Mercedarios en el centro de un tornado

Por: Lázaro Numa Aguila

Iglesia Jesús del Monte luego del paso del tornado
Iglesia Jesús del Monte luego del paso del tornado

Cualquier fenómeno meteorológico genera preocupación en la población. Las predicciones de la  llegada de un frente frío, las penetraciones del mar, el fenómeno del niño o la niña y los temidos ciclones, provocan alertas tempranas que permiten tomar las medidas necesarias para evitar  pérdidas humanas y materiales. Pero la formación de un tornado como el  que azotó a La Habana en la noche del veintisiete de enero del año en curso es impredecible.

 Fray Gabriel Ávila Luna

Este destructor evento sorprendió a varios municipios de la capital, entre ellos el de Diez de Octubre. La elevada zona del Consejo Popular Jesús del Monte, donde se encuentra enclavada la parroquia homónima, mostraba en las primeras horas de la mañana siguiente un panorama desolador. La iglesia quedó prácticamente destruida, perdió su techo y la cruz del campanario, varios arcos de medio punto se quebraron, el mobiliario voló y pocas imágenes se salvaron. En el sitio se encontraban su joven  párroco fray Gabriel Ávila Luna -fray Gabriel  de San Pedro Pascual -, mexicano, con dos años de ordenado e igual tiempo de servicio en Cuba, acompañado de un seminarista cubano, ambos de la Orden de la Merced.

Me aproximé a fray Gabriel cuando todavía permanecía en sus oídos el sonido de las ráfagas de viento y de la lluvia.  Mi  objetivo era poder  conocer, de primera mano, sus impresiones sobre el momento vivido y transmitirlo  los lectores de Palabra Nueva. En ese instante ya muchas manos amigas llevaban su ayuda solidaria a la parroquia para mitigar en lo posible las pérdidas y cubrir  en parte las necesidades básicas de los damnificados. Fue amable y me dijo que yo dispusiera del momento; preferí no hacerlo en esos días y esperé a que todo estuviera más calmado. El encuentro se efectuó en la tarde del día 11 de enero luego de la misa. 

No quise ir directo al duro tema del tornado por una cuestión básica de sensibilidad, preferí conocer primeramente algunos aspectos relacionados con la persona y el motivo de su presencia en el lugar.

¿Qué pensó al ser designado a Cuba casi inmediatamente después de su ordenación sacerdotal y cuáles fueron sus primeras impresiones al llegar a la parroquia de El Buen pastor de Jesús del Monte?

“El primer pensamiento fue que venía a una tierra de misión y de redención. Los mercedarios nos dedicamos a redimir. Ya me habían comunicado que la parroquia de Jesús del Monte era un lugar histórico de La Habana, donde habían estado en el pasado algunos párrocos mercedarios y existía aún en la comunidad gran devoción por nuestra madre, eso me llenaba de aliento y deseos de consagrarme a ella”.

Convive con la población de una barriada habanera que muestra determinadas complejidades, problemas habitacionales, manifestaciones de indisciplina social, un universo religioso amplio ¿Le ha costado trabajo adaptarse al medio?

“No, ya había estado anteriormente en comunidades similares, incluso, de costumbres e ideologías diversas también”.

La parroquia de Jesús del Monte es una de las joyas históricas de la diócesis, ¿esto le hace sentir algún grado extra de responsabilidad o simplemente la asume como una parroquia normal?

“Me hace sentir un grado extra de responsabilidad por su carácter histórico, por su significado y también por el hecho de que otros mercedarios me antecedieron en ella. Algo especial en mis sentimientos es el hecho de que aquí estaba y se reverencia con franca devoción la imagen de nuestra madre”.

¿Pudiera compartir  su experiencia de la noche del pasado 27 de enero con los lectores de Palabra Nueva?

“Acabábamos de subir, fray Rodolfo y yo, procedentes del templo.  Estuvimos acomodando los bancos para que estuvieran bien en la misa del próximo día. Ya nos disponíamos a hacer oraciones en nuestras vísperas. En ese preciso instante nos percatamos de un ruido, como el de un avión que se desplomaba. Comenzó a batir un fuerte viento y pensamos que también venía una lluvia muy fuerte. Fray Rodolfo trató de cerrar unas puertas de nuestro saloncito para evitar que entrara el agua, pero no pudo, el fuerte viento se lo impidió.

”Todo ocurrió en cuestión de segundos, se escuchó una fuerte explosión, los vidrios y piedras volaban sobre nosotros, nos tuvimos que guarecer. Sentimos cómo el viento se llevaba el balcón y parte del techo de tejas de  nuestra iglesia, entonces a lo único que atinamos fue a correr para la parte baja de nuestro claustro, justo en los salones de la catequesis. Pensamos que era la única parte donde no nos podía pasar nada. Ahí nos refugiamos. Todo transcurrió en segundos. Sentimos temor porque no sabíamos qué era lo que ocurría, si se trataba de una tormenta, un ciclón u un avión, lo menos que pasó por mi mente fue que era un tornado, no tenía referencia de algo así”.

¿En qué momento se percató y tomó conciencia de los destrozos que había causado el fenómeno en el templo?

“Cuando todo había disminuido, en compañía de fray Rodolfo subí nuevamente al piso superior. Iba por mis documentos, si volvía a suceder  algo los tendría a buen resguardo. Me percaté de que ya no teníamos muros ni techo en el templo. No vimos mucho porque no había fluido eléctrico. Decidimos  bajar y acomodarnos de la manera que fuera posible. Ya se escuchaban las sirenas y muchas personas gritando. Esperamos a que amaneciera para poder salir y ver qué había pasado realmente”.

Luego del fatídico suceso, la iglesia de Jesús del Monte se convirtió en un verdadero hervidero de amor y solidaridad humana de los habaneros, todo de manera espontánea. ¿Qué pudiera expresar sobre la experiencia que ha vivido en estos días?

“En lo particular me llenó de mucha esperanza e ilusión ver que tanta gente se reunía y venía aquí a tocarnos las puertas para traer donativos de ropa, agua y comida. Las comunidades religiosas no demoraron en aparecer, también venían con comida para las personas que lo habían perdido todo. Nos comenzamos a organizar de tal forma que rápidamente la población se dio cuenta de lo que estaba pasando aquí y pasaron la voz con rapidez. De esa forma comenzaron a recibir alguna ayuda temprana los damnificados de la zona, se hicieron javitas destinadas a los más afectados, no era mucho, pero era algo en medio de la nada. Sin darnos cuenta el lugar se convirtió en un centro de ayuda comunitaria. Fueron los vecinos, de forma voluntaria, los que limpiaron de escombros el área para hacer posible el acceso”.

Ayuda humanitaria de la Iglesia Católica

He escuchado en la barriada manifestaciones de agradecimiento de los pobladores y hasta en los medios esta gratitud se ha evidenciado en entrevistas a vecinos damnificados. ¿Cree que este hecho ha ayudado a visibilizar mejor la misión social de la Iglesia?

“Sí, la Iglesia siempre tiene un papel importante dentro de cualquier sociedad. Incluso, José Martí dijo algo así como que nosotros, los hombres, tenemos que conmovernos también por la situación por la que pasó el Nazareno. No podemos poner a un lado el papel de la Iglesia porque al final contribuye de manera efectiva, aunque sea con un grano, para mejorar la sociedad. Debo decir que ni por un segundo pasó por nuestra mente la idea del protagonismo, solo pusimos a un lado nuestras propias  afectaciones y nos consagramos a ayudar, siempre hay uno que está peor”.

¿A partir de ahora qué viene padre?

“Seguiremos dando seguimiento a las personas de nuestra parroquia, a nuestros feligreses, para ayudarlos. Esto nos sirvió de pauta para comprender la necesidad de hacer talleres de recuperación, no solamente en el aspecto material, sino también en lo espiritual. Nos hemos dado cuenta, a través de esta situación, de  la necesidad de volver a despertar nuestra fe, que es lo que nos mantiene unidos”.

¿Sobre la situación del templo qué se vislumbra?

“Ya se han comenzado a dar algunos pasos, estamos también a la espera de donaciones que permitan comenzar a hacer visible el proyecto de reparación de nuestro templo que va naciendo, debemos tener paciencia y trabajar, esa será la única forma de tener nuevamente nuestra casa espiritual  igual o mejor a la que teníamos”.  

Gracias padre por el tiempo dispensado en medio de tanto trabajo.

Duelen las pérdidas, pero valen poco los lamentos. Para quien lleva años junto a la parroquia de El Buen Pastor de Jesús del Monte, fuente de amplias investigaciones históricas y motivo de múltiples trabajos, verla en este estado, luego de trescientos treinta y nueve años de existencia, es doloroso. Más temprano que tarde, volverán a repicar en lo alto de su campanario sus cinco alegres campanas para anunciar el renacer del viejo templo. Su amplio portón abrirá para todos en Jesús del Monte, porque esa es su eterna misión.

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