En memoria del sacerdote Mario Jesús Delgado Díaz

Por Silvia Martínez Calvo

Padre Mario
Sacerdote Mario Jesús Delgado Díaz
Sacerdote Mario Jesús Delgado Díaz

En el año 2004 obtuve premio en el VII Concurso de Periodismo “Aniversario de Palabra Nueva”, en el género artículo, con mi trabajo titulado “Mi amigo el sacerdote”, el cual fue publicado en uno de los números de la revista de ese mismo año. ¿Cómo pensar en aquel momento que hoy retomaría el tema porque ese sacerdote, figura central del artículo, ya no me acompañaría? Me sentiría deudora, si no le dedicaba estas líneas en el mismo órgano de divulgación católica donde se conservan, para la memoria histórica eclesial cubana, aquellas palabras que redacté –sin afán de premio–, pero sí derivadas de mi deseo de testimoniar nuestra imperecedera amistad.
En esta ocasión, mi estímulo para escribir es bien diferente. Escribo entristecida, muy entristecida. He perdido a mi amigo Mario, a mi hermano Mario, al sacerdote Mario, a Mario. Su muerte nos sorprendió, me sorprendió, me laceró profundamente; aún no puedo creerlo, incluso conservo en mi celular su último mensaje enviado el día anterior al terrible accidente y donde anunciaba su llegada a casa para la acostumbrada visita, esa que nos permitía disfrutar su presencia, mientras recordábamos nuestras vivencias de niñez y adolescencia. Desafortunadamente, la visita no se realizó y ya no se repetirá. Traduzco sintéticamente mis sentimientos, al evocar los amargos versos del poeta español Miguel Hernández: “Tanto dolor se agrupa en mi costado, / que por doler me duele hasta el aliento”.1
El día de su fallecimiento, permanecí acompañando su inmóvil cuerpo en la madrugada, sentada en un banco de la iglesia en Alquízar, bien lejos de la capital y junto a feligreses y fieles amigos, esos que sembró con sus años de sacerdocio, con su personalidad en ocasiones exultante y en otras bien apacible. Ese día fatídico, había oficiado misa en la mañana y viajaba hacia la capital cuando sufrió el accidente automovilístico, el desastroso accidente que lo arrebató para siempre. Lo vi nacer –al lado de mi casa madruguera– y nunca imaginé que lo vería morir por esa sorpresiva muerte que lo trasladó a la casa del Padre.
Durante la ceremonia en el Cementerio de Colón, las palabras del cardenal Jaime Ortega fueron bien sentidas, sencillas, llenas de amor y reconocimiento a sus treinta y ocho años de ininterrumpido sacerdocio. También, ante su abierta tumba, fueron muy sinceras y emotivas las palabras que expresó Mons. Ramón Suárez Polcari, acerca de sus características personales y su desempeño sacerdotal, y conmovedoras las oraciones, salmos y plegarias que rodearon el momento de su descenso a la tierra.
Lo quise por ser una persona humana, leal, honesta, servicial, franca, desinteresada, sin agobiarnos con quejas y lamentos, sin disgustos, sin pedir nada. Recuerdo con cuanto cariño y calor hogareño celebrábamos en casa el día de su cumpleaños, sin embargo, en su innata generosidad, siempre se aparecía con un regalo para las anfitrionas.
No dudo que este momento de tristeza desaparezca con el tiempo, porque sé que desde su altura nos ayudará, y tendremos su permanente compañía. No importa lo que al respecto piensen esos que, como expresara la Doctora de la Iglesia Edith Stein: “no tienen órgano alguno para percibir los valores espirituales del alma”.2 Requiescat in pace mi amigo Mario, mi hermano Mario, el sacerdote Mario, para mí y para mi familia, simplemente, Mario.
Concluyo este sincero homenaje póstumo, con la transcripción textual de estas palabras impresas en un adorno de factura china y que conservo como uno de sus preciados regalos:

Qué es la amistad
Es… una puerta que se abre,
una mano extendida,
una sonrisa que te alienta,
una mirada que te comprende,
una palabra que te anima
una crítica que te mejora.
Es… un abrazo,
un aplauso que te regocija,
un favor sin recompensa,
un dar sin exigir,
un entregarse sin calcular,
un esperar… sin cansancio. Ω

Notas
1 Miguel Hernández: “Elegía”, en Poesía, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1976, p. 225.
2 Edith Stein: Selección epistolar 1917-1942, Madrid, Editorial de Espiritualidad, 1976.

2 Comments

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