Vamos a casa de las monjitas

Por: Leonardo Manuel Fernández Otaño

“Con suavidad y paciencia
todo se alcanza”.
Beato Ciriaco María Sancha

Un poco de historia

La Congregación de Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha fue fundada el 5 de agosto de 1869 en Santiago de Cuba, con la denominación religiosa de Hermanas de los Pobres Inválidos y Niños Pobres. Su fundador, el entonces sacerdote español Ciriaco María Sancha y Hervás (1833-1909), se sentía desolado por el deterioro del nivel de vida que encontró al llegar a la Isla como secretario del arzobispo Primo Calvo y Lope. La Colonia y de modo especial el Oriente, se encontraban afectados por la guerra de independencia. Asimismo, el recrudecimiento de la persecución metropolitana sobre los sectores sociales afines al mambisado trajo como consecuencia el aumento de los huérfanos y la precaria situación de vida de la tercera edad.
En este complejo contexto sociopolítico se fue desarrollando la fundación religiosa y fortaleciéndose las casas de Santiago de Cuba y Camagüey. Sin embargo, la salida intempestiva del fundador hacia España por sus implicaciones en el Cisma de Santiago de Cuba,1 dejó sin protección a la naciente congregación cubana, que enfrentó, además, el fuerte proceso de españolización del clero que vivía la Iglesia en Cuba. Una de las expresiones de este fenómeno fue el querer fundir a la naciente comunidad religiosa con las Hermanas de los Ancianos Desamparados, medida que contó con el rechazo de un grupo de monjas que se resistieron y mantuvieron vivo el carisma fundacional.
La azarosa existencia de la congregación durante el siglo xx se enfrentó a numerosos obstáculos, como fueron las presiones del arzobispo de Santo Domingo, monseñor Adolfo Nouel (1862-1937), quien intentó dividir las casas cubanas y dominicanas con el fin de crear una nueva congregación religiosa en su diócesis. La casa madre de la congregación radicó en la ciudad de Camagüey hasta 1961, fecha en que la comunidad salió del país con destino a la República Dominicana, ante la nacionalización de los colegios y el temor a un proceso de radicalización política que afectara la vida de las hermanas.
El retorno de la congregación –a Nuevitas, Camagüey– se produjo en 1989, en los albores del período especial. Las cinco hermanas que regresaron vivieron, junto al pueblo cubano, las dificultades de los años noventa, pero movidas por su vocación evangelizadora fueron promotoras de esperanza en medio de aquel complejo contexto social. Después de Nuevitas, abrieron casas en Camagüey, Santiago de Cuba y La Habana.
En el país, hoy residen ocho hermanas y dos postulantes que se enfocan en tres líneas de trabajo pastoral: el servicio parroquial, la educación complementaria y la pastoral asistencial. Este breve reportaje se concentrará en el trabajo de las hermanas sanchinas en La Habana.

Una sonrisa para Guanabacoa

Después de exponer la evolución de esta congregación tan ligada a nuestra historia patria, se hace necesario conocer la obra que lleva a cabo en el municipio de Guanabacoa. Para este reportero la sensación de calidez que se siente al entrar en la casa de la hermanas, resulta una expresión del eco de calor humano y consuelo que la comunidad circundante busca y recibe de las religiosas.
En esta antigua casona colonial viven sor Tomasina Ramírez y sor Felicita Rodríguez, dominicanas. Ambas son signo de la llamada del evangelio a vivir la inculturación en medio de un ambiente caracterizado por la presencia de las religiones cubanas de matriz africana.Para ellas la prioridad es servir a las personas humanas y crear redes de apoyo a las familias que viven expresiones de desesperanza, a causa de la precariedad de vida, lo cual se observa a simple vista en el entorno urbano.
Para la hermana Tomasina, que además es cantante, el sostén de su obra apostólica es la presencia de Dios en su quehacer cotidiano y el regalo personal de desarrollar parte de su experiencia religiosa en Cuba. Los retos son numerosos para sostener la continuidad del amplio trabajo apostólico que estas dos religiosas, acompañadas de un grupo de laicos, llevan adelante. Basta citar la falta de suministros que nos afecta a todos los cubanos en estos tiempos. En cambio, ante la dificultades, estas religiosas superan todos los obstáculos y hasta los convierten en espacios de evangelización, pues, según Tomasina, “una cola o cualquier otro lugar dedicado a resolver lo que está perdido es la mejor oportunidad para regalar una sonrisa o compartir la vida”.

Las obras apostólicas

Cuando las sanchinas llegaron a La Habana se enfocaron en el trabajo parroquial. En la Iglesia Nuestra Señora de Asunción apoyaban la catequesis y la vida del grupo de Pastoral Juvenil. En el 2016, a la salida de los padres franciscanos del Convento de Santo Domingo, las hermanas, para concluir el trabajo iniciado por los frailes, asumieron el comedor de abuelos radicado en una casa próxima. La necesidad afectiva y material de los ancianos se transformó en un impulso para continuar la obra y perfeccionarla. Así surgió la Casa de Abuelos Beato Ciriaco María Sancha.
Este hogar es tierra de ternura para cincuenta y dos ancianos, que en varios casos son víctima de la cultura del descarte, sobre la que tanto nos advierte el Papa Francisco en sus intervenciones y textos públicos. Aquí los abuelos reciben, ante todo, amor y comprensión. Estas expresiones de cariño se conjugan con atención médica, actividades lúdicas y una alimentación adecuada, que consiste en desayuno y almuerzo. Los ancianos llegan al hogar a las 8:00 a. m. y regresan a sus casas a la 1:00 p. m., con una frecuencia de lunes a viernes. Este espacio se ha convertido en un sitio para la construcción de afectos tanto para las hermanas y sus colaboradores, como para los abuelos, que lo sienten como su remanso de tranquilidad y confort.
Otro modo de llegar a los ancianos necesitados de atención, pero que no van al hogar, es visitarlos en sus viviendas para intentar mejorar sus condiciones de vida. Se transforma entonces el espacio de muchos abuelos en un concierto de escobas, aguas y constructores improvisados. Estos adultos mayores son personas vulnerables, a algunos no los acompaña la fuerza física, otros se ven muy afectados psicológicamente por la soledad y la ausencia de familiares que los ayuden o apoyen en las labores cotidianas. Esta realidad propicia que sobrevivan al día, sin las condiciones adecuadas para una vida digna. Las religiosas y los laicos sanchinos llevan a cabo una obra de amor y trabajo que da lugar a lo que la hermana Tomasina llama la “transformación”.
El abuelo, más que agradecido, siente que ha encontrado una familia en quien confiar; el equipo asistencial incorporará, a su vez, el reto de sistematizar la ayuda al anciano. Con este acto de amor que nunca figura en los titulares de los medios, se contribuye a redignificar a estos seres humanos, que son ante todo los preferidos de Jesús, quien nos invita a tener gestos de compasión con ellos. En eso las hermanas y sus colaboradores son la mano silenciosa que cree en la fuerza de lo pequeño y constante.

Hermanas Sanchinas evangelizando
Hermanas Sanchinas evangelizando

La catequesis que las hermanas desarrollan en el antiguo convento franciscano y en el barrio del Laterio es otra de las obras apostólicas que sorprendió a este reportero. Dada la situación actual que viven las catequesis en las diócesis, donde contar con treinta niños asistiendo es ya una proeza, el caso de la impartida por las sanchinas que agrupa más de cien niños, parece un milagro. El método empleado es una mezcla de unidad temática aterrizada a la realidad simbólica del infante y combinada con juegos o dinámicas.
En el convento la catequesis se desarrolla los miércoles, elemento que a simple vista puede ser tomado como factor que no ayuda a la participación constante de los pequeños, para quienes, en cambio, el espacio se convierte en su segundo hogar. La hermana Tomasina nos relata que muchos padres, cuando quieren imponerles un correctivo a sus hijos, toman como moneda de cambio “ir a casa de las monjitas”. Esa experiencia resulta un aliciente que demuestra cómo la catequesis no puede ser una repetición de la escuela oficial, sino el lugar donde el niño conoce a Dios mediante el juego y la amistad, como las hermanas y su equipo se esfuerzan en hacer.
La catequesis en el propio barrio del Laterio se muestra como la realización de la propuesta del Papa Francisco para salir a las periferias. Esta comunidad con un alto nivel de precariedad en la vida cotidiana es el espacio catequético donde la ausencia de locales no constituye obstáculo para hacer congregar cada sábado en la tarde alrededor de cincuenta niños. Cualquier cosa puede ser útil para dar a conocer a Dios amoroso y a su hijo Jesús a cada uno de estos pequeños, sea mediante el juego deportivo, el dibujo, una excursión o una sencilla reflexión desde sus códigos simbólicos sobre determinadas escenas y valores evangélicos. Los pequeños, como bien muestran sus rostros, son seres llenos de la alegría de Dios que les contagian sus catequistas, quienes apuestan para que sean, en el mañana, mejores ciudadanos con un camino de hombres y mujeres de fe.
El repaso escolar es otro espacio mediante el cual las hermanas contribuyen al crecimiento humano de los niños y adolescentes de la comunidad. Además, se convierte en un elemento de ayuda a las economías familiares, las que cada vez se ven más afectadas por la imposibilidad de pagar los repasos escolares, que ascienden a la cantidad de uno o dos CUC por cada sección diaria de una asignatura. Este proyecto cuenta con 103 estudiantes matriculados entre primer grado y la enseñanza preuniversitaria. Las materias reforzadas son matemática, lengua española, historia y física, además de clases de inglés, guitarra y piano. También se pretende, junto con las asignaturas, incorporar en los educandos valores humanos y cristianos, con la finalidad de que sepan ser actores en la construcción de una Cuba más equitativa, diversa y respetuosa del otro.
El desayuno escolar es otra propuesta de las hermanas sanchinas a los niños y niñas de la comunidad circundante. Con un total de veinticinco beneficiarios, que asisten de lunes a viernes entre 6:30 y 7:30 a. m., con esta iniciativa se pretende contribuir a la seguridad alimentaria de los pequeños. De igual modo se busca ayudar a las familias de bajos ingresos, pues para nadie es un secreto que “conseguir” productos como la leche en la vida cotidiana cubana se torna una proeza digna de las tragedias griegas. A su vez, este espacio se convierte en una oportunidad para incidir en educación espiritual y moral. Allí se recibe formación en valores humanos, a la vez que se comparten los alimentos para el cuerpo y los manjares del espíritu: el conocimiento y la fe.
Es sorprendente el alcance de las obras que dos hermanas acompañadas por un grupo de laicos que viven su espiritualidad desde la óptica sanchina, y apoyadas por generosos benefactores, asistidos todos por el Espíritu Santo, realizan para hacer de Cuba una casa llena de colores. En una pared pintamos el color ternura que nace de la sonrisa de los ancianos, en el techo aplicamos una tonalidad con gratitud proveniente de las familias, mientras coloreamos otra pared con los abrazos de cada niño que llega a los espacios de crecimiento humano propuesto. Tomasina, Felicita y los laicos sanchinos, acompañados por Jesús de Nazaret, al igual que sus hermanas que les precedieron en el corazón de la gente de Guanabacoa, le dan a Cuba y a los cubanos, día a día, un precioso regalo; y este pueblo les corresponde con unas palabras mágicas: “Gracias por estar en nuestras vidas”.

Nota
1 Se refiere al conflicto vivido debido al enfrentamiento ente los liberales españoles y la Iglesia que trajo como consecuencia la división del clero del Arzobispado de Santiago de Cuba en la década de 1870 entre los partidarios de José Orberá y los de Pedro Llorente.

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