Ética y sociedad en los aforismos de Luz y Caballero

Por Dr. Roberto Méndez Martínez

José de la Luz y Caballero (1800-1862)
José de la Luz y Caballero (1800-1862)
José de la Luz y Caballero (1800-1862)

José de la Luz y Caballero (1800-1862) nació en el momento en que se iniciaba el siglo xix. Su fecunda existencia se extiende por poco más de seis décadas que son claves para la conformación de una cultura e identidad cubanas y que prepararán, pocos años después, el inicio de la primera de nuestras guerras de independencia. No poco contribuirá él con este crecimiento espiritual.
Vino al mundo en el seno de una familia econó-micamente muy solvente y esto implicó ya un desafío moral: por una parte, pudo dedicarse a la vida intelectual sin preocupaciones, adquirir libros, viajar, ser independiente; por otra, eso fue una especie de marca de nacimiento que le impidió mostrarse radical con ciertos problemas como la esclavitud o la necesidad de romper las ataduras de España. En Luz hay siempre una altura ética en la confrontación con la realidad, sin embargo, como muchos de sus coetáneos intelectuales, teme quebrar el delicado equilibrio entre el poder español y sus estrechos colaboradores, los hacendados criollos. Considera como un mal la esclavitud, pero teme, como otros de su clase, echar por tierra las riquezas de la Isla y no le es grata la idea de una revolución, frente a ella prefiere los cambios evolutivos, las reformas. Él educa a los privilegiados para que sean honestos, justos, laboriosos, amigos de la verdad. Varios de ellos, al salir de las aulas de El Salvador, comprendieron que para ser coherentes con estas ideas había que abogar por la independencia y dieron ese paso que no se atrevió a dar su maestro.
Martí le dedicó un artículo en Patria donde le llama “silencioso fundador” y destaca “que de la piedad que regó en vida, ha creado desde su sepulcro, entre los hijos más puros de Cuba, una religión natural y bella, que en sus formas se acomoda a la razón nueva del hombre, y en el bálsamo de su espíritu a la llaga y soberbia de la sociedad cubana; él, el padre, es desconocido sin razón por los que no tienen ojos con que verlo, y negado a veces por sus propios hijos”.1
Hay un Luz juvenil, prometedor y valioso, erudito, gran polemista, que ha sabido aprovechar el apoyo de su tío y mentor José Agustín Caballero, tanto como las lecciones de Varela en el Seminario. Es el hombre que emprende un viaje educativo por el mundo en 1830 y en París va a las aulas a escuchar las lecciones del naturalista Georges Cuvier, autor de la “teoría de los cataclismos”, y las del historiador Jules Michelet. Hasta Escocia se fue para visitar en su castillo a su admirado novelista Walter Scott y se afirma que este, tras conversar unos minutos con él, le pregunta: “¿Con cuál de los sabios de Europa tengo el honor de hablar?”.
No es un hombre que atienda al halago fácil, ni que cultive la superficialidad. Así lo demuestra, de regreso a la patria en 1831, cuando se vuelca en sus empeños educativos: desde el seno de la Sociedad Patriótica procura reformar la enseñanza, demuestra sus propósitos impartiendo clases en dos aulas, elaborando un libro de lectura, así como los planes del Colegio San Cristóbal o de Carraguao, sostenido por aquella corporación y que él dirigió por un tiempo. También abogó por un Instituto Cubano –inspirado en el Instituto de Francia como estaba constituido en su tiempo– donde se enseñaran ciencias y lenguas modernas. Eso no le impidió obtener un título de Leyes, dirigir la Sociedad Patriótica, desempeñar una cátedra de Filosofía en el Convento de San Francisco.
Por esos años sostiene varias polémicas de tema filosófico, es especialmente importante la desatada en 1839 en torno al pensamiento de Víctor Cousin (1792-1862), filósofo espiritualista, padre de la Escuela ecléctica, con los hermanos Manuel y José Zacarías González del Valle. La controversia, que desde afuera parecía un derroche de erudición bizantina, en realidad traducía serios problemas sociales y culturales. La economía azucarera sufría la crisis del sistema de plantación, a la baja coyuntural de los precios del azúcar en el mercado mundial se unían los altos precios de los esclavos, sobre todo por la activa labor antitratista de Inglaterra. Los antiguos discípulos de Varela temían por sus fortunas, la élite intelectual buscaba sustento en una filosofía que permitiera, bajo la apariencia de un alto vuelo espiritual, sostener el orden injusto de la colonia.
Cousin, que por esos años accedía al puesto de Consejero de Estado y luego Ministro de Educación de Luis Felipe de Orleans, el Rey burgués, tenía una actitud que recuerda a ciertos posmodernos de hoy, según él, todo lo necesario en la filosofía estaba creado, bastaba con conciliar las ideas de Hegel con las de Descartes, Bacon y alguno más, para edificar una filosofía perenne. La consecuencia de esto era no solo anular las reflexiones originales y revolucionarias, sino aceptar que el estado social de las cosas era justamente el deseable, con un ingenuo o interesado “optimismo histórico”. Los cousinistas cubanos, por extensión, estaban libres de actuar como Hegel respecto al imperio prusiano o Cousin frente a la monarquía francesa apoyada por los banqueros. Para ellos, las plantaciones esclavistas eran prácticas, racionales y hasta expre-siones del Espíritu Absoluto. Comprendiendo estas sinrazones, Luz sostuvo aquella contienda en la que puso todo su intelecto y llegó a deteriorar su salud. Calificó al eclecticismo como “negocio de política, con capa de filosofía, nada más”.2 Él, miembro de lo que llamaba “la juventud liberal”, no pudo desarraigar esas ideas, pero sus programas de enseñanza tendrán un especial énfasis en hacer razonar a los alumnos y en educarlos a profundidad desde el punto de vista ético.
A este joven e impetuoso intelectual le sucederá un hombre maduro todavía más valioso, que será el más recordado por la historia. Ese que en 1844 se entera en París que ha sido acusado de ser uno de los promotores de la mal llamada Conspiración de La Escalera, y, a diferencia de Domingo del Monte, regresa, para responder personalmente a las acusaciones y ser exculpado, aunque los riesgos de la prisión y el asesinato judicial eran más que notorios.
Es ese mismo el que en 1848 abre su propio Colegio El Salvador, que dirigirá hasta su muerte. Allí pone en práctica su método explicativo, que exige la participación activa de los alumnos. Él sabía que no todos los profesores del centro estaban al mismo nivel, pero él procuraba rematar esa educación con las pláticas que dirigía, en las que la enseñanza ética y el libre debate de ideas eran los puntales del encuentro. Así lo describirá, años después, uno de los discípulos, Manuel Sanguily:
“Durante algún tiempo los sábados de cada semana fueron días consagrados a las pláticas. Todos los bancos de las clases y cuantos asientos podían haberse, se colocaban con orden y simetría alrededor de una silla de madera pintada de negro, que quedaba en el centro. A la una de la tarde, alumnos y profesores, y a menudo personas extrañas al establecimiento, ocupaban aquel lugar con ansiedad y contento. Poco después, y en medio del más completo silencio, el maestro se acercaba despacio, recogido en grave meditación y trayendo en la mano algún volumen: comúnmente, uno en cuarta mayor, de pasta holandesa oscura, muy sobrecargado de marcas: eran las epístolas de su amigo, el grande y admirable san Pablo. Sentábase apenas al borde de la silla, así leía un trozo del libro y comenzaba su plática, que era siempre un comentario lleno de unción de las palabras del texto […] Muy pequeño era yo cuando, confundido entre mis compañeros, asistía también a aquellas conferencias que seguramente no podía entender; pero de las que he conservado la impresión general, la imagen palpitante, el cuadro vivo y animado: un hermoso grupo apostólico, multitud de niños y de hombres, de pie unos, sentados muchos, fija la mirada, absortos, silenciosos, y en medio de todos, el anciano como un padre entre sus hijos, como el patriarca entre la tribu, con ademán inspirado, brillantísimos los ojos negros, y su palabra robusta extendiéndose vibrante por las desiertas galerías”.3

José de la Luz y Caballero (1800-1862)
José de la Luz y Caballero (1800-1862)

La herencia de Luz, más que por sus elencos pedagógicos y artículos filosóficos, nos ha llegado por esos aforismos que en el pasado sabían de memoria muchos maestros y aun gente de mínima cultura. Ellos eran la expresión de una sabiduría que debía arraigar hondo en la escuela cubana.
En su pensamiento maduro hay una conciliación de la filosofía clásica con elementos del cristianismo: “Para mí el estoicismo, para el prójimo el cristianismo: bien que todo lo bueno del estoicismo se transfundió en el cristianismo”.4 Luz no rechaza la religión, solo que parece distanciarse de la credulidad ingenua, de las prácticas populares para asociarla con el ejercicio de la razón: “El ejercicio del pensamiento, el culto más aceptable a la Divinidad”.5
La ética de Luz no es abstracta, ni se nutre solo de máximas generalidades, sino que fija la vista en los grandes problemas sociales, aun cuando no pueda aportar una solución para ellos, es el caso de la esclavitud: “En la cuestión de los negros, lo menos negro es el negro”,6 y también: “La introducción de negros en Cuba es nuestro verdadero pecado original, tanto más cuanto que pagarán justos por pecadores. Pero justo es también que los miembros de la sociedad sean solidarios y mancomunados en esa deuda, cuando ninguno de ellos está exento de complicidad”.7
Frente al despotismo colonial, reclama la libertad, pero una libertad ilustrada:
“La libertad, el alma del cuerpo social.
”La libertad, el fiat del mundo moral.
”Única panacea para restañar y cicatrizar las heridas que ella misma (su abuso, la licencia) u otras causas, infieren a la sociedad.
”Absoluta es menester que sea, y esta es la tendencia de la humanidad. No quiero más freno que la religión y la razón; incluyendo en este el de la autoridad”.8

Ante la doblez social, el educador reclama el respeto a la verdad, única garantía de haber llegado a la madurez moral: “Solo la verdad nos pondrá la toga viril”,9 como frente a la pereza, a la ociosidad que comparten las clases afortunadas con los marginales, elogia el poder de la voluntad: “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor y la electricidad: la voluntad”.10
El maestro quiere reformar la sociedad a partir de la educación, corregir a una clase egoísta y pragmática, para volverla hacia la verdad y el bien, por eso enuncia: “Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida”.11 De ahí que deje a un lado la labor pública del polemista para consagrarse al magisterio como un mandato religioso. Su pensamiento resulta muy moderno cuando muestra que más que la sabiduría libresca importa el testimonio de vida: “Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo”.12
Otro gran pedagogo cubano, sucesor suyo, Enrique José Varona, elogió a Luz y Caballero en 1882 con estas palabras:

“Descender de la altura serena de las meditaciones que tanto amaba, quitar la vista del sol fulgente de la verdad que iluminaba su espíritu, y bajar hasta los humildes, habituarse a la oscuridad, mezclarse con lo impuro –aquella alma inmaculada– y todo para hacer luz, para limpiar amorosamente, para elevar hasta sí, para enaltecer, para engrandecer. ¿No es esto educar en la más amplia y hermosa acepción del término?”.13

Luz expira en La Habana en 1862, rodeado por sus discípulos, su entierro fue una multitudinaria manifestación de duelo que preocupó a las autoridades españolas. De algún modo, con él se cerraban los tiempos del liberalismo moral y progresista y se abrían los de la insurrección separatista. Lo había advertido Luz cuando afirmó: “Todo en mí fue, y en mi patria será”.14
Hoy Luz está en nuestros libros de historia, tiene monumentos en mármol o en bronce. Es un clásico. Pero, lamentablemente, su presencia no se prodiga en nuestras escuelas. Es, si acaso, parte de una asignatura, una página a la que siguen otras, pero nunca ha sido tan urgente que cuando hay tantos desafíos en nuestra sociedad, uno de los cuales es un progresivo pragmatismo, más torpe que el de Cousin, que su magisterio impregne la formación de los más jóvenes. Sus ideas, en lo mucho que tienen de vivas, deben estar en los labios y el corazón de todos. Toca a los pedagogos decidir cómo y cuándo conviene hacerlo.
Quiero concluir con aquellas palabras que, muy cerca del final de su existencia, en diciembre de 1861, pronunciara en un acto de su colegio y que todos deberíamos aprender para guiar nuestra existencia cotidiana: “Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”.15 Ω

Notas
1José Martí: “José de la Luz y Caballero”, en Obras completas, t. 5, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 272.
2 Citado por Medardo Vitier: La filosofía en Cuba, México, Fondo de Cultura Económica, 1948, p. 119.
3 Manuel Sanguily: José de la Luz y Caballero. Estudio crítico, La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1962, pp. 171-172.
4 José de la Luz y Caballero: Religión (XIII), en Obras completas, volumen primero, La Habana, La Propaganda Literaria, 1890, p. 30.Todas las citas de este autor han sido tomadas del mismo volumen.
5 José de la Luz y Caballero: Religión (XI), p. 30.
6 José de la Luz y Caballero: La Esclavitud (CXIII), p. 65.
7 José de la Luz y Caballero: La Esclavitud (CXV), p. 65.
8 José de la Luz y Caballero: Libertad y Tiranía (CXX), p. 68.
9 José de la Luz y Caballero: Miscelánea (CCXII), p. 105. Luz lo formuló originalmente en latín: Veritate sola nobis imponetur virilis toga.
10 José de la Luz y Caballero: Miscelánea (CCXXV), p. 108.
11 José de la Luz y Caballero: Enseñanza y Educación (LXXXIX), p. 55.
12 José de la Luz y Caballero: Enseñanza y Educación (XCII), p. 56.
13 Enrique José Varona: “Elogio de D. José de la Luz y Caballero” (1882), en sus Estudios y conferencias, La Habana, 1936. Citado por Medardo Vitier: La filosofía en Cuba, ed. cit. en nota 2, p. 85.
14 José de la Luz y Caballero: Miscelánea (CCXCVI), p. 121.
15 José de la Luz y Caballero: Miscelánea (CCCXXXII), p. 127.

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