La Habana en 1841 (Fragmentos)

Por: Cirilo Villaverde

Como ciudad cosmopolita, y quién duda que lo sea, son muchas las visiones y sobre todo los orgullos, que La Habana ha generado a lo largo del tiempo. Nuestras páginas ofrecen hoy su imagen escrita en pleno período colonial, retrato de una urbe pródiga y creciente, vista por los ojos de quien regresa del extranjero. Detrás del retrato, vibra la pluma de uno de nuestros más insignes novelistas.

Francia es París, Inglaterra es Londres, Italia es Roma. Si con bastante fundamento se dice esto especialmente de aquellas dos primeras naciones, las más ilustradas y poderosas del Viejo Mundo, con no menos, a nuestro modo de ver, se pudiera decir que la Habana, hoy día, es la isla de Cuba.
[…]
Desde época bien remota a la que nos referimos ahora, la marítima ciudad, blanda cera en manos de sus artífices o dueños, ha tomado siempre la forma que han querido darle. Cada uno, puede asegurarse así, le ha impreso su carácter peculiar. Bajo el mando del político y el guerrero, sus adornos más favoritos han sido los castillos, las estacadas, las baterías, los cañones y los campos militares; bajo el cortesano, ha ostentado sus palacios, catedrales, paseos, jardines, fuentes, monumentos y mejoradas calles. Y al cabo de tan mágicas como rápidas transformaciones, pues que no son perpetuos los que la gobiernan, hoy el hijo que la abandonó durante dos breves años no se cansa de contemplarla con asombro: ciudad nueva y rozagante, que sale del fondo del mar, a la manera que la diosa de la belleza de los fanáticos griegos.
Porque, a decir verdad, la india agitó su penacho, se enderezó, y caminó cargada de extrañas plumas, de piedras preciosas y de sedas, las cuales no ha adquirido ciertamente a cambio del oro y la plata de sus minas, sino del azúcar, el café y el tabaco de sus fértiles campos. En vano, pues, ha sido oponerle murallas y abrirle fosos. Estos y aquellas los ha traspasado […].
Esa precipitación por levantar casas y esta rapidez en poblar ha originado los males que ahora tratan de remediarse: el pueblo, abandonado a su propio instinto, edificó al capricho, sin pararse en regularidad ni en orden alguno. Pero, al fin, edificó, que no es poco; y la población de extramuros hoy se ofrece con orgullo a los ojos del transeúnte, llena de vida y movimiento con sus jardines, sus fuentes, teatros, templos y paseos […].
Desde las elevadas rejas de su lindísimo paseo de Paula, que se debe al año que expira, pasemos la vista por el limpio y tranquilo espejo de su bahía, que si es noche sin luna, veremos las estrellas del cielo como flechas de fuego clavadas en el fondo de las aguas y mil suertes de pequeñas y grandes embarcaciones […]. Mas si el sol alumbra nuestro horizonte, no hojeemos ningún registro: las banderas y flámulas que ondean en las gavias de los buques surtos en el puerto nos dirán a voces que el comercio de la Habana en el año 1841 está en relación activa con todas las naciones del Antiguo y del Nuevo Mundo. Ni penetremos al mediodía en las calles de la ciudad, porque correremos riesgo de ser estropeados […]; el ruido ensordecedor que meten millones de carretones, carretillas y carretas; conduciendo o retirando del muelle los frutos del país y extranjeros, nos dirá que el comercio […] está tan floreciente y activo como el de las ciudades más comerciantes de Europa y América.
[…]
A esa hora de la noche, asimismo, la ciudad toda, como por encanto, y a la manera de ciertos insectos de nuestros campos, brota luz de sus entrañas; pero no una luz para ofender la vista, sino para reflejarse en los mil variados tesoros que el comercio ha derramado en las tiendas de ropa, de plata, de quincalla, de bruñidos muebles, de ricos paños, de relojes, de joyas, de víveres, de dulces y de cuanto producen las artes y las ciencias en toda Europa. Y como si fuera absolutamente preciso que los productos de esas naciones fueran expendidos aquí por sus propios hijos, la Alemania y la Inglaterra han poblado nuestros escritorios; la Francia, nuestras relojerías, joyerías, perfumerías, peluquerías, sastrerías y almacenes de modas; la España, nuestras tiendas de telas, de víveres, de quincalla y de sombreros; Italia nos suministra sus buhoneros, organistas y vendedores de estatuas y estampas […].
Por todas partes se descubre la huella del comercio, obrando sus metamorfosis y prodigios. A influjo de su soplo creativo, todos los días se levantan tiendas de todo género, que deslumbran, no sólo por el lujo con que están adornadas, sí también por los tesoros y preciosidades que encierran. Por todas partes bulle un pueblo que en lujo y miseria no cede a ninguno de la tierra, aunque parezca exagerada la expresión, y aunque a primera vista las ideas de lujo y miseria juntas parezcan a algunos mal casadas y contrapuestas. Ω

Tomado de Costumbristas cubanos del siglo xix, t. I, selección y prólogo de Salvador Bueno, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2016.

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