De la Biblia: El judaísmo en Israel y en la diáspora

Ley de Cristo y judaísmo

Los preceptos de la Ley de Moisés son válidos para todos los judíos sin excepción. No obstante, en el siglo I había diferentes maneras de observarlos según el grupo religioso al que se pertenecía. Uno de los más influyentes entre el pueblo fueron los fariseos que, en la apoteosis de su exégesis, consiguieron sumar a la Ley más de trescientos nuevos preceptos. Su legalismo era tal que Jesús llego a decirles: “Hipócritas, ustedes cuelan el mosquito y se tragan el camello” (Mt 23.24).
Por otra parte, los judíos que vivían en Galilea, especialmente los de origen griego, se diferenciaban también de los más ortodoxos de las comunidades de Judá. A medida que se iban alejando de ese centro litúrgico-sacrificial que suponía Jerusalén y el Templo y se entraba en contacto con el ambiente cosmopolita del resto del imperio, iban cambiando las mentalidades. En las comunidades de la diáspora había voluntad de intercambio en el ámbito de las ideas teológicas y filosóficas, Filón de Alejandría es un buen ejemplo de ello.
Los judíos helenistas, llamados así por su lengua y cultura griega, se dividían en dos grupos. El primero lo componían aquellos que habían regresado a Israel para establecerse y vivir allí los últimos años de su vida, de entre los cuales proceden personajes como el protomártir Esteban (Hch 6.5; 7.59), los primeros diáconos cristianos (Hch 6.3-6) y las viudas desatendidas por los apóstoles (Hch 6.1). El segundo grupo lo conformaban quienes continuaban viviendo en el extranjero y solo ocasionalmente –y si su economía se los permitía–, viajaban a la Tierra Santa para visitar el Templo por Pascua o a estudiar en alguna escuela rabínica, es el caso de Pablo nacido en Tarso de Cilicia (Hch 21.39; 22.3).
Los helenistas, al tener una visión más universalista de la salvación, aceptaban en sus comunidades a aquellos paganos que eran seducidos por su manera de vivir la fe. A estos se les conoce como “los temerosos de Dios”, porque admiraban el monoteísmo de los judíos, su veneración por las Escrituras y su ética. Alrededor de las sinagogas de los judíos helenistas y en contacto con la comunidad había siempre un numeroso grupo de temerosos de Dios dispuestos a aceptar la fe yahvista. A ellos se les exigía, únicamente, no blasfemar, no cometer adulterio ni tener relaciones impuras (incesto, sodomía, etc.), no derramar sangre ni robar y no consumir carne cruda. Con esto era suficiente para evitar que los judíos con los que se relacionaban incurrieran en impureza legal. Muchos no llegaron nunca a convertirse en prosélitos, en cuyo caso sí hubieran tenido que circuncidarse y observar todos los preceptos legales y gastronómicos de la Torá. De este grupo procedieron también muchos que más tarde abrazaron con entusiasmo el evangelio.
Algo que distinguía a los judíos helenistas por igual, tanto a los repatriados como a los que vivían en la diáspora, era que no hablaban comúnmente ni en hebreo ni en arameo, sino en griego, aun cuando alguno conociera estas lenguas. Y era en griego que leían las Escrituras en sus sinagogas, utilizando para ello la versión alejandrina llamada: Septuaginta, texto muy utilizado luego por los misioneros cristianos en todas las regiones del Imperio.
El influjo que tuvieron los judíos helenistas y los temerosos de Dios en la evangelización fue enorme, sobre todo después de Pascua. De Esteban y Felipe se dice que realizaban grandes signos y prodigios (Hch 6.8; 8.6-8,13). El libro de los Hechos dice que las hijas de Felipe tenían el don de la profecía (Hch 21.8-9). Por otra parte, es bien conocida la actividad misionera de Pablo y sus muchos colaboradores: Bernabé, Silas, Timoteo, Filemón, Tito, Áquila, Priscila, Febe, Lucas, Andrónico, Ampliato, Estaquio, Apeles, Aristóbulo, etc.; la lista sería interminable. Significativamente se insiste en la acción del Espíritu Santo entre los líderes y miembros de la comunidad helenista (Hch 6.5-8; 7.55; 8.29; 11.24; 18.26). Su apertura de mente y este carácter universalista del don de Dios hizo que no fuera necesario hacerse hebreo para formar parte de la nueva comunidad que aceptó a Jesús como el Mesías esperado. Se podía ser gentil y ser un creyente en Jesús. Esta gran capacidad de adaptación cultural y cultual sentó las bases para la expansión del cristianismo de manera muy rápida.
El elemento étnico no era ya indispensable para ser parte del pueblo elegido. Dios derramaba sus gracias a los que aceptaban a Jesús como el Salvador prometido y esperado. La fe en Él como Cristo y el bautismo en el Espíritu Santo se convirtieron en el vehículo para agregar hermanos a ese nuevo pueblo de Dios, heredero de las promesas, que llamamos la Iglesia (Hch 2,47). Ω

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