DE LA BIBLIA: Jesús y las parábolas

Por: diácono Orlando Fernández Guerra

En sus habituales comentarios a la Torá, los maestros del judaísmo contemporáneos de Jesús usaban la parábola como método pedagógico de enseñanza moral y espiritual. Se conservan muchísimas en los escritos rabínicos en los que usan las imágenes de la viña, del pastor y las ovejas, del tesoro escondido, de la invitación al banquete, que ya vimos en el artículo anterior. Esta era una manera de iluminar pasajes oscuros de la Biblia a la luz de las situaciones vitales de los oyentes. Dios era el protagonista oculto en cada relato que, como Padre, Juez o Rey, ofrecía una solución amorosa y justa al problema planteado.
Así la parábola se convertía en la bisagra que conectaba y articulaba lo trascendente con lo inmanente y el mundo espiritual con la realidad terrenal; a Dios con el hombre. Y lo hacía con imágenes concretas, sugerentes y desafiantes. Para ese sutil gusto hebreo por la paradoja, el enigma o el cuento no había mejor solución para despertar la atención del oyente. Por eso muchas comienzan con una pregunta: “¿Qué les parece…?” (Mt 18.12); “¿A qué lo compararé…?” (Lc 13.20).
A veces, la parábola nacía como una comparación tomada de la naturaleza o de la vida cotidiana que podría estar emparentada con un proverbio. Jesús pronuncia algunos propios de su cultura que seguramente todos conocerían: “Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres” (Mt 24.28); “Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo” (Mt 15.14); “No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín” (Mt 5.15). Más tarde el desarrollo de cualquiera de estas comparaciones gráficas podía dar lugar a una parábola, a veces muy corta, como las del tesoro escondido (Mt 13.44) o la oveja perdida (Lc 15.4-6), otras veces más larga, a la manera de un cuento, como la del sembrador (Mt 13.3-9) o la del hijo pródigo (Lc 15.11-32).
Pero por muy hermosas que sean, las parábolas no se agotan en su evocación poética, son siempre una invitación a tomar una decisión seria y concreta de cara al futuro, porque nos enseñan a contemplar con los ojos de la fe la cotidianidad. Así el menor hecho, por insignificante que parezca, nos descubre una realidad invisible que puja por salir a la superficie de nuestra conciencia. Y es que las parábolas hacen una comparación entre un hecho conocido por los oyentes y otro invisible que invade la cotidianidad transfigurándola. La proximidad del Reino de Dios invita a reflexionar profundamente sobre nuestro comportamiento personal y social.
Las parábolas aportan densidad, profundidad y dilatación a nuestro contraído universo personal, porque nos ayudan a conectar con todos y con el Todo de modo crítico. De esta manera, despierta nuestra capacidad de discernimiento y conversión personal para poder comparar la nueva realidad del Reino con nuestras fantasías de futuro, tantas veces viciadas por empeños y proyectos frustrados. De esta manera, las parábolas van dando cuerpo y consistencia a la esperanza mesiánica. Por eso dice Jesús: “El Reino de Dios es semejante a…” (Lc 13.19); “Mi Reino no es de este mundo…” (Jn 18.36); “pero ya está entre ustedes” (Lc 17.21).
Jesús no ofrece ninguna definición teológica del Reino de Dios; sus parábolas se limitan a sugerirlo para seducirnos con su presencia. Por eso, cuando los fariseos le preguntan: “¿Cuándo llega el Reino de Dios?” (Lc 17.20), su respuesta es desconcertante: “El Reino de Dios no viene visiblemente, y no se podrá decir: ‘Está aquí’ o ‘Está allí’, porque el Reino de Dios está entre ustedes” (Lc 17.20-21). El Reino de Dios es el gran centro de gravedad del ministerio público de Jesús. Todo lo que realizó a través de discursos, dichos, curaciones, resurrecciones y parábolas tiene que ver con esto.
La acogida o rechazo, la actualidad o venida de ese Reino de Dios, son el centro de todas sus parábolas. No importa si en ellas nos habla de la misericordia, el perdón, la salvación, la oración, el discipulado, o cualquier otra dimensión de la vida cristiana. Todas indefectiblemente remiten al Reino que misteriosamente se nos ha dado a conocer, aunque como un enigma (Mc 4.11).
Su gran riqueza teológica no está en lo que literalmente dice, sino en lo que permanece más allá de nuestra comprensión, en lo que nos sugiere, en esa capacidad de abrirse continuamente a nuevas perspectivas que jamás terminaremos de descubrir y meditar. Por eso, los lectores de todos los tiempos nos sentimos interpelados por ellas al meditarlas, porque tienen inagotables aplicaciones para nuestra vida personal, familiar, comunitaria y social. Hoy, después de siglos de pronunciadas, las parábolas de Jesús siguen siendo un monumento literario dentro del Nuevo Testamento. Ω

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