Anda por el cine Luis Beiro Álvarez

Por: Daniel Céspedes

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El cubano radicado en la República Dominicana Luis Beiro Álvarez asegura en su más reciente libro La pantalla al revés: “Una película no es buena o mala de por sí. Su importancia tiene que ver con el impacto y el poder de permanencia que provoca en sus espectadores”.1 Según lo anterior, los códigos cinematográficos parecieran pasar a un segundo plano. Importa que una película sea acogida por el público. Pero, ¿de qué depende en realidad su trascendencia? ¿No se estará sobrevalorando un resultado? La cita la ha escrito Beiro a propósito de la impactante serie estadounidense The Walking Dead, a la que le reconoce, con total acierto, osadías y advertencias éticas.
El impacto y el poder de permanencia del séptimo arte –o de cualquier audiovisual respetable– están mediados, en primer lugar, por la libertad y disposición de los códigos que, amén de recordar que el cine fue en sus inicios espectáculo de feria y después arte, responde a unas convenciones técnico-formales que lo particularizan cual arte, técnica y sistema comunicable. De lo contrario, Beiro no hubiera reconocido también que “el cine no es un elemento alegre que se hace posible por los engranajes de la inspiración”2 o “Cuando una obra es arte auténtico, enciende el debate entre cinéfilos de diversas latitudes”,3 debate de cinéfilos entrenados o especializados en la recepción, sin subestimar. Tampoco se olvide la desatención o el menosprecio de conocedores hacia algunas obras del séptimo arte. Beiro tiene a bien registrar:

“El cine no solo es pensamiento y acción, sino también técnica. Una técnica que produce dinero, como todas las técnicas. Un arte depurado, integrador de manifestaciones que no pueden circunscribirse al estrecho marco de una industria, aunque debe de marchar en consonancia con ella por múltiples razones extracinematográficas”.4

Conocedor de la grande y pequeña pantalla, el autor ha sido capaz de bosquejar temas tanto inherentes al propio acto fílmico como los que luego son asimilados o conquistados por la magia e imperio audiovisual del mismo.
A primera vista, el conjunto es de una promiscuidad fragmentaria. Ahora, al reunir pasajes temáticos por capítulos se le confiere una organización interna nada trivial. ¿Qué lo respalda? La escritura espontánea y amena de quien consigue, por fortuna, un abierto tono coloquial en temas que otro investigador acaso hubiera complicado sin ninguna necesidad.
La pantalla al revés es un material de consulta, sobre todo, para la República Dominicana: reúne variadas notas sobre la cinematografía del país. Con frecuencia son notas o reseñas valorativas con ineludibles referencias en torno a la función del director, al casting, la puesta en escena, el tema, el ritmo en la trama, la historia y las actuaciones. Beiro también considera aspectos extracinematográficos en apariencia, que repercuten en una película: la recepción de la misma o el contexto histórico y cultural que la determina. Vale detenerse en el acápite “Anda, pensamiento mío”. No importa si empezar por él o dejarlo para el final. El lector pudiera atender primero los apartados “Confesiones” y “Todo mezclado”.
En “Todo mezclado”, él es capaz de cifrar cuestiones de interés, donde historia y criterios particulares logran transitar juntos. Incluso, cuando pareciera que uno va a volver sobre lo ya sabido en textos como “Las películas sobre el Che” o “Remakes ganadores del Oscar”, se encuentran opiniones osadas. El autor no solo ha visto y leído sobre cine, sino que puede ejercer el criterio con conocimiento de causas y resultados. Las páginas sobre el tratamiento de la figura del Che en el cine y las que repasan a “Cervantes como personaje de ficción” y “El cine en espacios cerrados”, “Huellas de los zombies” y “El road movie: historia y evolución” son dignas de atención por sintetizar datos y estimular la curiosidad del lector/espectador.
En “Confesiones zombies” se logra una amenidad intermedia que el también editor de la sección cultural Ventana del periódico Listín Diario posee sin discusión. Convoca y sabe aprovechar los momentos de la plática cuando no de la remembranza. Están las entrevistas al modo tradicional: preguntas y respuestas cara a cara o mediante cuestionario. Aquí señalo la mezcla no siempre afortunada de preguntas sobre lo cinematográfico a actrices y directoras con aquellas excluidas de la profesión. Lo íntimo puede venir incluido en las declaraciones sutiles sobre profesión y vida. Muy cerca, nos topamos con revelaciones referidas por un encuentro, donde se insertan opiniones del o la protagonista del diálogo: la palabra. En esta segunda opción, él es más competente porque se exige mayor creatividad como cuando, por ejemplo, inserta parlamentos ajenos en una narración de su cosecha. No en balde, lo más original del libro es el prólogo. Partir de una anécdota con el escritor Carlos Fuentes, para relacionarlo justamente con el cine, es de una astucia apreciable por la asociación.
En “Anda, pensamiento mío” encontramos textos de desigual calidad, tanto en escritura como en contenidos. Hay asomos de ejercicios del criterio en estas notas periodísticas. Pocas veces él sugiere más de lo que analiza; apunta más de lo que ensaya o notifica una apreciación que requiere un examen previo o posterior. Más que explicaciones, leemos glosas sobre películas. Pero críticas de cine, en rigor, no abundan, salvo “Cuentas por cobrar”, “Bestia de Cardo” o “Al sur de la inocencia”, por mencionar tres buenos ejemplos. De hecho, “Al sur de la inocencia” es uno de los mejores textos críticos de La pantalla… Tomo un fragmento que me permite ilustrar cuanto digo:

“En la medida que el filme avanza, la historia principal queda trunca y aunque el final abierto sugiere una continuidad, solo se consigue una referencia turística (la fotografía), ajena a los problemas reales que afectan el pulmón de ese pedazo de patria que se llama ‘Sur profundo’. Muy bien esa fotografía y esos colores para documentales de tipo turístico porque captan el paisaje con todo su esplendor externo. Pero la cámara no se mete en el corazón de la historia. La culpa no es del fotógrafo, sino del guion que no le exigió mayores sacrificios”.5

Lo citado es verdadera crítica de cine. Mucho del resto de “Anda, pensamiento mío” se aprecia cual registro informativo sobre el cine dominicano. Las referencias dispersas, al reunirse, adquieren un nuevo valor idóneo para el cotejo, amén de visibilizar avances, estancamientos y utopías por los audiovisuales alcanzados.
Es de alabarse la ausencia de pedantería. Claro, preciso y directo –calificativos empleados por Luis Beiro Álvarez para referirse al cineasta José María Cabral–, se ajustan a su talante. Eso sí, una edición muy cuidadosa hubiera respaldado la sobriedad intelectual de La pantalla al revés, un volumen donde se exhiben los desvelos y sensibilidades de un cinéfilo. ¿No representa otra manera de promocionar el cine? Ω

Notas
1 Luis Beiro Álvarez: La pantalla al revés, Santo Domingo, Banreservas, 2017, p. 217.
2 Ibídem, p. 234.
3 Ibídem, p. 219.
4 Ibídem, p. 118.
5 Ibídem, p. 93.

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