Pinareña habanitud

por Jesús Arencibia Lorenzo

Línea,_La_Habana,_Cuba
Línea,_La_Habana,_Cuba

Mi amiga D, que ya andaba en lecturas filosóficas y cuestionamientos sociales mientras sus coetáneos no acabábamos de soltar la ingenuidad adolescente, se brindó para acompañarme en mi primer viaje independiente a la “gran” urbe, el día en que debía matricular la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana (UH). Era la última semana de agosto de 2001.
Como corresponde a cualquier guajirito pinareño que jamás había desandado solo una ciudad de más de dos mil habitantes, el golpe inicial fue de asombro. Miedo y asombro. ¿De qué forma aprenderse las calles? ¿Cómo distinguir las rutas de guaguas para cada sitio? ¿Y la gente, los habaneros, que seguramente nos mirarían por encima del hombro a los que veníamos de fango hasta el pecho? ¿Y los precios de las cosas? ¿Y los posibles asaltos?…
Pero por suerte la UH y su Facultad de Comunicación (FCOM), situada entonces en la Avenida de los Presidentes (G), entre 21 y 23, mostraban el rostro más amable y mejor maquillado de la capital, el exclusivo Vedado, donde se concentra el circuito cultural más valioso del país. Allí, una vez que me bajé del transporte frente a la caballeresca desnudez metálica del Quijote, comencé a desfacer mis propios entuertos citadinos y a ensanchar el pensamiento, porque, como bien nos advertiría una sabia profesora tiempo después, la universidad “no sirve para nada, excepto para pensar”.
Por darme, la geografía habanera comenzó dándome eso: pensamiento, comprensión elemental del país y del mundo, que la enseñanza preuniversitaria provinciana –con todo y que tuve una formidable–, no podía brindarme.
En el piso 21 de la residencia estudiantil Lázaro Cuevas, la célebre F y 3ra, entonces bastante derruida, tuve mi primera vista aérea de la ciudad. Era bastante amplia, pues el cuarto que nos tocó no tenía persianas, en su lugar había un hueco rectangular en la pared, listo para quien quisiera suicidarse. Nuestra primera tarea de carpintería fue por tanto buscar cartones y tablas para tapar ese agujero cuando lloviera.
Desde la beca –un semestre en F y 3ra, otro en el Reparto Bahía y cuatro años en 12 y Malecón– hasta ese imperio de “la imaginación contra la norma” que era la Facultad, nuestros caminos diarios se fueron ramificando, de tal suerte que empezamos a verle las costuras y repliegues a la añeja urbe: la majestusidad vedadense junto al hacinamiento de Centro Habana; las mansiones de la calle Línea junto a los edificios cajas de hormigón de Habana del Este; los camellos, monstruos rodantes surrealistas, engullendo y vomitando cientos de personas en cada parada; la lucha, el “bisne” cotidiano para que más de dos millones de cubanos –en población oficial y flotante– sobrevieran día a día sin planificar demasiado su futuro.
Junto a Randy y Salas, mis compañeros de cuarto permanentes durante la carrera, concebimos un sistema distributivo de alimentos, estudios, preocupaciones y quimeras al que denominamos “socialismo real”, porque, al contrario del conocido en Europa del Este, este sí era socialista. A la distancia de los años, lejos de “desmerengarse”, devino hermandad irrompible.
Salas impulsó al trío a ver y sentir el ballet por vez primera. Desde su palco de reina del Gran Teatro de La Habana, nos deleitamos muchas veces con el saludo espléndido de Alicia, que aún no daba nombre a la institución. Randy nos arrastró a conocer y practicar el teatro en un grupito aficionado de la facultad. Con todo y su ausencia de aire acondicionado, asistimos una y otra vez al Trianón, a las exuberantes puestas de Teatro El Público, bajo la batuta de Carlos Díaz; la más célebre de todas: Santa Cecilia, letra estremecedora de Abilio Estévez con actuación descomunal de Osvaldo Doimediós.
Con los años he comprendido mejor que la triste decadencia de esa mujer sumergida en la obra de Abilio, podría ilustrar como pocos símbolos el hundimiento de la ciudad, el país y las ilusiones que hemos ido sufriendo, inexorablemente, en esta islita rodeada de consignas y bloqueos.
Me gradué. Me quedé como profesor de periodismo en la FCOM y redactor de Juventud Rebelde. E inició para mí un peregrinaje de doce años por alquileres, casas de amigos, cuartos prestados, becas legales y clandestinas, hogar de esposa y suegros, otra vez alquileres, inventos, penurias, hasta el regreso, con nueva esposa y esperando un hijo, a mi entrañable Pinar del Río: aventuras que darían en sí mismas para una novela.
Y siempre, de telón de fondo, de angustia y belleza, de ensueño y hastío, La Habana, que no me resigno a escribir “La Vana”, como un agudo maestro; pero tampoco “La Buena”, como quisieran los más idealistas.
Preñada de las mismas deformaciones que el resto de Cuba, pero en una temperatura y presión incomparablemente mayores, la metrópoli por momentos parece, con Eliseo, “el sitio en que tan bien se está” y a cada rato anuncia, con Dulce María, los “últimos días de una casa”.
La ondulante cintura de piedra que la distingue, a instantes aprieta como si quisiera asfixiar a la muchedumbre irreverente, y a instantes relaja, como si pudiera ser una rampa de lanzamiento a las geografías ilusorias.
En La Habana crecí, soñé, amé y desamé. Quise a rabiar y he sido generosamente querido. Desde ella salí a mirar algo de mundo, y en ella desarrollé los verbos modales de mi pasión profesional: aprender, enseñar y escribir.
Y ahora, que dibujo mis días entre Vueltabajo y Holguín, la cinco veces centenaria no es solo una escala en el trayecto, sino una novia jamás olvidada, a la que, por muchos motivos que no caben en una crónica, no dejaré de adorar.

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