Contradicciones

Por Antonio López Sánchez

Calle Enramadas-Santiago de Cuba-Fototeca Oficina del Conservador (1)
Calle Enramadas-Santiago de Cuba-Fototeca Oficina del Conservador (1)

“Los cubanos son tan amantes
de las contradicciones
que llaman ‘monstruos’
a las mujeres hermosas
y ‘bárbaros’ a los eruditos”.
El Profeta

Puede que sí, que ser contradictorios, más que como entes individuales, como pueblo, sea un rasgo evidente o común de los cubanos. Nuestra historia como nación, apenas con hurgar un poco, dejará entrever algunos momentos donde hubo serias contradicciones y actos que, a veces, hasta dieron al traste con determinadas pretensiones colectivas. Sin embargo, diría el sabio Perogrullo, por obvia y humana lógica, tales avatares de seguro también azotan otras geografías e idiosincrasias.
De cualquier modo, en predios de intramuros, hay sucesos no siempre tan festivos como bautizar de “bárbaros” a los sabios o elogiar de “monstruos” a las bellezas femeninas. Cuando las contradicciones se generan desde alturas sociales cuyo alcance involucra a buena parte de la población, entonces sus génesis, desarrollos y, sobre todo, sus consecuencias, dejan de ser simpáticos chistes para convertirse en complicados obstáculos.
Un amigo tuvo hace poco un familiar hospitalizado. Su abuelo, un señor que frisa los noventa y tantos, sufrió una complicación respiratoria y requirió de un ingreso. En el hospital capitalino docente donde fue atendido el abuelo, su nieto vivió un par de situaciones, gratas en mayoría. En la institución hospitalaria no abundan los lujos, hay las mismas escaseces que afuera en cuanto a algunos medicamentos específicos, alimentos u otros tópicos, pero la mayor parte del personal, desde los médicos y enfermeras hasta las pantristas y responsables de la limpieza, rezumaban amabilidad y humanismo, salvo muy raras excepciones. La preocupación en la atención y los tratamientos a los pacientes, era palpable.
Mi amigo me comentaba que, al inicio, creyó que tal comportamiento se derivaba de su relación amistosa con uno de los subdirectores de la instalación (aunque el dirigente jamás se apareció por allí en persona, me aseguró el narrador). Pero en la sala, donde estuvo alrededor de diez días y había una abundante presencia de enfermos y acompañantes, constató el mismo trato y atención para todos. Por obvia lógica, no todos eran cercanos a algún directivo.
Cuando uno recibe tales noticias, no puede menos que alegrarse. Porque si bien es cierto que la salud es un derecho para todos y que se recibe de forma gratuita, también ha sufrido, y mucho, en lo material y hasta en lo humano, por las situaciones y sus derivados harto sabidos, que ha atravesado nuestro país en estos años. Saber entonces que hay un lugar, donde cumplen a diario y sin aspavientos con deberes y funciones, resulta sin dudas un motivo de regocijo.
Pero, y aquí aparecen las contradicciones, no todo va sobre ruedas en todas partes en los terrenos de la salud. Mientras se escriben estas líneas, en una vasta zona del municipio Habana del Este, las consultas de estomatología se han reducido sustancialmente ante la prolongada carencia1 de los indispensables guantes que necesitan los especialistas.
Una doctora consultada nos explicaba que, en tanto un ortodontista y un especialista en prótesis (a partir de explícitas medidas de higiene y por la naturaleza de sus labores y especificidades de sus casos) podían atender a sus pacientes sin usar guantes, en otros casos no ocurre lo mismo. Un dentista que se enfrente a diversas patologías, haga obturaciones (empastes), extracciones o tratamientos de otro tipo, requiere de modo indispensable del uso de los guantes. La medida deriva de la elemental seguridad, tanto del médico como del enfermo, al manipular lesiones y ante la posible trasmisión mutua de microbios o gérmenes.
Entre mediados y finales del mes de mayo, una buena parte de las regiones del occidente y el centro sufrieron casi dos semanas y tanto de constantes lluvias. La capital no fue la excepción, aunque sufrió menos daños que otras provincias. Ante la cercanía del verano, tales inclemencias multiplican la presencia de moscas, mosquitos y otros bichejos indeseables. Por tal motivo, resulta lógico fortalecer las campañas y acciones para evitar que estos vectores proliferen.
¿Cuál fue la genial solución generada al unir los sucesos de la carencia de guantes y los aguaceros? Como los estomatólogos no poseen guantes y no pueden trabajar, vamos entonces a incorporarlos a la campaña contra el mosquito. Es así que un grupo de profesionales de alto nivel, se ve durante días y días desempeñando una tarea, que no es que sea deshonrosa, ni inútil, pero que puede ser realizada por un personal de mucha menos calificación, y necesidad, a partir de una preparación previa. ¿Alguien se ha puesto a pensar cuánto cuesta, en tiempo y en recursos, formar un estomatólogo, para que luego sea destinado a otras funciones, como perseguir mosquitos y focos? ¿No dice un spot televisivo que nuestra medicina es gratis, pero cuesta? ¿No es esta una contradictoria manera de derrochar la válida formación educativa que en predios de la salud ha edificado este país?
Esas mismas contradicciones se hacen palpables cuando los medios masivos nacionales, con su habitual exceso, explican una y otra vez los riesgos de determinados consumos y comportamientos, especialmente en los meses de verano, ante la mayor incidencia de posibles padecimientos digestivos. Los alimentos, y en especial el agua, deben ser cuidadosamente manipulados, cocinados, purificados y conservados. Valga decirlo, muy repetidos y todo, pero casi siempre esos anuncios tienen la razón en los enunciados que divulgan.
Entonces, ¿cómo explicar las carencias reiteradas, en nuestras farmacias, de las fórmulas de hipoclorito, imprescindibles para purificar el agua potable? Y recuérdese aquí el elevado precio en divisas de los filtros de agua que expenden nuestras tiendas (y de sus repuestos, cuando los hay), para una buena parte de la población. ¿Cómo calificar las ya habituales demoras en la recogida de la basura, que tan malas consecuencias provoca al generar animalejos dañinos, mal olor y la pésima imagen de abandono y cochambre generalizada de los tanques colectores desbordados y rodeados de detritus de toda laya? ¿Hay alguna explicación para los muchos sitios, estatales y privados, donde se despacha, y se cobra, sin protección alguna de las manos del empleado de rigor? Baste mirar cómo las servilletas primigenias en muchos de los establecimientos expendedores de perros calientes, han reducido hoy su tamaño a nimias cintas, de cualquier papel.
Bueno, podría decirse, si no hay guantes para los estomatólogos qué quedará para la gastronomía. Pero no debería ser así, en ninguno de los casos. Estamos ya tan demasiado acostumbrados a ese mal y siempre incompleto o mutilado es así, en detrimento de lo que debe ser, que a la postre nos conformamos… o nos resignamos, que es casi peor.
Otro rostro de las contradicciones regresó hace poco en los devenires del transporte diario. Luego de algunos programas de televisión, se inició la ofensiva. Otra vez se elogió la inmaculada actuación de los encargados del chequeo de la aptitud técnica del parque automotriz (el llamado “somatón”) y se habló hasta de su sustitución por incorruptibles computadoras en algunas áreas. Entretanto, todos los choferes estatales y particulares, consultados al respecto, nos aseguraron que no ha cambiado nada y las tarifas para pasar el somatón, en litros de combustible o en contante y sonante, siguen vigentes, aunque quizás con algo más de sigilo. En esos días, los encargados de las inspecciones en la calle redoblaron sus esfuerzos en aras de multar, de retirar licencias o confiscar autos (sobre todo en el caso de los estatales) a aquellos choferes que no tuvieran, en las fechas normadas, el visto bueno del óptimo estado técnico de sus vehículos.
Dicho así, parecería que hay poco que objetar. La seguridad vial debe ser, más que un proceso represivo, un deber, un hacer bien instaurado en la conciencia de todos, sean choferes, autoridades o peatones. Los graves accidentes automovilísticos que se reportaron este año, dan fe de que violar cualquiera de los parámetros establecidos trae muy caras consecuencias, en vidas, lesiones y recursos. Piense, además, que detrás de cada accidentado, sobre todo en el caso de los lesionados, pero también en los fallecidos, hay una familia dolida o desviada de sus ocupaciones diarias para atender a un enfermo, hay un puesto de trabajo vacío por semanas o meses, hay horas, medios y gastos de recursos del servicio médico involucrado, en fin… Hay un gran círculo de afectados que siempre excede al propio implicado.
Sin embargo, a fuerza de ser justos, quizás el sesenta por ciento (hasta el ochenta nos han dicho algunos choferes y mecánicos consultados), del parque automotriz nacional, no posee de facto todas las condiciones mecánicas para circular según las exigencias modernas. Incluso, una buena parte de ellos no son los almendrones, primer blanco de las ofensivas cuando se desatan. Conocemos de no pocos organismos estatales cuyos autos en servicio, y que casi nunca alcanzan el número regular requerido por la entidad, sobreviven a costa del canibalismo de piezas hacia sus congéneres más afectados. Otro método se basa en las adaptaciones y el ingenio de sus choferes y mecánicos, que muchas veces resuelven piezas y recursos de sus propios bolsillos, a fin de no parar sus autos. El Estado, a la postre el dueño de tales medios, no proporciona el modo de mejorar este parque existente y, menos aún, de renovarlo.
Por cierto, un paréntesis para los exégetas críticos, sí, es claro que un chofer estatal quiere tener su auto andando. Gracias a él puede resolver algo para su mejor subsistencia (“un carro se paga solo”, dice el pensar popular). No siempre es de modo mal habido, no siempre se hace “luchando” con el combustible estatal o boteando, aunque claro que también los hay que sí lo hacen, lo cual es, por supuesto, censurable. Incluso, pequemos de ingenuidad, la razón es que el hombre no quiere andar a pie, pues le tiene fobia a la guagua y a las multitudes. Pero si ese chofer recibiera un sueldo que le permitiera satisfacer sus necesidades, ¿“lucharía”?, ¿robaría? ¿Ya somos “luchadores”, infractores y ladrones per se?
El precio de un auto moderno en nuestro país, vendido por las concesionarias asentadas en la Isla, es casi una broma macabra para el sueldo medio (y hasta para el alto y el altísimo) nacional; más, cuando recordamos que alguna vez se aseguró que el dinero recaudado por las ventas de esos autos, se usaría en mejorar el transporte colectivo. Por otro lado, las condiciones físicas de los viales, de la iluminación, de las señales y la visibilidad en nuestras calles y aceras no es ni de cerca la óptima. Entonces, ¿no es contradictorio apretar el cerco solo contra los choferes y sus carros viejos y maltratados?
No pedimos el libertinaje y la anarquía automovilística, pero apenas eche un vistazo a lo que rueda en nuestras calles y verá que no se cumplen las más elementales y obvias regulaciones, esas mismas que con golpes de pecho son defendidas por las autoridades en los programas televisivos. Si se cumplieran como debe ser, quizá andaríamos todos sobre caballos y mulos, porque casi ningún auto lograría aprobar las normas para circular. Bueno, en caballos y mulos, hasta que empezaran a escasear las herraduras y la asignación mensual de hierba.
¿La solución óptima? Es utópica. Es sustituir el parque estatal de la Isla con autos nuevos, seguros, técnicamente aptos. Es posibilitar que los particulares pudieran pagar un auto moderno sin los precios cósmicos (casi cómicos) actuales. Es arreglar los baches, los muchos semáforos de peatones y de autos que no funcionan o funcionan a medias; es mejorar las señales y las luces de las calles. Y ya sabemos que, al menos en un futuro mediato, no hay recursos para eso. Entretanto, la lógica hacia todas las partes involucradas, y no las leyes de embudo y mucho menos las buenas apariencias mediáticas, debieran paliar el problema con algo de sentido común.
Dice un viejo adagio que de las contradicciones se genera el desarrollo. Si llegara a cumplirse en nuestro entorno tal sentencia, las predicciones pueden llevarnos a la euforia. Vistas nuestras abundantes contradicciones en disímiles terrenos, de seguro sus soluciones nos traerían un impresionante salto cualitativo y cuantitativo. ¡Qué se prepare el Primer Mundo! Allá vamos. Ω

Nota
1 No poseemos la cifra exacta de tiempo, pero, con intermitencias, la falta puede contabilizarse, en total, al menos en cuatro o cinco meses, durante varios períodos.

1 Comment

  1. Mientras que la medicina socializada es mas que una opcion una necesidad en un pais pobre como Cuba, la interferencia del Estado en la microeconomia mas allas de la regulacion y fiscalizacion del cumplimiento de las leyes es una aberracion que solo engendra ineficiencia y corrrupcion.
    Mientras el gobierno cubano busca inversiones billonarias, obvia el hecho de que miles de pequeñas inversiones llenan el vacio en servicios, gastronomia y agricultura entre otros.
    Se podra discutir hasta las calendas griegas, y nada se resolvera sin un cambio radical de enfoque económico. Esperemos otrso 60 años para convencernos…

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