Los obispos auxiliares de La Habana III

por Mons. Antonio Rodríguez (padre Tony)

Monseñor Evelio Ramos Díaz
(1923-1976)
Tenía cincuenta y tres años de edad cuando falleció en el esplendor de la fecundidad de una vida episcopal. Aunque su salud se empeoró velozmente durante los cinco últimos meses de su vida, la muerte resultó inesperada para todos. Una diabetes galopante, que debutó en la primera quincena del mes de julio de 1976 con la amputación del dedo pequeño del pie derecho, fue el detonante para una retinopatía diabética que le privaba, de semana en semana, de la visión en ambos ojos. Una esperanzadora paliación del mal se cifraba en el tratamiento que en el Instituto Barraqué de Barcelona se le iba a aplicar. Partía hacia España en la tarde del 25 de noviembre de 1976 cuando al pisar el primer peldaño de la escalerilla del avión de Iberia, sufrió un infarto masivo del corazón. Una presurosa ambulancia lo conducía al Hospital Cardiovascular del Vedado, cuando falleció, justo al llegar a la entrada de dicho centro. El gran padre jesuita José Manuel Millares, hábil y presuroso como solo él lo era, entró por el asiento del chofer y le aplicó la unción de los enfermos antes de fallecer. Rápidamente le quitó la cadena de oro que llevaba en el cuello y su anillo episcopal.
Hombre de mediana estatura, algo grueso, de piel extremadamente blanca, pelo lacio, trigueño, sin canas y peinado hacia atrás. Así era la figura de este obispo que vestía invariablemente con pantalón negro y camisa blanca de mangas cortas que caía por fuera; andaba a pie por las calles de La Habana Vieja, hacia la Catedral o al viejo Seminario o a algún cine donde se proyectaba alguna película interesante de las que no tenían público. Conocía al cubano como ningún obispo de antes o de después de él, lo ha logrado. En una ocasión, uno de esos habaneros de a pie que lo veía transitar a menudo hacia la Catedral, le dijo: “Se come bien en INIT, ¿eh?” –el hombre de marras lo confundía con un empleado del Instituto Nacional de la Industria Turística, cuyos trabajadores gastronómicos se vestían de camisa blanca y pantalón negro–. El mismo Mons. Ramos refería la anécdota de manera jocosa. Así era su sencillez. Jamás lo vi con la sotana de obispo y una sola vez con el peto negro con el cuello clerical. Su anillo episcopal era una alianza de plata con una cruz negra en el centro, obsequio de los Hermanitos de Jesús que residían en una granja agrícola de Güines.
Para la misa en la Catedral, de la cual era párroco desde 1966, se revestía con el alba, la casulla, se ponía por fuera un sencillo pectoral y sobre la cabeza el solideo de color morado. Pocas veces usaba mitra y nunca báculo, pues en aquel tiempo los obispos auxiliares no los portaban en la ceremonia. Era la Iglesia de la sencillez de aquellos años, de la cual bebimos tantos.
Con la muerte de Evelio Ramos los obispos cubanos perdieron una voz de sabiduría y de equilibrio. Mons. Francisco Oves perdió a su mejor y leal amigo.
Este hombre nació en Cuatro Caminos de Falcón, como a él le gustaba decir, el 25 de agosto de 1923. Entró al Seminario San Carlos y San Ambrosio con catorce años. Siendo seminarista estuvo a punto de morir de tifus. Uno de esos días de enfermedad, su padre, al ir a verlo al hospital, vio salir el carro fúnebre y pensó, “ahí va mi hijo”. Así contaba jocosamente Mons. Ramos esta anécdota.
Cuando el cardenal Arteaga lo iba a ordenar sacerdote el 11 de julio de 1948 fue a la Iglesia de la Caridad para solicitar la celebración de la ceremonia, que incluía, además, la de su compañero Rolando Laria (24 de diciembre de 1962), pero le explicaron que a esa misma hora se celebraría un funeral. Él se dirigió a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús (Reina), y los jesuitas le dijeron que no había problemas; y en ella celebraron ambos presbíteros.
Ordenado sacerdote fue nombrado rector del seminario El Buen Pastor, de Arroyo Arenas. Su vida estuvo reducida al pequeño ámbito de la dirección de un Seminario que llegó a contar con alrededor de cien seminaristas. Allí tuvo la difícil e incomprendida misión de ser rector y profesor. No realizó ningún estudio en universidades. De esta forma, el padre Evelio Ramos no fue licenciado en Filosofía ni en Teología, mucho menos doctor; pero sí fue un autodidacta en estas materias, en las cuales se preparó muy bien y lo demostró hasta el momento de su muerte. Dominaba perfectamente el idioma inglés y pasó un curso de verano en Inglaterra, en el cual estudió la literatura de ese país. Tenía la capacidad de leer más de un libro a la vez, y los resúmenes de sus apuntes, los escribía a lápiz con una perfecta caligrafía.
Fui su alumno durante dos cursos en varias asignaturas: Historia de la Filosofía Antigua, Media y Moderna; Historia de la Filosofía en Cuba; Historia de la Filosofía Contemporánea y Metafísica. Algunos críticos le achacan a Mons. Ramos que sus cursos eran muy simples. Es cierto, pero para seminaristas que no van a ser filósofos, y que deben estudiar Filosofía como un medio para comprender algunos aspectos de los posteriores cursos de Teología, la cual se expresa en varias categorías filosóficas, con eso era suficiente. De hecho, la vida lo demuestra. Me considero que fui un mediano alumno de Filosofía; además, cuando falleció Mons. Ramos me encontraba a mitad del segundo año de Teología y el rector me solicitó que sustituyera al fallecido obispo en las clases de estas asignaturas que impartía. Sentí un gran temor, dada la envergadura de lo que se me pedía.
Los regalos monetarios recibidos por Mons. Ramos cuando lo nombraron obispo los invirtió en la impresión de varios folletos de las materias que impartía en el seminario, al estilo de aquellos tiempos: copiar a máquina de escribir, en un esténcil y, después, multiplicarlos con tinta en papel gaceta. De esta manera, cada alumno poseía como regalo el folleto de la materia explicada. Sus escritos eran un resumen de lo que considero, el mejor manual de historia de la Filosofía hasta mediados del siglo xx, escrito por el autor español Manuel García Morente.1 Sus clases de Metafísica estaban sintetizadas en un pequeño folleto, al que le añadía las últimas reflexiones filosóficas y antropológicas acerca de los estudios del Ser (objeto del estudio metafísico). De esta manera nos pudimos enterar de la otra metafísica, más bien ontología, y a esa sí le hallamos aplicación en la vida pastoral de un sacerdote. Lo mismo sucedía respecto a las nuevas corrientes teológicas de los años sesenta y setenta.
Evelio Ramos, en lo fundamental, seguía a santo Tomás de Aquino, pero no lograba ocultar su entusiasmo por los estudios fenomenológicos y los autores existencialistas franceses. Nos leía en clases, como si estuviese explicando literatura francesa, novelas y obras teatrales de Jean Paul Sartre y de su amiga Simone de Beauvoir, de Albert Camus y del católico Gabriel Marcell. Perseguíamos sus amenas clases.
En mayo de 1966 recibió la triste noticia de que el Seminario El Buen Pastor era nacionalizado por el Gobierno revolucionario. La orden militar decía que había que desalojarlo en tres días, pues se necesitaba edificio y terreno para una unidad militar. Veintiún años había estado el seminario allí, en la finca que el cardenal Arteaga había comprado para ello, precisamente en Cuatro Caminos de Falcón, donde muy cerca había nacido Mons. Ramos. ¿Para dónde ir? A los seminaristas se les envió para el Seminario San Basilio Magno de El Cobre, los muebles y libros se almacenaron en el antiguo palacio cardenalicio con la finalidad de adaptar el viejo caserón de la Avenida del Puerto para seminario. Faltaba otro golpe: Mons. Evelio Ramos era sustituido como rector del centro por el padre Carlos Manuel de Céspedes.
Se le asignó entonces el cargo de párroco del Sagrario de la Catedral de La Habana, ya que su párroco, el padre Alfredo Petit, fue enviado al Servicio Militar en una de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), ubicada en la antigua provincia de Camagüey. Mons. Evelio Díaz, arzobispo de La Habana, le dijo a Mons. Ramos que fuese a residir en el arzobispado. Desde ese lugar iba diariamente a impartir sus clases en el seminario que se abrió para el curso 1966-1967.
Las frases de Evelio Ramos eran lacónicas, sin alteraciones… eran sentencias lapidarias pronunciadas desde un temperamento flemático. Se manifestaba como un buen conocedor de las motivaciones, estrategias y tácticas del Gobierno Revolucionario. Ante algunos diferendos del Estado con la Iglesia, el padre Ramos, decía: “A mí no me hacen cuento, yo los conozco bien”. Recuerdo que cuando el referéndum de febrero de 1976, con relación a la Constitución que se debía aprobar en ese mismo año, dos sacerdotes muy distintos en su pensamiento político, el padre Carlos Manuel de Céspedes (simpatizante de la Revolución) y el padre José Manuel Miyares, SJ, entonces rector del seminario, aconsejaban que se votase por el sí, ambos aludían la misma razón: “es mejor tener una Constitución con muchas cosas que no nos gustan, que gobernar sin ninguna”, según se había hecho en la práctica desde el 1ro. de enero de 1959. Unos cuantos seminaristas le preguntamos a Mons. Ramos, y él nos dijo: “A las cosas que no son serias, da lo mismo decir que sí o que no”.
Cuando el 10 de febrero de 1970, Mons. Francisco Oves pasó a ser arzobispo de La Habana, nombró a Mons. Evelio Ramos y a Mons. Fernando Prego sus vicarios generales. Mons. Evelio Ramos ya había sido nombrado por Mons. Evelio Díaz con el título de monseñor a finales de noviembre de 1959. También a finales de este mes, pero de 1970, conocimos que el Papa Pablo VI nombraba a Mons. Evelio Ramos, obispo de Creo y auxiliar del arzobispo de La Habana. Continuó con la sencillez que lo caracterizaba siendo párroco del Sagrario de la Catedral y profesor del seminario de San Carlos.
Y así nos sorprendió a todos la muerte del obispo. Su sepelio, en la tarde del sábado 24 de noviembre, congregó alrededor de ochocientas personas que lo acompañaron hasta el Panteón de los Obispos en el Cementerio de Colón. La despedida del duelo la pronunció, con palabras nerviosamente hilvanadas, Mons. Francisco Oves. Sus restos mortales fueron profanados hace unos cuatro años sin que se pudiera efectuar el robo. Actualmente se encuentran en la cripta de la Parroquia del Espíritu Santo, de La Habana Vieja. Ω

Nota
1 Profesor español de Historia de la Filosofía, ministro de Educación durante algunos años del gobierno republicano (1931-1939), viudo, padre de familia y ateo, exiliado en Buenos Aires experimentó en lo profundo de su alma la llamada de Dios a la fe. Con más de cincuenta años sintió otra llamada, la de ser sacerdote. Así solicitó volver a su patria e ingresar como un seminarista más para estudiar Filosofía y Teología con régimen interno en el seminario de Madrid en los años posteriores a la Guerra Civil. Ordenado sacerdote, falleció a los pocos años.

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