La tradición patrística mariana de Oriente (siglos v-vii)

Por Hno. Jesús Bayo Mayor, FMS

María

La tradición patrística mariana de Oriente (siglos v-vii)Introducción
Como hemos visto en temas anteriores, la tradición patrística sobre María comprende la consideración de textos antiguos de los santos padres de Oriente y de Occidente, los escritos de autores notables del medioevo occidental, la tradición bizantina (siglos v-xi, hasta 1054), los textos de la liturgia y de las celebraciones marianas en Oriente y Occidente.
El emperador Teodosio había impuesto a todos los súbditos del imperio la ortodoxia católica en el año 380 por el edicto de Tesalónica. En el año 392 promulgó otro edicto contra herejías, idolatrías y paganismo. En el 394 suprimió los juegos olímpicos, celebrados en honor de los dioses. Pero al morir Teodosio en el año 395, sus hijos se dividieron el imperio: Arcadio (Oriente) y Honorio (Occidente).
En el 410, en tiempo del emperador Honorio, Roma fue saqueada por Alarico, rey de los godos. El Papa León Magno consiguió que Atila, rey de los hunos, no saqueara Roma en el año 452. Pero el rey de los vándalos, Genserico, invadió la ciudad en el año 456. Las invasiones bárbaras continuaron hasta que el último emperador, Rómulo Augústulo, cayó en el 476 con la invasión de Odoacro, jefe de los hérulos. A su vez, los reyes bárbaros de las distintas tribus fraccionaron el Imperio entre sus herederos y dieron lugar así al sistema feudal propio del medioevo.
Con la conversión de los reyes y de los pueblos bárbaros al cristianismo se irá formando la cristiandad en la Europa medieval de corte feudal. Fue un largo período en el que Roma y Bizancio se irán separando progresivamente. Roma se afirmará en Occidente como centro religioso, político y cultural. Bizancio será el punto de referencia en Oriente durante el medioevo oriental. Justiniano, emperador de Oriente (527-565), quiso reunir de nuevo el antiguo imperio romano en el siglo vi, pero no pudo hacerlo por la presión y dominio de los bárbaros. El imperio oriental continuó la tradición cristiana, hasta que los musulmanes fueron conquistándolo progresivamente y la antigua Constantinopla cayó en 1453, ante los turcos otomanos.
A nivel eclesial, hasta el siglo viii había conciencia de la unidad entre la Iglesia Occidental y Oriental. Desde el punto de vista jurídico, se aceptaba el primado de Roma; en el sentido artístico y litúrgico influyó mucho la Iglesia Oriental (himnos, iconos, arte).
El último concilio ecuménico de Nicea II fue en el año 787; a partir de entonces, las relaciones se fueron enfriando. La Iglesia Oriental, después de vencer a los iconoclastas (787-843), se unió al poder del emperador que tenía supremacía sobre los patriarcas. La Iglesia latina, a su vez, se unió a los reyes bárbaros, a medida que se iban convirtiendo. Gregorio Magno a los longobardos, Esteban II a los francos… Hasta que el Papa León III coronó como nuevo emperador de Occidente a Carlo Magno (800).
El “sacro imperio romano-germánico”, donde se unía lo político y lo religioso, desconfiaba de Bizancio. Al final, se llegó al cisma entre Oriente y Occidente en 1054, cuando el Patriarca Miguel Cerulario y el Papa León IX, se excomulgaron mutuamente. Un papa de procedencia germánica y un patriarca con afán ambicioso se enfrentaron por asuntos dogmáticos y litúrgicos.
Entre otros problemas estaban: la cuestión del filioque (procesión del Espíritu Santo), el matrimonio de los sacerdotes, el pan eucarístico, el crisma (en Oriente solo para obispos), el ayuno más o menos riguroso, el bautismo (por inmersión o aspersión). En realidad, se trataba de un enfoque distinto de concebir la autoridad y el primado del Papa. El recurso al primado romano era contrario a la práctica y a la tradición del Oriente. Los contextos diferentes a nivel jurídico, cultural y político influyeron en el cisma. Los emisarios pontificios colocaron sobre el altar de Santa Sofía la bula de excomunión a Bizancio y Miguel Cerulario excomulgó al Papa de Roma. (Solo en 1965, el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras se levantaron la excomunión).

Doctrina mariana oriental (siglos v-vii)
Después de comprender el marco histórico y cultural de la separación entre Oriente y Occidente, podemos presentar la doctrina mariana de algunos representantes en ambas Iglesias, que son como los dos pulmones del mismo Cuerpo de Cristo. Después de los concilios de Éfeso (431) y de Calcedonia (451) se desarrolla la doctrina cristológica de la unión de las dos naturalezas (humana y divina) y una persona divina, pero la interpretación tenía dos corrientes: por una parte, estaban los calcedonenses estrictos de tradición antioquena, libres de monofisismo; por otro lado, los neocalcedonenses que, sin ser monofisitas, querían recuperar la tradición alejandrina de Cirilo.
En el concilio de Constantinopla II (553) se esclarece el problema, pero aparece el monotelismo que trata de salvar el único querer en el actuar de Cristo, aunque la solución no era satisfactoria. En el concilio de Constantinopla III (681) se condena el monotelismo y se confirman las dos naturalezas en Cristo, con dos voluntades concordantes en la única persona divina de Cristo Salvador.
El misterio de Cristo y el de María están relacionados. Los misterios de la encarnación, pasión, muerte y resurrección forman parte del misterio de la salvación. La comprensión adecuada de Cristo en esta época daría impulso a la devoción mariana: himnos, arte, homilías y celebraciones. Es la última época de los padres de Oriente, entre los que podemos considerar a Juan Damasceno, Anastasio, Juan de Tesalónica y Máximo el Confesor.
a) Anastasio I, Patriarca de Antioquía, es considerado santo y destaca por sus lindas homilías marianas sobre la Anunciación y sobre la Presentación-Bautismo del Señor (fiesta del Ypapanti) en el contexto de la Navidad. Era calcedonense y se opuso a las herejías, subrayando las dos naturalezas y la única persona de Cristo. Por su sensibilidad antioquena no emplea el título Theotokos, pero acepta que María es Madre de Cristo, Madre de Dios, del Verbo Encarnado. Jesucristo es una persona divina, con dos naturalezas sin confusión y sin división.
Para la fiesta de la Anunciación, 25 de marzo, hace un paralelo entre la creación del mundo, la creación del hombre y la encarnación o salvación. María y José figuran como garantes de salvación, porque unen encarnación y redención en Cristo. Él es la única fuente y causa de salvación, pero María colabora como madre en la encarnación, por eso establece un paralelo entre Eva-María, como hace san Pablo con la figura Adán-Cristo.
Ve la virginidad como una condición para la encarnación, ligada a su función de Madre de Dios que engendra por obra del Espíritu: “La Madre de Dios no puede ser si no es Virgen”. También une la virginidad con la santidad o pureza de María. Una santidad que depende de su identidad de madre de Cristo y no tanto de sus méritos personales.
b) Teotecno de Libias es un autor de fines del siglo vi que trata por primera vez el tema del “tránsito de María”. A él se atribuye la primera homilía que habla sobre la Asunción. Durante los cuatro primeros siglos no se habla nada de la Asunción, porque el interés estaba puesto en el misterio de Cristo y en la Escritura, no en la escatología. A fines del siglo iv, Epifanio de Salamina muestra interés por conocer el fin de María y su sepulcro, pero concluye que nadie sabe dónde está. Los “apócrifos” se van a preocupar de esta cuestión: en el siglo v aparecen relatos sobre el fin de María. De este modo, surge en Jerusalén una fiesta el 15 de agosto. En Constantinopla se celebra también en el año 600 por decreto del emperador Mauricio, y en Occidente fue introducida esta fiesta, con carácter procesional, por el Papa Sergio I a fines del siglo vii. (Los testimonios de esta fiesta son abundantes: Gregorio de Tours habla de ella en el año 594, y Modesto de Jerusalén, en el 634).
La celebración de la fiesta de la Asunción está relacionada con las homilías que encontramos sobre ella. El Patriarca Teodosio de Alejandría (†566) habla de dos fiestas: la muerte, dormición o koimesis (16 de enero) y la resurrección o anástasis, analepsis o ascensión (9 de agosto). Pero de él no conocemos las homilías.
Sin embargo, Teotecno (segunda mitad del siglo vi y primera del vii) fue obispo de Libias (ciudad de la actual Jordania) y nos ha dejado una homilía sobre la “analepsis” o ascensión de María (cf. Testi Mariani, primo millennio, Vol. II). Admite que el cuerpo de María estuvo un tiempo en el sepulcro y después fue llevado al cielo (analepsis).
En la homilía aparecen referencias y analogías bíblicas: Si Enoc y Elías fueron arrebatados al cielo, con mayor razón María fue llevada junto a Dios. A semejanza con su Hijo, que muere en la cruz, pero resucita y sube al cielo, María sufre la “espada” y es asunta al cielo. Ella es la antítesis de Eva, pues esta fue expulsada del paraíso, mientras que María ha retornado a él liberada de toda esclavitud.
Esta homilía presenta argumentos dogmáticos. Hace alusión a la maternidad divina y considera a María como arca, templo, morada y tabernáculo divino. También se refiere a la virginidad que equivale a la santidad, y por eso su cuerpo no se corrompe. En fin, este obispo de Libias no tiene dudas sobre la asunción de María al cielo en cuerpo y alma. Por ello concluye que conviene celebrar esta fiesta. En Jerusalén y en Libias empieza a desarrollarse el dogma de la Asunción de María, del mismo modo que en Alejandría comenzó el dogma de la Theotokos. Cada Iglesia local da preponderancia a un aspecto de la fe según la propia cultura y sensibilidad.
c) Juan de Tesalónica fue obispo entre el 610 y el 640. Escribió el primer libro sobre los “milagros de María” y varias homilías, entre las que destaca una sobre la dormición (koimesis). Está influido por los apócrifos y se fija en la muerte de María sin decir nada de lo que sucedió con su cuerpo; es la tradición de la “dormición”, más que del “tránsito-asunción”.
La homilía presenta un alto concepto de María, digna de respeto, veneración y admiración. Le da los títulos de Madre de Dios, siempre Virgen, morada de Cristo, Señora, Santa, Gloriosa. La presenta como madre y hermana de los hombres, hacia quienes se muestra solícita, llena de ternura y de amor. María es la llena de gracia y protectora de quienes son salvados por Cristo.
d) En el siglo vi se celebraba la fiesta de la Asunción el 15 de agosto, que después se extendió por todo el imperio romano. Modesto de Jerusalén, en el año 614 era abad de la “laura” o monasterio de San Teodosio, cerca del Mar Muerto. Después de las invasiones persas fue nombrado Patriarca de Jerusalén, en el 630 y murió en el 634. Tiene tres homilías: las Miróforas, el Ypapanti y la Koimesis. La más completa de ellas es la última, sobre la dormición, que es el documento más antiguo donde se testifica la fiesta del 15 de agosto.
La primera parte de la homilía habla de la muerte de María ocurrida en el Monte Sión. Su cuerpo fue depositado por los apóstoles en el Huerto de los Olivos, y su alma fue recogida por Jesús. María murió porque la Madre se parece y se configura con el Hijo. La segunda parte habla de la resurrección. En analogía con el cuerpo de Jesús, el cuerpo de María no sufrió la corrupción. “El Hijo la resucita para la vida eterna y la lleva consigo al cielo de un modo que Él solo sabe hacer”. El tercer elemento es la glorificación de María como consuelo, mediadora, defensora y abogada nuestra. Ella es llevada al cielo para cumplir esta misión en favor nuestro: interceder por nosotros ante su Hijo, único Mediador de Salvación universal.

Sofronio de Jerusalén.
Sofronio de Jerusalén.

e) Sofronio de Jerusalén nació en Damasco hacia el 560. Fue monje en Palestina y conoció también el monacato egipcio. En el 634 sucedió a Modesto como Patriarca de Jerusalén y murió en el 638. Conocemos varias de sus obras: Cartas, Poemas y Homilías. En ellas resalta el tema de la virginidad y santidad de María. María es santa porque solo así podía colaborar con el Hijo en la salvación, como criatura perfecta. Algunos consideran a Sofronio precursor del dogma de la Inmaculada. Exalta la santidad de María, sobre todo en su homilía para la fiesta de la Anunciación.
Al hablar de la Encarnación, dice que el Verbo se hizo carne en el seno santo y puro de María. Considera a Cristo como hombre (espíritu, alma, cuerpo) con voluntad humana, y como Dios con voluntad divina. De ese modo refuta a los monotelistas. María es la Virgen Santa que fue purificada en su alma y en su cuerpo, llena de virtud y de gracia. El motivo de su santidad es cooperar en el misterio de la Encarnación y de la Redención. La maternidad divina es la clave para entender su santidad.
Al hablar de la santidad de María no emplea la expresión actual “preservada de pecado”, sino “pre-catarsis” o purificación previa. Tampoco toca el tema del pecado original en María ni dice que sea preservada desde su concepción. Para él, como para san Agustín, en Adán todos somos pecadores. Para él lo importante era la santidad de María (panaghía): ella no tiene pecado, es toda pura y santa. Esa era la fe del pueblo.
f) Máximo el Confesor nació en Constantinopla hacia el 580. Tuvo altos cargos y prestigiosa profesión, pero dejó todo y se hizo monje, huyó de los honores de la corte, al desierto de Egipto. Participó en el Sínodo Romano de 649 junto al Papa Martín I, que condenó el monotelismo. Era tan preocupado de la ciencia como de la mística; era un teólogo que buscaba conocer a Dios por la razón y por la unión espiritual. Cuando toca el tema de Cristo siempre habla de María.
Fundamenta su cristología en la economía de la encarnación y comprende la salvación como “divinización” que consiste en la experiencia mística en la Iglesia y en la Eucaristía. Cristo es el hombre perfecto y Dios perfecto: dos energías, dos voluntades, dos naturalezas y una sola persona. Su acción es unitaria de su persona: una operación divino-humana que permite la salvación. Sus decisiones personales son siempre de la persona. En este contexto, Máximo acepta a María como Madre de Dios (Theotokos), toda santa (Panaghía) y siempre Virgen (Aeiparthenos).
A Máximo el Confesor se atribuye una larga Vida de María que consta de doce partes. Se inicia con alabanzas a la Virgen y prosigue con la narración de la infancia y su presentación en el templo, siguiendo al apócrifo Protoevangelio de Santiago. Después comenta el anuncio del ángel, los desposorios con José, la huida a Egipto, la vida en Nazaret, la tradición patrística sobre María comprende la consideración de textos antiguos de los santos padres de Oriente y de Occidente y en su pasión y muerte, su testimonio de la resurrección, su acompañamiento a los apóstoles, su muerte y sepultura, la asunción de su cuerpo y de su alma al cielo por el Hijo, el hallazgo de sus vestidos (blaquerne) y su traslado a Bizancio como reliquias. Concluye con una invocación final, a modo de intercesión, pidiendo por todos los fieles cristianos.
Las fuentes de esta Vida de María son los Evangelios, los padres de la Iglesia (Atanasio y Gregorio de Nisa), los libros apócrifos y los textos litúrgicos (akathistos y otros himnos). Los temas teológicos que atraviesa son la maternidad divina, la virginidad, la santidad y la intercesión de María. Sobre estos mismos argumentos se funda también la Dormición y la Asunción de María. El criterio dominante que guía toda la narración de esta Vida… es la unión de la Madre con el Hijo. Ω

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