Mención Crónica 2018-Los trillos del agua

Por Jesús Arencibia Lorenzo

Concurso Palabra Nueva 2018

Llueve. Pertinazmente llueve hace varios días en Pinar del Río, y ya falta poco para volvemos ranas, como bromea una vecina longeva. La lluvia suele tener ese poder insinuante e hipnótico que casi siempre conduce a la remembranza, y de ahí a la poesía. Claro, esto es cuando puede disfrutarse bajo un buen techo. De lo contrario, más que a lirismo el aguacero lleva directo a la depresión.

La historia de mi familia (quizá también la de muchas otras en la Isla), podría contarse por su relación con el agua: la de lluvia, la potable, la de desecho, la salada que nos rodea y, según el poeta, torna maldita nuestra circunstancia…

Todavía me parece estar mirando con el inocente asombro de mis ocho o nueve años a mi abuelo paterno y a mi madre colocando una gran manta de polietileno por debajo del techo de nuestra casita de tabla y fibra de cartón (fibras prietas, como les decían) para impedir que las goteras del temporal nos empaparan. Aun así, resultaba difícil que, en cada nueva tormenta (mucho más si era ciclón), los colchones y escasos muebles no terminaran bañados (es decir, dañados). Aquellas fibras, que sustituyeron al guano inicial, eran una indigente protección frente a los chorros del cielo.

A mi hermano pequeño y a mí nos divertía cantidad que lloviera. Como cualquier niño de esa edad, disfrutábamos no ir a la escuela y, lo más aventurero, salir a mojarnos y a atrapar peces peleadores en los arroyuelos, lagunas y caminos anegados, siempre que no estuviera tronando. Solo en los ojos y desvelos de mi madre podía leerse con claridad –turbión tras turbión– el triste comienzo de la década del noventa, ese período cubano especialmente cruel, del que aún quedan tantas cicatrices por contar.

Si algo bueno tenía aquella vivienda de madera, en el kilómetro 13 de la pinareña Carretera a La Coloma, era que al menos contábamos con un pozo artesiano propio: con turbina y todo instalada con precisión por mi padre, y abastecedora –tanque elevado mediante– de tres llaves o pilas: una en el fregadero, otra en la cocina, y la del baño, un tubo doblado al que llamábamos, cariñosamente, ducha. Los campesinos de la zona, en su mayoría, cargaban el líquido imprescindible de grandes y añejos pozos, con sus inmensos brocales.

Así lo hacían mis familiares por la rama materna, en el municipio Bahía Honda, a 115 kilómetros de nosotros, hasta que un tío abuelo temerario y bonachón descubrió que tenía “corriente” en su cuerpo para identificar el agua subterránea y comenzó a señalar “venas” para construir pozos en toda la zona. Marcó uno con exactitud en el patio de mi abuela. Y desde entonces ella, mi tía y mi inválido abuelo Jesús, tuvieron el abastecimiento más cerca. Por cierto, el pocero y otros dos de los ocho hermanos de mi abuela cruzaron las noventa millas de azul salobre que nos separan del Norte y, gracias a ellos, pudimos –y aún podemos– paliar con menos zozobras la sequía de tantos recursos, que parece no escampar por estos lares. Algún día habrá que hacer un monumento a esos que partieron –por los motivos que fuere– y no han dejado que tanta agua por medio les diluya la conexión con su sangre. En un relevo generacional impresionante, los hijos de los hijos de los que allá y acullá hicieron sus vidas, han seguido apoyando a los hijos de los hijos de los aquí. “Familia”, suele uno decir y ya se explica todo.

Y por ese sentido de “echar pa’lante” la familia, mi madre empujó hasta lo indecible para que saliéramos de aquella “casuchita” y nos mudáramos a un reparto urbano de Vueltabajo, ya en construcción de ladrillos. Con sacrificios inenarrables, ella, mi papá, después mi padrastro y, finalmente, mi hermano y yo, ladrillo sobre ladrillo y cabilla sobre cabilla, logramos armar el hormigón que hoy nos protege.

Primero, con cubierta acanalada de fibrocemento. Después del huracán Gustav, que la perforó por varios sitios, con vigas de hierro y planchas de zinc, que no es lo mejor del universo, pero luce maravilloso comparado con el cartón podrido del pretérito campestre. En Montequín, el nuevo reparto, que de urbano solo tiene el nombre, pues su mayor área es un largo y agujereado camino sembrado de viviendas a ambos lados, también hemos debido resolver problemas hídricos (¿o mejor decir acuosos?). El poblado, a la llegada de la crisis de los años noventa, se quedó en el proyecto de lo que debía ser. Por tanto, su sistema de Acueducto y Alcantarillado ha devenido lo que la tenacidad e inventiva popular han podido lograr.

Perforando por acá, desaguando por allí, construyendo tanques más allá y, en el peor de los casos, pagando a inescrupulosos choferes de carros-cisterna, para que resuelvan lo que el Acueducto provincial a veces se demora meses en resolver. Así que mientras llueve a cántaros como está lloviendo, a mis vecinos y a mí nos preocupa no tanto esa agua, como otras dos: el albañal, que ahora se desborda y no existen muchos lugares para donde evacuarla, y la potable, cuyas reservas se nos están agotando y habrá que salir a “lucharla”. Mi esposa duerme con su barriga hermosamente henchida del líquido vital que envuelve a nuestro pequeño. Mi madre, veterana de mil batallas, intenta asimismo conciliar el sueño, luego de limpiar la cocina con un cubo que se llenó bajo el propio chaparrón. El barco de la familia, aun sorteando tantos peñascos, todavía no ha hecho aguas. Con esa dulce certeza, miro al techo y respiro. Sí, aún queda lugar para la poesía.

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