El lechero (Fragmentos)

Por: Ramón Meza

Cantinas.

Todavía habrá quien recuerde, o habrá oído contarlo a padres y abuelos, cómo en épocas de antaño los litros de leche se depositaban muy temprano cada mañana ante la puerta de la casa, sin que, además, nadie fuera capaz de tomar el que no le pertenecía. La estampa que hoy traen nuestras páginas, se remonta incluso más atrás. A pesar de las enormes diferencias con la actualidad (o justo por eso), nos parece muy valedero este retrato, escrito por Ramón Meza a finales del siglo xix. Quizás, por lógica humana y de progreso, no sea pertinente regresar a estos modos decimonónicos (aunque como se verá, eran efectivos y eficientes, aparte de encerrar cierta bucólica poesía en sus imágenes). Sin embargo, esta narración es prueba de que el verdadero trabajo y la abnegación van siempre acompañados de los resultados.

[…]
La nocturna falange, bien organizada y peor repartida, que forman los lecheros, invade durante la madrugada la población; pero desde muchas horas antes ha comenzado su faena. Puede decirse que dura casi toda la noche y mucha parte del día siguiente. A eso de las ocho o las nueve de la noche, en los potreros y corrales cercanos a la ciudad, están ya arrodillados al pie de las vacas numerosos campesinos extrayendo de las henchidas ubres el alimento sano y nutritivo por excelencia […] Hombres soñolientos, envueltos en negras capas atraviesan el campo cantando a media voz, abren los corrales, cuyas puertas de madera chirrían al girar sobre sus goznes enmohecidos por la intemperie, se acercan a cada vaca, que con ejemplar mansedumbre se levanta, permanecen agachados un instante a su pie, y luego van llenando, con el blanco y tibio líquido que extraen, grandes botijas de hojalata, las cuales son sumergidas en un estanque de agua y colocadas en los serones de algunos caballos atados unos tras otros por la cola. Hecho todo esto monta el lechero en el primer caballo, abandona la campiña y emprende la marcha por el camino real.
[…]
En Jesús del Monte, desde Toyo hasta el puente de Agua Dulce, en el Cerro, cerca de la esquina de Tejas, hay unas viviendas de pobre apariencia, que con sus techos de guano y sus paredes de madera acepilladas o de blanqueada mampostería tienen a la vez algo de bohíos y algo de casas: transición entre los edificios de la ciudad que empieza y casitas de campo que acaban. En esas humildes casas cuyas puertas se abren de par en par durante la noche se ven, merced a los rojizos reflejos de malas lámparas que humean en lo interior, hombres altos, robustos, de hombros redondeados por el trabajo, que entran y salen, y se ponen de pie y se agachan sin cesar en los portales. Ante esas casas van deteniéndose y estacionándose silenciosamente los lecheros que transitan por las calzadas: allí depositan su carga; se mide, se pesa; y de los enormes botijones de que vienen cargados los caballos va pasando a botijas más pequeñas, más manuables. Es un vaivén de cacharros que pasan de los serones a los portales, de los portales a los serones; una confusión de hombres encapotados que trabajan sin hablar; solo se oye ese sonoro ruido que sale de los botijones de hojalata al chocar vacíos unos con los otros o al dar su ancho fondo sobre el duro pavimento acompañados de repiqueteo de espuelas. Al cabo del rato los que hasta los portales vinieron se montan nuevamente a caballo y se retiran otra vez al campo. Otros caballos que han recibido la carga repartida en los sombríos portales emprenden la marcha hacia la ciudad. Estos son los que se ven, y más que se ven, se oyen transitar de madrugada por las solitarias calles.
A las cinco de la mañana, cuando los primeros albores del día comienzan a hacer palidecer la luz de los faroles, se oyen ahogados gritos, puñadas, coces, murmuraciones de impaciencia ante las cerradas puertas y ventanas de las casas: son los lecheros que llaman. Las puertas y ventanas se entreabren, cabezas desgreñadas, rostros soñolientos, pálidos, abotagados ojos de mirada torpe en los cuales causa escozor el día, asoman por ellas; un brazo desnudo pasa a través de la rendija para coger por el cuello la botija tapada con paja de maíz.
–Buenos días. Viene usted muy temprano.
No en todas las casas halla el lechero las puertas cerradas: algunas están abiertas por completo. Y entonces en el comedor, vestíbulo o antesala, que esos tres destinos tienen tales las piezas que en nuestras casas siguen al zaguán, encuentra un señor anciano de cabellera blanca, bien peinado, vestido con aseo, que sentado en un ancho butacón de cuero con las piernas estiradas en una silla, despliega los periódicos, húmedos aún, y que acaban de echar por el quicio de la puerta […] El lechero entra envuelto en un gran capote, resonando con sus firmes pasos las estrellitas de las espuelas, da los buenos días, llama a la criada preocupada en encender lumbre con papel grasiento y petróleo, vacía el contenido de las botijas en un par de grandes jarros de hojalata y vuelve a salir; pero no siempre tranquilamente, que alguna vez suele advertirle el madrugador anciano:
–Buenos días. Viene usted muy tarde.
[…]
Después que se retiran de la ciudad los lecheros de a caballo, comienzan a recorrer sus calles los lecheros de a pie […] Y en primer término, va la vaca-guía que lleva atada al cuello una campanilla de sonoro metal. Estos animales mansos de melancólica mirada y rumiar incesante, que parecen traer consigo a la ciudad recuerdos de la vida pacífica y semipatriarcal de la aldea […] van a detenerse ante la puerta de las casas de los vecinos que tienen el capricho de comprar o beber leche al pie de la vaca. Ω
[…]

La Habana Elegante,
La Habana, 5 de septiembre de 1886.

Tomado de Costumbristas cubanos del siglo xix, selección y prólogo de Salvador Bueno, t. II, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2016.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*