Ser persona o ser mirado en caridad

Por: Teresa Díaz Canals

“Vivir es habitar un trayecto de imposible clausura…
los seres humanos vivimos siempre en despedida”.
Joan-Carles Mèlich
Ética de la compasión

“Pero ¿a quién cuento yo estas cosas?
No ciertamente a Ti, Dios mío, mas en tu presencia
las cuento a todo el género humano, por pequeña
que sea la parte de él que pueda leer estas páginas”.
San Agustín
Confesiones

Palabras a viva voz
He tenido el gusto de disfrutar de un texto cuya idea y compilación es de la conocida artista Mirtha Ibarra. Se trata de un grupo de cartas de quien fuera su esposo, uno de los grandes cineastas de nuestro país. Su título: Titón. Tomás Gutiérrez Alea, volver sobre mis pasos, publicado por Ediciones Unión el pasado 2018.
Cuando abro la mencionada obra, por cumplir con el gesto de un amigo que amablemente me proporcionó tal lectura, me encuentro que en algunas de las misivas divulgadas aparecen opiniones sorprendentes. Una vez más, esta revisión me hizo constatar la aparición de eso que se llama en filosofía phatos, y que a veces les comento a mis estudiantes: sorpresa, una sensación de alegría por un descubrimiento, por algo inusitado en el proceso de investigación y que, en sociología, uno de los representantes de esta especialidad nombró como serendipity: hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental, casual o por destino, o cuando se busca una cosa distinta y aparece otra.
El término serendipia deriva del inglés serendipity, vocablo acuñado en una de sus cartas por el político, arquitecto y escritor Horace Walpole (1717-1797) y que significaba “hallazgo afortunado” tomado por él en 1754 a partir de un cuento de hadas persa denominado “Los tres príncipes de Serendip”, cuyos protagonistas, unos príncipes de la isla Serendip, la actual Sri Lanka, arreglaban sus problemas debido a determinadas casualidades.
La palabra serendipity fue cayendo en desuso y prácticamente nadie la utilizaba. No obstante, fue rescatada debido al interés en este tipo de asuntos e incluso por otros motivos culturales. Una estudiante del Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela, me recordó que existe una película del año 2001 dirigida por Peter Chelsom y protagonizada por John Cusack y Kate Beckinsale, con ese título, que trata del encuentro “casual” de un hombre y una mujer y una romántica historia de amor. El rico “dulce de leche” se le atribuye a una cocinera que olvidó en el fuego un recipiente con leche y azúcar, es decir, no aparece como resultado de una investigación formal, sino de una contingencia. Resulta más familiar a nuestros oídos la palabra chiripa, al menos hasta hace algunos años era muy común, cuando algo nos salía bien por azar expresábamos –y creo que es así todavía–: “me salió de chiripa”.
En la propuesta de Mirtha se revela una eticidad y una manera de vivir del director de la célebre película Fresa y chocolate que ha resultado para mí un “hallazgo afortunado”. En sus páginas aparecen testimonios documentales que enriquecen un pensamiento social contemporáneo cubano digno de tenerse en cuenta. En el libro me enteré que por ser honesto en su obra –usar el arte como voluntad de cambio, como instrumento de crítica, de hacer ver lo no visto, lo no pensado– fue acusado de tener “problemas ideológicos” y, en determinados momentos, lo vieron como “sospechoso”. Ante esta lectura, compruebo, una vez más, la arbitrariedad de la vida cubana contemporánea, donde el individuo se diluye en un país y en un mundo cada vez más kafkiano.
Con frecuencia los derechos ciudadanos son violados por los mismos representantes del Estado que se supone debe protegerlos. Hace solo dos días se presentaron en mi casa tres supuestos inspectores de la Empresa Eléctrica, me revisaron cada rincón buscando, parece –pues no me explicaron nada–, un supuesto robo de electricidad. Me puse nerviosa, con un destornillador me trastearon el reloj registrador, no se trataba de ver el consumo y punto, sino de buscar determinados indicios mediante un procedimiento extraño. No fui tratada como una posible ladrona, se trataba de maniobrar ante una consumada delincuente que, por cierto, no sabe en absoluto cómo puede hacer para alterar ese aparato a su favor. Además, mi familia no vive conmigo, no tengo un negocio en el que pueda derrochar electricidad. Tal vez la luz que consumo leyendo, sea el “derroche” que pago puntualmente cada mes.
Con asombro observé que solo otra casa y yo fuimos objetos del tal “allanamiento” de morada, sin más ni más. Llamé tres o cuatro veces a la oficina de atención al cliente, me explicaron que solo puede atender mi queja un señor llamado Iván que nunca está, siempre reunido en otros espacios. “Le aconsejo que venga y lo espere”, me dijo una de las personas que atendió. Otra me preguntó: “¿Y por qué los dejó entrar?”. Buena pregunta, pensé que estaban inspeccionando a todo el barrio. Le expliqué que era víctima de una agresión de ellos, no una transgresora para dedicar mucho tiempo a este tipo de burócratas, y que, además, estaba enferma. “Llame, siga llamando…”. Tal vez algún día salga el señor que decide a quién inspeccionar y me conteste otro disparate. En una oficina que se denomina en la guía telefónica Atención al Cliente no tienen a nadie que pueda recoger las quejas. Es evidente que un administrador no puede atender las llamadas de todo un municipio. Es elemental que ese funcionario necesita un equipo que responda a las inquietudes de los usuarios. No hay organización ¿o conviene que todo funcione de manera caótica?
Fue muy curioso caminar por la esquina de J y 23 en días pasados. Allí pude realizar un ejercicio de “observación participante” y reflexioné sobre tres cuestiones interesantes de nuestro presente actual: toda esa zona paralizada debido a la reparación –en honor a los 500 años de la Ciudad de La Habana– de la heladería Coppelia. En una guagua, el chofer comentó: “Cuando abran de nuevo van a ofertar diez sabores”. Y una mujer uniformada añadió muy risueña y mirando su celular: “Esa cantidad de sabores durará solo un día”. Ya nadie cree en las promesas de mejoramiento en los servicios. Una gran inversión para volver a lo mismo. Mucho ruido y pocas nueces.
Frente al despliegue anunciado y apresurado de la remodelación del mencionado inmueble, aparece el segundo caso, todo tapiado, el escenario de trabajos iniciales para la construcción de un hotel cinco estrellas, de lujo, destinado a turistas con mucho dinero, ahora una moda junto a los campos de golf. ¡Qué ironía del proyecto social cubano! Se proclama justicia y se construye injusticia. A la izquierda y por la calle L, lo que queda del hotel Habana Libre, todo desvencijado, deteriorado, resultado de un supuesto mantenimiento general relativamente reciente, cacareado en el Noticiero Nacional de Televisión, sabe Dios cuánta inversión fue reportada. Al final resultó otro fracaso. Y frente al casi siempre vacío restaurant Siete Mares, el tercer caso, una señora se bajó sus pantalones y pude observar que estaba descargando su diarrea en plena acera, después, con un pomito de agua se echó un poco del líquido en su sucio trasero. Lo que debiera hacerse en un baño público, ahora se puede realizar a la vista de cualquiera. Recuerdo que una colega contó que su hermana había emigrado con dos hijos, uno de ellos pequeño. Una vez la llamaron del círculo infantil o guardería donde lo tenía y le dieron una queja con mucha alarma: el niño se sacó su pipi y orinó delante del resto del grupo. Somos lo que hacemos. “No es tanto lo que hacemos en la vida cuanto lo que vamos siendo al hacer”.1 También tengo una anécdota de dos mujeres que entraron a un cine. Tuvieron que salir en medio de la proyección de la película porque a una de ellas la empapó un hombre sentado en el asiento de atrás, quien eyaculó encima de su cabeza. Llegamos a la total independencia, a la absoluta libertad, todo está permitido, bueno, casi todo… Contamos ya con otra visión de la vida cubana, consolidada en el transcurso de las últimas décadas, una “fortaleza” de los nuevos tiempos: la que no ve, la que deja de mirar.
No pretendo respuestas definitivas, sumamente correctas, efectivas ciento por ciento. No se trata de eso. Vivir éticamente no significa cumplir con determinadas obligaciones, ni aplicar un marco normativo, ni ser fiel a la ley moral, jurídica, política de manera estricta. La ética nace en determinado contexto social, cuando, sobre todo, estamos pendientes del sufrimiento del otro y somos capaces de responder, aunque no sea la respuesta definitiva. Nos hablan de Deber, Dignidad, de Futuro con Bienestar, lo que pasa es que contamos con seres humanos imperfectos para lograr cuestiones perfectas. Es una incoherencia. Solo existirá la ética cuando respondamos adecuadamente, aunque nunca podrá ser muy adecuada la respuesta, cuando seamos sensibles a lo indigno, a lo infrahumano, a los que todavía no somos considerados personas.

Hacernos diálogo
Estas desgracias disueltas que he narrado no provienen de una felicidad esfumada, confieso que nacen de una melancolía realmente sustancial a lo Edgar Poe. Primero que todo, estimo que tengo derecho a la queja por una realidad escamoteada. Esa que le hizo decir a Virgilio Piñera en un momento crucial de nuestros destinos: tengo miedo. Pero ¡atención!, también es la queja de Job, son confesiones que hice en soledad, sé muy bien que ellas y otras muchas solo son una estación, una morada de paso que contempla en los simples hechos una quiebra de la verdad que exige ahora ser reformada, porque la verdad transforma la vida. Esa exigencia de verdad que antes muchos no discutíamos, ahora se transforma en una exigencia de sinceridad, que tiene que ver con los individuos, y ser sincero(a) es una manera de sentirse persona.
No es el conocimiento de lo real lo que nos hace amarlo profundamente. El valor primero es el sentimiento. El sabio es el que tiene la capacidad de llevar el corazón a la luz, tal como lo hizo san Agustín. Las confesiones nos llevan también a mirarnos interiormente, es el momento en que la vida empieza a ser aclarada, porque, en definitiva, nos ofrecemos a la vista, a la mirada que todo lo ve, a la mirada divina.
Las razones no operan sino sobre la base de la confianza, “la razón en la vida no funciona más que sobre algo previo, fe, confianza, caridad… Ser transparente es ser creído, ser mirado en caridad”.2
La razón hay que dulcificarla, el camino más fácil es declarar: “no nos entendemos” y hasta cantar esas palabras desaforadamente. La moral es un estilo de vida, una estética. Aunque como Séneca, estemos siempre polemizando, esa polémica debe tener la imagen de la diplomacia, siempre pactar, evitar la total ruptura, única manera de conservar el estilo, de conllevar la vida en dignidad. Eso, también, es ser persona. Ω

Notas
1 Francisco López Barrios: “La bulimia del poder y la anorexia del compromiso en nuestro mundo moderno”, en La ética del compromiso, Buenos Aires, Grupo Editor Altamira, 2002, p. 110.
2 María Zambrano: La confesión. Género literario, Madrid, Ediciones Siruela S.A., 2001, p. 55.

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