Dimensión misionera de la Iglesia

Por: hermano Jesús Bayo Mayor, FMS

Niños de la Infancia Misionera de San José de las Lajas.
Niños de la Infancia Misionera de San José de las Lajas.

Con la clausura de la Jornada Nacional de la Juventud en cada una de nuestras diócesis, los obispos cubanos dieron apertura al Año Misionero, que tiene como lema “Cuba, ¡anuncia el evangelio con alegría!”. La celebración fue convocada por la Comisión Nacional de Misiones y tiene como cierre la II Asamblea Nacional de Misiones, que se realizará del 3 al 7 de agosto del 2020 en El Cobre. El principal fruto de esta conmemoración que se extiende durante todo un año, será fortalecer la actividad misionera de todas las comunidades. La Iglesia en Cuba quiere que el anuncio de Jesucristo sea difundido en lugares y personas que aún no lo conocen. Quiere que Jesucristo y su Evangelio sean conocidos, amados y servidos en toda nuestra patria.

La Iglesia existe para evangelizar: no podemos callar lo que hemos visto y oído

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El identificador en forma de corazón representa a todo misionero que debe tener un corazón ardiente y celoso para poder dar a conocer la palabra de Dios y anunciar a Jesucristo con alegría.

La evangelización es uno de los mandatos que Jesús nos dejó a los cristianos, tal como lo encontramos plasmado en el evangelio. “Vayan por el mundo entero y hagan discípulos míos en todos los pueblos” (Mt 28.19). Si hemos seguido a Jesucristo es para amarlo y darlo a conocer, de modo que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. El sentido de nuestra existencia creyente radica en vivir y en transmitir esta buena noticia. El gozo que produce el evangelio y el encuentro con el Mesías siempre es difusivo.
No hay nada más bello en nuestra vocación que conocer a Cristo y comunicar a los demás su amor y su misericordia. La catolicidad de la Iglesia nos exige llevar el evangelio “hasta los confines de la tierra” (Hch 1.8), “hasta el fin del mundo” (Mt 28.20). Ningún país, cultura, ambiente o sociedad debería quedar privado del conocimiento, de la gracia y del amor de Cristo, “Luz para iluminar a todos los pueblos” (Lc 2.32). Esta ha sido también la trayectoria de la Iglesia a lo largo de los siglos, según las circunstancias de cada época, siempre ha procurado llevar el evangelio por todos los continentes y a todos los pueblos.
La globalización y las transformaciones en nuestro mundo han cambiado la cultura, pero la difusión del evangelio siempre es una exigencia para los cristianos. Cada bautizado, como miembro de la Iglesia y según la vocación recibida, procura estar presente en todos los ambientes y traspasar las fronteras para llevar el mensaje de salvación. Esta exigencia parte del propio testimonio y supone el anuncio, la celebración, la comunión y el servicio.
La predicación del evangelio en cualquier parte del mundo propone vivir con la libertad de los hijos de Dios, construir una sociedad más justa y equitativa, intercambiar de modo solidario y fraternal, cultivar la paz, el diálogo y la amistad social, cuidar la creación como casa común, amar al prójimo y profesar la primacía de Dios, Creador y Señor que garantiza nuestra plena dignidad como imagen suya.
Quienes participamos de esta misión evangelizadora tendremos que afrontar tribulaciones, rechazos y sufrimientos, porque hay por doquier en el mundo otros intereses contrapuestos al evangelio. Como en los primeros tiempos de la Iglesia, hoy tenemos las mismas armas para defender nuestra fe: la Palabra de Dios y la Cruz de Cristo (cf. 1 Cor 1.22-25).
La misión de proclamar el evangelio a todos los pueblos, a los lejanos y a los cercanos, nos exige la pobreza de recursos, la libertad en la peregrinación por Cristo para proclamar el evangelio por todas partes, la creatividad para descubrir nuevos modos de anuncio y testimonio, la no violencia para proponer la fe con alegría sin imponerla por la fuerza, la disponibilidad hasta dar la vida por Cristo y por amor a los hombres sin dejar de anunciar el mensaje con mansedumbre, a pesar de las persecuciones (cf. Mt 5.38-42; Rom 12.17-21). A ejemplo del apóstol san Pablo, nuestra misión es más auténtica si logramos padecer por Cristo las persecuciones y tormentos. Desde san Esteban hasta los mártires de la actualidad, la sangre de los testigos siempre fue semilla de nuevos cristianos.

El Espíritu Santo, protagonista de la misión en la Iglesia

El protagonista y principal artífice de la misión evangelizadora en la Iglesia es el Espíritu Santo. El evangelio solo se difunde por el poder del Espíritu Santo que toca los corazones y las conciencias de las personas para que se conviertan. El Espíritu Santo es quien derrama el amor de Cristo en nuestros corazones (cf. Rom 5.5) y nos hace idóneos para la misión. El Espíritu Santo une y preserva a la Iglesia de todo peligro (cf. 1 Cor 14), y le proporciona los diversos dones y carismas para evangelizar.
Lo mismo que en Pentecostés, el Espíritu Santo sigue dando a la Iglesia la fuerza para la misión. La evangelización necesita de misioneros con los pies ligeros y con los brazos levantados en gesto de oración para que el Señor envíe obreros a trabajar en su campo y produzca fruto. Los cristianos de hoy hemos de imitar la actitud orante de los apóstoles en el Cenáculo: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1.14).
Es el Espíritu Santo quien guía, ilumina y fortalece a la Iglesia, tal como lo expresa el Concilio Vaticano II: “La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (GS 1).

Desafíos de la evangelización en la actualidad

La evangelización siempre supone grandes desafíos porque el evangelio solo se enraíza en el humus cultural de los pueblos y en el corazón de los pecadores convertidos. El misionero ha de conocer y vivir el mensaje; también debe conocer el corazón humano y la cultura de su pueblo. San Pablo, quién predicó el evangelio a judíos y paganos, pudo verificar que la cruz de Cristo es necedad para los griegos y escándalo para los judíos, y que la resurrección de Cristo tampoco era bien acogida. A pesar de todo ello, no dejó de proclamar a Cristo crucificado y resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre.
Algo parecido nos puede suceder en la actualidad en cualquier ambiente postmoderno. Nos encontramos con hombres y mujeres en nuestras sociedades que pretenden salvarse a sí mismos y desprecian cualquier otro Salvador, algunos intentan desarraigar todo tipo de experiencia de Dios por considerarla absurda, otros rechazan a Dios porque piensan que amenaza la libertad humana y su autonomía, no faltan quienes se muestran indiferentes y evaden la presencia de un ser supremo. El secularismo invade nuestra sociedad.
Además, están los que adoran ídolos y falsos dioses, tan abundantes en nuestras sociedades: el dinero, el placer, el consumismo, las armas, la violencia, la fama y tantos símbolos de magia, superstición e idolatría. También existen fanáticos e ignorantes que hacen estragos en todos los ambientes contra el Dios de la misericordia. Por otra parte, algunos de los que declaramos seguir a Jesús, no siempre damos testimonio de su amor, y volvemos poco creíble lo que predicamos con los labios pero negamos con nuestra vida de impiedad.
De todos modos, Jesucristo siempre es una Buena Noticia porque revela al ser humano su verdadera identidad. Podemos afirmar que las personas enemigas de Dios y de su Cristo están amenazadas en su integridad humana, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “La criatura sin el Creador se esfuma… Más aún, por el olvido de Dios, la propia criatura queda oscurecida” (GS 36). La marginación de Dios en las relaciones humanas no afecta la existencia de Dios, sino que produce deterioro en el ser humano y en sus valores más específicos. Solo el Espíritu Santo es capaz de “renovar la faz de la tierra” y de convertir el interior del ser humano desfigurado por el pecado.
La misión supone la inculturación, la promoción humana y la liberación de toda forma de injusticia y esclavitud. La evangelización nos exige dejar nuestra comodidad y nuestros lugares de comodidad para ir a las periferias, a los márgenes, a las fronteras conflictivas y a los desiertos peligrosos. Es la opción por la oveja perdida, el pecador público, el ser más desvalido, enfermo, pobre y abandonado. La misión está relacionada con el ejercicio de la misericordia y de la solidaridad: dejar nuestros lugares confortables para dar desde nuestra pobreza en otros barrios, en otros ambientes, en otras diócesis, en otros países.
Estamos llamados a salir y a proclamar el evangelio con nuevo ardor y nuevos métodos. La Iglesia anuncia, proclama, predica, catequiza; la Iglesia celebra y congrega en la unidad del amor, la comunión y la caridad, en la celebración de los sacramentos; la Iglesia es servidora y compasiva, señala el camino, enseña y pastorea con ternura. La Iglesia misionera sigue el sendero de la primera creyente y misionera, peregrina itinerante con los pies descalzos.
María recibe a Jesús en la Anunciación y enseguida se pone en camino para anunciar las maravillas de Dios, es portadora de Cristo en la Visitación, lleva la Buena Noticia. En Caná nos señala el camino diciendo: “Hagan lo que Él les diga”. Al pie de la Cruz ofrece a su hijo y Señor. En Pentecostés espera con la Iglesia orante la venida del Espíritu Santo. El camino creyente de María y su fidelidad al Señor es propuesta misionera para la Iglesia.
Los santos, cada uno en su contexto y época, fueron misioneros infatigables al servicio de Cristo y de su Iglesia. Después que Andrés se encontró con Jesús fue a comunicar a Pedro: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1.41). Cuando María Magdalena se encuentra con Jesús resucitado, fue corriendo para dar la Buena Noticia a los demás (cf. Jn 20.18). Podríamos decir lo mismo de todos los santos. Como botón de muestra, basta observar a Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, a Ignacio de Loyola y Francisco Javier, a Teresa de Ávila y Catalina de Siena, a Francisco de Sales y Juan Bosco, a Vicente de Paul y Luisa de Marillac, a Teresa de Lisieux y Teresa de Calcuta… No solo anunciaron a Jesucristo de palabra sino con su vida, agrandando tanto su corazón como para abarcar el mundo. Marcelino Champagnat decía: “Todas las diócesis del mundo entran en nuestros planes”, y se ofreció para misionar en Oceanía. No pudo ir él, pero envió a un grupo de misioneros maristas, entre los cuales estaba Pedro Chanel, protomártir de Oceanía.
La dimensión misionera es inherente a la naturaleza de la Iglesia y a su función en el mundo como sacramento de salvación y de liberación. Todos los cristianos estamos comprometidos en esta misión. Así lo expresa Juan: “Lo que contemplamos acerca de la Palabra que es la Vida […] se lo anunciamos y se lo entregamos” (1 Jn 1.1-3). Ante el sanedrín, Pedro y Juan dicen: “No podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4.20).

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