Santa Inés, patrona de las adolescentes y las jovencitas

Por: Juan Manuel Galaviz, SSP

santa-Inés

La bella adolescente, mártir a los trece años
Inés, cuyo nombre latino es derivado de agnus, cordero, tiene el significado de “ovejita” y evoca ternura e inocencia. Su padre era un rico patricio que se convirtió al cristianismo junto con su familia; así que la bella Inés –era, en efecto, muy atractiva– se vio muy favorecida en su instrucción religiosa por la ferviente comunidad cristiana de la que entró a formar parte. Nació en Roma a finales del siglo iii y fue martirizada en los primeros años del siglo iv, durante la persecución de Diocleciano, el emperador que abdicó en el 305. Cuando tuvo lugar el dramático evento de su martirio, Inés tenía apenas trece años. Era, pues, una adolescente. Fue sentenciada a morir acusada del delito de desacato a la religión oficial del Imperio; en realidad, por el hecho de ser cristiana y, si vamos más a fondo, por el despecho de un caballero de la nobleza romana cuya propuesta de matrimonio ella rechazó resueltamente, no por razón de su corta edad, sino por un compromiso de amor fiel y total que había establecido ya con Jesucristo. Tal parece que el pretendiente era hijo del prefecto de Roma; lo seguro es que se trataba de una persona muy influyente en la corte del emperador Diocleciano, enemigo declarado de los cristianos. Es fácil comprender por qué, en el juicio y en la sentencia contra Inés, se registraron tantas irregularidades. No era más que una chiquilla y no se le podía someter a juicio ni dictar una sentencia contra ella. Pero el odio puede más que la ley y la calumnia es argumento eficaz para los jueces inocuos.
En ese atentado contra la dignidad y la vida misma de la jovencita cristiana, se recurrió a otros delitos para justificar legalmente el repugnante atropello. Por ejemplo, sabemos que la legislación romana no consentía la sentencia de muerte contra una mujer que fuera virgen. Pues ese fue el motivo por el cual, antes de llevar a Inés al sitio del degüello, la condujeron a un prostíbulo para que la soldadesca abusara de ella.

La piadosa memoria que sublima los hechos
La memoria cristiana se negó siempre a reconocer el primer tormento sufrido por Inés –el de sus vejaciones–, y dio lugar a leyendas que transformaron los hechos sublimándolos; surgió así, por ejemplo, la tradición según la cual, al intentar los violadores arrancarle a Inés las vestiduras, la cabellera de la joven creció prodigiosamente y cubrió todo su cuerpo, para que ninguna mirada profanase su desnudez. Se habló también de un esbirro que intentó llegar hasta ella sin lograrlo porque, antes de que pudiera tocarla, un fuego devorador comenzó a quemarle el pecho.
El río legendario de santa Inés es caudaloso e incluso muy hermoso y hasta con tintes poéticos, pero no es el caso repetirlo, para evitar el riesgo de que sofoque los elementos históricos que son los que, verdaderamente, le dan crédito al testimonio de esta admirable virgen y mártir.

“Mi iglesia no caerá jamás”
En la famosa plaza Navona de Roma sobresalen dos obras monumentales: la hermosa fachada cóncava de la iglesia de Santa Inés, una de las mejores creaciones de Borromini, y la gigantesca fuente de los cuatro ríos ideada por Bernini. La rivalidad que existía entre ambos arquitectos italianos quedó plasmada en el enfrentamiento de esas dos obras. En la fuente de Bernini, el gigante que representa uno de los cuatro ríos, muestra los brazos levantados como anunciando una inminente caída de la fachada de la iglesia hecha por Borromini. Por su parte, los devotos de santa Inés dicen que la gigantesca estatua metálica de la santa que se halla en el interior de la iglesia, parece decir, con su porte seguro y desafiante: “Mi iglesia no caerá jamás”.
En el mencionado templo de Santa Inés, en la plaza Navona, hay unas escalerillas por las cuales se puede descender hasta dar con residuos de construcciones romanas; la tradición señala ese sitio como el lugar del doble martirio de la jovencita romana. Contiguos a ese sitio están los restos arqueológicos del antiguo estadio de Domiciano. Es fácil notar cómo la plaza Navona conserva en su perímetro la figura del antiguo estadio.
En el interior de la iglesia de Santa Inés hay una pequeña capilla donde, en una urna, está expuesta a la veneración de los fieles, lo que queda del cráneo de la mártir cristiana. Por las dimensiones de dicho cráneo, se comprende que perteneció a una adolescente.

Un reconocimiento consistente
El Papa Dámaso I, el mismo que encomendó a san Jerónimo la traducción de la Biblia que hoy conocemos como la “Vulgata”, escribió durante su pontificado (366-384), un famoso poema latino que canta las glorias de santa Inés. Otro poeta latino que exaltó a santa Inés fue Aurelio Prudencio.
San Ambrosio (340-397), uno de los padres y doctores de la Iglesia más destacados, desde su cátedra como arzobispo de Milán, promovió con gran elocuencia el conocimiento y veneración de la virgen y mártir romana cuyo nombre entró muy pronto en la liturgia; en efecto en el Canon romano, santa Inés es evocada junto con otras santas de los primeros siglos: “Felicidad y Perpetua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia, Anastasia…”.
Del Tratado de san Ambrosio acerca de las vírgenes, entresaco algunas frases muy elocuentes que sintetizan de manera excelente los méritos de santa Inés:

“Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos su sacrificio […] Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ante una edad tan tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita […] Ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorando aun lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla […] ¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible para su poca edad lo hizo posible su virtud consumada […] El verdugo hizo lo posible por aterrorizarla, y también para atraerla con halagos; muchos desearon casarse con ella, pero ella dijo: ‘Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá’ […]”.

La iconografía relativa a santa Inés se fue configurando a la par con el crecimiento de la admiración devota que se le profesa. En general, se le representa como una jovencita en actitud orante, teniendo a sus pies o en sus manos un corderito. Su martirio suele expresarse con el signo de una palma, y su pureza con unas azucenas. En algunos retablos se ve en el cuello de santa Inés una especie de fina estola blanca. Este detalle, alusivo al palio, requiere una somera explicación: por una antigua tradición relacionada con santa Inés, anualmente se recoge la lana blanca de un corderito y se conserva en la basílica de san Pedro; con esa lana se confeccionan los palios, que son insignias distintivas del Papa, de los arzobispos y de otros eclesiásticos. El palio es como una cinta blanca hecha de lana virgen y ornamentada con cruces negras.
A santa Inés, cuya fiesta litúrgica es el 21 de enero, se le considera patrona de las adolescentes, de las jovencitas y de las mujeres que se están preparando para un matrimonio cristiano. El testimonio y la intercesión de santa Inés, lejos de ser hoy algo anacrónico y carente de significado, es más oportuno que nunca, pues una de las desgracias de nuestro tiempo es el mal uso de la sexualidad. Son muchas las muchachas que, aun dotadas de una buena formación, acaban seducidas por toda clase de provocaciones morbosas o sufren violencia sexual. Ω

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