La Parroquial Mayor de San Cristóbal de La Habana

Por: Mons. Ramón Suárez Polcari

Catedral de La Habana
Catedral de La Habana

Permítase iniciar este artículo con un texto del cronista y conquistador Bernal Díaz del Castillo, en el que informa sobre los pobladores que suministraron alimentos a la armada de Grijalva, a su paso por Matanzas:

“Está cerca de la Habana vieja que en aquella sazón [1518] no estaba poblada la villa donde agora está, y en aquel puerto tenían todos los más vecinos de la Habana sus estancias. Y desde allí se proveyeron los nuestros del cazabe y carne de puerco”.1

Un simple motivo me anima a rememorar el fragmento anterior: el uso del término “Habana vieja”. Ciertamente, el cronista se refería a la penúltima fundación de la villa, pero, llegados a las postrimerías del siglo xix y, sobre todo, en el xx, se le llamó así a la parte de la ciudad que constituye el centro histórico.

La primera iglesia
Como el resto de las viviendas de la villa, la primera iglesia de La Habana era un bohío con una cruz de madera y un campanario rústico hecho de palos para sostener las pocas campanas de bronce traídas de La Española o directamente de España. No tenemos, al menos hasta ahora, alguna noticia de una iglesia en las dos fundaciones anteriores; pero si existieron, no debieron pasar de un simple bohío.
En el verano de 1538, un corsario francés saqueó la ciudad, se robó las campanas de la iglesia y ultrajó, con sus compinches, una imagen de san Pedro.2 Tiempo después, en mayo de 1544, el obispo Diego Sarmiento visitó la villa, y en su informe al rey describe la situación en que se hallaba:

“Llegamos a esta del Habana a 22 de mayo, día de la Ascensión […], Visité esta iglesia. [La atienden] un clérigo y un sacristán. La villa pide haya dos clérigos y lo dejamos proveído. Queda aquí concertado se haga una iglesia y hospital de piedra, confiando en limosna de V M. Hay en esta gran necesidad de traerse agua, que no la hay”.3

Pasados casi seis años, se emprendió la construcción en piedra de la nueva iglesia. En 1550, el gobernador don Gonzalo Pérez de Angulo informaba que en el mes de agosto había mandado a quitar el bohío para reemplazarlo por una iglesia de cal y canto. Según su descripción, la nueva construcción tendría “cien pies antes mas que menos y la capilla mayor cuarenta pies y de ancho cuarenta pies”. Por lo referido, la sacristía quedaría a espaldas de la capilla.
Documentos de la época dejan saber que, a finales de noviembre de 1552, la obra iba lenta por falta de recursos. Las paredes, por ejemplo, estaban a dos estados sobre el suelo. Los detractores del entonces gobernador, lo acusaban de embolsarse el dinero de las limosnas recogidas a los vecinos y transeúntes. Esta cantidad se sumaba a los trescientos noventa y cinco pesos existentes antes de su llegada.
Todo parece indicar que durante el tiempo que duró la construcción de la Parroquial Mayor, la misa se cantó en el hospital.
En 1555, el pirata francés Jacques de Sores ocupó La Habana y exigió un rescate por ella. La cantidad de dinero colectado por los vecinos quedó por debajo de las expectativas del pirata, que, molesto, mandó a prender fuego a la villa por los cuatro costados. Solo quedó en pie las paredes de la iglesia. Sores, como buen hugonote, robó las imágenes colocadas en los altares y sus hombres se hicieron capotes con los vestidos ultrajados.4
Cuando fray Bernardino de Villalpando, quinto obispo de Cuba, visitó la villa en 1561, aún no se había reconstruido la iglesia. Años después, en 1574, otro clérigo, en este caso el obispo Castillo, dejaba escrito que la parroquial ya no era de paja, pues los vecinos la habían construido “de tapia y ladrillo muy firme y anchurosa”. Decía, además, que el maestro Gerónimo de Avellaneda “a acabado de cobrir la dicha iglesia y puesto en perfección a mucha costa (8 mil ducados) de su hacienda”.5 El obispo se refería a los aportes de Gerónimo de Rojas, sobrino de Juan de Rojas, uno de los vecinos fundadores y más rico de la villa. Pasado un tiempo quedó concluida la sacristía. El carpintero Andrés Azaro fue el artífice del artesonado de madera y la cubierta de tejas.
Al año siguiente, el propio obispo Castillo proyectó construirle una torre a la iglesia y fue el ingeniero Francisco Calona el responsable del plano. El cabildo y el gobernador pidieron ayuda al rey para edificar la sacristía, tribunas y torres. El apoyo consistía en una limosna de cal y ladrillo, además de una docena de esclavos del Castillo de la Fuerza. Aprovechando el informe, se le hacía saber al monarca que la iglesia carecía de retablo, libros, ornamentos y campana (verdaderamente tenía una, pero se aspiraba a tener tres más).
De acuerdo a la costumbre de entonces, existían sepulturas dentro de la iglesia y era muy común que los propietarios, mientras vivían, usaran el lugar para colocar sus asientos durante las celebraciones litúrgicas.

Un testigo muy calificado describe la iglesia
El obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, en informe al Rey sobre su visita pastoral comenzada en 1755, hace una descripción bastante detallada de la principal iglesia de San Cristóbal de La Habana. Comienza por decir que “su posición era de dos cuadras cortas de la Marina y un espacio de cuatro semicuadras”.6
Otros detalles descritos por el obispo refieren que el edificio estaba orientado de Oriente a Occidente; el altar Mayor al Oriente y la puerta principal al Occidente, mientras que las dos laterales se ubicaban una al Norte y la otra al Sur. Las paredes más antiguas eran de “refas” (rafas) y las más nuevas de “cantería”. La cubierta era de tejas y estaban sostenidas por un artesonado de madera toscamente labrado. Contaba con dos naves y arcos de piedra sin ninguna prestancia. Para el obispo Morell, la Parroquial Mayor, sencillamente, estaba hecha con mal gusto, de tal forma que “si la desnudaran del ornato que tiene, parecería a la primera vista una gran tarazana o bodega”.7
El templo acogía once altares (contando el mayor que sobresalía por el retablo de talla de considerable magnitud y lucimiento del patrono). Sobre la mesa descansaba un sagrario, dos atriles en forma de águilas y candeleros, todos de plata maciza. También había una lámpara de tres varas de alto, toda ella de filigrana de buena orfebrería pero que no cumplía su función a diario por estar muy alta; para la iluminación había otra más pequeña. La iglesia tenía, además, sitial para la dignidad; dos ambones; un púlpito con su tornavoz y seis candeleros, todo en madera sobredorada (laminada en oro); dos coros, uno alto con un pequeño órgano de “sonoras voces” y espacio para los ministros de la capilla (de canto); el bajo era todo de caoba toscamente trabajada; con poco espacio para el clero y donde se encontraba la silla episcopal y el facistol (atril donde se colocaba el libro con las partituras de los textos sagrados para el canto gregoriano) de pequeño tamaño.
La única torre estaba situada a la izquierda de la puerta principal y era ancha y baja. Poseía tres cuerpos: el más bajo servía de baptisterio. Tenía cinco campanas, una mayor y cuatro medianas, además de reloj con su campana propia.
Era tanto el trasiego de calesas, público y el paso de tropas que los servicios religiosos se veían entorpecidos por el ruido. En general, el obispo consideraba que la Parroquial Mayor no estaba a la altura de la ciudad (pienso que se le iban los ojos para la iglesia de San Ignacio, como lo afirma su disposición de construir la capilla de Loreto). Le recuerda al Rey que su predecesor, el obispo fray Juan Lazo de la Vega, OFM, había solicitado construir otro templo con mejores disposiciones, pero no logró el permiso.
El 30 de junio de 1741, en la bahía de La Habana, ocurrió una explosión en la santabárbara del buque Invencible, que, según una descripción un tanto exagerada, era un gigantesco navío construido en los astilleros del arsenal, obra del constructor naval Juan de Acosta. El hecho provocó pánico y pena por los daños que causó en varias edificaciones de la ciudad, entre ellas el edificio de la Parroquial Mayor, cuyas paredes se agrietaron de tal forma que, desde entonces, se le declaró con peligro de ruina. Sin embargo, siguió utilizándose hasta que el obispo Santiago José de Hechavarría determinara su cierre y demolición. Todos sus bienes fueron trasladados al Oratorio de San Felipe Neri. Nunca se supo dónde estuvo enterrado el obispo Morell de Santa Cruz, pues no se halló su lápida.

El nuevo templo
En Real Cédula del 11 de julio de 1772, el rey Carlos III aprobó el traslado de la Parroquial Mayor de San Cristóbal de La Habana a la iglesia de San Ignacio del Colegio de San José. También se aprobaba la demolición del antiguo templo por el mal estado en que se encontraba. Ese terreno sería ocupado por la casa capitular, la del capitán general y la cárcel. La ejecución de las obras fue lenta.
En las Memorias de la Sociedad Patriótica de La Habana del año 1841, aparece un pequeño artículo referente a la imagen del patrono de La Habana. El Curioso, quien así firmó su artículo, nos dice que don Martín de Andújar, artista tallador natural de Chinchilla, la Mancha, Castilla, talló la imagen de grandes proporciones en su taller de Sevilla y que esta tuvo un costo de 402 pesos con 5 reales. Como era costumbre, fue enviada por piezas (más de 120). Ya en La Habana, en 1633, se le encargó la adaptación de las piezas al maestro carpintero y tallador, José Ignacio Valentín Sánchez, quien encontró en el pecho un papel en el cual el autor pedía se rogase a Dios por su alma. Se le encargó pintarla y barnizarla al artista Luis Esquivel por un monto de 1 236 pesos. La imagen arreglada quedó desproporcionada en sus dimensiones.
El autor del artículo habla también de una supuesta imagen de madera de cedro ahuecada para que sirviera en las procesiones de la villa. El conjunto estaría formado por cuatro ángeles de seis cuartas de altura, así como una base y repisa con fuertes barras para su mejor seguridad en bajarla y subirla del atrio de la iglesia. La obra fue encargada al maestro Valentín Sánchez.
Esta imagen sí se llegó a tallar, pero desapareció. La que se encuentra en la Catedral y que ciertamente debió ser colocada en 1666 en la Parroquial Mayor, es de madera maciza y muy pesada.
El tabernáculo y sus candeleros de plata, posiblemente realizados por orfebres criollos, fueron donados por Juan de Rojas a la Parroquial Mayor. Se conservan actualmente expuestos en la sala dedicada al recuerdo del antiguo edificio, en el Museo de los Capitanes Generales, en calidad de préstamo por parte de la Arquidiócesis.
Las cuatro fuentes de agua y una pila bautismal mandadas a tallar en piedra por el obispo Morell de Santa Cruz con la intención de colocarlas en la Parroquial Mayor en el año de 1758 fueron trasladadas al nuevo edificio y colocadas a ambos lados de la nave central adosadas a las columnas de las arcadas y mirando a la puerta central. Ω

Notas
1 Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Editores Mexicanos Unidos, SA., 2005, p. 19.
2 Véase Dra. Irene Wright: Historia documentada de San Cristóbal de La Habana en el siglo xvi, (Archivo de Indias 53-4-9), Imprenta El Siglo XX, p. 13.
3 Pbro. Reynerio Lebroc Martínez: Episcopologio cubano. Primera visita pastoral del obispo Diego Sarmiento a la Diócesis de Cuba. 1544, transcripción del texto conservado en la Biblioteca Real de la Historia, Miami, Ediciones Universal, 2009, pp. 246-247.
4 Dra. Irene Wright: ob. cit., p. 29.
5 Ibídem, p. 77.
6 Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: Informe al Rey de la visita eclesiástica. Editora Imagen Contemporánea, Biblioteca de Clásicos Cubanos, pp. 8-11.
7 Ibídem.

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