Monseñor Evelio Díaz Cía, el arzobispo mártir

por Mons. Antonio Rodríguez (padre Tony)

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Monseñor Evelio Díaz
Monseñor Evelio Díaz

Hombre de estatura muy baja, algo grueso, tenía un rostro hermoso en sus años juveniles, cuando era capellán del colegio de las Madres Ursulinas en La Habana. Su voz era grave y desprovista de ademanes llamativos. Su conversación resultaba muy agradable y su verbo captaba la atención de quien lo escuchaba. Adornaba su hablar con reflexiones y algún chiste. Siempre conservó la prudencia que por tradición caracterizaba al campesino pinareño. Medía a los hombres por su autenticidad. Era perspicaz en sus observaciones. La sencillez fue la actitud que definió toda su vida, aun cuando llegó a ser obispo y después arzobispo de La Habana. No era hombre de grandes pretensiones en la vida. Monseñor Evelio Díaz Cía (1902-1984) nació, vivió y murió en la llaneza.
Cuando fue obispo de Pinar del Río, no poseía automóvil, hasta que, en 1951, con motivo de sus veinticinco años sacerdotales, la Acción Católica pinareña le obsequió uno. Caminaba a pie por la ciudad, pues como solía repetir, no necesitaba carro para ir y venir por un sitio que –en aquel tiempo– no tenía ni un semáforo. Andando iba a la catedral a oficiar una de las misas que diariamente se celebraban en este templo. Lo mismo hizo en La Habana Vieja, cuando siendo arzobispo de la arquidiócesis, visitaba frecuentemente el seminario. Durante los diecisiete años en que fue obispo de Pinar del Río, se trasladaba en tren o en guagua a los territorios de la diócesis.
Nació en San Cristóbal, provincia de Pinar del Río, el 17 de febrero de 1902, en los meses finales de la primera intervención norteamericana; vivió cincuenta y siete años de su vida en la República. Los veinticinco años restantes transcurrieron en el período de la Revolución. Su padre era maestro de escuela pública en el poblado de Santa Cruz, sitio cercano a San Cristóbal. Su madre era ama de casa. Otro hermano y una hermana completaban el núcleo familiar.
Durante los primeros años de su niñez, la familia se mudó para La Habana Vieja, en una casa de la calle Acosta, cercana al Convento de Belén. A la catequesis de la iglesia de ese colegio jesuita, asistía entonces Evelio niño. La siguiente anécdota explica un período de pobreza familiar en medio del cual vivió el pequeño durante su infancia.
A propósito de la muerte de Mons. Evelio Díaz, el padre Mariano Vivanco, capellán del Santuario de San Lázaro en el Rincón, narró en un boletín que por la fecha publicaba: “En una Noche Buena un sacerdote jesuita, cuyo nombre no recordaba Mons. Evelio, le regaló un guanajo para la cena. El arzobispo hablaba de que el ave era tan grande que el sacerdote alquiló un coche de caballos, y en el asiento sentaron al niño Evelio con el guanajo al lado. El cura pagó la carrera al cochero y le dijo: ‘lleva estos dos guanajos para esta casa en la calle Acosta’”.
Tenía trece años cuando ingresó en el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana. De allí saldría sacerdote en 1926. Fue ordenado en la parroquia de San Francisco Javier, en Marianao, por el arzobispo de Atalía, Mons. Monseñor Evelio DíazPedro González Estrada, el día 12 de septiembre. Junto a él recibieron la ordenación dos franciscanos. Mons. Evelio, cincuenta años más tarde, recordaba a estos sacerdotes y decía: “Nunca más los volví a ver”. A partir de este momento, su carrera eclesiástica fue en ascenso: teniente cura de la iglesia de Monserrate en la capital cubana; capellán de las Madres Ursulinas; canónigo de la catedral de La Habana; profesor de Historia Eclesiástica y Doctrina Social en el Seminario. El 14 de febrero de 1939 fue nombrado párroco de la iglesia del Santo Ángel Custodio, donde solamente estaría dos meses. El primero de abril de ese año falleció Mons. Guillermo González Arocha, rector del seminario, y Mons. Manuel Ruiz lo nombra para este cargo. En el antiguo caserón permaneció dos años hasta que el 26 de diciembre de 1941 se publica su nombramiento como obispo de Pinar del Río, cuando le faltaban solo dos meses para cumplir cuarenta años de edad.
Unos años antes había cursado un breve período de estudios sobre la Acción Católica con el fin de capacitarse para el trabajo con esta organización laical. Fueron sus únicos estudios después de los del seminario. No llegó a ser doctor en Teología, ni siquiera licenciado.
Era un gran lector de obras literarias y algunas históricas y filosóficas. Se preparaba mediante estas ramas del saber humano para sus sermones. Puede decirse, sin equivocación, que, si no fue el mejor orador sagrado de los primeros setenta años del pasado siglo, figuró entre los relevantes. Su oratoria cautivaba a los oyentes por su tono poético. Su discurso se caracterizaba por el tono suave, sin gestos llamativos. Su voz grave y su hablar pausado, como ya dije, eran persuasivos en la predicación. Como palabra llamativa en los sermones estaba frecuentemente el vocablo: “Mirad”. La dicción era perfecta.
Compuso sencillos poemas y uno de ellos lo recuerdo, aunque no lo poseo, dedicado al Sagrario de su casa episcopal, y lo tituló “Tengo un prisionero”. Mons. Raúl del Valle en su libro Resplandores de la púrpura cubana, en el capítulo “Bodas de Oro”, caracterizó la manera de decir de Mons. Evelio con la siguiente expresión: “El verbo tierno e inflamado del obispo de Pinar del Río”. Hacia 1964, tras el fallecimiento del cardenal Arteaga, fue electo para ocupar su sillón en la Academia Cubana de la Lengua.
En la mañana del 2 de marzo de 1942 en la catedral vueltabajera, fue ordenado obispo de esa diócesis. El obispo consagrante fue Mons. Luis Caruana, delegado apostólico en Cuba. Los obispos co-consagrantes fueron el recién consagrado arzobispo de La Habana, Mons. Manuel Arteaga y el obispo de Matanzas, Mons. Alberto Martín Villaverde. Terminada la consagración episcopal, el almuerzo fue en el Hotel Ricardo (ahora Vueltabajo), en la ciudad pinareña. Allí, Mons. Evelio inició un discurso con estas palabras: “Hasta ahora ustedes escucharon la oratoria de un ruiseñor [aludía a la elevada oratoria del anterior obispo Mons. Manuel Ruiz], a partir de este momento ustedes escucharán la voz de un tomeguín del pinar”.
La diócesis de Pinar del Río era por esa fecha y hasta hace treinta años, una diócesis muy tranquila. No había problemas grandes. El clero lo componían veinticinco sacerdotes, la mayoría de ellos diocesanos y los religiosos eran los franciscanos de siempre que atendían las parroquias de Mariel, Candelaria y San Cristóbal, y los padres escolapios que poseían el colegio de primera y segunda enseñanza de la capital, y no pasaban de cinco o seis sacerdotes asignados a este centro educativo. La mayor parte del clero era español. Personalmente, identifico a la Iglesia vueltabajera de estos años con la expresión: “la diócesis bonita”. El campesinado pinareño era totalmente católico y se vivía una moral tradicional católica aun en los estratos más pobres de la provincia. Como colofón, esto venía adornado por el paisaje geográfico más hermoso de Cuba.
Las congregaciones femeninas las constituían cuatro familias religiosas: las escolapias, en Guanajay y Artemisa; las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, en un colegio de la ciudad de Pinar del Río; las madres del Inmaculado Corazón de María en otro colegio de la capital; y las religiosas de una congregación mexicana, que llevaba por nombre Hermanas de El Calvario, quienes atendían el Asilo San José de la Montaña, en las afueras de la ciudad. En las parroquias veladas por los franciscanos existían buenas organizaciones de caballeros católicos, así también en Consolación del Sur y en la capital. Estaban en el seminario, a pocos años de ser ordenados, los más tarde sacerdotes cubanos, Juan de Dios Mesa y Rolando Lara.
Pinar del Río era, por entonces, una diócesis en la cual el campesinado se mostraba bastante propenso a la práctica religiosa. Muchos de ellos y de ellas iban habitualmente a la misa dominical en el templo del pueblo. Esta naturaleza religiosa y moral del campesinado pinareño había sido abonada desde tiempos de Mons. Manuel Ruiz por dos sacerdotes jesuitas: los padres Saturnino Ibarguren y José Rivera, este último fue recibido por Mons. Evelio y continuó trabajando en los campos pinareños hasta que sus fuerzas físicas se lo permitieron. La compañía de Jesús lo remplazó por el padre Clemente Lombotz, quien permaneció trabajando en el territorio hasta que comenzaron las tensiones entre el Estado y la Iglesia en los años sesenta.
Mons. Evelio fundó los círculos campesinos para la formación religiosa de aquellos hombres y mujeres de vida rural. Fueron dieciocho años de episcopado en Vueltabajo que los vivió gustosamente; tal vez pensó que allí terminaría sus días, pero no fue así.

La sucesión del cardenal Arteaga
En el primer semestre de 1958, el entonces arzobispo de La Habana, cardenal Manuel Arteaga, sufrió un accidente cerebrovascular que le aceleró la demencia senil que desde antes venía padeciendo. Esto le impidió continuar dirigiendo la arquidiócesis por lo que se imponía nombrar un nuevo arzobispo. Mons. Carlos Manuel de Céspedes contaba que el secretario de la Nunciatura Apostólica en La Habana, le había dicho a él, muchos años después del hecho, que a la primera persona que se le propuso la sede fue a Mons. Arcadio Marinas, vicario general. Buena parte del clero habanero pensaba que el padre Marinas deseaba ser arzobispo, pero en esto, como en otras cosas, los humanos nos equivocamos. Mons. Marinas rechazó la proposición de la Santa Sede. Mons. Enrique Pérez Serantes, el gran arzobispo de Santiago de Cuba, gallego cargado de historia para la Iglesia y la patria cubanas, aludió estar cercano a los ochenta años. La Nunciatura en La Habana se dirigió al notable obispo de Matanzas: Mons. Alberto Martín Villaverde, cubano que no llegaba a los sesenta años, licenciado en Derecho Canónico, pero tampoco aceptó la propuesta y alegó para ello problemas de salud. Al siguiente año falleció del corazón. Solo quedaba el “tomeguín del pinar”, quien se vio prácticamente abocado a aceptar el gobierno eclesiástico de La Habana.
El 21 de marzo de 1959, el Papa San Juan XXIII nombró a Mons. Evelio Díaz Cía administrador apostólico sede plena y obispo auxiliar de La Habana, conservando el título de obispo de Pinar del Río.
Recordemos que la arquidiócesis de La Habana es el territorio principal de la Iglesia en Cuba. Muchas cosas le aportan esta importancia, pues es el centro del gobierno de la nación y aquí está el personal diplomático acreditado en la Isla. En aquella época, y todavía hoy, en ella se encuentra el mayor número de sacerdotes, de religiosos y de laicos. Contaba por aquella fecha con el 20 % de los habitantes de la provincia habanera que asistía a misa dominical. Además, en La Habana se encontraba el mayor número de colegios católicos dirigidos por sacerdotes, hermanos religiosos o monjas. La Iglesia habanera tenía una Acción Católica muy activa, en ella figuraban universitarios, obreros y hasta campesinos, distribuidos en sus cuatro ramas: caballeros, mujeres, juventud masculina y juventud femenina. A esto se añadía la juventud obrera católica, la agrupación católica universitaria, la juventud católica universitaria y la juventud estudiantil. El Cementerio de Colón pertenecía a la Iglesia católica, así como otras propiedades. El seminario El Buen Pastor, de Arroyo Arenas, tenía algo más de cien seminaristas.
Por otra parte, para 1959, la Iglesia católica en toda Cuba había alcanzado el mayor esplendor, que no tenía desde la muerte del obispo Juan José Díaz de Espada en 1833. Era una Iglesia notablemente prometedora para la vida católica del continente. Basta decir que el Papa Pío XII, en 1946, le había creado el primer cardenal cubano. Sin embargo, de todas las diócesis cubanas de aquel momento, La Habana, según acabo de referir, resultaba más compleja, complicada y muy difícil de dirigir. No era fácil ser arzobispo de La Habana, y Mons. Evelio Díaz lo sabía muy bien. Vino no muy motivado a ser el máximo representante del gobierno eclesiástico.
También sabía que atrás quedaban sus apacibles años pinareños y que tendría que enfrentarse a muchísimos problemas eclesiásticos, a lo cual se añadía uno nuevo y grande, el triunfo de la Revolución de Fidel Castro. El nuevo administrador apostólico vino con miedo y, tal vez, sintiéndose incapacitado para hacer bien lo que la Iglesia en ese momento le pedía de manera imperiosa e impostergable. Pienso, después de casi sesenta años, que ningún otro obispo de aquel momento hubiese dirigido La Habana de manera diferente a como él lo hizo.

De cara a una nueva realidad
Lo que no se imaginaba Mons. Evelio el 21 de marzo de 1959, víspera de la Semana Santa de aquel año, es que la Revolución de Fidel Castro, en menos de año y medio, se mostraría marxista-leninista. Para esto, la Iglesia en Cuba no estaba preparada, y solo poseía los numerosos datos del sufrimiento de los cristianos en la Unión Soviética, China, Corea del Norte, Vietnam del Norte y los países socialistas del Este europeo. Además, la amarguísima experiencia de la República Española en la década de 1930 se hallaba muy reciente. Ningún sistema dirigido por el Partido Comunista era halagüeño para la vida de los cristianos. Muchos mártires laicos, seminaristas, monjas, sacerdotes y obispos se hallaban en todos esos países. Dos cardenales de la Iglesia habían sido apresados en Hungría y Yugoslavia, respectivamente.
El 17 de mayo de 1959 fue promulgada la anunciada Ley de Reforma Agraria. Mons. Evelio Díaz, Mons. Enrique Pérez Serantes y Mons. Alberto Martín Villaverde hicieron declaraciones públicas aplaudiendo con beneplácito la ya anhelada Reforma Agraria reflejada en la Constitución de 1940, pero que nunca se había implementado y que la Iglesia en Cuba añoraba.
Por otra parte, la Iglesia había manifestado su disgusto respecto a los juicios sumarísimos llevados a cabo hacia connotados batistianos acusados de crímenes. La Constitución de 1940, todavía en vigor para esa fecha, había eliminado la pena de muerte en Cuba. El júbilo general de los sacerdotes y de los laicos católicos hacia la triunfante Revolución era patente en ese primer año.
El 29 y 30 de noviembre de 1959 se celebró el ya programado desde antes del 1ro. de enero, Congreso Católico Nacional, que contó con dos grandes celebraciones. Primero, en la noche lluviosa del sábado 29 de noviembre, se realizó la misa, para la cual se trajo la imagen auténtica de la Virgen de la Caridad del Cobre y que ofició el arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Enrique Pérez Serantes. A ella asistió todo el episcopado cubano de entonces, incluso el cardenal Arteaga y el recién nombrado arzobispo coadjutor de La Habana con derecho a sucesión, Mons. Evelio Díaz Cía, a quien según el derecho canónico de entonces se le asignaba arzobispo titular de Petra de Palestrina. El cardenal Arteaga continuaba conservando el título de arzobispo de La Habana hasta su muerte, pero no podía gobernar, quien la gobernaba de hecho y de derecho era el nuevo arzobispo coadjutor con derecho a sucesión. Mientras no se nombrase nuevo obispo para Pinar del Río, Mons. Evelio Díaz la seguiría gobernando con el título de administrador apostólico sede vacante. A esta misa en la plaza cívica asistió un millón de cubanos venidos de todo el país. Monseñor Evelio Díaz con-dorticos-y-roa-marzo-1960Estuvieron presentes, además, el presidente de la República, Dr. Osvaldo Dorticós Torrado y la primera dama, Sra. María Caridad Molina, el primer ministro Dr. Fidel Castro Ruz, el Cte. Juan Almeida y otros altos dirigentes del Gobierno revolucionario.
Al siguiente día, se celebró en el estadio de la Tropical la reunión de la Acción Católica Cubana, que terminó con la proclamación del credo social católico por parte de esta asociación de la Iglesia cubana. Este credo social evidencia el desarrollo de la mentalidad social y de la ejecutoria que la Acción Católica había llegado a alcanzar en Cuba desde su inicio unos treinta años antes.
El 28 de enero de 1960, se realizó en la Plaza Cívica José Martí de La Habana, la Cena Martiana. El arzobispo coadjutor de La Habana, Mons. Evelio Díaz refirió muchas veces que en esa ocasión el líder de la Revolución le había dicho que a la Iglesia no se le quitaría nada en Cuba. El ya fallecido padre franciscano Adolfo Guerra recogió, en 1984 para la subcomisión de Historia de la Reflexión Eclesial Cubana, un minucioso trabajo de la etapa de la historia de la Iglesia en Cuba que abarca el período de 1959 hasta 1969, según lo reflejó la prensa de aquel momento. Es bueno consignar que en un breve período del año 1960 la prensa, la radio y la televisión fueron nacionalizadas por el Gobierno revolucionario. El testimonio de los hechos ocurridos en esa etapa, según la prensa, reflejan las relaciones del Gobierno revolucionario con la Iglesia en Cuba, que de manera muy rápida se convirtieron en muy tensas.
La presencia de dirigentes tradicionalmente comunistas cubanos como los doctores Carlos Rafael Rodríguez y Juan Marinello, y los dirigentes Blas Roca y Lázaro Peña, entre otros, se hizo muy visible en el nuevo Gobierno. Esto despertó la desconfianza de la Iglesia hacia el proceso revolucionario, a lo que se sumaba la dilatación de las elecciones prometidas por el Dr. Fidel Castro en enero de 1959. Durante el velorio de las víctimas del atentado terrorista al buque La Coubre, realizado en la CTC nacional, asistió Mons. Evelio Díaz y rezó un responso por las almas de los allí velados.
El 7 de agosto de 1960, en todos los templos de Cuba se leyó la Pastoral del Venerable Episcopado Cubano en la cual los obispos situaban su postura ante un posible giro comunista de la Revolución cubana. La carta, en síntesis, decía que la Iglesia estaba con la Revolución; pero con el comunismo, no. Por su parte, el Gobierno respondió que la Iglesia siempre había sido una aliada de la aristocracia y que ahora continuaba respondiendo a sus intereses. Grupos de revolucionarios comenzaron a proferir palabras contra la Iglesia y el clero en las puertas de varios templos a la hora de las celebraciones litúrgicas.
A Mons. Evelio Díaz le tocó ser la primera figura de la Iglesia en Cuba durante la década más tensa de las relaciones Iglesia-Estado, pues a partir de la Constitución de 1976, pero sobre todo desde el cuarto congreso del PCC (del 10 al 15 de octubre de 1991), tales tensiones se fueron suavizando de manera gradual y notable.
A principios de 1961, el Cementerio de Colón, propiedad del arzobispado de La Habana desde su inauguración en 1886, fue nacionalizado. El lunes 16 de abril de 1961, al producirse la invasión a Playa Girón, varias personas en toda Cuba fueron apresadas con la finalidad de impedir un apoyo a los invasores. Mons. Evelio Díaz, con uno de sus obispos auxiliares, Mons. Eduardo Boza Masvidal, fueron llevados a la Ciudad Deportiva y allí permanecieron, junto a otros muchos detenidos, hasta finales de abril de ese mismo año. Otros obispos y sacerdotes estuvieron también recluidos en sus parroquias o casas custodiadas por una pareja de milicianos. El primero de mayo de 1961, los colegios privados, entre ellos los católicos, fueron nacionalizados. El día 10 de septiembre, el Gobierno no autorizó la procesión de la Virgen de la Caridad, cuyo permiso había solicitado el párroco de ese lugar, Mons. Eduardo Boza Masvidal, con antelación. Sin embargo, los feligreses reclamaban a la Iglesia que se hiciese la procesión. El párroco les comunicó que no existía el permiso para hacerlo. Desde un edificio cercano prestaron un cuadro de la Virgen de la Caridad para que la concurrencia sacase la procesión por su cuenta. Esto produjo un encuentro de insultos entre grupos de revolucionarios que se hallaban en las afueras del templo y los feligreses. Lamentablemente, hubo un disparo y una persona murió. Las versiones del Gobierno y de la Iglesia sobre este suceso no coinciden. A partir de ese momento, el Gobierno no dio a la Iglesia los permisos para celebrar actos públicos hasta que el Viernes Santo de 1998, el párroco de esa misma Iglesia solicitó permiso para una procesión y le fue concedido.
El 17 de septiembre de 1961, zarpó del puerto habanero el buque Covadonga, que conducía hacia Santander, en España, a doscientos treinta sacerdotes y al obispo auxiliar de La Habana, el ya referido Eduardo Boza Masvidal. Habían sido detenidos con anterioridad, y ahora eran expulsados de Cuba. En el grupo había sacerdotes cubanos, españoles y canadienses. Cabe decir que los sacerdotes canadienses y algunos cubanos y españoles fueron autorizados por el Gobierno a retornar al país y ejercer el ministerio a partir de 1963. Las congregaciones religiosas de sacerdotes, hermanos y monjas sacaron del país a la mayoría de sus miembros, por miedo a que en Cuba ocurriese una persecución sangrienta. Otros sacerdotes cubanos y extranjeros emigraron voluntariamente de Cuba. Como consecuencia, muchas parroquias quedaron sin curas. Los sacerdotes que quedaron tuvieron que multiplicarse para dar los servicios religiosos que, en aquel tiempo, eran mucho más que ahora. La arquidiócesis de La Habana por ser la más numerosa en clero, hermanos y monjas, fue la más convulsionada por esta situación. Las actividades de la Iglesia fueron, a partir de ese momento, reducidas al espacio de los templos. Algunas capillas situadas en pequeños poblados fueron ocupadas y destinadas a casa de vivienda, escuelas, farmacias u oficinas de organismos estatales.
evelio-diaz-en-cena-martianaAlgunos católicos de hoy se preguntan por qué la Iglesia no protestó ante estas situaciones. Es necesario trasladarse a aquel momento. La historia nos enseña que toda revolución radical ha afectado a la Iglesia. Ante esta verdad histórica, los obispos de Cuba optaron por el silencio, ya que cualquier acción de protesta podría revertirse en una situación violenta, la cual afectaría, en primer lugar, a los fieles católicos. El silencio fue la respuesta hacia la política socialista y marxista-leninista declarada por el Cte. Fidel Castro el 15 de abril de 1961. Y la atención religiosa a las ovejas prevaleció a la opción política de la Iglesia.
A finales de 1961, el Papa San Juan XXIII envió un internuncio a Cuba, el cardenal Silvio Oddi, con una carta en la que les pedía a los sacerdotes que permaneciesen en Cuba y, por ende, no abandonasen el país. En resumen, el Papa pedía la permanencia de los pastores para atender religiosamente a las ovejas. No obstante, algunos sacerdotes hicieron caso omiso a esta solicitud papal.
Como dije anteriormente, ahora pienso que la respuesta más sabia y prudente de la Iglesia durante aquella década extraordinariamente tensa en las relaciones Iglesia-Estado, fue la más prudente, la más sabia que se pudo adoptar. Este es el gran mérito de Mons. Evelio Díaz Cía y del resto de los obispos cubanos, junto a Mons. Cesare Zacchi, secretario de la Nunciatura Apostólica en Cuba. También considero que Mons. Evelio Díaz fue el hombre providencial para que las tensiones entre la Iglesia y el Estado no aumentaran. Sufrió mucho, pero se mantuvo el culto católico en Cuba y la casi totalidad de los templos permaneció dando servicios religiosos a los fieles. Se salvó la fe católica en Cuba. Y después, como sabemos, han venido tiempos mejores.
En mayo de 1966, el edificio y los terrenos del seminario El Buen Pastor, de Arroyo Arenas, fueron nacionalizados por el Gobierno para ser destinados a usos militares. Era un golpe muy doloroso para la Iglesia, dirigido a su corazón. Sin embargo, dos hombres salvaron con su dolor y prudencia el centro de formación sacerdotal. La feliz idea de reabrirlo en condiciones habitacionales en el viejo y querido caserón de la Avenida del Puerto, donde fue fundado en 1772 y donde había existido hasta veinte años antes en 1945, correspondió a Mons. Evelio Díaz y al padre Carlos Manuel de Céspedes, nombrado a la sazón rector del centro. También Dios, providencialmente, iluminaría las mentes de estos hombres para que se rescatase el nombre que coloca al seminario de La Habana de manera luminosa en la historia de Cuba: San Carlos y San Ambrosio.
Para agosto de 1967, se disuelve definitivamente la gloriosa Acción Católica Cubana como consecuencia de la emigración de muchos de sus miembros y de la impedimenta de un apostolado laico fuera del templo. Los obispos de entonces dieron muestra de otra respuesta salvadora: la creación del Apostolado Seglar Organizado (ASO), que condujo a los ya diezmados laicos de las comunidades católicas a mantener la espiritualidad laical y una presencia testimonial en la sociedad. El ASO desapareció en 1986 con el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC).

El final de sus días
La década habanera (1959-1970) que le correspondió a Mons. Evelio Díaz le hizo perder el peso corporal, el cabello de su cabeza, la estatura se redujo aún más, y la vejez aceleradamente lo invadió. En junio de 1969 sufrió un infarto, y aunque desde 1964, el Papa Pablo VI le había nombrado dos nuevos obispos auxiliares, Mons. Alfredo Llaguno y Mons. Fernando Azcárate, el ya muy aquejado arzobispo le solicitó la renuncia por problemas de salud. Este Papa se la concedió a finales de enero de 1970.
El ya anciano arzobispo emérito no tenía casa donde vivir en lo adelante. Fue acogido en el apartamento de su hermano y cuñada, situado en la calle Lugareño, cerca de Ayestarán, en el tercer piso de un edificio. No tenía, en ese momento, cama donde dormir, y pidió a su sucesor, Mons. Francisco Oves, que le dejase llevar su cama del palacio arzobispal. Continuó asistiendo pastoralmente la capilla de la playa de Tarará, lo cual venía realizando desde hacía algunos años. En 1976, cuando la playa fue convertida en el campamento de pioneros, la capilla se perdió. En el 2010, el Gobierno devolvió esa capilla a la Iglesia. Mons. Evelio asistía a alguna que otra misa a la que se le invitara en la ciudad de La Habana. Celebraba su misa diaria en el apartamento donde vivía, allí era visitado por algunos sacerdotes y fieles habaneros. Desde 1962, al igual que todo el pueblo de Cuba, se alimentaba y se vestía con lo que le daban en la libreta de abastecimiento. Nunca salió de Cuba. Se asistía medicamente en los mismos hospitales a los que acudía el pueblo: el Pando Ferrer, donde fue operado de glaucoma y el Manuel Fajardo. Mons. Zacchi le prometió la gestión de pedir una vivienda al Estado para que viviese. Nunca llegó. Su hermano falleció en 1977 y cuando un grupo de seminaristas fue a darle el pésame, lo encontraron con un delantal fregando la loza en la cocina. Su fiel cuñada lo atendió hasta el final de sus días.
Murió al amanecer del sábado 28 de julio de 1984. Sus últimas palabras, dichas al entonces padre Mariano Vivanco (más tarde obispo de Matanzas) fueron: “Díganle a los pinareños que su prelado se muere. Díganle a Mons. Siro y al padre Cayetano que han sido buenos amigos”. Su cadáver fue trasladado a la catedral de La Habana y el entierro ocurrió en la tarde del siguiente día, en el panteón de los obispos del Cementerio de Colón. Sus restos, junto con los de dos obispos más, fueron profanados hace tres años. Provisionalmente, se hallan en la cripta mortuoria de la Iglesia del Espíritu Santo de La Habana Vieja, en espera de que sean trasladados a la capilla bautismal de la Catedral de La Habana, según el proyecto del cardenal Jaime Ortega. Ω

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