Una bendición multiplicada

Por: Rachel S. Diez

Llegada a Panamá-JMJ 2019

Muchos son los sentimientos que pueblan estas líneas. Cuando vienen a mi mente los recuerdos de la Jornada Mundial de la Juventud, intento atraparlos para que una parte de ellos quede, irremediablemente, en estos renglones.
Estas cuartillas comenzarían hablando de un sueño. Un largo y acariciado sueño nació de improviso en el corazón de quienes nunca perdieron la esperanza de compartir y contrastar su fe con los hermanos de otras culturas, concretando ese diálogo con la, en ocasiones, abstracta Iglesia universal.
Debe ser, entonces, porque esa sensación de Isla –con la conocida circunstancia del agua por todas partes– nos viene inscrita desde el cordón umbilical, que la primera referencia de este texto es para la juventud católica del mundo. Hasta la cita en Panamá, creí que los católicos éramos una minoría abrumada por las frecuentes crisis dentro de nuestras estructuras y con escasa vitalidad para sostener nuestra propuesta en un mundo signado por tantas distracciones. Me atrevo a asegurar que desde nuestra llegada al aeropuerto de Tocumen hasta las invasiones a la Cinta Costera o los continuos colapsos del Metro, cada espacio me conectó con miles de jóvenes que proclamaban su fe, compartían sus testimonios y hacían soñar con esa felicidad superior que solo puede provenir de nuestro señor Jesucristo.
Siento que las delegaciones de México, Argentina, Brasil, Chile, Estados Unidos, Nicaragua, Polonia, Uruguay, República Dominicana… apenas consiguen imaginar la huella que dejaron en aproximadamente quinientos cubanos. O las veces que, en silencio, nos hemos hecho eco de sus canciones, dinámicas, juegos o vivencias.

Catequesis en el Colegio Javier

Mi narración soñada no puede olvidar tampoco las misas, con consagraciones en múltiples idiomas, bailes del rito africano o coros multirregionales; tampoco pasa por alto la liturgia que lograba armonizar con las catequesis impartidas por los obispos, la experiencia sensorial de observar los milagros de Cristo en tercera dimensión o las de una feria gigante que mostraba cómo cada carisma, orden religiosa o asociación laical se va refundando a sí misma con el impulso que el amor de Dios les proporciona.
Diría, además, que el parque del Perdón fue la oportunidad para una confesión que restableció el vínculo lacerado, o que sirvió para la reconciliación entre los hermanos que se miraban con disgusto, y fue el puente necesario para renovarnos con la fuerza que impulsa la misericordia. No faltaron los momentos para bailar, cantar, rezar o conversar con los jóvenes de toda Cuba, unidos en una rara especie de gimnasio-dormitorio donde el cariño por los otros crecía conforme transcurrían los días, y donde la ausencia comenzó a sentirse cuando, poco a poco, se marchaban los primeros peregrinos que retornaban a casa.
Hablaría de un viacrucis donde Cuba protagonizó toda una estación y de la alegría que el Espíritu Santo puso en nuestros corazones, cuando el Campo Santa María la Antigua escuchó nuestros anhelos de comunión, levantados, junto a la cruz peregrina, por un grupo de muchachos que nos llenaron de orgullo.
No puedo olvidar el acompañamiento de monjas, seminaristas y sacerdotes, que se convirtieron en una suerte de peregrinos activos, contagiándonos y generando un impulso que pido a Dios se multiplique en cada uno de sus servidores. Hablaré de los padres Jorge Luis, Marcelo, Jesús, Dariel, Teo, Bladimir, de monseñor Álvaro Beyra Luarca; también de los que vinieron al frente de las diócesis de Bayamo-Manzanillo y Guantánamo-Baracoa, que guiaron a los suyos y a los que conocieron en el trayecto. Mi escrito hipotético no dejaría de mencionar a dos brigidinas (Luciana y Bennet), a una Hija de la Caridad (sor Iyala), a otras hermanas que no conocí, pero que vienen a mi memoria por el cuidado de madres que prodigaron.
Cuando parecía que la jornada no podía ser superada, que tantos momentos de encuentro y de fraternidad habían llegado a su culmen, Dios –en su infinita abundancia para con sus hijos– decidió darnos un regalo más. Algunos se mostraron escépticos, otros no pararon de pedirlo en su oración, pero todos quedamos profundamente conmovidos cuando el Sucesor de Pedro se mostró en la capilla donde celebrábamos la eucaristía. Es cierto que días antes lo vimos entrar a la Nunciatura panameña, donde esperamos durante horas por su llegada, contando de antemano con el enorme privilegio de ser la delegación más cercana al lugar donde descansaba. Francisco sonrió al ver tantas banderas cubanas y no dejó de saludarnos desde el papa móvil. Pero tan buena imagen fue superada por su bendición a los jóvenes cubanos, su lección de humildad ante el Cristo que habita en las especies del pan y el vino, y por sus palabras inspiradoras, que encontraron eco en una santiaguera que manifestó con voz propia el sentir de todos los presentes en el Colegio.
Después de eso, solo recuerdo la emoción de mi amigo Miguel, quien escabulléndose por debajo de la guardia suiza consiguió ponerle su sombrero al Papa; o las sentidas lágrimas de Cachita, que pudo tocarlo; o la desbordada felicidad de Lolo, que se sintió bendecido. Esa noche seguramente nuestro Padre del Cielo recibió tantos agradecimientos como emociones quedaban entre nosotros.
Sin embargo, aún restaba algo por vivir: la Vigilia con el Santo Padre. De ella me conmovió el momento en que el Campo San Juan Pablo II, tomado por cientos de miles de jóvenes católicos de todos los continentes, quedó sumido en un hermoso silencio. El Santísimo llegaba a nosotros. Era el momento de depositar en él todos nuestros deseos, nuestros compromisos, los profundos anhelos que teníamos, las intenciones para el futuro de cada nación. Esa noche dormimos en aquel Campo. Y poco importó la brisa fría que provenía del cercano mar, la incomodidad, las horas de cansancio que ya se acumulaban: estábamos ante una experiencia que nos llenaba de una misteriosa sensación de plenitud, impresión con la que marchamos a casa, y que seguramente influyó en el mensaje de esperanza que transmitimos a los afectados por el reciente tornado en La Habana.
Creo que mis hermanos no me perdonarían que olvidara lo que quizá muchos recuerdan como lo más especial de la cita mundial de las juventudes. Me refiero a la acogida de las familias panameñas. Esas que no dudaron en tratarnos como a hijos propios, las que amaron y en no pocas ocasiones mimaron a los cubanos, las que desde la prejornada en Colón brindaron lo mejor de sí a unos completos desconocidos.
No deja de admirarme la grandeza con que ese pueblo reconoció que la Jornada era algo bueno. Y no me refiero solo al impulso económico que de seguro recibieron con el arribo de tantas personas a la nación de los peces y las mariposas. Recuerdo con especial gratitud la música cristiana que se oía en muchos establecimientos comerciales, la importancia que los medios de comunicación y la política daban a la promoción de los valores cristianos en la formación ciudadana, el modo en que la gente manifestaba su descontento ante un pastor evangélico que incitaba a desconocer el evento que con tanto amor involucró el esfuerzo conjunto de todo un país.
A los peregrinos siempre nos vinculará un afecto especial por esa región. Por eso, antes de que las próximas letras se tornen bucólicas, me quedaré con el texto que habita en mi memoria, ese que puedo redactar desde el recuerdo, pero que queda incompleto en estas páginas, porque las líneas que faltan pueden ser completadas también desde la vivencia personal de cada joven, porque los testimonios serían inagotables y el agradecimiento estaría a cada instante. En lo adelante queda la oración por la juventud católica cubana para que sea Iglesia viva, para que tome la bendición que representó la Jornada Mundial de la Juventud Panamá 2019 y sea capaz de irradiarla en todos los rincones que precisen de la caridad y el amor de Dios. Ω

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