Tradición mariana oriental (siglos XVI-XX)

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I. Las Iglesias ortodoxas autocéfalas

Como consecuencia de la invasión islámica, la ortodoxia bizantina se bifurcará en dos corrientes principales: la griega y la eslava. La diáspora griega, vía Venecia y Rávena, recibirá cierta influencia católica, pero volverá a la autonomía griega en 1813 con el patriarcado de Atenas. Las iglesias eslavas se fueron formando desde finales del siglo x con los misioneros Cirilo y Metodio, los primeros evangelizadores, que crearon el alfabeto cirílico. En el lejano año de 987 el príncipe ruso Vladimir había elegido el cristianismo de Bizancio como religión para su territorio. Las iglesias ortodoxas se irán diferenciando según la lengua y la cultura de los diferentes pueblos y su influencia eslava, griega, balcánica, romana, persa, árabe, etc.
Después de la caída de Bizancio en 1453, la herencia ortodoxa pasó a Kiev y a Moscú, pero también pasó por Venecia, Dalmacia, Polonia, Rumania, Bulgaria, etc. El patriarcado de Moscú ha sido el más influyente durante los últimos siglos y ha aglutinado otros patriarcados de forma sinodal. Sin embargo, a partir de 1917, los ortodoxos eslavos sufrieron una fuerte crisis a causa de la revolución bolchevique. Muchos emigraron y extendieron su influencia por Europa y los Estados Unidos, como consecuencia de esta diáspora desde la Unión Soviética. Especial importancia tiene hasta la actualidad el Centro Ortodoxo de San Sergio en París, fundado en 1923. Desde allí se ha difundido la teología y la iconografía ortodoxa por Europa y América.
La cultura de los países eslavos se irá conformando a la sombra de la religión ortodoxa, en particular en Rusia y Ucrania. El evangelio, la liturgia y la iconografía procedentes de Bizancio influirán de modo especial en Moscú y en Kiev. El monacato, según el modelo de los monjes griegos del Monte Athos, se mostrará como camino hacia el martirio y el seguimiento de Cristo.
La liturgia será aliento para los cristianos de Oriente con sus diferentes ritos. Se cantará el evangelio en las celebraciones litúrgicas solemnes. María será venerada como la Esposa del Cordero sin mancha. La eucaristía será una experiencia de vida espiritual subrayando la invocación al Espíritu Santo (epíclesis) durante su celebración. La iconografía será un camino para hacer teología y oración.
Las imágenes son veneradas para entrar en comunión con los santos mediante la contemplación. Quien sabe algo de Dios es porque lo contempla, y quien puede contemplarlo se hace teólogo, orante, místico, iconógrafo. El evangelio es la norma para el camino del cristiano, la liturgia es alimento de vida, los iconos son teología. Entre los iconos orientales de tradición griega, eslava, copta, siriaca, sobresalen aquellos que representan a la Madre de Dios (Theotokos). Una característica de la ortodoxia oriental durante los últimos siglos ha sido la difusión de los iconos, junto con la teología mística que los sustenta.
La forma de gobierno de estas iglesias ortodoxas se rige por los patriarcados, según la historia y tradición de cada lugar. Aunque hay cierta relación común entre las diversas tradiciones orientales, cada patriarcado es autónomo (autocéfalo), lo que dificulta la realización de sínodos pan-ortodoxos. También son peculiares los ritos y celebraciones, según la cultura y la lengua de los patriarcados. En la actualidad hay quince patriarcados. Los principales son: Constantinopla, Atenas, Moscú, Ucrania, Bulgaria, Rumania, Chipre…

II. Algunos autores modernos de la ortodoxia rusa

Podríamos señalar que existe un cierto vacío teológico en la ortodoxia desde el siglo xvi en adelante. La reflexión teológica oriental no tiene la riqueza y variedad que poseen los cristianos de Occidente. A pesar de todo, reconocemos la riqueza filosófica y teológica de algunos autores ortodoxos rusos del siglo xx, tales como Soloviov, Bulgakov, Evdokimov, Berdyaiev, Florensky, Dostoievski, Caadaev, Loskij. De ellos nos fijaremos solamente en la reflexión teológica y mariana de los tres primeros.
Estos autores supieron establecer una fecunda relación entre filosofía y Palabra de Dios, entre razón y fe, que ha sido de gran fecundidad y motivo de esperanza para el hombre actual.1 Ellos procuran establecer un diálogo entre filosofía y teología para encontrar la verdad a partir de su experiencia de creyentes. Tratan de presentar una teología de la belleza (via pulchritudinis) y de la sabiduría bíblica (sophiologia). Su reflexión parte de la Escritura, de los iconos y de los padres de la Iglesia. Su teología es más apofática (de contemplación silenciosa) que racional; su reflexión trata de conducir más a la mística y la contemplación que a elaborar tratados o defender dogmas.
Los teólogos que presentaremos a continuación mantienen algunas constantes en su manera de ver a María. La consideran a la luz del misterio de la encarnación como la esposa del Cordero y partícipe de la santidad del Paráclito (Espíritu Santo). Ven la redención como una nueva Creación: Cristo es el nuevo Adán y María es la nueva Eva. Cristo es la Sabiduría divina y la imagen visible del Dios invisible. María está situada en el centro de la relación de Cristo, con el Espíritu y con la Iglesia. En ella se hace patente el misterio de la gracia y de la santidad. En su reflexión mariana cobran especial relieve los iconos, considerados como una síntesis de teología y espiritualidad. En realidad, todos los iconos están referidos al misterio de Cristo y tienen un texto bíblico inspirador.
Vladímir Serguéyevich Soloviov (1853-1900) nació en Moscú y murió en la misma ciudad. Fue un importante filósofo, teólogo, poeta y crítico literario ruso. Su abuelo paterno fue sacerdote ortodoxo y profesor de religión; su padre, Serguei Soloviov (1820-1897) fue profesor de historia en la universidad de Moscú, autor de la famosa Historia de Rusia desde la época más antigua en veintinueve volúmenes. La madre, Poliksena procedía de una familia ucraniana. Vladímir fue el cuarto hijo de los doce que tuvieron sus padres. Los primeros años de este pensador, así como su juventud, transcurrieron en Moscú y en la hacienda familiar, cerca de la capital. A los nueve años de edad tuvo la primera visión de una mujer envuelta en un manto azul y dorado que más tarde reconocería como la sabiduría divina (Sancta Sophia).
Entre sus primeras lecturas filosóficas destacan Platón y Spinoza, Kant, Fischer, Hegel, Feuerbach y Eduard von Hartmann. Progresivamente, se produce durante estos años la evolución religiosa que lo llevará de nuevo al cristianismo, aunque muy mezclado inicialmente con especulaciones esotéricas.
En 1873 comienza a trabajar en su disertación magistral “La crisis de la filosofía occidental. Contra los positivistas”, que defiende en San Petersburgo y es publicada en 1874. Durante ese mismo curso académico asiste a las lecciones de la Academia Eclesiástica, donde se inicia en el conocimiento de la patrística y la teología ortodoxa en general, en el neoplatonismo y en la filosofía de Schelling. Con la mencionada disertación magistral se gana el apoyo de los círculos eslavos conservadores y el rechazo de los círculos liberales occidentales, e ingresa como docente en la Universidad de Moscú. En esta época comienza también su producción poética que se prolongará hasta su muerte.
En un segundo período intelectual se vuelve teosófico (1873-1882) y realiza una elaboración especulativa de la idea de la unidad integral de todas las cosas. Los temas básicos de esta integración son la unidad total en la Sophia (Sabiduría) teándrica (unión de lo divino y humano en el cosmos).
Después pasa al período teocrático (1883-1889) y busca la unificación de todas las cosas en la divina humanidad que no puede quedar en una mera idea, sino que ha de realizarse concretamente en la historia, en la carne de las relaciones sociales y políticas de la humanidad. Los temas de la etapa anterior no pierden vigencia, sino que los amplía hacia la praxis social.
En el período teúrgico (1889-1899) considera que la realidad de las escisiones mundanas, trágicamente visible aún y sobre todo en la división de las Iglesias, no parece tener una solución inmediata. Esto impulsa a Soloviov a centrarse principalmente en las realizaciones parciales y particulares de la unidad divino-humana que, a su parecer, tienen lugar en el amor y en el arte (teúrgicamente concebidos).
Finalmente, en el período apocalíptico (1899-1900), el imperativo de la integración unitaria y su conciencia de la imposibilidad de su realización histórica, hace que Soloviov quede convencido cada vez más del carácter escatológico y transhistórico que tiene para el cristianismo la plenitud, así como del combate radical que la Iglesia ha de sobrellevar con tal fin en este mundo contra el espíritu del mal.
Soloviov influyó en los simbolistas e idealistas de la última era soviética, en particular, en Aleksandr Blok y Andrei Bely. También inspiró la filosofía religiosa de Berdiayev, Bulgakov, Florenski y Loski. Por otra parte, su libro El sentido del Amor es una de las fuentes filosóficas de la obra del escritor León Tolstoi La sonata a Kreutzer (1889). Asimismo, en la novela Doctor Zhivago (1957), Boris Pasternak describe a los jóvenes amigos Yuri Zhivago, Misha Gordón y Tonia Gromeko como “una triple alianza nutrida por la lectura y relectura de El sentido del Amor y La sonata a Kreutzer”. También puede sostenerse que Soloviov inspiró a Fiodor Dostoievski para crear el personaje de Alyosha, en su novela Los hermanos Karamazov.
Sus principales obras poéticas son: Tres citas (1898), Versos (1891-1900), Azucena blanca (1893). Entre sus obras filosóficas sobresalen: Crisis de la filosofía occidental (1874), Crítica de principios abstractos (1877-1880) (tesis doctoral), Ciclo de conferencias sobre la humanidad de Dios (1878-1881).
Su mariología se inspira en los padres de la Iglesia. Considera la Creación como la base de todo, pero ve el centro del universo en la Encarnación del Verbo, donde está la presencia de María. Considera al hombre como un microcosmos dentro de la Creación por la Sabiduría divina. María es el corazón de la Iglesia por su santidad. Cristo es la Cabeza, María es el corazón y la Iglesia es el Cuerpo de la Iglesia. El Amor de la Esposa (María y la Iglesia) estaría en relación con la Sabiduría (Cristo).
Serguéi Nikoláievich Bulgakov (1871-1944) nació en Livny, Rusia, el 28 de julio de 1871, y murió en París, Francia, el 12 de julio de 1944. Fue teólogo, filósofo y economista ruso, pero en el año 1922 fue expulsado de su patria, por su oposición al comunismo, en el llamado Barco filosófico junto con Nikolái Berdiáyev y otros intelectuales.
Bulgakov desarrolló su teología sobre la sofiología. La sophia es aquella realidad intermedia entre Dios y la creatura; la presencia de lo divino en la creación. La esencia de la Iglesia es ser el punto de unión entre la sophia divina y la sophia creada. La Iglesia también es Sophia como sinergismo que une el cielo y la tierra. Su visibilidad es sacramental. Las celebraciones de los sacramentos justifican histórica y mistéricamente la existencia de la jerarquía. El Espíritu Santo anima a toda la Iglesia (clero y laicos); solo en su sinfonía Él hace oír su voz y da enseñanzas y directivas; no existen órganos especiales o de signos seguros. Buscarlos sería dar prueba de un “fetichismo eclesiástico”. Cristo es la fuente de la vida y del amor. El Cordero (Cristo) da la vida por amor (Apocalipsis); la Jerusalén celestial (Iglesia) es la unidad de amor entre el Esposo y la Esposa (Apocalipsis 12 y 19; Cantar de los Cantares).
María está inmersa en el Espíritu Santo y puede comunicarnos su vida; ella es pneumatófora. El Espíritu Santo que desciende en la anunciación es el mismo que aparece en la epifanía, en el bautismo de Jesús y en el cenáculo. El mismo Espíritu reposa sobre la Madre, sobre el Hijo y sobre los discípulos. Entre sus obras marianas hay que destacar: El Paráclito. La zarza ardiente: veneración en la ortodoxia de la Madre de Dios.
Paul Evdokimov (1901-1970) nace en San Petersburgo (Rusia). Se educa en el ambiente religioso familiar lleno de valores cristianos en su ciudad natal, hasta que emigró con su familia, por motivos políticos, a raíz de la crisis que se produjo con la revolución bolchevique de 1917. Su familia huyó a Estambul y después a París. Se graduó en la Escuela Militar y cursó estudios de Teología en la Escuela Superior de Teología de Kiev, aunque terminó sus estudios en el Instituto de Teología San Sergio de París (1928). En este Instituto se forjó como uno de los intelectuales ortodoxos más sobresalientes del siglo xx, y fue un discípulo aventajado de Sergéi Bulgakov.
Después de la II Guerra Mundial fue profesor del Instituto San Sergio, donde impartió las materias de Patrística y Teología Sistemática. Su dedicación a los estudios incluyó también la filosofía y literatura. En 1942 se doctoró en Filosofía por la Universidad de Aix-en-Provence (Francia). En 1954 fue nombrado profesor de Teología Moral en el Instituto ruso-ortodoxo de San Sergio, en París, y el propio Instituto le concederá el doctorado en Teología (1962). Sus obras más importantes son: Dostoievski y el problema del mal (1942); El matrimonio, sacramento del amor (1944); Ortodoxia (1959); Gogol y Dostoievski en el descenso a los infiernos (1961); El sacramento del Amor (1962); La oración de la Iglesia (1966), La mujer y la salvación del mundo (1970).
La teología de Evdokimov nace de la experiencia de fe nutrida en la Iglesia ortodoxa. Interpreta la tradición oriental a la luz de la occidental, creando un puente necesario entre ambas culturas. Su pensamiento emerge de su experiencia. Trata de unir la reflexión y la contemplación. En él encontramos al monje y al asceta, al poeta y al filósofo, al escritor y al teólogo.
Con su lenguaje poético manifiesta la presencia del Dios-Amor revelado en Jesucristo. Este estilo metafórico le permite expresar su pensamiento teológico que gravita sobre tres ejes: humanismo, ascesis y arquetipo. Encontramos en el pensador ruso un vivo humanismo cristiano, donde convierte su teología en una búsqueda de la verdad sobre Dios y el hombre que finaliza en la posibilidad humana de participar en la gloria de Dios. Mediante la experiencia de fe podemos pasar de la miseria humana a la felicidad plena de la verdad.
La ascesis se entiende como la vía del conocimiento divino por medio del ejercicio de la voluntad humana. Gracias a la vida ascética, el cristiano se convierte en un monje en el mundo moderno. El cristiano asceta responde vivamente al ateísmo de nuestro tiempo. El ser humano se encuentra consigo mismo, con la ascesis de sus facultades. De este modo se halla capacitado para luchar contra el mal que le envuelve, en profunda compenetración con el bien.
El arquetipo de la vida cristiana, sin duda alguna, es Cristo. La naturaleza humana, dignificada con la presencia de Cristo, hace que el ser humano posea a Cristo como verdadero y único arquetipo de su vida. Frente a las filosofías mecanicistas y materialistas, que atomizan y destruyen la unidad del ser humano, está convencido de que el hombre actual debe vivir de cara al arquetipo de Cristo. Sin Él la vida es impersonal, vacía y árida, repetición de acontecimientos sin sentido alguno.
Podemos catalogar a Evdokimov como el personalista ortodoxo por excelencia del siglo xx. Su preocupación por la persona humana se hace patente en sus escritos en los que refleja la tradición oriental y los datos de la ciencia psicológica. Considera al hombre como ser transcendente que no debe aislarse de la religión para decidir su destino. Transmite en sus escritos la esperanza de la victoria divina de la resurrección de Cristo. Tal como insinúa Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “El infierno y el paraíso no son una indemnización, un castigo o un premio, sino calificaciones de la vida que el hombre mismo crea y con la que prepara su destino”.
Su doctrina mariana se remonta a Gregorio Palamas. Ve a María como la mujer toda santa, totalmente llena del Espíritu Santo. Ella es portadora del Espíritu Santo que ha modelado en su seno al Arquetipo del género humano (Cristo), porque por su encarnación el hombre alcanza la plenitud y puede llegar a la santidad que procede del Espíritu.

Conclusiones sobre la patrística  y tradición mariana oriental

En síntesis, podemos señalar las siguientes características teológicas y marianas propias de la tradición oriental en las Iglesias ortodoxas.
1. La deificación del hombre: Dios ama al ser humano plasmado a imagen del Verbo. Esta naturaleza, desde la libertad, ofrece a Dios una Madre-Virgen. En María, la naturaleza humana ha llegado a la Sabiduría original de Dios. María acoge la Palabra en el misterio de la encarnación. La Palabra de Dios crea el cosmos y el hombre, pero el Sí libre de María hace posible que el Verbo se haga carne.
2. El Verbo encarnado es arquetipo del ser humano. Cristo es el Hijo de Dios y el Hombre verdadero. La encarnación es el centro de la historia: Jesús es el Hijo de Dios y el Hijo de María. La plenitud humana radica en llegar a ser su imagen (alter Christi). María, Madre de Jesús, es Theotokos.
3. La Creación es punto obligado de referencia. En la teología oriental la encarnación y la redención tienen su base en la creación. María es la Nueva Eva porque permitió la unión perfecta de Dios y el hombre. El género humano alcanza en ella la esencia más genuina y la libertad más perfecta. En la óptica oriental, la Creación y la Encarnación son los ejes teológicos del misterio de Cristo. Por su parte, María establece con su fiat en la Anunciación una estrecha relación con el fiat de Dios en la Creación. En el inicio Dios hizo el mundo y el hombre; en la nueva Creación, por el “hágase” de María, Dios se hizo carne y el hombre es divinizado.
4. Espiritualidad de la configuración con Cristo por el Espíritu que habita en nosotros. Lo importante para el cristiano es la vida en Cristo por la conversión, por los sacramentos y por la caridad. Cristo es la fuerza de Dios en la Creación y en la Encarnación. Cristo es el único mediador de la gracia y el don total de Dios a los hombres. María está junto a él como signo de la Iglesia y de la salvación.
5. Relación de María con la Santísima Trinidad. El Padre engendra al Hijo y María concibió en su seno el Verbo encarnado, según la humanidad. María concibe por la fe; el Padre engendra por el amor y la misericordia. En su relación con el Hijo, María es la Madre y está plenamente unida a él en el cuerpo, la mente, la voluntad y el espíritu. Por eso, la Virgen-Madre está orientada en todo según la voluntad divina. María se relaciona con el Espíritu Santo porque ambos son fuente de vida. María es templo, arca y santuario vivo del Espíritu.
6. Relación de María con la Iglesia y la humanidad. María es nuestra Madre espiritual por don de Dios y por su unión con Cristo y con el Espíritu. María es imagen de la Iglesia porque ambas engendran a Cristo en nosotros por medio del bautismo, de los sacramentos y de las virtudes teologales.
7. La sofiología como camino para alcanzar la belleza y la verdad. La sofiología busca penetrar en los misterios de Dios a partir de la contemplación de la vida y las creaturas desde el corazón. El Espíritu está presente en la Creación y en la Encarnación y es la fuente de gracia y santidad. María, como la Madre de Dios, es la realización plena del Espíritu, imagen de la Iglesia, fuente para alcanzar la verdad, la belleza y la sabiduría.
8. El nombre de Theotokos. La maternidad divina está íntimamente relacionada con el misterio de la encarnación. María, la toda santa, está junto a la cruz como figura de esposa y madre, como signo de discípula dentro de la Iglesia. La Virgen del signo (Isaías) nos remite a la maternidad divina; la Virgen orante tiene siempre al Hijo en su corazón.

Paul Evdokimov
Paul Evdokimov

9. La perpetua virginidad está representada en los iconos orientales por las tres estrellas en la frente y en los hombros de María. Es signo de la fidelidad de María y de su entrega total a Dios, mujer y madre incorrupta, siempre virgen, llena del Espíritu Santo. Ella, al escuchar la Palabra concibe al Hijo; al abrazar la virginidad queda habitada por el Espíritu y se mantiene en su presencia.
10. Iconografía y contemplación como camino de espiritualidad. La teología oriental siempre está acompañada por la liturgia, la sagrada Escritura y los iconos. Esta riqueza espiritual de Oriente ha sido difundida también en las comunidades cristianas de Occidente y es un camino para el diálogo ecuménico, la reflexión y la contemplación.

Epílogo
Con este tema damos por concluida la presentación de la tradición mariana ortodoxa. Como afirmaba el Papa san Juan Pablo II, la Iglesia respira con dos pulmones: Oriente y Occidente. En relación con la tradición mariana hemos visto la riqueza espiritual y la veneración de los ortodoxos hacia María. Hemos hecho el recorrido de los padres orientales hasta el siglo ix, y también hemos visto algunos autores de la tradición mariana oriental que escribieron en el medioevo y en la modernidad. En total, han sido once artículos de apretada síntesis sobre la teología mariana oriental. Proseguiremos la presentación de autores occidentales (padres y teólogos) representativos de la teología y de la veneración a María en la Iglesia de Occidente.
Agradezco a los lectores que me animan a seguir escribiendo sobre María. Esta sección mariana en la revista Palabra Nueva indica que la Santísima Virgen María es importante en la pastoral de nuestra arquidiócesis. Durante más de diez años han aparecido unos ochenta artículos marianos desde variadas ópticas: bíblica, patrística, magisterial, espiritual, pastoral. Espero poder seguir escribiendo, lo que para mí es un privilegio y un gesto devocional hacia la Madre de Dios. Ω

Nota
1 Cf. Juan Pablo II: Fides et ratio, 74.

 

29 Comments

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