Iglesia y sociedad en La Habana, medio milenio de encuentros

Por Roberto Méndez Martínez

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A lo largo de cinco siglos de existencia de La Habana, la Iglesia ha tenido un papel relevante en el plano social, tanto en lo referido a la edificación y sostenimiento de obras caritativas, como en materia de promoción humana, sea en el campo de la educación institucional o a través del fomento de iniciativas intelectuales y políticas que benefician a la colectividad. Esta labor se ha realizado unas veces con el apoyo de las autoridades oficiales y en otras a pesar de la indiferencia o la hostilidad de estas, como demuestra la historia.
Es preciso recordar que los reyes españoles desde tiempos de la conquista obtuvieron el derecho de la Santa Sede a ser patronos de la Iglesia en todo su imperio a cambio de asumir la misión de evangelizar a los habitantes de las colonias. De manera que la Corona manejaba a su arbitrio las rentas eclesiásticas, designaba a los obispos como quien concede cargos públicos y sujetaba las autoridades eclesiásticas a la fidelidad a las autoridades civiles que, en nombre del monarca, desempeñaban este Patronato.
Tales prerrogativas que hubieran obligado a los virreyes o gobernadores de las colonias a edificar templos, dotarlos de ornamentos sagrados y fundar instituciones necesarias para el bien público, produjeron en realidad el efecto contrario. El manejo de los diezmos se hizo de modo arbitrario y generó muchísimos pleitos entre obispos y gobernantes y si la Iglesia tuvo desde muy temprano valiosas iniciativas sociales, se debió más a la virtud de ciertos mitrados, auxiliados por sacerdotes, religiosos y asociaciones laicas, que al apoyo de los funcionarios coloniales.
La villa de San Cristóbal de La Habana, fundada en 1514 en la costa sur del territorio y trasladada definitivamente en 1519 junto al Puerto de Carenas, experimentó desde muy temprano esta situación conflictiva. Si bien las Ordenanzas establecían que en cada fundación se trazase una Plaza de Armas y uno de los lados de esta se destinara a la construcción de la Parroquial Mayor, por más de cinco décadas el templo principal de la villa fue un simple bohío, hasta que el legado de uno de los vecinos principales, Juan de Rojas, permitió construir uno más digno, aunque modestísimo, en 1574.
Es cierto que aquel primitivo asentamiento era muy pobre y que, unas décadas después de fundado, su población se redujo drásticamente porque prefirió emigrar a la conquista de Tierra Firme, que prometía mayores riquezas, pero aún así, los gobernadores nada hacían a favor de la calidad de vida de los residentes. Si algo hubo en materia de enseñanza se debió al establecimiento allí de los Padres Agustinos en 1588 y a la edificación del primer convento de San Francisco tres años después.
La atención a la salud pública tuvo similar origen. En 1593, un individuo del que muy poco se sabe, Sebastián de la Cruz, llegó al puerto, tras sobrevivir a un naufragio frente a la playa de Bacuranao, según la tradición era terciario franciscano. Él se estableció en una especie de choza junto a la ermita de San Felipe y Santiago y en ese misérrimo hogar acogía a los pobres enfermos que encontraba. Unos lo tenían por loco y otros por santo, pero tuvo que sostener con escasas limosnas su iniciativa. A su muerte, ocurrida en 1598, el cabildo habanero se hizo cargo de aquella “institución”, pero esta solo comenzó a tener dignidad y estabilidad a partir de 1603, cuando la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios se hizo cargo de ella y la sostuvo, contra viento y marea, hasta el siglo xix.1
Algo semejante ocurrió con el primer hospital para mujeres de la Isla, que comenzó a levantarse en 1668 con un legado dejado por el sacerdote Nicolás Estévez Borges. Tuvo que ser reedificado en la centuria siguiente y sostenido con fondos eclesiales a lo largo de su historia. En 1910 se trasladó de su sede frente al puerto, en Paula y Desamparados, para una edificación más apropiada en la Víbora, donde todavía hoy presta servicio como hogar para ancianas.
Incluso en problemas sociales que hoy resultan un poco difíciles de comprender tuvo la Iglesia que ofrecer determinados remedios. Durante el período colonial las familias eran muy extensas y hasta los más adinerados no siempre podían ofrecer una dote adecuada por cada una de las hijas que tenían. Como no se consideraba decente que una mujer trabajase fuera del hogar, ni que se casara con alguien de inferior condición social, se evitaba la multiplicación de féminas en los hogares, sin empleo ni recursos para mantenerlas, destinándolas a la vida religiosa. Eso explica que los vecinos de San Cristóbal apoyaran con tanto entusiasmo la creación de conventos de clausura como destino de las muchachas solteras, primero el de Santa Clara (1644) y luego los de Santa Catalina (1701) y Santa Teresa (1702).
En 1687 toma posesión de la sede cubana el obispo Diego Evelino de Compostela, quien tuvo una labor fecundísima durante los diecisiete años de su gobierno: fundó el Colegio de San Francisco de Sales (1688) destinado a la educación de las niñas y al año siguiente el Colegio San Ambrosio, para varones, que sería la semilla del futuro Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Fundó el Hospital de Convalecientes de Belén, del que se hicieron cargo los religiosos betlemitas desde 1704 y que a fines de la centuria albergaba también un colegio para niños que, según la Guía de forasteros de 1793, enseñaba a leer, escribir y contar, “con más de 600 muchachos, donde se suministra todo a los que son pobres”.2 Asimismo, preocupado por la tragedia de los recién nacidos, abandonados por sus padres por ser ilegítimos, o por carecer de medios para sostenerlos, inició en 1702 la fundación de la Real Casa Cuna, que la muerte no le permitió concluir y fue llevada a buen término por su sucesor fray Gerónimo Valdés en 1710, por lo que a los recibidos en ella se les bautizaba con el apellido del prelado.
Hacia la mitad del siglo xviii, que para nosotros no es todavía El Siglo de las Luces como en Europa, surgen en La Habana, gracias a la iniciativa y al patronato eclesial, las principales instituciones docentes del país. En primer término, el 5 de enero de 1728 se funda la Real y Pontificia Universidad en el Convento de San Juan de Letrán de los padres dominicos. Ellos la regirían por más de un siglo, hasta su exclaustración en 1842, cuando el centro docente pase a manos del Estado español. En sus aulas se enseñó Teología, Cánones, Leyes, Medicina, Filosofía, Matemáticas, Retórica y Gramática, y aunque nació marcada por una conservadora tradición de enseñanza, basada en métodos provenientes de siglos anteriores, no hay que olvidar que tuvo catedráticos notables como el presbítero José Agustín Caballero y el doctor Tomás Romay y que en ella recibiera sus grados de Bachiller en Filosofía y Teología el venerable padre Félix Varela.
Hay otra institución que resultó de vida más corta. Se trata del Colegio San José fundado por los padres de la Compañía de Jesús, apoyados por una Real Orden de 1721, que comenzó a funcionar tres años después, en unas casas frente al Convento de Santo Domingo, pues el edificio propio solo comenzó a construirse después de 1727 y al parecer se concluyó hacia 1752.3 Muy pronto el centro reunió la que ha sido considerada la biblioteca más importante de su tiempo, y su enseñanza humanista y novedosa le valió del escéptico Bachiller y Morales la frase “al impulso dado por los jesuitas se debieron progresos que hoy alcanzamos”.4 En sus aulas se formaron dos importantes clérigos cubanos, el célebre orador sagrado Francisco Javier Conde y Oquendo y Luis Ignacio Peñalver y Cárdenas, futuro obispo auxiliar de New Orleans. Su labor quedó trunca al ser expulsada la Compañía, por orden de Carlos III, en la madrugada del 11 de junio de 1767.
Este suceso tan lamentable, motivaría, sin embargo, otra iniciativa más duradera. El obispo Santiago José de Hechavarría, un criollo que tuvo tanto amor a su patria que despertó la sospecha de las autoridades coloniales, fundó en el edificio que quedara vacante el Real Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio en 1773. De esta forma, se engrandecía el Seminario San Ambrosio, fundado por Compostela y se llenaban además las funciones del Colegio San José, pues en él no solo estudiarían los candidatos a las órdenes sagradas, sino también los que se prepararían para obtener luego los grados de bachiller y licenciado en una universidad. El prelado dotó al centro de un equipamiento nuevo, e hizo dinamizar su enseñanza con profesores virtuosos y bien preparados.

Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa.
Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa.

En febrero de 1801 llegó a La Habana Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (1756-1832), designado obispo de la diócesis por el Papa Pío VII. Hijo del país vasco, traía nociones aprendidas en aquella tierra para las relaciones con el poder político central. La Sociedad Económica de Amigos del País en la cual enseguida se le nombró “socio honorario” fue uno de sus vehículos preferidos para realizar esas labores subsidiarias que ni los capitanes generales ni los cabildos desempeñaban como correspondía. Con la persuasión o con la fuerza de su poder, hizo tomar conciencia a los grandes propietarios de sus deberes con los asuntos locales, lo que en materia económica tuvo su expresión máxima en la exigencia del cobro de los diezmos a los hacendados –lo que le acarreó muchas antipatías–, pues solo con las arcas del obispado bien provistas podría llevar a cabo sus proyectos.
Un carácter firme, difícil de intimidar, le permitió a lo largo de su gobierno lidiar por una parte con el clero conservador –sobre todo el regular– por otra con la venalidad de las autoridades y la ojeriza de los esclavistas. Era preciso ser muy valiente para declarar en La Habana de 1803 un Edicto de Campanas, que limitara los tañidos de estas en la ciudad –lo cual era de agradecer en el plano ambiental– y los sujetara a un impuesto que podría tener una aplicación de interés común, sobre todo para emprender al año siguiente la campaña para construir un cementerio público, que sería conocido como Cementerio Espada y erradicar definitivamente los enterramientos en los templos.
Hoy pueden parecernos extrañas algunas de sus actuaciones, como la disposición de que para bautizar a un niño era necesario presentar un certificado de haber sido vacunado contra la viruela por el Dr. Tomás Romay, pero, decididamente, él solo podía valerse de los mecanismos a su alcance para obtener fines meritorios.
Muchos conocen de su labor de engrandecimiento para con el Seminario, el modo en que dotó las cátedras de Física, Química y Economía, así como su estímulo a los talentos más notables que allí explicaban las diversas materias: Nicolás Escobedo, José Agustín Govantes, José Antonio Saco. Sin embargo, es menos conocido el empeño que debía coronar todo esto: cuando el padre Varela llega a Madrid como diputado a Cortes, lleva el encargo de solicitar en secreto a don Manuel José Quintana, ministro de Instrucción Pública, para que provea la concesión del rango de Universidad al Seminario, que a juicio de Espada la merece más que la anquilosada institución de los dominicos. La restauración del absolutismo impidió el trámite.
No hay que olvidar su influencia sobre las máximas autoridades de la Isla para impulsar otras iniciativas, como la creación de la Academia de Bellas Artes San Alejandro, la fundación del Hospital de Dementes San Dionisio, junto al Cementerio Espada y la edificación del Templete en 1828 en el sitio donde la tradición señalaba que había sido fundada La Habana.
Juan José Díaz de Espada no fue simplemente un obispo benefactor, sino ante todo un estadista. Su acción caritativa derivó sobre todo de una inteligencia especial para la promoción de los laicos, la dinamización del clero –no limitada solamente a su “moralización”– y la atención a los asuntos del país con una mirada incisiva y actualizada. José Martí lo llamó “aquel obispo español que llevamos en el corazón todos los cubanos, a Espada, que nos quiso bien, en los tiempos que entre los españoles no era deshonra amar la libertad ni mirar por sus hijos”.5
Tras el restablecimiento del absolutismo en España y, sobre todo, tras el fallecimiento de Espada en 1832, el Patronato Regio se encargó de que no se designaran en Cuba otros obispos de pensamiento liberal, ni apoyó la promoción del clero criollo a posiciones prominentes. Desde 1838 el Colegio Seminario quedó solo para la formación del clero. Con ello se resentiría seriamente la labor social de la Iglesia, sin embargo, sería posible encontrar otras vías para seguir sirviendo al pueblo.
En 1847 arribaron las primeras Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, quienes se hicieron cargo de la Beneficencia –sucesora de la Casa Cuna– y pronto se extenderían hacia otras instituciones de servicio como el Hospital de Paula y varios colegios, entre ellos el de San Francisco de Sales, La Domiciliaria (1866) y luego el muy prestigioso La Inmaculada (1874). Otros colegios para la educación femenina serían los de las Madres del Sagrado Corazón en Tejadillo (1858) y en el Cerro (1877), más los de otras congregaciones como las Religiosas del Amor de Dios, las Dominicas Francesas y luego la fundación en 1891 de la primera congregación religiosa femenina cubana dedicada a la educación, el Apostolado del Sagrado Corazón.
Los jesuitas retornaron en 1854 y en una parte de la Convalecencia de Belén abrieron el Real Colegio de Belén, cuya matrícula inicial fue apenas de cuarenta alumnos. Sin embargo, pronto ganaron prestigio gracias a la excelente preparación de su claustro, que incluía al padre Benito Viñes, padre de la meteorología cubana e impulsor del Observatorio que duró poco más de un siglo. En sus aulas estudió el científico camagüeyano Carlos J. Finlay.
Debe recordarse la labor caritativa del obispo fray Jacinto María Martínez, quien, sin apoyo del Estado español, comenzó la erección de un nuevo cementerio, por resultar ya insuficiente el de Espada y no pudo verlo terminado porque se hizo ingrato a las autoridades coloniales quienes lo calumniaron y expulsaron de la Isla, pero esa necrópolis es aún la principal de La Habana. Su sucesor, Apolinar Serrano, apenas pudo regir la diócesis unos meses, pues pereció víctima de la fiebre amarilla, pero en ese período ejerció la caridad con tal generosidad que, al fallecer, fue preciso hacer una colecta pública para costear su entierro.
Se olvida con frecuencia en estos análisis el papel de los laicos en el ejercicio de obras de beneficio público, baste con recordar la fundación de la Sociedad de San Vicente de Paúl en 1858 por don Antonio Rosales y el Conde de Peñalver, la cual, mediante sus grupos o “conferencias” en distintas parroquias, prestaba ayuda a familias sin recursos, lo interesante era que sus miembros no se limitaban a dar dinero, alimentos o medicamentos a los pobres, sino que estaban obligados a llevárselos a su propia casa, para no perder el contacto con los menos favorecidos.6
Meritoria fue también la labor de ciertas figuras prominentes de la sociedad que sirvieron como benefactores para proyectos sociales de orientación cristiana. Es el caso de doña Susana Benítez y Pérez Abreu, natural de Bejucal, fundadora del colegio El Santo Ángel en Teniente Rey y San Ignacio, quien dejó en su testamento más de cien mil pesos en oro para la Congregación de los Ancianos Desamparados, con lo que fue posible adquirir la Quinta Santovenia en el Cerro y abrir allí el hogar que aún acoge a muchas personas de la tercera edad.7
El siglo xx se abrió con una Cuba intervenida por los Estados Unidos y una Iglesia que acababa de romper con la sujeción española y tenía que reorganizar sus menguadas fuerzas para dar solución a grandes problemas pastorales. Muchas figuras de la política e intelectuales se inclinaban hacia el agnosticismo, y la masonería ampliaba su influencia. Se emplea con frecuencia el argumento de que la jerarquía católica fue adversa a la independencia de la Isla. Al proclamarse la República en 1902, con una Constitución que separó Iglesia de Estado, las relaciones entre ambas partes eran incómodas. Todavía en 1919, cuando se celebraban los 400 años de la fundación de La Habana, el presidente Mario García Menocal no asistió a las celebraciones religiosas, pero, además, no se concedió el permiso para procesiones ni misas de campaña en espacios públicos.
A pesar de todo esto, la Iglesia cubana fue organizándose y creciendo. Su presencia en la sociedad se hizo sentir especialmente en la educación. Si bien muchas de las congregaciones que ya estaban dedicadas a la enseñanza se mantuvieron y consolidaron, otras fueron arribando a la Isla en las siguientes décadas: los agustinos en 1901, los maristas en 1903, los hermanos de la Salle en 1905, los salesianos en 1916. La Constitución de 1901 había reconocido el derecho a la enseñanza privada y religiosa, de manera que pudieron desempeñar por años su labor sin demasiados sobresaltos.
No se limitaron estos centros a impartir enseñanza general, algunos dieron respuesta también a la necesidad de formar trabajadores manuales en oficios y especialidades técnicas. El alumnado, en su mayoría procedente de familias obreras, pudo hallar allí no solo una imprescindible capacitación para iniciar ventajosamente su vida laboral, sino también una educación integral que atendía, en primer término, a la promoción humana de los educandos, como sucedía en las Escuelas de Artes y Oficios dirigidas por los salesianos, a lo que se añadirían más tarde empeños ambiciosos como la Universidad Social Católica de La Salle y la Escuela Electro Mecánica conocida como Universidad Obrera de Belén.
Una institución docente emblemática fue la Universidad Santo Tomás de Villanueva fundada en 1946, por los agustinos. Fue alto centro docente privado en el país, tenía al inicio cinco facultades: Filosofía y Letras, Derecho, Educación, Ciencias Comerciales y Bachelor of Arts de tres años que se impartía en inglés, pues era válido para completar después el Master of Arts en alguna universidad norteamericana. Luego se amplió con una Facultad de Ciencias y Tecnología y abrió la primera escuela para formar psicólogos profesionales.8 Además de los religiosos tuvo profesores laicos prestigiosos como José María Chacón y Calvo, Mercedes García Tudurí y José Manuel Pérez Cabrera. Comenzó con treinta y cuatro alumnos y en 1959 tenía 1 589. Solo pudo extender su funcionamiento hasta 1961, pero sirvió de fundamento para posteriores experiencias educativas de la Iglesia.
No habría que olvidar tampoco los cursos destinados a trabajadoras domésticas u obreras que en horarios vespertinos ofrecían varias casas religiosas femeninas como el Convento de las Madres Reparadoras en la calle Reina y el de las Hijas de María Inmaculada en su casa popularmente conocida como “del Servicio Doméstico” en el Cerro.
Cuando se habla de educación católica, se piensa habitualmente en colegios regidos por congregaciones religiosas, pero hubo una labor mucho más extensa, que incluyó las escuelas parroquiales atendidas por el clero secular; los colegios laicos de orientación católica que, en algunos casos, tuvieron un prestigio de alcance nacional como sucedió con el Colegio Baldor y El Ángel de la Guarda dirigido por Mariana Lola Álvarez; así como la labor de pedagogos laicos que desempeñaban cátedras en los diferentes niveles de enseñanza oficial y daban fecundo testimonio de su fe en su labor formativa, recuérdense nombres como los de Rosa Trina Lagomasino, Manuel Dorta Duque, Raimundo Lazo, Luis de Soto y Aurelio Boza Masvidal.
A pesar de la crítica situación de la economía cubana en los primeros lustros republicanos, fue posible no solo reconstruir la labor parroquial, sino modernizar o crear nuevas instituciones asistenciales. Así lo demuestra el cierre del viejo Hospital de San Lázaro, que dio nombre a una céntrica calle, y su sustitución por un moderno sanatorio en El Rincón. La cooperación entre benefactores privados y congregaciones religiosas permitió el surgimiento de instituciones como los asilos Carvajal, Menocal y Truffin, así como el sanatorio La Milagrosa, fundado por la Asociación de Católicas Cubanas y regido por las Hijas de la Caridad.
Muy importante para la presencia social de la Iglesia fue el movimiento asociativo de laicos que muestra una presencia activa y comprometida en la sociedad. Es el caso de la Orden de Caballeros de Colón, fundada en 1909, cuyos miembros no solo realizaron importantes labores caritativas, sino que estuvieron presentes en el mundo de la prensa, la educación, los debates intelectuales y la política. Debe recordarse también a las Damas Isabelinas, surgidas en 1925, quienes fueron el alma de labores decisivas en pro de la salud pública como la “Campaña antituberculosa” y luego la emprendida contra el cáncer. Tuvieron además la visión de fundar en 1939 la Casa Cultural de Católicas, en Línea y D en El Vedado, como un modo de inculturar el mensaje evangélico y abrir un foro de intercambio con la sociedad.

Universidad Santo Tomás de Villanueva.
Universidad Santo Tomás de Villanueva.

La iniciativa del hermano Victorino, de La Salle, de fundar la Federación de la Juventud Católica en 1928 fue el primero de los pasos para conformar la Acción Católica Cubana, en un acelerado proceso que fue desde su erección canónica por los obispos en diciembre de 1938 hasta el completamiento de sus cuatro ramas en 1944. Esta contribuyó decisivamente en la formación de un laicado activo y, en particular, de líderes juveniles que realizaron un fuerte apostolado en la sociedad, a partir del conocimiento de la Doctrina Social de la Iglesia y de la voluntad de estar presentes en todos los ambientes: el mundo estudiantil, el obrero, los espacios de la cultura y hasta en el mundo de la política. Personalidades como las de Pastor González, Rubén Darío Rumbaut, América Penichet y Gina Preval han dejado una huella apreciable en la configuración de un rostro nuevo para la Iglesia cubana.
El triunfo, en enero de 1959, de la rebelión contra Batista, en la que habían participado muchos católicos, generó grandes expectativas entre la jerarquía y los fieles, medidas de alcance social como la reforma agraria y la rebaja de alquileres tuvieron un importante consenso dentro de la institución, sin embargo, ya a fines de año, con la celebración del Congreso Católico Nacional se mostraron las prevenciones ante el acercamiento a la Unión Soviética y otros países socialistas, mientras aumentaba la presencia de figuras del movimiento comunista en la dirección del país. Las contradicciones se agravaron en 1960 con el rechazo público del episcopado al cambio de rumbo político hacia el socialismo9 y llegaron a su punto más álgido en 1961 con la detención de obispos, sacerdotes y laicos durante la invasión por Playa Girón, la intervención de la enseñanza privada y de muchas instituciones caritativas, así como de casi todos los medios de comunicación –horas radiales, espacios televisivos y páginas en los periódicos–, además de la expulsión de más de 130 sacerdotes en el buque español Covadonga.
Comenzó entonces un período un tanto semejante al de la primitiva Iglesia cristiana. No podían celebrarse procesiones ni cualquier otra forma de culto en los espacios públicos. La enseñanza se redujo a las catequesis en el interior de los templos o las conferencias y encuentros de laicos sobre temas religiosos y culturales. Fueron las estructuras parroquiales las que debieron asumir lo esencial de la pastoral asistencial: cuidado de enfermos, colectas para feligreses o vecinos necesitados, visitas a presos o a sus familiares. Unas pocas instituciones del período anterior lograron sobrevivir como el Hospital de Paula, el de San Lázaro, el Asilo Santovenia. En otros casos, fue necesario encontrar nuevas vías de relación, como ocurrió con el Asilo Menocal que había estado consagrado a la educación de niñas huérfanas; cuando el Estado intervino el centro y decidió hacerse cargo en otro lugar de la educación de aquellas, la institución fue rebautizada como La Edad de Oro y dedicada a menores con discapacidades físicas y mentales, pero las Hijas de la Caridad permanecieron allí hasta hoy, consagradas a esa difícil y santa labor.
Durante décadas se extendió este período, llamado “del testimonio silencioso”, mas, en contra de los que pronosticaban que la Iglesia desaparecería en corto plazo, esta pudo sostenerse y reorganizarse, en función de nuevas realidades sociales. La Habana fue testigo del Encuentro Nacional Eclesial Cubano en 1986. El lema del evento “Iglesia sin fronteras, solidaria en el amor” demostró la voluntad de la institución de salir de los estrechos márgenes en que había sido confinada durante un cuarto de siglo. Era también una manera de sanar viejas heridas, renunciar en nombre de la caridad a reproches y reclamaciones y la constatación de que, así como existía un relevo generacional apreciable, era posible sentar bases nuevas para su trabajo que no excluían el diálogo con los no creyentes y hasta la posibilidad de haber aprendido algo de las circunstancias recientes.
Tres dimensiones se señalaron para esta Iglesia renovada: Iglesia evangelizadora, orante y encarnada. Es decir, centrada en Cristo y en el mensaje evangélico, marcada por una dimensión interior de fuerte vivencia del misterio cristiano y hacia lo exterior comprometida con las circunstancias sociales. La Instrucción de los Obispos para la promulgación del Documento final del ENEC, en mayo de 1986 señalaba:

“La fe en la encarnación impulsa a los cristianos militantes a buscar formas de presencia y de colaboración, sin faltar al respeto de la propia fe, en todas las actividades y organizaciones seculares, no confesionales, es decir que no exijan necesariamente ser ateo y abjurar de nuestros propios principios. Nos referimos a las organizaciones laborales, escolares, pioneriles, científicas, profesionales, campesinas, de defensa, culturales, deportivas […] participando en toda tarea que se encamine al bien común”.10

Centro Cultural Padre Félix Varela.
Centro Cultural Padre Félix Varela.

Tras este evento, la vida eclesial habanera –como en el resto de las diócesis– dio síntomas de animación en su labor social, de ello da fe, por ejemplo, la fundación de Cáritas Cuba, con sus filiales diocesanas, concebida no solo como representación de esta benéfica organización mundial sino como una manera coordinada de ofrecer asistencia y promoción humana al pueblo, a la vez que se convierte en adecuada interlocutora con organismos oficiales o no gubernamentales para desempeñar su labor.
Surge en 1990 el Centro Arquidiocesano de Estudios de La Habana, animado por monseñor Carlos Manuel de Céspedes, que reunió a profesores e investigadores de la cultura humanista y diferentes ramas de las ciencias para debatir sobre importantes temas intelectuales. Fue un baluarte de la vida cultural en un momento en que las difíciles circunstancias del país habían afectado visiblemente la vida cotidiana y la participación en actos culturales. Los materiales provenientes de los debates se publicaron en la revista Vivarium.
Paralelamente, se produce un proceso de reanimación de la prensa católica del país, en el que ganan más extensión y relieve publicaciones existentes y surgen otras nuevas cuyo interés va más allá de las comunidades parroquiales, es el caso de Palabra Nueva, fundada en 1992 por iniciativa del cardenal Jaime Ortega, Mons. Carlos Manuel de Céspedes y el laico Orlando Márquez, quien la dirigió por un cuarto de siglo, y continúa aún publicándose con una tirada de varios miles de ejemplares, dado el interés que suscita en lectores no pertenecientes a la Iglesia y sobre todo en un amplio sector intelectual; también merece tenerse en cuenta el surgimiento de Espacios (1997), que unos años después tomó el nombre de Espacio Laical, así como diversas publicaciones de las diferentes pastorales de la arquidiócesis.
Las visitas de tres sumos pontífices a la Isla, en un período de apenas diecisiete años: Juan Pablo II (1998), Benedicto XVI (2012) y Francisco (2015) vinieron a confirmar la vitalidad de una Iglesia que ya no puede ser retenida en el interior de los templos.
Un signo muy visible de la presencia social católica ha sido el desarrollo de diversos proyectos educativos, concebidos como complementarios a la enseñanza oficial, que incluyen materias de diferentes ramas del saber, unidas a la formación humana. Muy visible ha sido la labor de los Padres Dominicos con su proyecto en el Convento San Juan de Letrán que ofrece cursos especiales para adolescentes, jóvenes y adultos, e incluye el Aula Bartolomé de las Casas que es ya un espacio consagrado al intercambio con los más notables intelectuales del país o visitantes, conocido por la profundidad de sus debates. Otras iniciativas equivalentes han sido instrumentadas por los Hermanos de La Salle en su sede de la parroquia de Jesús del Monte, los Padres Escolapios en Guanabacoa y la Compañía de Jesús en el Centro Loyola.
Mención especial merece el nacimiento en la última década, del Centro Cultural Padre Félix Varela en la sede del antiguo Seminario de San Carlos y San Ambrosio, por iniciativa del cardenal Ortega, que es un espacio de diálogo intelectual entre creyentes y personas de buena voluntad de cualquier orientación, a través de sus exposiciones de arte, proyecciones fílmicas, conferencias y paneles sobre temas sociales, históricos, literarios y el funcionamiento de una bien dotada biblioteca. La institución acoge entre sus muros venerables un Instituto de Estudios Eclesiásticos, proyecto apoyado por la Santa Sede que forma, fundamentalmente, laicos en un Bachillerato en Humanidades y una Licenciatura en Ciencias Sociales, con lo que se honra una tradición que viene de los padres del pensamiento ilustrado cubano que fueron profesores en este edificio: José Agustín Caballero, Félix Varela y José de la Luz y Caballero.
Si examináramos la trama urbana de nuestra capital, resaltaría en ella la presencia de templos que están entre las construcciones más significativas: el del Espíritu Santo, la más antigua parroquia habanera; la fastuosa edificación de Nuestra Señora de la Merced, llena de tesoros artísticos; El Santo Ángel, asociado definitivamente con la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde; más aquellos que se construyeron extramuros, el Santuario de la Caridad, San Juan de Letrán, Nuestra Señora del Carmen, el Sagrado Corazón de Reina y otros muchos. Sus presencias monumentales vienen a recordarnos que durante años no solo fueron sitios de oración sino lugares que congregaban al pueblo para santificar matrimonios, nacimientos, despedir a los seres queridos que fallecían y lugar de refugio contra desastres naturales, epidemias, ataques de piratas. En su edificación y ornamentación contribuyeron grandes artistas cubanos y extranjeros, desde José Nicolás de la Escalera, hasta Melero, Chartrand, Hipólito Hidalgo de Caviedes, Martínez Andrés. Hoy, en una sociedad distinta, siguen acogiendo a comunidades vivas y muchas veces traspasan sus puertas personas no creyentes buscando un momento de silencio, de sosiego, de disfrute de la belleza y la paz de esos interiores, como una primera aproximación a lo sagrado. Esas construcciones son el símbolo vivo de una presencia cristiana entre nosotros que ha sufrido desde el siglo xvi hasta hoy ataques, tempestades, crisis, pero sigue apostando por el encuentro con todos los hombres. Ω

Notas
1Juan Martín Leiseca: Apuntes para la historia eclesiástica de Cuba, La Habana, Talleres Tipográficos de Carasa y Cía, 1938, p. 44.
2 Antonio Bachiller y Morales: Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la Isla de Cuba, La Habana, Academia de Ciencias de Cuba, Biblioteca de Autores Cubanos, 1965, t. I, p. 41.
3 Pedro M. Pruna: Los jesuitas en Cuba hasta 1767, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, p. 35.
4 Antonio Bachiller y Morales: ob. cit., p. 276.
5 José Martí: “Antonio Bachiller y Morales”, Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. 5, p. 145.
6 Manuel Fernández Santalices: Presencia en Cuba del catolicismo. Apuntes históricos del siglo veinte, Caracas, Fundación Konrad Adenauer, 1998, p. 20.
7 Luis Bay Sevilla: “La Quinta de Santovenia”, Diario de la Marina, La Habana, 7 de febrero de 1946.
8 Leonel A. de la Cuesta: “Evocación de Villanueva”, en blog Otro Lunes, Año V, núm. 20, septiembre 2011: http://otrolunes.com/archivos/16-20/?sumario/este-lunes/evocacion-de-villanueva.html, consultado el 29 de septiembre de 2015.
9 “Circular colectiva del episcopado cubano, 7 de agosto de 1960”, en La voz de la Iglesia en Cuba. 100 documentos episcopales, México, Obra Nacional de la Buena Prensa, 1995, p. 118.
10 “Instrucción pastoral de los obispos de Cuba con motivo de la promulgación del documento final del Encuentro Nacional Eclesial Cubano, mayo, 1986”, en La voz de la Iglesia en Cuba, p. 293.

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