Tradición mariana occidental (siglos X-XII)

Por: Hno. Jesús Bayo Mayor, FMS

virgen-maria

Entre los teólogos y autores espirituales de estos siglos, el más importante mariólogo fue san Bernardo de Claraval. Los demás escritores místicos también hablaron de María, pero incluyeron sus discursos en la globalidad de su teología. Considero que los teólogos, santos y místicos que hicieron los aportes marianos más relevantes son: san Anselmo, Hugo de San Víctor, santa Hildegarda y san Bernardo.

Anselmo de Canterbury (1033-1109)
Nació en Aosta, norte de Italia y murió como arzobispo de Canterbury (Gran Bretaña). Fue abad en el monasterio benedictino de Santa María de Bec (Normandía) al que había ingresado en 1060 y donde fue discípulo de Lanfranco de Canterbury. En 1078 fue elegido abad de dicho monasterio. Después de morir Lanfranco en 1089, Anselmo ocuparía la sede episcopal vacante, a partir de 1093, cuando fue nombrado arzobispo de Canterbury, y en donde murió rodeado de monjes en el año 1109. Fue canonizado en 1494, y sería proclamado doctor de la Iglesia en 1720 por el Papa Clemente XI. Su fiesta se celebra el 21 de abril.
Como filósofo es considerado uno de los padres de la escolástica. Sus escritos de teología son recordados por el “argumento ontológico sobre la existencia de Dios”. Anselmo define a Dios como “el Ser más grande que pueda ser pensado”. Y argumentó: “ese Ser existe en la mente de toda persona pensante”. Por su teología ontológica y su metafísica es considerado precursor de santo Tomás de Aquino.
Su formación filosófica y teológica era agustiniana, pero buscaba dar razón de la fe recibida por la revelación. No pretendía rechazar ni cambiar los dogmas de la fe, sino pensar sobre ellos para explicar lo que se pueda comprender. Invita a desear a Dios, de manera que al desearle se le busque, buscando se le desee, amando se le encuentre en el amor y hallándole se le ame (cf. Proslogion, 1). Anselmo no puede dar respuesta a todas las preguntas de la mente humana sobre Dios, pero no pretende demarcar exactamente los campos de teología y teodicea, sino pensar algunos aspectos sobre la fe y explicarla a sus discípulos para que busquen y amen a Dios.
Además de su gran obra Proslogion, escribió numerosos sermones, muchos de ellos sobre la Virgen María, por lo cual es reconocido como teólogo mariano. Fue defensor de la Inmaculada Concepción de María. En el Sermón 52 hace el siguiente elogio de la Purísima, por su plenitud de gracia:

“¡Oh mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda a la creación entera y la hace reverdecer! ¡Oh Virgen bendita, bendita por encima de todo, por tu bendición queda bendita toda criatura, no solo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura!
”Dios entregó a María su propio Hijo, el único igual a él, a quien engendra de su corazón como amándose a sí mismo, para que realmente fuese uno y él mismo el Hijo de Dios y de María. Todo lo que nace es criatura de Dios, y Dios nace de María. Dios creó todas las cosas, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo mediante María; y, de este modo, volvió a hacer todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada no quiso rehacer sin María lo que había sido manchado.
”Dios es, pues, el padre de las cosas creadas; y María es la madre de las cosas recreadas. Dios es el padre a quien se debe la constitución del mundo; y María es la madre a quien se debe su restauración. Pues Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho, y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada existe, y María dio a luz a aquel sin el cual nada subsiste”.1

Hugo de San Víctor (c. 1096-1141)
Nació en Sajonia, donde se educó en la orden agustina de Hamersleben. Hacia 1115 pasó a la escuela de San Víctor en París, que había sido fundada por Guillermo de Champeaux en 1108. En esta abadía llegaría a ser canónigo, maestro y prior. Sus escritos alcanzaron una fama similar a los de san Bernardo.
Hugo fue el iniciador del misticismo en la escuela teológica de San Víctor, proseguido por sus discípulos Andrés y Ricardo. Es un misticismo prudente, basado en la teología y en la autoridad de los padres de la Iglesia, frente a la tendencia racionalista de Roscelino y Pedro Abelardo. Fue maestro en la escuela de San Víctor, y en 1133 fue elegido prior de la abadía, donde murió en 1141.
Es un maestro que realiza la síntesis entre filosofía, teología y mística en busca de la Verdad. En su obra filosófica Didascalion trató de compilar todo el saber sagrado y profano de su tiempo. También escribió obras teológicas, un comentario a la jerarquía celeste del Pseudo-Dionisio y otros tratados sobre mística.
Los estudios en la escuela de San Víctor tenían su base en las artes liberales (trivium y quadrivium), su centro era la filosofía y su cúspide la teología mística. Hugo considera el saber humano, las ciencias y la filosofía, como medios para acercarse a Dios. Cree que los tesoros de la Sabiduría y la Palabra (Cristo) son guardados en el Arca espiritual. El arca sagrada es la Iglesia, y es María, a quien reverencia en sus tratados místicos.

Hildegarda de Bingen (1098-1179)
Nació en Bermersheim, Renania, en el año 1098. Es una de las pocas mujeres escritoras del medievo sobre mística y profecía, música y medicina. Es conocida como la Sibila del Rin, porque su monasterio fue foco de irradiación cultural en toda la comarca renana. De ella se conservan libros espirituales, numerosas cartas, textos científicos y obras poéticas que comprenden más de setenta poemas y cánticos.
Fue una extraordinaria mujer de su época, que se destacó por su ciencia y santidad. Su vasta cultura y la influencia de sus escritos la hicieron merecedora del respeto y de la admiración tanto de los nobles como de la gente sencilla. Mantuvo correspondencia con Bernardo de Claraval y con otros personajes ilustres de su tiempo, como el emperador Federico Barbarroja. La devoción del pueblo la canonizó y elevó a los altares. Fue proclamada doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, coterráneo suyo, el año 2010 junto al maestro y sacerdote español san Juan de Ávila.
En el contexto medieval de su tiempo, la única forma que tenían las mujeres para acceder a la educación y la cultura era ingresar a un monasterio. Esto explica que, a los ocho años de edad, fuera llevada por sus padres al monasterio benedictino de Disibodemberg donde fue educada en la piedad y en las ciencias, y donde profesó los votos monásticos.
Allí mismo, en el año 1128, fue elegida abadesa, a pesar de su juventud. Fue nombrada para este cargo cuando contaba solo treinta años de edad por la admiración y el respeto que le profesaban sus compañeras. En el año 1147 fundó un nuevo monasterio en el Rupertsberg, cerca de Bingen. Hacia 1165 creó el monasterio filial de Eibingen, cerca de Rudesheim. Esta santa y sabia abadesa murió el 17 de diciembre de 1179.
Sus escritos más importantes sobre mística son: Sci Vias (conoce los caminos del Señor), Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida), Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas). Para sus hermanas de monasterio compuso: Carmina (poemas), Symphonica caelistium revelationum (Sinfonía de revelaciones celestiales). También escribió más de trescientas cartas, entre las que se encuentran algunas a Bernardo de Claraval.
Su inspiración benedictina participa de la reforma cisterciense. Los temas preferidos de sus escritos místicos son: las bodas con Cristo (amor cortés) y la plenitud en Dios (amor místico), la humildad, la pobreza y la sencillez, el sentido del concreto de las cosas y el amor al prójimo que es la caridad. Es una mujer teóloga de la historia, vidente de su tiempo para transmitir la voz de Dios a su pueblo. Fue muy apreciada como consejera, conocida ya en vida como “prophetissa teutónica”, pero en el transcurso de la Edad Media no tuvo mucha influencia. Se divulgó su obra cuando sus escritos fueron rescatados a finales del siglo xix y durante el siglo xx.
Su “amor cortés” se inspira en los comentarios al Cantar de los Cantares que escribió san Bernardo. La esposa siempre es el alma que tiene sed de amor, sed de Dios. Es la mística nupcial, el amor hacia lo esencial que no renuncia a las acciones ni al compromiso temporal, sino que todo lo refiere a Dios y en él se sumerge. La mística y la poesía con la que suele expresarse se refieren siempre al amor divino. En su doctrina mariana se identifica con las analogías y comentarios marianos de san Bernardo.

San Bernardo de Claraval (1090-1153)
Nació en Fontaines, Borgoña, Francia. A los veintidós años ingresó con otros jóvenes de la nobleza en el monasterio del Císter, que había sido fundado por Roberto de Molesmes (1029-1111), con el fin de reformar la vida monástica benedictina de Cluny. Bernardo murió el 20 de agosto de 1153 en Claraval, como fiel abad devoto de María. Fue canonizado por el Papa Alejandro III en 1174, y proclamado doctor de la Iglesia por el Papa Pío VIII en 1830. Es conocido como doctor mariano y como doctor melifluo en consideración a su devoción mariana, elocuencia y dulzura.
En 1115 es enviado desde el Císter para fundar un nuevo monasterio en Clair-Vaux (Claraval o Valle Claro). En 1119 el papa Calixto II aprueba las constituciones de la estricta observancia benedictina propuestas por san Bernardo. En 1139 asistió al II Concilio de Letrán. Ese mismo año escribió al polemista Pedro Abelardo (1079-1142) para que se retractase de sus errores racionalistas. Al mismo tiempo, escribió al Papa Inocencio II (carta 192) señalando los errores teológicos de Abelardo, quien pretendía conciliar las exigencias de la fe con las deducciones de la razón y con la percepción del sentimiento. San Bernardo criticó a Pedro Abelardo acusándole de estar confundido por su dialéctica contradictoria.2
Bernardo fue un renovador de la Iglesia en su tiempo: difundió la arquitectura gótica por Europa junto con la ascética y la espiritualidad de los cistercienses o benedictinos de la estricta observancia. Influyó no solo en la teología y la espiritualidad de su tiempo, sino en la política y en la sociedad entera, porque fue consejero de papas y reyes.
Formuló los principios básicos de la teología mística, inspirándose en los padres de la Iglesia y en san Pablo. Busca el conocimiento y unión con Dios por medio de las Sagradas Escrituras, los Padres de la Iglesia, la autoridad de los teólogos y la propia experiencia religiosa. Piensa que el hombre está llamado a elevarse desde el pecado hasta la unión mística con Dios, lo que formula en su tratado Sobre el amor de Dios. Consideraba a san Ambrosio y san Agustín como columnas de la fe eclesial.
Creía que la filosofía y sus especulaciones dialécticas son estériles, por lo cual se mostró firme opositor contra Abelardo. Despreciaba las elucubraciones de Platón y Aristóteles, aunque tenía una concepción neoplatónica del alma humana, creada a imagen de Dios y destinada a la unión perfecta con Él. Esto se explica por el influjo que ejerció sobre él la filosofía y la teología de san Agustín.
Fue un autor fecundo que escribió muchos tratados, sermones y cartas, por lo cual, algunos lo consideran como el último de los padres latinos. Sus obras fueron recogidas por Jacques Paul Migne en Patrología latina; están traducidas al español y compiladas en la edición bilingüe de la Biblioteca de Autores Cristianos.3
San Bernardo es un gran devoto y cantor de la Virgen-Madre. Sus textos marianos están escritos en latín con estilo refinado. Dante, autor de la Divina Comedia, le sitúa en el Paraíso como un guía seguro que conduce hasta María y presenta a la Reina celestial.
Escribió por devoción el tratado En alabanza de la Virgen Madre de gran belleza y sensibilidad.4 También escribió Homilías sobre las fiestas de la Natividad, la Anunciación, la Purificación, la Asunción. Comentó diversos textos del Nuevo Testamento que hablan sobre María, en particular sobre el Apocalipsis y el Cantar de los Cantares. El comentario exhaustivo, en forma de sermones, del Cantar de los Cantares, es considerado su mejor escrito, por su arte literario y profundidad espiritual, con sentido místico.
El contenido de su obra mariana más difundida y popular, En alabanza de la Virgen Madre, consta de cuatro homilías, a partir del pasaje de la Anunciación en el Evangelio según san Lucas (cf. Lc 1.26-38). En el prólogo y en el epílogo de su obra, Bernardo señala que ha escrito por devoción a la Virgen María, para desahogar sus íntimos sentimientos. La devoción mariana de san Bernardo se nutre de la Sagrada Escritura y de la espiritualidad monástica.
El objetivo que se propone con este opúsculo mariano es: “redactar algo en alabanza de la Virgen Madre siguiendo el relato evangélico que nos cuenta la historia de la Anunciación del Señor, descrita por Lucas” (“Introducción”).

“Con todo, los que me acusen de que mis comentarios son ociosos e innecesarios sepan que no he pretendido disertar sobre el Evangelio, sino simplemente partir del Evangelio para desahogarme de mis sentimientos íntimos” (“Conclusión”).

En la primera de las homilías de este tratado mariano, san Bernardo comienza preguntándose:

“¿Qué pretendía el evangelista al enumerar aquí tan concretamente hasta los detalles de tantos nombres propios? En mi opinión, evitar que escucháramos sin la debida atención lo que él quiso narrar con tanto énfasis. Efectivamente, menciona al mensajero a quien se envía, al Señor por quien es enviado, a la Virgen a quien se le envía e incluso al esposo de la Virgen, registrando también la estirpe, el pueblo y la región de ambos. Aquí subyace una intencionalidad. ¿O crees que todos estos pormenores son superfluos? De ninguna manera” (Homilía I, 1).

Además del tratado sobre La Virgen Madre, san Bernardo escribió sermones con motivo de las fiestas marianas y comentarios a textos bíblicos referidos a María. Algunos de los sermones más famosos son con motivo de la Natividad de María, de la Anunciación, de la Purificación, de la Asunción y de la Octava de la Asunción.
Para finalizar, recordamos la tradicional oración mariana que reza el pueblo cristiano, y es conocida como Memorare y “oración de san Bernardo” porque se atribuye a este santo.

“Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén”.5 Ω

Notas
1 San Anselmo: Sermón 52, Liturgia de las Horas I, Barcelona, Coeditores litúrgicos, 1979, 1016-1017; cf. Patrología latina, 158, pp. 955-956.
2 Cf. San Bernardo: Obras completas II, Madrid, BAC 452, 1994, pp. 525-571.
3 Cf. Edición crítica bilingüe de la BAC en ocho volúmenes.
4 Cf. Bernardo de Claraval: Obras completas (edición bilingüe) (II), Madrid, BAC 452, 1994, pp. 597-679; La Virgen Madre, Madrid, Rialp, 1987, pp. 15-100; edición latina en Migne: Patrología latina, 183, pp. 55-78.
5 Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, Bilbao, Coeditores del Catecismo, 2005, p. 222.

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