno de los fundadores de Palabra Nueva, que comenzó siendo unas pocas hojas humildes para después convertirse en toda una revista. Además, al mismo tiempo creó el Centro Arquidiocesano de Estudios y su órgano Vivarium…
Ayudó a concebir todo eso, no importaba la inexperiencia provocada por muchos años de silencio, o la precariedad de los medios; lo vio henchirse, lo alentó con su sabiduría y lo prestigió con su firma. Incluso, poco antes de morir, había sido nombrado asesor de Espacio Laical, en un momento en que esta última publicación parecía necesitar una brújula como la suya.
Algunos reconocen sus méritos, pero le rechazan anuencias a realidades que, según consideran, debieron haber merecido su desaprobación pública, o al menos un distanciamiento explícito. Ciertamente, no todos, ni siempre, entendimos sus silencios o sus entusiasmos. Pero eso él no lo consideraba un abismo infranqueable para la comunicación, e incluso para el acercamiento y la amistad, porque sabía que la diferencia y el disenso están en la base de cualquier re-conocimiento propiciador de futuros.
Sin contar con que se debería entender que, como toda figura pública, necesariamente no pudo divulgar todo lo que debió de haber hecho para mitigar tensiones y desgarraduras. Tenía la convicción de que la historia de cualquier etapa debe escribirse al cabo de un tiempo razonable, cuando ya no están los protagonistas y, retirada la marea, deja al descubierto evidencias ocultas por la inmediatez, la prudencia y las pasiones.
Él lo expresó de esta forma: “Así he vivido mi sacerdocio; con esa pasión por Cuba entera, la de un lado, la del otro; aunque no compartía, por supuesto, todas las posiciones, ni de un lado ni de otro; y por la Iglesia, donde también hubo criterios dispares. Con mis hermanos de la Iglesia he compartido una misma fe, pero no siempre una misma actitud frente a distintas realidades. Con todo, siempre fui leal a la Iglesia y a su autoridad: eso es un hecho”.
En relación con su coherencia existencial, la lealtad y la obediencia a la cual se obligó con sus votos, dejó una comparación que bien podría caracterizar toda su trayectoria: “hacia el [futuro] avanzamos todos con paso y ritmo disímil, tanteando unas veces en la noche; otras, con mayor decisión, cuando las luminosidades abundan; en unión con el rebaño o según nuestro propio aire, como un buen maverick (en el sentido anglosajón del término: persona o ganado que no se deja clasificar fácilmente, que no anda siempre con el grupo, que tiene su propio camino pero que, en definitiva, ayuda al grupo a encontrar la ruta que le es propia, la adecuada para llegar a sus metas…)”.
Probablemente eso fue él, ante todo, un maverick que a veces pudo dar la impresión, al ojo despistado o ajeno al ámbito eclesial, que se distanciaba del camino por él mismo elegido, pero el padre Carlos Manuel siempre tuvo muy clara esa condición que no por gusto, por encima de todos los valores reconocidos, enfatizó su obispo, el cardenal Jaime Ortega, en la misa de exequias: fue un sacerdote, en sintonía con la Iglesia que le tocó compartir y exaltar.
Quienes lo conocieron bien saben que, efectivamente, además del mejor epitafio, sacerdote es el elogio que hoy más le hubiera regocijado. Eso y, claro está, que lo recordaran “siempre un cubano”. Ω

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