Los decibeles criollos

Por: H. Zumbado

Hace un par de domingos salió un reportaje, precisa-mente en Juventud Rebelde, firmado por Jorge Rodrí-guez Doss, que me llamó la atención porque trataba de un tema muy querido y cercano a nosotros: el ruido. Entre los datos que recuerdo, mencionaba:

“El ruido afecta el cerebro, perturbando la concentración mental y generando fatiga, angustia y ansiedad. Al corazón, produciendo la taquicardia, cambios en el ritmo respiratorio, ascenso del índice de colesterol y arterioesclerosis. Al aparato digestivo, ocasionando dispepsia, gastritis y alteración de la movilidad intestinal. A los ojos, reduciendo la visión. Y claro, al oído, provocando pérdida de audibilidad media, sordera pasajera y alteración del equilibrio”.

El decibel es la medida del sonido, y el límite de tolerancia racional es de 80 a 90 decibeles.
El cierre violento de una puerta alcanza 90 decibeles y el tubo de escape roto de un ómnibus, 100.
El encefalograma del cerebro de un hombre expuesto a 115 decibeles se parece mucho al de un epiléptico.
Un experimento en Milán demostró que, al aumentar el ruido en una oficina, los errores de los empleados se cuadruplicaron.
[…]

Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido

Si fray Luis de León escribió eso debido a los ruidos del alto medioevo, que no iban más allá de los cascos de los caballos trotando por las calles empedradas, el martillo del herrero y los campanazos de la iglesia, ¿qué no escribiría –riflexiona uno– si pudiera pasar un fin de semana, ahora a finales del siglo xx, en nuestra capital?
[…]
¿Se imagina usted la reacción del autor de La perfecta casada oyendo bajo un balcón de la calle Maloja la última discusión de una pareja que ha llevado el matrimonio a extrainnings?
Seguro que exclamaría, arqueando las cejas: ¡Y qué buen español hablan!
[…]
Sería conveniente también llevarlo a otros lugares para que chocara con la sonrisa del mundanal ruido. Por ejemplo:
Estacionarlo un par de horas en una cervecera o en una ronera, dos de los establecimientos de más caché de la urbe capitalina, donde se conversa con cierta tendencia a levantar la voz.
Invitarlo a la sala de una casa donde estuvieran la radio y el televisor puestos al unísono, tres niños jugando a Enrique de Lagardere, la pepilla de la casa hablando por teléfono (larga distancia con Baracoa) y la señora dialogando de balcón a balcón con la vecina.
Situarlo en la parada de la guagua, por la mañana, con la fresca, molote en la esquina, en los momentos en que el chofer se llevó la parada, dejándosela en la mano a cien candidatos a la llegada tarde.
[…]
Después de esas experiencias, fray Luis de León, como poseído por el diablo, en medio de algo así como un ataque epiléptico, riflexionaría: “No hay arreglo, evidentemente, la fusión histórica de lucumíes, dahomeyanos, congos, carabalíes, mandingas y yoru-bas con andaluces de Cádiz y Sevilla, herederos directos de los califas árabes de Córdoba y Bagdad, ¡es mucho para un solo corazón! Ω

Tomado de H. Zumbado: ¡Aquí está Zumbado!, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012.

5 Comments

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